Las vaquitas son ajenas

Tomado de la novela homónima
Las vaquitas son ajenas, Ilíada Ediciones, 2023

Jorge Guasp. Nació en Buenos Aires. Es Técnico Forestal (Argentina) y Máster en Gestión Ambiental (España), y ha trabajado en gestión de bosques y conservación de la naturaleza. Realizó cursos sobre escritura creativa, y ha editado en España los libros ¿Dónde está mi Felicidad? (2012), El Huemul (2015), Sabiduría Natural (2016), y Ni Blanco, ni Negro (2021), en los que aborda aspectos sociales bajo la perspectiva de la relación del hombre con la naturaleza.


Capítulo 1

Ley Nº 21.499
(Argentina, 1977)
Régimen de Expropiaciones

ARTICULO 1º.- La utilidad pública que debe servir de fundamento legal a la expropiación, comprende todos los casos en que se procure la satisfacción del bien común, sea éste de naturaleza material o espiritual.

ARTICULO 4º.- Pueden ser objeto de expropiación todos los bienes convenientes o necesarios para la satisfacción de la «utilidad pública», cualquiera sea su naturaleza jurídica, pertenezcan al dominio público o al dominio privado, sean cosas o no.


Capítulo 2

EL PRESIDENTE DE LA NACION ARGENTINA EN ACUERDO GENERAL DE MINISTROS DECRETA:

ARTÍCULO 1º.- Dispónese la intervención transitoria de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. por un plazo de SESENTA (60) días, con el fin de asegurar la continuidad de las actividades de la empresa, la conservación de los puestos de trabajo y la preservación de sus activos y su patrimonio.

ARTÍCULO 2º.- Desígnase en el cargo de Interventor de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. al señor Darío González, y en el cargo de Subinterventor al señor Luciano Gómez.

ARTÍCULO 3º.- El Interventor tendrá las facultades que el Estatuto de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. le confiere al Directorio y al Presidente de la empresa, y en caso de ausencia del Interventor, dichas facultades serán ejercidas de pleno derecho por el Subinterventor.

ARTÍCULO 4º.- Dispónese la ocupación temporánea anormal de la sociedad CORPORACIÓN GANADERA S.A.I.C. en los términos de los artículos 5759 y 60 de la Ley N° 21.499 por el plazo previsto en el artículo 1°.


Capítulo 3

—Buen día. Busco al señor Elpidio Peredo.

—Sí, soy yo.

—Mucho gusto. Mi nombre es Darío González. Vengo a hacerme cargo.

El hombre le tendió la mano. Elpidio atinó a estrecharla, pero luego se arrepintió.

—¿A hacerse cargo de qué?

—De la empresa. Soy el Interventor.

—A cargo de la empresa estoy yo, hace más de veinticinco años. Y antes estuvo a cargo mi padre, y mi abuelo, que la fundó. 

—Entiendo. Pero ahora a la empresa la va a manejar el Estado. Está intervenida a través de un Decreto de Necesidad y Urgencia del Presidente…

—Lo sé —se apresuró a decir Peredo, interrumpiéndolo. 

—En estos días entrará en el Congreso la Ley de Declaración de Utilidad Pública, y esperamos que se apruebe muy pronto. Después de la aprobación, la empresa ya no será suya.

Elpidio experimentó un vahído, y sus brazos se aflojaron de improviso. Retrocedió hasta que sus manos encontraron los apoyabrazos de un sillón, sobre el cual se dejó caer. El rostro del anciano se volvió lívido.

—Permiso —dijo González, antes de entrar, cerrar la puerta y sentarse en un sillón individual.

La oficina tenía un amplio ventanal con vistas a gran parte de la ciudad. El escritorio del Presidente era de madera maciza, sobrio y bien conservado. Un cuadro abstracto ocupaba parte de la pared del fondo, mientras que la opuesta a la ventana estaba cubierta por estantes sin puertas, que contenían libros y esculturas pequeñas.

—Señor González —dijo Elpidio, sin mirar al Interventor y luego de pasarse una mano por el rostro—. No tengo inconveniente en compartir con ustedes los balances, los inventarios, los informes veterinarios sobre el ganado, los planos de las instalaciones, los informes de catastro de los campos, los estados de cuenta… Pero esta oficina es mía, y le pido por favor que me deje trabajar en paz.

Después de pronunciar estas palabras, el hombre elevó la mirada y contempló a González con una mezcla de disgusto y cansancio.

—Le agradezco su buena predisposición, señor Peredo. Nosotros hemos hecho todo lo posible desde el Estado para que la empresa cumpla con sus acreedores, y rinda cuenta del destino de los créditos que le ha brindado el Banco Nacional. Pero los plazos se agotaron. El gobierno decidió intervenir la empresa y enviar al congreso la Ley de Declaración de Utilidad Pública, y nos vemos en la obligación de hacernos cargo de la corporación, para salvaguardar los intereses del pueblo.

—¿Los intereses del pueblo? La nuestra es una empresa privada, que salvaguarda sus propios intereses. No estamos al servicio del pueblo sino de nuestros trabajadores, socios y clientes. Y en todo caso, servimos al pueblo a través de nuestros impuestos, que pagamos religiosamente, y también de la carne que producimos.

—Lo sé, señor Peredo —dijo González, mientras asentía con la cabeza—. El problema es que… les deben dinero a varias cooperativas agrícolas, a los trabajadores y a algunos proveedores de maquinaria; y también al banco, por cierto.

—No lo niego. Usted comprenderá que, en este país, la carga de impuestos es cada vez más alta; y nosotros dependemos del mercado. Cuando se cierra la exportación y no podemos vender carne, afrontar nuestros compromisos no nos resulta fácil. Sin embargo, estamos en una convocatoria de acreedores, y honraremos nuestras deudas en cuanto podamos.

—Me temo que ya es tarde, señor Peredo. Se han cumplido todos los pasos y plazos legales. Y estamos a punto de declarar de utilidad pública a la empresa…

—¿De utilidad pública? —lo interrumpió irritado Peredo, al tiempo que se ponía de pie—. ¡De utilidad pública es un terreno por el que pasa una autopista, a través de la cual puede circular todo el mundo! —Peredo blandía su mano derecha, con su dedo índice extendido de modo admonitorio—. ¡Utilidad pública significa bien común!

Elpidio se desplazó de un lado a otro de la oficina, visiblemente nervioso, y evitó la mirada de su interlocutor. González también se puso de pie, y aseguró:

—Exactamente, señor Peredo. Utilidad pública y bien común son sinónimos. Nosotros venimos a revertir lo que cantaba el gran Atahualpa Yupanqui, en “El Arriero”: «las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas». En un país donde el asado es un símbolo, vamos a trabajar para que todos y todas tengan acceso a un trozo de carne a precio razonable. Las vacas son, para este gobierno, de utilidad pública.

—Pero… ¡los campos donde se crían las vacas son míos! ¡Las pasturas las sembré yo! Yo les pago a los veterinarios que mantienen la sanidad de los animales. Yo pago las vacunas y remedios, los fertilizantes para el suelo, las semillas, los productos fitosanitarios, los sistemas de riego…

El rostro rubicundo de Peredo sudaba con intensidad. Sus manos se agitaban en el aire, revelando un esfuerzo por manejar sus emociones. Sus pasos eran cortos y nerviosos, como si quisiera escapar del lugar, pero no supiera hacia dónde dirigirse.

—El suelo donde crecen las pasturas, señor Peredo, y sobre el cual pastan sus vacas, es argentino. El agua subterránea es de todos y todas. Y, dicho sea de paso, sus campos son un latifundio. ¿Le parece justo que usted tenga miles y miles de hectáreas, mientras otros viven en un departamento y no tienen ni siquiera un balcón donde poner una maceta con una planta?

—¿Y es justo que ustedes se queden con una empresa que fundó mi abuelo, y que se mantiene gracias al trabajo de decenas de personas? ¡Lo que tenemos lo hicimos trabajando! ¡Creamos puestos de trabajo, compramos maquinaria nacional, exportamos y traemos dólares! Bueno, lo hacíamos hasta que llegaron ustedes, y prohibieron las exportaciones —Peredo se detuvo frente a su escritorio, contra el cual descargó un golpe con la palma de su mano—. ¡Ustedes se enriquecen a costa del trabajo de los demás, y usan nuestro dinero para hacer política! ¡Malditos!

Peredo llevó de improviso sus manos al pecho, y cayó sobre el escritorio. González atinó a ayudarlo, pero desistió de inmediato; abrió la puerta, salió al hall y exclamó:

—¡Necesito ayuda, por favor! ¡El señor Peredo se desmayó!

«¿Qué pasó?», preguntó una mujer que limpiaba el piso del hall central, y antes de obtener respuesta, corrió a llamar a la puerta de una oficina ubicada al final de uno de los pasillos. González regresó al recinto en que se hallaba Peredo, y lo encontró apoyado de costado sobre el escritorio, con los brazos extendidos y los ojos cerrados. Abandonó de nuevo el lugar y se topó con una mujer rubia, que acababa de salir de su oficina con una carpeta bajo el brazo.

—¿Qué pasó? ¿Quién es usted?

—Se cayó el señor Peredo. Creo que se desmayó.

La mujer lo miró de soslayo, y caminó tan rápido como sus zapatos de taco alto se lo permitieron. González la siguió. Entraron en la oficina. La mujer se acercó a Peredo, le colocó una mano en el pecho y luego en la garganta, y a continuación se volvió a mirar a González.

—¿Qué pasó? ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

Antes de que González respondiera, la mujer extrajo un celular y marcó un número.

—Hola, ¿Lucre? Soy Magdalena. Lucre… ¡Elpidio se desmayó! Tengo miedo de que sea un infarto; él ya tuvo un par de operaciones del corazón. Por favor, mándame urgente la ambulancia. Lo más rápido posible; si fue un infarto, el tiempo es clave. Gracias.

La mujer se acercó una vez más al cuerpo de Peredo. Quiso moverlo, pero no pudo. González le ofreció ayuda; ella la rechazó con la mano, en un gesto desdeñoso.

—¡Elpidio! —exclamó la mujer, mientras le asestaba golpecitos con las palmas de las manos en el pecho—. Ay, si al menos supiera hacer reanimación. ¿Por qué no habré hecho ese maldito curso?

Mientras intentaba reanimarlo, la rubia se volvió a mirar a González una vez más, por encima del hombro, y dijo:

—Aún no me explicó qué pasó, y qué hace usted aquí.

—Soy… el interventor. Mi nombre es Darío González.

—¿Interventor de qué?

—El Interventor de la Corporación Ganadera.

La rubia comprendió que sus rudimentarias maniobras de reanimación eran estériles, y se alejó de Elpidio, que seguía inmóvil. Se cruzó de brazos frente a González, y le dirigió una mirada desafiante.

—No sabía que se hubiera vendido la empresa; nadie me dijo nada.

—No se vendió; está intervenida, y se va a expropiar a través de una declaración de utilidad pública.

—Ah, ahora entiendo —dijo la mujer, mientras se sentaba en una silla—. A usted lo puso el gobierno, ¿no? Los demás trabajan y se esfuerzan para crear y sostener empresas, y ustedes se quedan con ellas.

—No creo que hayan trabajado mucho —comentó González, mientras caminaba por la oficina con sus manos en los bolsillos—. Si fuera así, no tendrían deudas con empleados y proveedores.

—¡Qué fácil es juzgar los negocios desde el Estado! Usted no tiene idea de lo difícil que es sostener una empresa ganadera, más aún con un gobierno como este, que estigmatiza al campo, lo persigue, le impide exportar y lo ahoga con impuestos. Me pregunto cuánto perdería esta empresa si la administrara el Estado; aunque espero que eso no suceda nunca.

—Ya sucedió, y por eso estoy aquí.

—Acaba de llegar, y ya provocó un infarto. ¿Se imagina lo dañino que puede ser usted en un par de meses?

—Dañinos son ustedes, que tienen miles de hectáreas y sin embargo no le pagan a nadie. Y si este viejo tuvo un infarto por discutir conmigo, eso prueba que ya no está en condiciones de dirigir la empresa. Aquí se necesita gente joven, con empuje —replicó González, antes de hacer una pausa, y agregar—: ¿me traerías un café, por favor? No alcancé a desayunar.

—No soy tu empleada, peroncho.

Sonó el teléfono; la mujer atendió de inmediato.

—Hola. Ah, buenísimo. Que suban, por favor. Elpidio no reacciona.

—No te preocupes —observó González—. El café puedo prepararlo yo mismo. ¿Hay alguna cafetera aquí?

Magdalena no respondió. Llamaron a la puerta; ella se apresuró a abrirla. Un médico saludó, y entró seguido de dos personas que llevaban una camilla; auscultó con rapidez a Elpidio, y de inmediato les pidió ayuda a los camilleros.

—Bajémoslo con cuidado al piso.

Depositaron el cuerpo sobre una alfombra. El médico se arrodilló, y le practicó reanimación cardiopulmonar. Tras una serie de maniobras, Elpidio volvió en sí.

—Cárguenlo en la camilla —ordenó el médico; luego se volvió a mirar a Magdalena, y agregó—: lo voy a internar para control. Hizo un paro. ¿Tuvo algún problema o discusión con vos?

—Conmigo no. Con este hombre —dijo ella, señalando a González con la mirada—. El gobierno quiere quedarse con la empresa, y lo mandó a él.

González no dijo nada. El médico lo escrutó, y dijo con voz pausada y calma:

—Estas cosas son delicadas, amigo. El gobierno no tiene por qué meterse con las empresas. En el medio hay personas, que llevan generaciones luchando para conseguir lo que tienen. Hay que ser más cuidadoso.

Los camilleros se llevaron a Elpidio.  El médico dio un par de pasos en dirección a la puerta, y después se detuvo:

—Te mantendré informada, Magdalena —aseguró, mientras le palmeaba un hombro.

—Gracias, doc. Voy a llamar al hijo de Elpidio para avisarle. No quería preocuparlo, pero creo que es mejor ponerlo sobre aviso. ¿Lo internarán en su clínica?

—Sí. Por ahora prefiero que no lo vea nadie, hasta que le hagamos los estudios y sepamos la gravedad del caso.

—Entiendo. No se preocupe. Gracias por venir enseguida.

El médico sonrió fugazmente, y se retiró detrás de los camilleros. Magdalena marcó un número en el celular.

—Hola, ¿Fausto? Soy Magda. Tuvimos un problemita con tu papá. Está bien. Ya lo reanimaron y acaba de llevárselo el doctor Albarracín. Lo van a internar en su clínica. Tuvo un infarto.

Magdalena escuchó la respuesta de Fausto, mientras miraba a González de manera aviesa.

—Mandaron a un interventor del gobierno a hacerse cargo de la empresa. Discutió con tu papá por ese tema. Imaginate que a mí me pidió un café; como si fuera mi jefe —Magdalena hizo una pausa para escuchar, y después dijo—: No, no vale la pena que vengas. Ya tenemos bastante con tu papá. Yo me encargo, gordo. En serio, no te preocupes. Ocupate ahora de Elpidio. Te aviso cuando tenga novedades. Un abrazo.

Magdalena cortó la comunicación, guardó su teléfono, y contempló a González, que continuaba paseándose de un lado a otro de la oficina, y se detenía ocasionalmente para escrutar los lomos de las carpetas y libros que colmaban la biblioteca.

—¿Usted tiene alguna orden para irrumpir así en la empresa?

—Por supuesto. Soy el interventor designado por el gobierno, y estamos enviando al Congreso el proyecto de Ley de Declaración de Utilidad Pública de la empresa. Cuando se apruebe y salga la sentencia judicial que fije la indemnización, pagaremos lo que corresponda y expropiaremos la empresa.

Pagaremos. Tiene razón. Esto le saldrá muy caro al pueblo argentino, y lo pagaremos entre todos.

—Escuché que te llamás como mi madre: Magdalena —comentó Darío, sonriendo—. Y veo que tenés carácter, como ella. Solo te pido que colabores. Nuestro proyecto está destinado al bien común. Estamos reemplazando el lucro de una corporación por beneficios para todos y todas. Se trata de una causa noble y justa, a la que vale la pena sumarse.

—Para mí, una causa justa es que le permitan a la empresa dirimir sus asuntos legales y económicos por sí misma, sin inmiscuirse en ellos. Soy secretaria ejecutiva de esta empresa hace diecisiete años. Hemos pasado por etapas buenas y malas. Pero siempre luchamos juntos para salir adelante.

—Exacto, esa es la idea: que luchemos todos juntos, pero no para el capital sino para el pueblo. Vamos a necesitar de tu experiencia, así que esperamos contar con vos.

—¿Cuál es su nombre?

—González. Darío González.

—Señor González… Esta charla es estéril. Le pido por favor que se retire, y me deje trabajar en paz. Tengo muchos asuntos pendientes: acreedores, redes de distribución de carne, trabajadores, impuestos, y mucho más.

—Yo me voy a quedar aquí, Magdalena. Este es ahora mi lugar de trabajo. En un rato llegarán más compañeros, y haremos un acto inaugural.

—Entonces tendré que llamar a la policía.