Cuento negro: un análisis estructural

I.- Introducción

Tomado de la tradición romántica, el cuento constituye sin duda una realización fundamental de la prosa modernista: Rubén Darío, Gutiérrez Nájera, Amado Nervo y, en menor medida, José Martí, lo cultivaron con gran acierto. Y si bien es verdad que la vocación esencial de estos  autores fue la poesía, en manos de estos el cuento  refinó su estructura, enriqueció de manera notabilísima su lenguaje, devino, en suma, eficaz y complejo medio de expresión artística que hoy, con la perspectiva de los años, se nos revela como eslabón de incuestionable importancia en el desarrollo de la narrativa hispanoamericana.

De entre las promociones de notabilísimos escritores que crearon la narrativa modernista, las que encabezaron José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera, Rubén Darío, etcétera, extraigo el nombre del venezolano Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927), y  de su amplia producción en prosa –que también abarca la novela— el “Cuento negro”, recogido en sus Cuentos de color (Caracas, 1899)1. Intentaré realizar de este un análisis formal, con la pretensión de llamar la atención sobre su alto grado de cohesión interna y estructural.


La estructura del relato

“Cuento negro” se inicia en uno de los momentos de mayor tensión de la trama2. La típica disposición in media res, procedimiento narrativo yaempleado por Homero, tiene la virtud de situarnos, sin rodeos ni dilaciones, desde el arranque mismo del relato, en el corazón palpitante de los hechos, con lo cual se incita nuestra curiosidad e interés; literalmente,  se nos “atrapa”. Esta  disposición del material narrativo (in media res) configura la estructura externa del relato.

A partir de aquí, “Cuento negro” se desarrolla de manera lineal, sin manipulación alguna de las coordenadas espaciotemporales, en una detallada progresión de incidentes perfectamente encadenados, una sabia gradación de todos y cada uno de los elementos que entran en juego en la trama y una muy notable coherencia en su desarrollo argumental. Además, se hace notoria la ausencia de lagunas digresivas (exaltaciones líricas, interpelaciones al lector, paréntesis farragosos, morosas y prolijas descripciones, etcétera) que entorpecen la secuencia narrativa, de manera que el hilo argumental se desarrolla sin interferencias, lo que potencia la intensidad y la tensión del discurso narrativo y hace que la materia y la forma se integren en un todo orgánico de gran armonía.


El lenguaje enteramente al servicio de la historia

El lenguaje, pues, en “Cuento negro” se halla por enteramente al servicio de la historia que el autor  quiere  contar, el mismo se ciñe y se adecua   con perfección y eficacia extremas a la anécdota narrada. Y, no obstante, aun siendo “Cuento negro” un texto básica y esencialmente narrativo y discursivo, no por ello se halla exento de matices, registros y recursos propios de la poesía, tales como la metáfora, el símil, el símbolo y las anáforas o reiteraciones expresivas, etcétera; pero todo ello, eso sí, distribuido a lo largo del cuento con equilibrada dosificación, con una sabiduría y sensibilidad artísticas notables.

Son estas y otras características  formales y estilísticas las que a mi entender revelan a  “Cuento negro” como un entramado narrativo de alta  calidad  expresiva, y lo  que   me  lleva a definirlo sin titubeos como uno de los relatos más específicamente narrativos de la primera época del Modernismo; época en la cual el cuento se caracterizó  por una cierta endeblez estructural, debido precisamente a la imbricación del lenguaje poético con el narrativo, diluyéndose en gran medida la anécdota en la contemplación extasiada y en la fiebre de la exaltación lírica, aspecto este que se advierte tanto en Gutiérrez  Nájera como en Rubén Darío; si bien es cierto que  en la producción cuentística de ambos autores existen algunas excepciones (pienso sobre todo en  “El fardo”, de Darío).


La dualidad y la gradación como elementos constructivos del relato

Un conjunto de dualidades (o de elementos antitéticos) tienen una notable relevancia estructural en el relato de Manuel Díaz Rodríguez. A mi entender, esta nutrida constelación de elementos antitéticos, interactuando en íntima trabazón dialéctica, configuran la estructura interna de “Cuento negro”. Procuraré, en lo que sigue –sintetizando al máximo, por razones de economía expositiva–, hacer explícita la referida estructura antitética. Y junto a esto, intentaré asimismo destacar la maestría con la que el narrador venezolano muestra los hechos y acontecimientos de la historia en una perfecta gradación ascendente, in crescendo, procedimiento o recursoque llegaa convertirse, por lo reiterado y sistemático, en notable rasgo estilístico que   contribuye en enorme medida a hacer de “Cuento negro” el eficacísimo artilugio narrativo que sin duda es.

El protagonista de “Cuento negro”, Pascual –joven, músico, “mestizo” –, adora platónicamente a una joven “beldad blanca”. Dicha adoración –“casta y muda” — se transforma pronto en “necesidad urgente”; luego en “vital, imperiosa”; llega, incluso –“en breves y raros intervalos de flaqueza” por parte del joven músico–, a entreverarse de “amor carnal, pasional, de hombre.” Se evidencia pues, por una parte, el uso de la gradación ascendente en la presentación de los hechos y, por la otra, la presencia de las primeras contraposiciones antitéticas: “mestizo” (“blanco” / “negro”) / “beldad blanca”; “hombre / arista” “amor platónico” / “amor carnal”.


Las agresiones del exterior y los cambios en el carácter del protagonista

Por lo que respecta al “amor carnal” este será sistemáticamente negado y reprimido por el joven violinista, consciente como está de cuan “ridículo y tonto” seria por su parte no “medir la distancia que lo separa” de la hermosa mujer de nívea piel:  tanto en lo económico como en lo social, aquella está muy por encima de él, separándolos además, cual barrera infranqueable, el color de su  piel, la condición de mestizo de Pascual.

Enfrentado a la dolorosa realidad de su amor imposible, Pascual  cae en un estado de “resignación melancólica”. De este estado  vendrá a sacarlo la actuación cruel y mezquina  de uno de sus  compañeros de  la orquesta: “el tocador de flauta”3. Dicho personaje (¿Dios Pan o Demonio?) se burla sin piedad del  amor contemplativo que  el violinista profesa por la “aristocrática flor de belleza” que acude noche tras noche al teatro. Una vez más se advierte aquí la utilización de la eficaz y sabia gradación ascendente en la exposición de los hechos, generando tensión, interés y suspense. Porque las referidas bromas son primero “inofensivas” y apenas sí afectan al joven y enamorado  protagonista que, ante este primer  embate,  sólo acierta a justificar  su muda y distante adoración platónica  razonando   para sí  que “él como artista tenía más derecho que nadie a contemplar y adorar la belleza allí donde la encontrase”. Pero las bromas  que le gastan  los compañeros de la orquesta, el flautista a la cabeza, se hacen más adelante “hirientes”.  “Pascual –nos dice el narrador– cree sentirlas llenas de reticencias injuriosas e insultos disfrazados”; y  lleno de “recelo”, le parece adivinar que sus colegas, aludiendo “a su obscura  piel de mestizo”, “lo tildan de presuntuoso”. Claro está, por pretender –sin derecho– el amor de la aristocrática, rica y hermosa mujer de raza blanca.

 Estas alusiones al color de la piel por parte de los compañeros de la orquesta remueven en el alma del joven enamorado  “la lucha mezquina, la lucha latente de las dos razas que en él vivían”. Y  así –se nos explica en el relato–, su “serena admiración de artista” termina transformándose  en un “sentimiento angustioso, velado de tristeza, embebido de amargura”. Entonces, desesperanzado, consciente de la mentira y del engaño del mundo,Pascual reflexiona con extremos  realismo y lucidez sobre las insalvables diferencias que hay entre la “teoría” y la “práctica”, entre las doctrinas (políticas, jurídicas, religiosas)  y los “hechos” de la vida social, de la realidad cotidiana en cuanto a la “igualdad” entre los hombres se refiere, que define como de pura falacia, puesto que son  los  prejuicios los que rigen el mundo y las relaciones entre los hombres…

Profundos y sensibles cambios se producen entonces en  el carácter del  joven músico.  Este se  hace “irritable y sombrío”, y cada vez más separado de sus compañeros (“soledad”, “aislamiento”, por tanto) se lanza a  vivir una “vida turbulenta”.

En una rápida enumeración de las dualidades que, configurando  la más íntima estructura del relato se han venido manifestando hasta aquí,  tendremos: “serena resignación / sentimiento angustioso;  pacífico y manso” / irritable y sombrío”; “compañía” / “soledad”;  vida tranquila / vida turbulenta”; “blanco” / “negro”, operando, por una parte, problematizando la atracción que el  protagonista  siente por   la “beldad blanca” (es decir, en el exterior), y, por otra, actuando en  el interior de la conciencia del  protagonista como doloroso conflicto interno (lo que se refleja en: “mestizo” –blanco / negro”– / “beldad blanca”).

 En la problematización de la atracción que Pascual siente por la mujer intervienen, además –no hay que olvidarlo– las antítesis “rica” / “pobre” y “aristocracia” (“linaje, familia, antepasados, nombre) / “plebeyo, humilde, modesto”. A las que también debemos sumar estas que ya señalamos con anterioridad: “realidad / deseo”; “igualdad” / “desigualdad”;  “práctica” / teoría” (ideologías, “teoría política” y o credo religioso y corpus jurídicos”).


Otra vuelta de tuerca en la tensión dramática del relato. La broma del trozo de papel

Otra vuelta de tuerca en la tensión dramática del relato la propicia   el” maligno tocador de flauta”. En un trozo de papel4  el flautista escribe  los nombres del violinista  y de la “beldad blanca y regia”, “sarcásticamente entrelazados“,  junto “con  las frases con que los recién casados acostumbran ofrecerse”. El escrito pasa  por las manos de todos los  músicos de la orquesta, llega a las de Pascual, que lo lee y, sin poder ya contenerse, estalla:  lanza el papel a la cara de uno de los músicos e insulta al conjunto de  sus compañeros de profesión: “¡Imbéciles! ¡Cretinos! ¡Envidiosos! ¡Raza de lacayos incapaces de nobleza!”

Un fuerte impulso de autoafirmación, de  reivindicación de su propia valía frente a los demás y  la sociedad en su conjunto, se desencadena en el espíritu de Pascual, viniendo a poner  de manifiesto, con absoluta claridad, la  confrontación que está en  la base del conflicto del que tan bien da cuenta  el relato: la confrontación  entre el “individuo” y  la  “sociedad”. Reflexiona entonces  Pascual de esta suerte:  Sin duda él valía  más que muchos  de los “boquirrubios que estaban en los palcos” y que muchas de las mujeres “de apariencia delicada y frágil de lirios, de carne blanca y sedosa, pero de alma primitiva” que colmaban el teatro. Y reconoce ahora el protagonista por  primera vez –y  aún acepta como legítimo–,  su amor de hombre: “Él era libre, muy libre, no sólo de admirar, sino de querer a la más encumbrada de las reinas. ¿Quién podía impedírselo?”.

Tras el cruel escarnio del trozo de papel, toda esa noche y durante el día siguiente –explica el narrador– el joven músico alberga  fuertes “pensamientos e impulsos  de odio” hacia todos; y de “antipatía y repugnancia” hacia “la mujer, símbolo de su ideal –blanco, alto, inaccesible”. “Parecía –comenta de nuevo  el narrador– como si en Pascual viviesen dos hombres distintos: el uno orgulloso, vano, irascible, pequeño; el otro dulce, paciente y magnánimo.”


El carácter dual y fragmentado del protagonista

Es justo la condición dual (hombre” a secas / “músico y artista”; “blanco” / “negro”), la que  explica al personaje de  Pascual, la que hace posible  su forma de ser, su idiosincrasia, sus actitudes y su comportamiento a lo largo del relato, su particular sicología. Es lo “artístico” de su personalidad lo que sustenta, posibilita (y  hace además creíble a los ojos del lector) el amor platónico, artístico y contemplativo” que el músico  profesa por  la cautivadora mujer blanca, frente al más vulgar “amor carnal” que claramente se sustenta en su condición  de “hombre” a secas, el otro término de la dualidad. Pero también es el componente “artístico” el que da sustentación al fuerte impulso de  autoafirmación personal descrito más arriba, ese que lleva al joven  a sentirse incluso por encima de  la mayor parte de los  hombres y mujeres de la “aristocracia” que acuden  de forma habitual al teatro. Asimismo, es el componente “artístico” el que genera el noble sentimiento que diluye  la tensión alcanzada en el relato tras  la  secuencia de  la burla ya consignada del trozo de papel, consiguiendo así resolver siquiera  sea de manera momentánea el dramático conflicto5 en el que se halla atrapado  el joven artista.  Porque sí:  todo el odio que Pascual siente al ser humillado por sus compañeros de la orquesta con la broma cruel del trozo de papel, se desvanece prontamente gracias justamente a que –como explica el narrador– “La generosidad del artista triunfó del odio vulgar”

Queda así claro cómo el  temperamento de Pascual se explica de manera coherente, y cómo asimismo este va  cambiando  a lo largo del relato con igual coherencia, lógica, y razón convincente; cómo vienen  dichos cambios propiciados, por una lado, desde el exterior  –burlas del “maligno tocador de flauta”,  imposibilidad   del  amor que profesa por la mujer (real y cierta confrontación “realidad” / “deseo”, “sociedad” / “individuo”)–;  y, de otro, desde el mismo interior del protagonista,  por la convicción de su inferioridad, que jamás le permite pasar a la acción o tomar alguna iniciativa de acercamiento a la dama, así como su autoinculpación como único responsable  de sus males6.

Todo este entramado de elementos antitéticos, no reconciliados, en clara confrontación en el interior del protagonista de “Cuento negro”, hacen de él un ser  torturado, de  conciencia fragmentada, en permanente conflicto, siempre en guerra consigo mismo. En sus graduales cambios de temperamento a lo largo del relato, como ya señalamos más arriba, poco a poco lo veremos tornarse de “pacífico y manso” en “receloso, irritable, quisquilloso y violento”; transformar su “vida tranquila” en “turbulenta”, llena de excesos, sobre todo excesos con la bebida; pasar asimismo de  la “salud” a  la “enfermedad”, de la “ciudad” al “campo” y, finalmente, “del ser” al “no ser”, a la muerte.

Pero antes  asistiremos a la confrontación –nueva dualidad– entre la realidad y el “sueño”.

La confrontación realidad sueño y la definitiva resolución del conflicto

Con la confrontación entre la realidad y el  sueño llegamos a la definitiva resolución del conflicto. En  las últimas líneas de “Cuento negro” el lector asiste  a la disolución de todas las dualidades y antítesis, asiste a la síntesis dialéctica (tesis/antítesis/síntesis), a la disolución total de la tensión dramática: el sueño se  hace realidad a través de medios más que fantásticos o sobrenaturales, simbólicos. ¿Pero cómo se produce dicha  resolución?

 Pascual ve llegar a la “beldad blanca” a la estación de tren del poblado de montaña en el que se halla refugiado intentando recuperarse de su enfermedad (la tisis). También ella ha enfermado y con todo probabilidad también ella se halla ya destinada a la muerte; y Pascual, que lo detecta de inmediato, una vez más en clara confrontación con la sociedad y sus prejuicios, exclama con júbilo7: “¡Imbéciles! Digan ahora si no somos iguales. ¡Imbéciles! Vengan a decir si no somos iguales.”  La enfermedad iguala (igualdad de orden biológico, físico) a la “aristocrática flor de belleza”, a la inalcanzable “beldad blanca y regia” y  al “artista ignorado y pobre”, y así lo interpreta acertadamente la conciencia torturada del artista. Esta  igualdad entre los dos personajes antitéticos (mujer blanca/ hombre mestizo)8 se verá reconfirmada y aun potenciada en un momento posterior, ya al final del relato. Cierto. El músico muere, su sueño entonces –ese sueño “blanco” sin duda premonitorio que lo acosa noche tras noche— se convierte en  realidad. A los ojos de los vecinos del pueblo (tenemos, pues, aquí, “testigos” del hecho9 este aparece en su “níveo lecho de muerte” como un ser de piel “muy blanca y luminosa”, “como si en el trance final –aclara el narrador– se hubiese realizado la cándida visión de sus noches, desapareciendo, en la vasta blancura soñada de región polar desierta y fría, toda la sombra de su piel…”

Es claro que esa “vasta región polar desierta y fría” no es más que   la muerte borrando todas las dualidades, todas las  desigualdades,  todas las dolorosas diferencias –sociales, económicas, raciales– que se han venido poniendo operativamente de manifiesto en el transcurso del relato, separando a los dos protagonistas. El final pudiera considerarse como sobrenatural o fantástico, pero a mi modo de ver, es más correcto interpretarlo en términos estrictamente simbólicos.

 Pero lo que me interesa destacar sobre todo aquí ahora son los recursos narrativos gracias a los cuales hace creíble, hace verosímil el autor el desenlace de la historia, cómo logra Manuel Díaz Rodríguez   que nuestra razón no se revele ante la radical y extrema  metamorfosis operada en el cuerpo del joven artista.


El logro de la verosimilitud a través de la reiteración constante de lo “blanco”. Un final de carácter simbólico

Creo que el elemento estructural determinante, el que hace creíble, aceptable y verosímil el final del relato –además por supuesto de la hábil incorporación de “testigos” del hecho ante el lecho de muerte del músico— es la reiteración constante a todo lo largo del mismo, de manera ya explícita, ya implícita, mediante  sinónimos, símbolos, términos y  elementos que lo aluden o lo evocan–  del color blanco.

En efecto. Ya cuando el narrador  presenta por primera vez a la mujer lo hace destacando su “blanquísima tez”; más adelante se la describe como “aquella beldad blanca y regia”. Pronto, además, aparece la blancura asociada a la altura, a las cumbres (nieve) y al ideal inaccesible. Explicando cómo se situaba  ante la mujer el joven protagonista, afirma el narrador: “La veía como de muy lejos, muy blanca y alta, así como el viajero ve la altura distante coronada de nieve…”. Luego, además, y por si aún no fuera suficiente, el autor preludia el final, preparando así sicológicamente al lector para que pueda recibirlo  sin sobresaltos, lo acepte y asuma  sin violencias de su razón. Es en el  fragmento en el  que se describe por primera vez el sueño premonitorio  del protagonista, donde asimismo  la mención de lo blanco es extrema  y reiterada.


 A modo de conclusión

En el centro del conflicto que describe “Cuento negro” está, qué duda cabe, la contraposición de  dos razas  (blanca/negra)10 las cuales no son   solo absolutamente incompatibles sino que además se hallan en franca confrontación y beligerancia, tanto  dentro del personaje protagonista (en su propia conciencia, lo más trágico) como fuera del personaje protagonista (confrontación “realidad” / “deseo”, “sociedad” / “individuo” ).

De aquí la permanente presencia del color, la necesidad y pertinencia de las  numerosas menciones, referencias y alusiones a lo “blanco” que se producen a todo lo largo del texto narrativo. El autor hace además un acertado uso de lo geográfico o topográfico como recurso expresivo que refuerza el sentido último del cuento: las cumbres nevadas se asocian a la mujer “blanca y regia” como ideal inalcanzable. Pero a  la vez, tanto estas como las nevadas  estepas confluyen para dar expresividad y plasticidad inigualables a la resolución del conflicto.

Esta continua reiteración de lo” blanco” a todo lo largo de “Cuento negro” cumple el objetivo de dar plasticidad e intensidad expresiva al relato. Pero tiene asimismo otra función estructural no menos significativa e importante: la de dotar de verosimilitud y credibilidad a un  desenlace por demás  difícil,  dotado de  claros  matices  de corte sobrenatural y/o fantástico, o como ya señalábamos más arriba, más bien simbólicos.

La Habana, una ciudad para vivirla

Prólogo al libro «Habana profunda. 100 Historias para 100 imágenes», de Amir Valle (textos) y Enmanuel Castells Carrión (fotografías).


Una ciudad en ruinas, dice el escritor cubano Antonio José Ponte en nuestro último encuentro en el Instituto Iberoamericano de Cultura, en Berlín.

“La Habana inolvidable”, en palabras del escritor mexicano Ignacio Padilla, que la conoció cuando lo invitaron de jurado al Premio Casa de las Américas.

“Una ciudad lejana, pero viva en mí por la memoria de mis padres”, asegura el narrador cubano-español José Carlos Somoza, sentado desde una de las mesas donde compartimos una larga charla en esa fiesta de la novela policíaca que es la Semana Negra de Gijón.

“Esa Habana que va conmigo”, me escribe desde Nueva York el músico cubano Paquito D’Rivera, una de las glorias de la música cubana de todos los tiempos, para quien ganar premios Grammys ya es costumbre.

“Mi segunda ciudad”, la llama Gabriel García Márquez y mira a la noche que cae sobre la Escuela Internacional de Cine de La Habana, donde imparte el Taller de Guión.

“Mi padre, como yo, adoraba esta ciudad, aunque fuera desde lejos”, me confiesa Geraldine Chaplin, hija del genial Charles Chaplin, en La Habana de fines del 90.

“Ciudad de gente feliz”: el primer cosmonauta ruso Yuri Gagarin.

“La caliente Habana”: la grandiosa artista española Lola Flores.

“La única ciudad de América donde el tiempo se detuvo para embellecerla”: el actor francés Alain Delon.

“Una ciudad de calles que ríen”: el actor mexicano Mario Moreno, “Cantinflas”.

“Capital fascinante y sorpresiva”: el expresidente norteamericano James Carter.

“La Habana es una ciudad invicta hasta en la cara de sus gentes”: el premio Nobel nigeriano Wole Soyinka.

“Es mi Habana, no me la han quitado”: la sonera cubana Celia Cruz.

“Una ciudad pequeña de innegable grandeza histórica”: el expresidente ruso Mijaíl Gorbachov.

“La más musical y rítmica de las ciudades del mundo”: el escritor cubano, premio Cervantes de Literatura, Guillermo Cabrera Infante.

“Una ciudad que nos haría mucha falta para conquistar América”: el multimillonario David Rockefeller.

“La Habana es sensualidad y luz”: la actriz mexicana María Félix, “María Bonita”.

“La Habana, hoy, es Fidel”: el cineasta norteamericano Oliver Stone.

“Una ciudad viva como pocas”: el cantante inglés Sting.

La lista sería interminable. Pero los que hemos vivido esa ciudad bien lo sabemos: La Habana es un lugar de donde no te vas nunca, aunque te alejes; es un sitio que te persigue como un fantasma donde quiera que vayas.

Habitada hoy por más de dos millones de cubanos, La Habana es una ciudad que palpita, coqueta, bajo las oleadas de una historia acumulada en sus calles, parques, plazas y antiquísimos edificios: fue en los siglos de la conquista el puente hacia las nuevas tierras descubiertas; en el período del comercio naval entre el Nuevo Mundo y la vieja Europa sirvió de punto obligatorio de escala a las flotillas que atravesaban el Atlántico; ocupó un lugar tristemente célebre en la ruta de los traficantes de esclavos desde el África recóndita hasta las colonias en América; el desarrollo de su burguesía y su estratégica posición geográfica posibilitó ser elegida como centro de experimentación de muchas de las industrias, inventos científicos y técnicos más adelantados que surgieron luego de la Revolución Industrial en Inglaterra; fue cuna y casa de la mayoría de los grandes movimientos culturales, sociales y políticos de los siglos XVIII y XIX en este lado del mundo; inauguró el siglo XX a la cabeza del desarrollo de la industria, el comercio y la cultura latinoamericana; y conmovió al planeta Tierra con una Revolución social que todavía hoy para unos es “la última dictadura socialista” y para otros, un “ejemplo único de resistencia ante la hegemonía de los Estados Unidos de Norteamérica”.

Cuentan que uno de los más grandes escritores cubanos del siglo XX, Reinaldo Arenas, días antes de suicidarse en Nueva York, enfermo de SIDA, estuvo hablando con un amigo de esas noches populosas que había vivido en Coppelia; que Ernest Hemingway no olvidó jamás las puestas del sol sobre el horizonte marino que se ve desde cualquier sitio del litoral habanero; que el escritor inglés Graham Greene recordaría públicamente el contagioso ritmo de los habitantes de las calles de Centro Habana; que Meyer Lansky murió anhelando un regreso a lo que llamó “esa seducción rara que cae sobre La Habana cuando llega la noche”;  que el narrador cubano Justo Vasco, voz esencial de la novela negra latinoamericana, andaba en Gijón echando de menos la paz de sus paseos vespertinos por las calles arboladas de El Vedado; que el cantante norteamericano Nat King Cole llevaría a los Estados Unidos un respeto casi fanático por el arte popular que escuchó en Tropicana y en los cabarets nocturnos donde estuvo durante su estancia en La Habana; que el actor Marlon Brando contó muchas veces a sus amigos la extraña impresión de que La Habana era una ciudad donde se concentraba toda la luz y todo el calor del Trópico, en ese recuerdo que se llevó desde el hotel Victoria en El Vedado; que la Madre Teresa de Calcuta elogió hasta días antes de su muerte el espíritu abierto, conversador y fraternal de esos habaneros de pueblo con los que compartió en sus dos viajes a La Habana; que Winston Churchill, después que compró en La Habana algunos puros, jamás se desprendió de la costumbre de fumar el tabaco hecho en las fábricas de aquella ciudad que contempló por igual desde su suite en el Hotel Nacional y desde las calles; que el premio Nobel portugués José Saramago siguió hasta su muerte elogiando la vasta cultura que se respira en las calles, las plazas y los sitios públicos, en una ciudad que consideraba cultísima y siempre ávida de lectura como, ciertamente, se puede comprobar en esos festivales internacionales del libro donde un pueblo que apenas tiene para comer gasta casi todos sus ingresos del mes en comprar libros; y que el escritor español Manuel Vázquez Montalbán regresó a España hablando a todos de lo que le pareció un detalle tipificador de La Habana: el rugiente paso de los “camellos”1 por las calles de la ciudad, el cadencioso crepitar de los “almendrones”2 y el sudoroso rostro de los primeros “bicitaxistas”3 que poco después llegarían a ser centenares.

Uno de los más reconocidos arquitectos cubanos, José Antonio Choy, ante una pregunta que se hacen todos los habaneros: “¿Cómo te gustaría que fuera La Habana dentro de 50 años?”, responde: “Pues me gustaría que fuese una ciudad para los habaneros, para los cubanos. Que mantuviera sus virtudes, como el hecho de ser una ciudad abierta al intercambio y la comunicación con Europa, con el resto de América, con el Norte, con el Sur. Esa es una vocación que ahora está un poco oculta, pero que la ciudad siempre ha tenido y se reforzará, porque es su destino. No me gustaría que fuese una ciudad folclorista, acondicionada para un turismo banal, sino que sea una ciudad cosmopolita visitada por personas de todo el mundo, interesadas por su memoria histórica, su arquitectura, su música, su danza, sus pintores, sus intelectuales, su cultura en general y, sobre todo, su gente. Me la imagino como un centro cultural importante a nivel mundial, a partir de aquello que ha hecho grande de nuestra cultura, que es integrar y saber apropiarse de lo mejor que está pasando en cada momento.

Y La Habana es así, una ciudad de vanguardia, alimentada con lo más sobresaliente del urbanismo de todo el mundo, que debe mostrar lo que fue, pero que también mostrará lo que será capaz de hacer. La Habana es y será una ciudad para vivirla intensamente, una ciudad lúdica, diseñada para la diversión, para enamorarse, pasearla y caminarla. Por eso, sus calles pertenecen a sus ciudadanos, a los cubanos que se apropian como nadie de su espacio urbano, y también a sus visitantes, principalmente, a todos aquellos que la aman”4.

Cuba, el país que nadie ve

Rafael Vilches Proenza y su esposa, la escritora y actriz cubana Ana Rosa Díaz Naranjo, en Alcalá de Henares, 2023.
Rafael Vilches Proenza y su esposa, la escritora y actriz cubana Ana Rosa Díaz Naranjo, en Alcalá de Henares, 2023.

Vivir en Cuba jamás ha sido fácil. El cubano se ha vuelto un animal de costumbres al que desde 1959 la dictadura se encargó de inocularle el miedo en los huesos hasta pudrirle la carne y cerebro. El ciudadano en Cuba desconoce qué es la libertad.

Hemos sido cautivos del sistema, no hay manera de amar y ser feliz en una tierra donde todas las pobrezas son el plato fuerte de cada día. No recuerdo haber escrito un verso feliz en todos estos años en que mi vida fue un constante morir.

No me arrepiento de la manera que escogí vivir después de haber descubierto el horror, el cinismo del Estado mafioso que comanda el país. Por eso, a pesar de todos los dolores y las vergüenzas ajenas, al acostarme podía dormir sin ningún remordimiento personal.

Mi dolor es plural, por el ciudadano de a pie, ese que mira para los lados, y pretende no ver la podredumbre y el hambre que lo acongoja y hunde a su familia en el fango de la miseri; por el cautivo entre los muros de las mazmorras comunistas que gritó a voz en cuello Patria, Vida y Libertad, y por los presos políticos de mi tierra, esos me duelen más.

Yo, Rafael Vilches Proenza, que amo escribir poesía, fui un exiliado en el suelo donde debieron agasajarme por cantar, pero decidí no estar de parte de los esbirros, por ello silenciaron mi voz como a la de millones de cubanos y fui como ellos y otros un no persona.

No hay inxilio rosa, tampoco el exilio es de seda, pero qué lindo es sentirse un ser humano, caminar libre y amar en libertad. Duele marcharte, mata no andar con tu gente amada en los hombros, encontrarlos a la vuelta de la esquina… Luché para no tener que salir huyendo de las garras de la dictadura. Quiero verla morir como se extingue la hierba en el duro sol del verano y que los sueños vuelvan con las lluvias de mayo. Ahora las primaveras en Cuba tienen otro color, un aroma de muerte.

Por más que ha sido nuestro SOS desde el vientre del país, el mundo es sordo, y va por otras cuestas de la mano de la dictadura, tendiéndole alfombras de todos los colores, mientras la dictadura se alimenta con la sangre de un pueblo que muere cada 24 horas, en la patria que no deja de llorar. Y el pueblo lamiendo las sobras que, como obsequios, cada mes llegan en forma de módulos, y en ocasiones hasta creen ser felices y llegan a cantarles a los tiranos por las migajas y el garrote.

No sé cantar otra cosa que no sea el dolor. Caímos en las manos de un loco con poder, que se agenció todos los poderes, y fue peor que Stalin, Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet. La bestia de Birán no tiene comparación entre los criminales que le antecedieron. 

Intento no envenenar mi sangre con el odio despiadado contra los que me convirtieron en el ser triste que hasta ahora ha vivido dentro de mí, pero es imposible, prohibido olvidar. Otro yo ha quedado vagando por las calles pestilentes del país, en cada ojo de niño que llora, en cada anciano que muere de frío y hambre, en cada mujer que sueña y ansía ver a sus hijos en libertad, en cada joven que arriesga su futuro por darle otro rumbo al destino de la patria, por cada hombre que levanta su mano contra la dictadura, ahí voy yo.

Duele escribir siempre de lo mismo.

Madrid 7 de abril de 2023

Nos hacemos viejos, hermano

Hace unas semanas mi hermano mayor sufrió un repentino y serio quebranto de salud. Hubo que llevarlo a un hospital, donde pasó la noche bajo observación.  Mi sobrino estuvo con él desde el inicio de la crisis, pero como a las dos de la mañana le comunicó a su padre y a la enfermera de turno que se iba.  “No, no, no.  No puede irse”, le dijo la enfermera delante de mi hermano. “Por política del hospital, los viejitos no pueden quedarse solos”. Entonces se dio una breve discusión entre mi sobrino y la enfermera. Él necesitaba volver a casa a verificar que su mamá estuviera bien, pero la enfermera insistía en los riesgos y necesidades de los viejitos. Mientras tanto mi hermano atestiguaba la escena.  Estaba demasiado débil para intervenir y aclarar el malentendido: él no era un viejito a pesar de tener sesenta y cinco años. Me lo imagino también en shock, sin palabras ante la ofensa que escuchaba una y otra vez. Como en otros momentos tragicómicos, uno no es algo o alguien hasta que otra persona lo nombra, y puede ser más doloroso o definitivo cuando esa persona está investida de poder.  De repente y sin posibilidades de defenderse, mi hermano había pasado a otra fase de su vida, una que a muchos les da miedo porque es al mismo tiempo el anuncio de que el camino se acaba.  No creo que mi hermano no haya sospechado que la vejez se encontraba a la vuelta de la esquina, no creo que la evidencia no estuviera ahí –yo mismo he ido acumulando un detalle sí y otro también–, pero hay una frontera invisible que se cruza y a partir de ese momento el hecho no se puede negar.

Hacerse viejo es un tema sensible para muchos, algo de lo que no se habla, como si la ausencia de palabras impidiera que las cosas sigan su curso. Sería como aplicarle a la vejez la famosa sentencia del cantante mexicano Juan Gabriel respecto a su sexualidad: “Lo que se ve no se pregunta”.  Yo, por el contrario, creo que hay que compartir los miedos y las fortalezas de esa transición, los sueños y las esperanzas por cumplir.  Hace poco, en lo que yo llamo irónicamente mi deporte de invierno, me puse de nuevo a buscar trabajo.  El ciclo de trabajos disponibles en la educación superior norteamericana se inicia alrededor de setiembre y ya para enero empieza a languidecer.  Es un proceso complicado, en el que usualmente intervienen headhunters, se producen largos y detallados perfiles del puesto y de la universidad, se deben superar varias entrevistas, hay llamadas confidenciales a muchas personas (no se requieren cartas de recomendación para ciertos puestos) y hasta se evalúan los valores morales y políticos de los candidatos con un análisis de su actividad en redes sociales.  Cuando les contaba a mis amigos mis aventuras en el mundo laboral, ellos se dividían en dos grupos:  los que veían mis pretensiones como el paso lógico en una ascendente carrera administrativa y los que argumentaban que ya era tarde, que me calmara, que lo mejor por hacer era esperar la oportunidad de jubilarme.  Como en ciclos pasados, este no fue el mío, aunque estuve muy cerca de conseguir un muy buen puesto al otro lado del país. Mientras rumiaba mi decepción les daba vueltas a las posibles razones de ese –para mí– fracaso, incluyendo la edad. Sin embargo, nunca tendré una respuesta directa. No me pasó, como dijo la actriz Michelle Yeoh cuando ganó el Oscar a mejor actriz: “Muchachas, nunca dejen que nadie les diga que ya pasaron su hora de mayor plenitud”. Claro, lo de Yeoh es parte de una narrativa muy americana de triunfadores, de meritocracias y de que todo llega a su debido tiempo. Por el contrario, yo creo que hay un momento para todo, y que una de las virtudes de la madurez es reconocer que uno ha topado con pared y aceptar ese hecho con discreción y serenidad.

En la cultura de Estados Unidos hay una serie de mitos que acompañan el paso a la edad madura.  Uno de ellos es el de asegurar el futuro a toda costa, planear la vida a veinte, treinta años plazo y ser estricto en el cumplimiento de metas.  A mis manos han llegado libros sobre cómo planear la jubilación para “vivir confortablemente hasta más allá de los noventa”; hay expertos en finanzas –y estrellas mediáticas– que recomiendan ahorrar cada centavo y huirles a las deudas y a todo riesgo financiero como a la peste. Eso sin contar con que la mejor edad para pensionarse es setenta años. Las celebridades financieras te condenan de antemano a una vida de pobreza y limitaciones si no sigues sus pasos.  Esa especie de terror a un futuro sin dinero está relacionado a una cuestión de clase.  Mientras grandes mayorías no pueden vivir más allá del día a día, unos pocos se dan el lujo de proyectarse en el futuro, de pensar en su nivel de consumo a años plazo.  Mientras tanto, gente de tu generación se empieza a morir, algo no sale bien en tu vida o cambia radicalmente, o enfermedades nunca imaginadas te cierran el paso hacia esa vejez sin preocupaciones.  Entonces, ¿puede la vida planearse a largo plazo? ¿Dónde está el balance entre decisiones responsables para asegurar el futuro y el don de vivir el momento, tanto en lo bueno como en lo malo?  Hay otras ideas que repetidamente he escuchado, esta vez provenientes de América Latina. Parecen consejos, pero tal vez no lo sean:  Si al cumplir sesenta no tienes casa propia ya pagada estás condenado a la pobreza; tu estado de salud al cumplir sesenta determina tus probabilidades de sobrevivencia para los próximos veinte años; el amor romántico llega en cualquier momento…

Hay una palabra acuñada en 1969, es decir una palabra relativamente reciente, ageism, cuya traducción al español, edadismo, aparece en el diccionario de la Real Academia de la Lengua.  Edadismo se refiere a la discriminación por edad.  Las personas no nos enteramos del edadismo hasta que alguien cercano, o nosotros mismos, lo sufrimos en carne propia.  Y me parece que América Latina empieza muy a muy temprana edad.  Recuerdo una breve polémica que sostuve hace algún tiempo con los editores de una revista gay en Costa Rica.  Buscaban llenar un puesto creativo y la descripción decía claramente que el límite de edad de los candidatos era 35 años.  No sé si ese requisito era ilegal, pero sí que era discriminatorio.  En alguna ocasión en la que consideraba la posibilidad de volver a mi país de origen, mis amigos me advirtieron que iba a ser muy difícil encontrar un trabajo a mis entonces 40 años.  En Estados Unidos no sería posible fijar un límite de edad para solicitar un trabajo, pero eso no quiere decir que no se considere una limitación y que no juegue un papel en las decisiones que los empleadores toman.

Después de mi fallido intento de encontrar otro trabajo, he vuelto a mis planes de jubilación (retiro o pensión, según el país), me he reunido con un asesor financiero, he considerado mis opciones y trazo mi ruta.  Mientras en estos días la gente sale a protestar a la calle en Francia porque la edad mínima de retiro pasa de 62 a 64 años, yo me considero afortunado porque, según mis cálculos, podría pensionarme entre mis 65 y mis 67 años. No me quejo, pues un importante segmento de la población estadounidense no puede retirarse antes de los 70 o, sencillamente, no podrá jubilarse nunca.  En un país en que las redes de solidaridad son tan precarias, trabajar hasta caer muerto parece algo natural.  Lo mismo es el morir solo, aunque haya familia.  Se habla de la soledad de los mayores como una plaga, se documentan casos, se repite hasta el cansancio que algo debe cambiar, pero nada pasa.  Creo que la exclusión social por edad nos afecta a todos, pero los hombres gay son un grupo particularmente vulnerable.  Recuerdo a mi amigo Guillermo Náñez, solo con su música y sus películas luego de que su compañero de cuatro décadas muriera.  Recuerdo las historias de homosexuales que han tenido que mudarse con hermanos o sobrinos y volver al closet para ser aceptados. Recuerdo también los códigos de la misma comunidad que se centran en la juventud y rechazan la supuesta decadencia física que trae la edad.  Pero no todo está perdido, quedan los amigos, los lazos afectivos incondicionales, grupos que se reúnen para conversar, salir de paseo o hacer ejercicio. Así, poco a poco, vamos entrando a una nueva experiencia de vida.  La veíamos venir, hermano, y de pronto, sin darnos cuenta, ya estábamos totalmente inmersos en ella.

El día que leímos peligrosamente

La mayoría de nosotros hemos estado en una de estas dos situaciones ante la lectura de un libro, en cualquier momento de su proceso de serlo (manuscrito, corrección, publicado y hasta convertido en bestseller): lees, reconoces que no es bueno y te callas. Tu silencio, apretándonos a la impostura del refrán, otorga. La otra: lees, reconoces que no es bueno, y hablas. Tus palabras, dando buena esa impostura de la servidumbre a lo dicho, te significa.

El día que leímos peligrosamente nos jugábamos algo que, así por encima no se tiene por muy importante: el criterio. Uno de los signos de nuestro tiempo (muchos dirán que de todos los tiempos, pero de otra forma) es la neutralidad cobarde, la democratización de los sueños y la pluralización de los espacios para “ser” lo que se quiera. Porque ahora, si quieres pasearte por los saraos (de lo que sea, pero aquí hablamos del mundo libro) de medio planeta, necesitas ser neutro, tener un pH estético que no arda, que no duela. Las pieles ya son muy finas, los orgullos, siempre exagerados, son más que nunca muy heribles.

Ese día que leímos, que nos dimos cuenta de que la novela, el poemario o el ensayo no solo no había por donde cogerlo, sino que era del todo desechable, tomamos una decisión peligrosa: transformar el criterio, aportar, con nuestra nunca humilde opinión, bases para la construcción de una “obra”, “carrera” y hasta vida literaria que esconde, bajo esas etiquetas, una “bonita historia de superación, basada en hechos reales” (que no es autoficción). Publicar lo “escrito” se ha convertido en el aliciente, en la terapia, en el fin.

Cuando dijimos, “pues nada, qué bien, no”, fuimos inflando con ese proemio cobarde, ideas infundadas de talento, posibilidades sin pasar nunca por el calvario del trabajo o el aprendizaje: les entregamos (eso creyeron) a más de uno la gloria sin la cruz, anulando el viacrucis, invitándolos a “la gloria” que no es tal, que no es otra cosa que una obra bien escrita, único acto revolucionario (y hoy más que nunca lo es) de un escritor, su único deber, su solo compromiso. Y ya sé que a más de uno el trabajo de escribir no es cruz, ni mucho menos calvario, pero sí trabajo, feliz, que duda cabe, pero no me revienten las metáforas ni los símiles tan rápido: hay que hacerse entender.

También pudo ser, aquel día que leímos peligrosamente, que dijéramos: “mira, esto que has escrito no hay quien se lo lea, trabájalo más”, y entonces los cielos de los cielos fueron abiertos, y el dios defensor de los sueños y la buena vibra, tronó en voz audible: “¡quién te crees tú para decir eso!”, en boca del recién leído, y todo cambió para siempre, alimentando así la herida confirmadora y la señal preventiva de “ojo, envidioso a la vista”. Luego te enteras por las redes (malditas redes, o no), de que el herido confirmado, tu víctima (así se perciben muchos en el fondo), ha publicado aquello que dijiste que no valía. Tu asombro (ni tristeza, ni rabia, ni contrariedad) es que muchos “lectores” (consumidores de libros, quizás) reaccionan al “sí se puede” ser escritor nada más proponértelo. Da igual lo que se escriba: impreso y vendido, es éxito, es fin en sí mismo, es la materialización de los sueños. El criterio, esa malamaña y malacrianza de algunos, ni está ni se le espera.

Y aquí estamos, en una de dos situaciones, o en ninguna, o en proceso de las dos. Se necesita (discutamos esto) que el criterio salte por los aires para que quepamos todos. Cuando cualquier persona deja de ejercer su actividad, más o menos pública, escribe un libro. Y si un escritor quiere dejarlo, qué debe hacer, ¿poner un restaurante, operar a corazón abierto o pilotar un avión? Algunos dicen que no es lo mismo, pero que lo demuestren. Si mañana, con los medios que tenemos, decidimos dejar de escribir y montar un disco de ópera, ¿qué pasará? O montemos un ballet, clásico, con tutú, cisnes agonizantes y una orquesta en directo, ¿por qué no? Ya sé, es todo un delirio. Lo mismo si nos bajamos de la burra del criterio.

El día que leímos peligrosamente, cuando optamos por una u otra situación, inauguramos un centro constituido de preguntas (de parte de los leídos, claro), y que, sin generalizar, casi siempre se hacen los que quieren “la gloria literaria”: ¿Tú quién te crees? ¿Por qué tú sí y yo no? ¿Qué es buena o mala literatura? ¿No es una cuestión de gustos? ¿Leer tanto es necesario? Y de afirmaciones que complementan las preguntas para espesar el argumentario (estos son los de #yoescritor2.0): “Siempre hay un roto para un descosido”. “Tengo mi público”. “Los tiempos han cambiado”. “Eres un envidioso, estás envanecido”. “Yo soy dueño de mi obra, los editores quieren cambiármela”. “El arte es libre”. “Yo escribo para mí”. Tan independientes son algunos “escritores”, que se han independizado de la lectura. Y allí está la razón de todo.

En conclusión: leer se ha convertido en un deporte de riesgo, dicho mejor, hablar de lo leído, opinar sobre lo leído, tener criterio, vamos, que cuando estés delante de un texto pretenden que te pienses bien qué vas a decir. Lo que se pretende es empujarnos al silencio, no mojarse para no salir movido en la foto, lo que siempre beneficia al mercado común de soñadores del mundo, a los que “sí pudieron” vencer al egoísta y arrogante criterio. De las grandes industrias del libro hablamos otro día: es lo mismo, pero veinte veces más grande, con más dinero, más medios y con igual o menos idea de los que es literatura.

Víctimas del pasquín digital

Si algo marca a la época actual es el cúmulo de contradicciones que la sostiene. Sin embargo, no se trata de ese espíritu de desarrollo universal que encuentra en las ideas contrapuestas la causa de su natural impulso. Las contradicciones del siglo XXI nacen de la polarización y esta segmentación al más puro estilo de «si no estás conmigo, estás en mi contra» impide el diálogo entre ambas partes y, por consiguiente, anula hasta el más insignificante asomo de inercia.

Es irónico que cuando más instrumentos tenemos a nuestro alcance para comunicarnos, más aislados nos encontramos. Es un axioma que se ha manejado hasta el cansancio y no está exento de razón. La tecnología ha potenciado nuestra capacidad para acercarnos, pero también para herirnos. Y, como en cualquier pelea, la proximidad permite hacernos heridas más profundas de primera mano.

Las redes sociales han involucionado desde un espacio comunitario de fraternidad —si alguna vez lo fue— a un campo de batalla donde la virtualidad solo atañe a la plataforma porque las lesiones emocionales son completamente reales.

Por ejemplo, en referencia a la polémica red del pajarito, ahora en manos del magnate Elon Musk, comenta la periodista española Gabriela Bustelo: «La particularidad de Twitter es que funciona como un estadio de fútbol de tamaño mundial: los temas se trituran y regurgitan en versión polarizada o binaria, para que dos bandos enfrentados repitan consignas enfrentadas, tal como hacen los hinchas con sus respectivos equipos deportivos».

Las plataformas digitales están a disposición de cualquiera como un pasquín de alcance mundial —en octubre de 2022 el informe Global Social Media Statistics aseguraba que 4 mil 740 millones de personas usan redes sociales, es decir: el 59.3% de la población del planeta—. Esta tecnología equipara los poderes: el presidente y el conserje tienen la misma oportunidad de publicar —ya no tanto de divulgarse porque el primero podrá pagar por que se multiplique su nota—, pero también encona las discordancias. Cada vez más se percibe un tufo feudal en el modo en que operan los mass media. Las propuestas informativas se bombardean desde catapultas hechas por ceros y unos, capaces de saltar continentes enteros, pero sus bases se defienden tras murallas de intolerancia. Con la aparición de internet dejó de existir la verdad, para darle paso a mi verdad. La única verdad que hoy parece importar.

Este sectarismo es aprovechado por los emporios que conducen nuestras vidas desde sus ostentosas oficinas. Nunca las piezas del ajedrez político, económico y social estuvieron tan bien definidas ni fueron tan manipulables. Los datos personales que ofrecemos a diario sirven para nutrir las bases de datos que, mañana, se utilizarán para decodificar nuestra conducta, gustos, propósitos, ideales y, así, conducirnos como reses hacia los pastizales, el establo o el matadero.

En la mañana nos exhortan a unirnos en pos de un ideal cualquiera. En la tarde nos incitan a enfrentarnos entre nosotros mismos, en pos de otro ideal. Para la noche nos habrán incitado a hacer las paces o degollarnos, según convenga. Y obedecemos siempre porque creemos, realmente, que la intención es nuestra.

Si George Orwell consideró, en su novela 1984, haber revelado el summum de la manipulación política cuando sus rebeldes personajes llegaron incluso a amar al Gran Hermano… se equivocó. Hoy avanzamos más allá. Nos han convencido de que somos el Gran Hermano, que podemos vigilar, intervenir y condicionar la vida de otros desde la comodidad de nuestro hogar. Y cuando apoyamos un partido, un movimiento social, una propuesta económica… realmente lo hacemos convencidos de que pensamos por cabeza propia. Pero no es así. Nunca lo ha sido. Lo hacemos inducidos por la búsqueda de un like o un retuit. Por la necesidad de atrincherarnos detrás de lo que llamamos nuestra verdad y que no es más que la verdad de otro. La verdad de aquel que, desde la sombra, mueve los hilos del Gran Hermano.

Las catedrales, las iglesias y las parroquias de barrio

«No, no —contestaba riendo [el viejo zapatero a los niños provincianos]—  en Lima ya no hay tapadas ni carruajes con caballos y es muy difícil ver al Presidente. Pero en la Catedral, eso sí, se pueden ver los restos de Francisco Pizarro. Y en las calles hay tanto autos como cuando aquí hay entierro de gente rica. Los edificios son diez veces más altos que nuestra capilla»                                              
 El espíritu de la ciudad, Oswaldo Reynoso

Las iglesias latinoamericanas se podrían clasificar en varios grupos, desde el punto de vista  arquitectónico. Me refiero a los edificios y a los templos que son las construcciones, en los más diversos estilos, de las iglesias de varias y distintas religiones. Se puede decir que hay iglesias que son casi museos, por ser antiguas y dar refugio a piezas de arte de gran valor histórico y monetario: pinturas, esculturas, mosaicos, frescos, vitrales, pseudo-reliquias, altares. Dichas iglesias se ubican en medio de centros urbanos, o en pueblos alejados de la urbanidad, cual reservas rurales de patrimonio cultural, provechosas para la historia del arte. Algunas de esas iglesias-museo en las grandes ciudades exigen el pago de una entrada para acceder a ciertos de sus espacios, aunque sigan ofreciendo misas rutinarias y domingueras de manera gratuita, no faltaba más, puesto que las iglesias, en particular las católicas, han perdido visitantes; y lo que es peor, han perdido ovejas y hasta pastores en las última décadas por diversos motivos. Cobrar por oír misa sería su acabose.

En muchos barrios latinoamericanos, no obstante, a pesar de haber proliferado alternativamente templos de otras creencias —desde testigos de Jehová, mormones, fieles del Cristo de los Santos de los Últimos Días, miembros de Scientology y hasta del Movimiento Alfa & Omega— los locales adjuntos a los templos de las iglesias católicas siguen cumpliendo un rol esencial como espacios de socialización, sobre todo entre adolescentes de bajos recursos en los barrios populares. Durante la época de verano, que son las vacaciones escolares en su mayoría, muchos de dichos espacios católicos, llamados ‘centros parroquiales’, ofrecen actividades y cursos para afianzar destrezas innatas y así servir para un futuro impulso profesional: peluquería, cocina, repostería, costura; pero también dibujo, ajedrez; y en ese sentido se convierten en el marco positivo y refugio seguro de muchos integrantes de familias con carencias de todo tipo. Believe it or not, del hilo de las parroquias de barrio, a veces de construcción noble, alguien diría que cuelga la esperanza de muchas sociedades marginales y el futuro de toda una fe mundial.

Por otro lado totalmente opuesto, muchas iglesias de extraordinaria edificación en la América hispana y España se han convertido en la visita obligada de los ofertas turísticas más lujosas de sus grandes urbes debido a que muchas presentan características peculiares y trascendentes en la historia de sus sociedades; me refiero a la Catedral de Santiago de Compostela, a la gran Mezquita de Córdoba, al Templo de la Sagrada Familia en Barcelona, a las dos catedrales de Salamanca, al Templo de Coricancha en Cuzco, o a la Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María de los Cielos de la Ciudad de México. Todos ellos: muestras del poder político e ideológico de la arquitectura en sí misma; si también, por ejemplo, se piensa en aquella vieja estrategia de no derribar la construcción del ‘conquistado’, sino recurrir a un golpe incluso más bajo: construir una iglesia sobre su mayor edificio de creencias mono o pluriteístas. Así, con el poder imponente —aunque suene a hipérbole— de la belleza de sus arquitecturas, pretendieron legitimarse a lo largo de la historia unos espacios urbanos propios de una fe, cuyas virtudes debieran haber sido precisamente las contrarias: modestia, sencillez, tolerancia, y que olvidaron el pequeño detalle de lo efímero y lo transitorio aun en el ladrillo más fuerte y la más dura piedra.

27 opiniones sobre Breve historia de todas las cosas

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Breve historia de todas las cosas – Marco Tulio Aguilera Garramuño – Ilíada Ediciones, 2023


«Marco Tulio es un bárbaro, un garañón, un fenómeno de la literatura y no me sorprendería que terminara por ser el gran escritor colombiano del siglo XX».

            José Donoso, Entrevista, El Mercurio, 21 de diciembre de 1976


«Lo dije cuando apareció la primera edición de Breve historia de todas las cosas: que Garramuño iba a ser uno de los grandes».

Jorge Ruffinelli, La Palabra y el hombre, México


«Es lo más cercano a Cien años de soledad en cuanto a calidad».

Seymour Menton, La novela colombiana, planetas y satélites, Bogotá


«Breve historia de todas las cosas es superior a Cien años de soledad».

Omar Genovese, Los libros muerden, Buenos Aires


«Breve historia de todas las cosas podría repetir el fenómeno de Cien años de soledad«.

Edmundo Valadés, Novedades, México


«Lo que caracteriza a Garramuño en Breve historia de todas las cosas es su habilidad, simple y llana, y con una gracia arrolladora, para contar historias divertidas una tras otra, en un surtidor que recuerda las cimas de la literatura narrativa de todos los tiempos».

Raymond Williams, Inter American Review of Bibliography


«Breve historia de todas las cosas es una novela inmensa de un inmenso escritor».

Guillermo Samperio, presentación de la 3ª edición en México


«Me gusta más Breve historia de todas las cosas que todo lo escrito por García Márquez».

                                    René Avilés Fabila, presentación de la 3ª edición en México


«Me gusta más lo que escribe Garramuño que lo que escribe García Márquez».

Daniel Divinski, contraportada escrita por el primer editor de Breve historia en Buenos Aires


«Una novela como Breve historia de todas las cosas debería obligar a la crítica a replantear la historia de la literatura en español».

Alejandro Hermosilla, Avería de pollos, Barcelona


«Breve historia: obra magna, increíble que un joven de 25 años haya escrito semejante novela».

Daniel Ferreira, El Espectador, Colombia


«Eduardo Gudiño Kieffer, el ya famoso novelista argentino, durante una estancia en Cali, Colombia, en un congreso de narrativa, descubrió un inesperado parentesco con un joven escritor colombiano: Marco Tulio Aguilera Garramuño, autor de la novela inédita entonces Breve historia de todas las cosas. Gudiño llevó a Buenos Aires el manuscrito, “después de haberlo leído casi sin pausas para respirar, en el avión y luego en casa” (son casi 400 páginas). Le pareció que había en él una revelación deslumbrante de un escritor muy interesante. Al día siguiente, desvelado, se lo llevó a su editor Daniel Divinsky (editor y casi inventor de Quino, autor de Mafalda). Divinsky celéricamente publicó la novela en su prestigiosa Editorial La Flor. Desgraciadamente eran los tiempos de la peor violencia argentina y entre tanta sangre la novela no tuvo la repercusión que se esperada. En la contraportada Divinsky escribió que consideraba que esta novela era lo más interesante que había aparecido en América Latina desde Cien años de soledad».

                                                                       Edmundo Valadés, Novedades, México


«Una novela pura vida. Más divertida que las del boom, ella sola vivita por la energía que emana de la historia  y la solapada ternura de su autor por los personajes, por nuestras montañas, por la tristeza vital de la provincia y por esa mirada que descubrió en los costarricenses, y que a pesar de su confesada miopía logró descifrar hasta el agotamiento (…) Más divertida que  Cien años de soledad  (…) Es un sainete bellísimo en donde lo real se vuelve fantasía y lo maravilloso se hace casi real, por las características esenciales de unos personajes deformados, caricaturizados, elementalizados y hechos vida por la magia del recuerdo y la sonrisa (…) Hay una especie de concubinato entre García Márquez y José Amado, entroncada por supuesto, y ahí reside la categoría de pastiche, con las locuras, fantasías y fiebres de este especialísimo personaje que debe  ser Marco Tulio Aguilera Garramuño».

Alfonso Chase, suplemento Postdata del periódico Excélsior, Costa Rica, 10 de agosto de 1975


«San Isidro de El General no tiene nada que ver con Macondo, salvo el hecho de que ambos personajes de ficción inventados por autores literarios colombianos. ¿Inventados? Hasta cierto punto, puesto que, podrían constituir un reflejo,  entre real y mágico de,  muchos coloridos pueblos de Latinoamérica. San Isidro de El General —a todo color y sabor— es el protagonista de  Breve historia de todas las cosas, entretenida y chispeante novela del colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño que acaba de publicar en Buenos Aires. Breve historia de todas las cosas impone a la atención de la crítica y de los lectores de habla castellana a un nuevo e imaginativo narrador colombiano en momentos en que el mundialmente famoso Gabriel García Márquez anuncia que durante un largo periodo dejará de lado la novela y el cuento para dedicarse a la política».

ANSA-Noticiero Cultural Latinoamericano, hoja 11, agosto 13, 1975, Buenos Aires


«Entre la generación de jóvenes rebeldes que aparece hoy en día en la novelística latinoamericana, Aguilera Garramuño puede ser considerado como el primer colombiano que entra dentro de la categoría de los que convierten a la literatura en objeto de juego. Sin embargo lo que es de mayor importancia en Garramuño, especialmente en su novela Breve historia de todas las cosas, es su habilidad, simple y llana, y con una gracia arrolladora, para contar historia divertidas una tras otra, en un surtidor que recuerda las cimas de la literatura narrativa de todos los tiempos, algo que sin lugar a dudas es esencial a la novela».

        Raymond Williams, Inter-American Review of Bibliography, num. 1, enero-marzo, 1977


«Novela “frenáptera”, la Breve historia de todas las cosas, tal vez más larga que breve (pero se lo agradece el lector), tiene una carga de humor e ingenio grande. Humor que no fabrica el narrador, sino que sabe tomar de las actitudes y personalidades de la gente de todos los días, que hace de sus vicios y profesiones, de su manera de enfrentarse con los demás y con el mundo, un extraordinario espectáculo trágico-cómico. Pero ellos no ríen, ellos simplemente hacen su vida; la vida no es un asunto de reírse. Reímos nosotros, los espectadores, que vivimos fuera de ese círculo, de ese alejado y particularísimo rincón del planeta llamado San Isidro de El General».

            Andrés Hurtado García, La Estafeta Literaria, no. 583, Madrid, 1976


«Nos deja esta novela la impresión de que la vida es un circo, su lectura trae el premio de la gratificación de la amenidad. Novela entonces amena y hasta en su mayor parte regocijante, de inventiva ingeniosa y sostenida a veces hasta el delirio, con un humor que cuesta llamar alegre por el rictus que conlleva, Breve historia de todas las cosas accede a la narrativa latinoamericana con brío y un despunte de sabiduría (sabiduría narrativa, técnica y de la otra: de la vida) sorprendentes y hasta increíbles en un joven de 24 años».

Jorge Ruffinelli, La Palabra y el hombre, No. 29, Nueva Época, enero-marzo 1979, Xalapa, México.


«Cosas como «Aguilera Garramuño no es un pseudónimo de García Márquez para escribir una novela más divertida que Cien años de soledad» nos parece una publicidad torpe, ya gastada, y que previene en el lector contra el libro. Lo menos que se puede pensar es que se trata de alguien que quiere utilizar a otro como trampolín, recurso también muy trajinado y poco serio (…) Sin embargo se encuentra uno con un narrador dotado, imaginativo, bastante descuidado, hiperbólico, desmesurado, gratuito en muchos aspectos, torrencial y desmadejado»

Miguel Donoso Pareja, Bitácora Latinoamericana, enero 5, 1978, Diario El Día, México D.F.


«No es de extrañar la paradoja de una visión muy seria de la sociedad dentro de una obra tan divertida. Paradójico es el título BREVE historia de todas las cosas. Paradójico es también el hecho de que San Isidro de El General, Costa Rica, Centroamérica, se convierta, igual que Macondo, en el prototipo de cualquier pueblo latinoamericano. Por lo tanto no tiene sentido que los astrónomos colombianos sigan desconociendo la obra por su ambiente “extranjero”. Aunque no tenga las dimensiones universales y trascendentes de Cien años de soledad, la novela de Aguilera Garramuño es de mayor magnitud que todos los otros satélites de la última década».

Seymour Menton, La novela colombiana: planetas y satélites, Plaza y Janés, Bogotá, 1978


«La novela de Aguilera Garramuño es muy divertida y verdaderamente legible, pero está muy lejos de superar y ni siquiera igualar a su modelo (Cien años de soledad), a pesar del empleo indudablemente hábil de una gran cantidad de recursos narrativos: los ingredientes de la pasta pueden ser muy buenos y la preparación esmerada, pero con todo a veces los pasteles que pueden ser muy buenos no se esponjan en el horno, por lo menos no tanto como uno quisiera. El autor publicó esta primera novela cuando andaba por los veinticuatro años, así que, si no se quema (como los deportistas) al proponerse a García Márquez como modelo, no dudo que llegue a dar mucho. Si Gabo se propuso a Cervantes como modelo, no veo por qué Marco Tulio no pueda hacer lo mismo con García Márquez».

            Juan José Barrientos, Punto y aparte, Xalapa, 18 de octubre de 1979.


«No hay que equivocarse entrando en comparaciones entre los estilos de García Márquez y de Garramuño, pues la propiedad con que este último se desenvuelve dentro del lenguaje desenfadado y verborréico, permite advertir que no está empeñado en imitar a nadie,  que simplemente está soltando su vena deslumbrante por donde tiene que hacerlo, por la vía que le es absolutamente propia y que por tanto maneja a su antojo… Garramuño no es un imitador de García Márquez, ni pretende plagiar a nadie, es un autor con auténtica vena literaria de la mejor estirpe, emparentada con Cervantes y lo mejor de la literatura castellana, una vena  que ha explotado artísticamente la vida de un pueblo por el conducto más indicado de la sonrisa y la ironía».

            Carlos Morales, La República, San José, Costa Rica, junio 29, 1976


«La presente versión de Breve historia de todas las cosas, realizada por Plaza y Janés en Colombia, con un tiraje extraordinario para una novela publicada en Colombia (20 000 ejemplares), es la segunda edición de la publicada en Buenos Aires. De ella se habló bastante hace tres años entre los escritores. Por entonces Jairo Mercado escribió que no se explicaba cómo una novela como ésta aparecía y no se armaba con ella un fenomenal escándalo literario, sólo comparable al de Cien años de soledad. Son 370 páginas escritas con brío, con excelente humor y un endiablada sabiduría literaria y humana, y si bien su configuración como novela puede ser discutible, lo cierto es que se trata de uno de los textos más divertidos y ricos, ingeniosos y llenos de poderío de la literatura colombiana, y me atrevería a decir latinoamericana, de todos los tiempos».

            Germán Santamaría, Dinners, Bogotá, Colombia.


«El narrador muestra sus ganas de contar, de describir en la narración con ritmo frenético el complejo mundo de su situación en el universo. Muestra. Exhibe su capacidad de observación. Mira todo lo que a su alrededor acontece, sin perder detalle. Visión de impresionismo fotográfico que capta en un todo, como a través de una lente cóncava y tridimensional, la vida urbana. Alucinación que abarca en una muestra representativa el todo del ente nacional de un pueblo que es, como diría Borges, todos los pueblos. De ahí la universalidad de una novela tan intensamente localista. Es tan ajena que parece propia. Todo lo  abarca sin perderse en el fárrago, con un equilibrio pasmoso: niveles sociales y sus desempeños, caracteres individuales cargados de una tipificación sociosicológoica, grupos cívicos (Club de Damas Grises, Cámara Junior, Club de Leones), grupos místicos (los mormones, el niño hindú Masera-Ti, espiritistas del Centro Flor de Paud), centros sociales, prostíbulos (los más hermosos y sorprendentes lugares, los más originales, los más sórdidos, con criaturas tan delicadas que habría envidiado Kawabata), compañías de explotación transnacionales, estatal desorden administrativo, corrupción, peculados, locos, bobos, ineptos, ilusos, imbéciles, pordioseros,  intelectuales, que, y no sería extraño, Garramuño, en su casi anormal sabiduría de 24 años de edad, hacen pensar en la realización plena del aleph borgiano. Realización del aleph borgiano pero en novela, no en cuento. Todo aparece en esta fotografía y mucho más.  De todo se ríe el narrador (que en este caso es desvergonzadamente el autor). Con una sonora risa lingüística, con una extensa  carcajada estructural, con una sorprendente capacidad para ironizar, para burlarse del mismo lector, para tomarle el pelo, para desmitificar, para jugar con la historia de la historia, pintando anárquicamente la anarquía…  Desde ahora afirmo y sin recelos que  Breve historia de todas las cosas es una excelente novela, un  tour de force casi inexplicable en un joven de 24 años. Es una de las novelas mejor escritas en Colombia y su escritor, Aguilera Garramuño, estudiante de filosofía y fondista, se constituye no en una promesa sino una realidad actual, original, que marca a la literatura colombiana como sólo tres o cuatro grandes novelas lo han hecho. En este autor desemboca lo mejor de la literatura latinoamericana: García Márquez, Rulfo, Borges, Arreola, Sábato, Carpentier y Agustín Yañez, ese casi olvidado y maravilloso autor de Al filo del agua«.

José Guillermo Varela García, El País, Cali, Colombia, 29 de marzo de 1981


«Breve historia de todas las cosas le confirió al autor, de inmediato, pasaporte de escritor de pesos completos. Se trata de una novela de 370 páginas cuya composición total podría asociarse a un gran mural de un pueblo maravilloso, como sólo podría estar en Latinoamérica y en la imaginación prodigiosa de este joven colombiano que es Marco Tulio Aguilera Garramuño».

Isaías Peña, El Espectador, Bogotá, Colombia, 1 de octubre de 1981


«Las posibilidades de juego de la imaginación en la novela Breve historia de todas las cosas son casi infinitas».

John Brushwood, La novela hispanoamericana del siglo XX, Fondo de Cultura Económica, México


«Su novela pertenece a la gran tradición de la novelística hispanoamericana y contemporánea (…) La modernidad de esta novela consiste en ser una construcción que se mira en el espejo de otras edificaciones literarias; digo espejo a propósito, porque reflejo no es fiel reproducción de la sombra, antes bien la imagen. Y la obra de Aguilera Garramuño es proyección no sólo de la narrativa de “experimentación” actual, sino también de los clásicos: el Quijote, obra de la que recupera lenguaje, ingenio y una percepción alucinada de la realidad (…) Esa actitud crítica hacia la sociedad es lo que hace de Breve historia de todas las cosas una gran novela (…) Si se quiere, la historia de ese pueblo inolvidable de San Isidro de El General, su controversia como pueblo o ciudad, es un drama donde la sangre no se derrama; sino que bulle; hierve porque todos sus pobladores están insatisfechos. ¿De qué? Ausencia de confrontación y con una fantasía que los devora; ellos quieren vivir el paraíso con el disfrute de la carne (…) ¿Semejante a Cien años de soledad?  No. Lo que hay es una semejanza disímil. Un gozoso paso adelante. No realismo mágico sino magia realista. Garramuño usa un procedimiento inverso. La imaginación del novelista se sitúa en primer plano; con ella él intuye y descubre su propia fantasía y la de otros; el mundo real en que vivimos con nuestras irrealidades. El estilo de Garramuño se nutre del sueño, es pariente de Calderón de la Barca; apenas despertamos vemos alrededor la magia de la realidad.  Marco Tulio le impone su sueño, su fantasía, a la realidad: no depende de ella. Y la imaginación de este joven colombiano es de un poder arrasador (…) Su novela no es una aceptación de un mundo creado sino la creación de otro tan poderoso como el anterior. Garramuño compite con la creación. Ese es el tamaño de su ambición. Es un deicida. Crítica de la realidad. Eso es. Y además, crítica de la crítica, autoconciencia en la creación. En efecto: en Breve historia de todas las cosas se cuenta la historia de la escritura, cómo nació, se gestó y se desarrolló. Al narrador le interesa primus inter pares no la historia, sino la escritura del relato: le interesa el sueño, no el origen del sueño. Parodia del Quijote  (parodia de la parodia, pues) — hay una Dulcinea, hay un presidiario que está al borde de la locura a causa de los excesos de lectura, hay un lenguaje arcaico (burlesco). Parodia de Cien años de soledad —hay algunas escenas que podrían entrar en la novela de García Márquez sin pedir permiso, pero que se diferencian porque Garramuño les pone una piedra que no las deja flotar—. Parodia y homenaje a Shakespeare (tenemos una tragedia de amor tan conmovedora como Romeo y Julieta).  Homenaje a Al filo del agua y Pedro Páramo. Alusión ala  alegoría de la caverna de Platón. Reinterpretación y ampliación del aleph de Borges… Todo ello haría pensar en una obra pedante, erudita, pesada. Nada más lejos. Esta novela es de una alegre ligereza que ha llevado a algunos críticos a hablar de superficialidad. Podría decirse que sí, es superficial como una fiesta de disfraces … que oculta cien tragedias. (…) Y hasta lo insólito: escribe mal para poder burlarse de sí mismo: el narrador apela a un cierto descuido, elegante y divertido descuido en la coherencia de su escritura, en el manejo del tiempo, en las identidades de personajes que cambian de nombre y de vida. No le tiene miedo a las influencias. Las anota con nombres y apellidos. Es un reto. Un sentimiento de poderío narrativo a veces incluso descarado, que a algún crítico ha llegado a molestar. (…) La crítica seria ha reconocido dos poderes en Aguilera Garramuño: su gran imaginación y la fantasía con que escribe. Es notable también la selección a veces extravagante o precisa de palabras, que sin duda aprendió de Borges y a la que supo darle matices absolutamente personales».

Tradición y novedad: Breve historia de todas las cosas, Separata de la Revista Iberoamericana, Pittsburgh, números 138-139, enero-junio 1987, Estados Unidos.

Las fronteras

Al hilo de la reedición en Estados Unidos de mi novela La frontera sur (Sed, 2022) para los ciudadanos hispanoparlantes, un libro cuyo eje argumental es esa frontera artificial, aleatoria y caprichosa, como lo vienen a ser casi todas, que hay entre Estados Unidos y México, me viene a la cabeza una serie de reflexiones sobre  esas barreras naturales (el mar Mediterráneo, que tantísimas vidas se cobra) o artificiales (ese muro que separa los dos países norteamericanos y que promete ampliar Donald Trump si vuelve a gobernar, pero que ni Barack Obama ni Joe Biden han echado abajo sino todo lo contrario, lo han alargado, o el de Cisjordania elevado por Israel),  que se levantaron en el mundo cuando el muro por antonomasia, el de Berlín, cayó bajo los mazazos entusiastas de los alemanes que se reunificaban después de la derrota de la Segunda Guerra Mundial, entusiasmo que en mí se tradujo en escepticismo.

El escritor español Manuel Vázquez Montalbán, novelista de género negro y uno de los intelectuales más lúcidos y mordaces que tuvo mi país, predijo que el XXI sería el siglo de las grandes migraciones, un proceso natural, fruto de la necesidad, que los gobiernos europeos y el norteamericano, entre otros, intentan ponerle freno como esos cocodrilos que acechan a los rebaños de ñus que se disponen a cruzar el río Mara y lo consiguen a pesar de sus muchas bajas.

Cuando estuve hace muchos años en México D.F., el taxista locuaz que me conducía al centro de la ciudad me comentaba de lo absurdo de ese gran muro que entonces ya se estaba construyendo: “Por muy alto que lo hagan, lo saltamos. Y, además, la mitad de Estados Unidos era de México y los gringos nos lo robaron”. Pues sí, era de México, y antes de España, y parece ser que una masa imparable de latinoamericanos (hondureños, salvadoreños, guatemaltecos, nicaragüenses, venezolanos) que huye de la miseria y la violencia que reina en sus países, va a la conquista de ese Nuevo Mundo tal como hicieron los pioneros en la conquista del Oeste doscientos años atrás, pero ya no son nativos pobremente armados los que tienen enfrente sino policías, militares y civiles los que les dan caza. 

Las fronteras son flexibles según quiénes deban cruzarlas. Hungría, y Polonia, cerraron las suyas con alambradas de espino cuando una riada de emigrantes que venía de países de Oriente Medio en guerra, sirios, iraquíes, también afganos, trataba de pasar por su territorio para buscarse un futuro mejor para ellos y sus descendientes; esa misma Polonia que rechazaba a unos con porras y gases lacrimógenos, como también hacía la Hungría de Orban, ahora, con los refugiados de la guerra de Ucrania, se muestra generosa y acogedora: son cristianos, son europeos, son rubios. No muy diferente es Rishi Sunak, el primer ministro del Reino Unido que puede hacer bueno a su antecesor Boris Johnson y se olvida del origen migrante de sus padres, que quiere enviar nada menos que a Ruanda (¿por qué no al espacio?) a todos los emigrantes que intenten llegar a Gran Bretaña ilegalmente cruzando el canal de La Mancha. ¿No sería más fácil y práctico por su parte acogerlos y emplearlos en su país en donde están teniendo graves problemas de abastecimiento por, entre otras cosas, falta de conductores de camiones y reponedores en supermercados, además de las consecuencias nefastas del Brexit?  

España fue corresponsable no hace mucho de una tragedia en la frontera de Melilla en la que murió un número indeterminado de subsaharianos machacados sin piedad por la policía marroquí y expulsados por la Guardia Civil los que conseguían pisar territorio español en aplicación de la política de expulsión en caliente. Muertos sin nombre que fueron a parar a una fosa común. Años antes, unos guardias civiles, en la playa de Tarajal, no solo no ayudaron a salir del agua a unos subsaharianos que trataban de llegar a la costa nadando sino que les dispararon pelotas de goma que provocaron el ahogamiento de una parte de ellos sin que los causantes de esas muertes recibieran ningún tipo de castigo por ello. En mi país también existe la impunidad policial, aunque no llegue a los niveles de Estados Unidos.

Los países desarrollados de Europa y América temen una invasión de los desheredados de unas tierras que ellos mismos han esquilmado a través de todo tipo de compañías que han explotado sus recursos naturales o han provocado guerras para redondear sus negocios o ayudaron a que se establecieran gobiernos títeres y corruptos con los que negociar con ventaja el saqueo. Una África sumida en la anarquía más absoluta desde que fue descolonizada y sus fronteras fueron trazadas con tiralíneas por los colonizadores sobre mapas en despachos alejados, vertedero del Primer Mundo,  sigue siendo el terreno abonado para el saqueo sistemático, últimamente de chinos y rusos que han tomado el relevo a ingleses, holandeses y franceses. Los piratas siguen existiendo, aunque ya no lleven parches en el ojo ni patas de palo.

Las tragedias se suceden a diario en esa fosa común en que se ha convertido el Mediterráneo, el mar de las grandes civilizaciones de la época clásica. Las muertes de los que huyen del hambre, la sequía, las guerras y las persecuciones religiosas y políticas son consecuencia de políticas criminales de algunos de los estadistas europeos. La primera ministra italiana Giorgia Meloni, la admiradora de Benito Mussolini, cantaba en un karaoke con su ministro Matteo Salvini mientras seguían llegando cadáveres a las costas de Calabria. Las pateras naufragan y ni las ONG ni los buques mercantes que se cruzan con ellas pueden rescatar a sus náufragos por expresa prohibición del gobierno xenófobo de extrema derecha de Italia que, recordemos, ha sido votado por una inmensa mayoría de la población, y eso es lo más grave. No solo Giorgia Meloni se muestra indiferente, y beligerante, contra el drama de la migración, sino que tiene la complicidad activa de los que votaron esas políticas de endurecimiento contra los migrantes ilegales y Europa mira hacia otro lado. No solo Hitler fue el responsable del Holocausto, también los alemanes que lo auparon y lo estuvieron aclamando mientras iba ganando la guerra a cualquier precio.

Tenemos muy poca memoria o somos como el perro de Pavlov que solo reaccionamos antes imágenes que nos golpeen. Parece que nos hemos olvidado la de ese niño, Aylan, ahogado en las costas de Grecia hace ya muchos años. Hay Aylanes a miles mientras crece nuestra indiferencia y se votan políticas que directamente asesinan sin que tengan que asomar las bocachas de las armas.

El escritor, la ética y su falta

‘¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era! ¡Oponed vuestras frentes a los ignorantes mercenarios!
Pues tenemos mercenarios en el campamento, en la corte y en la universidad:
los cuales, si pudieran, rebajarían lo mental para siempre y prolongarían la guerra corpórea’.

Casi con el Idus de Marzo mismo, en lo que parece un guiño literario más, se nos fue Kenzaburo Oé y como un gesto no menor, habría sido en el día que los romanos dedicaban al dios Marte, dios de la guerra -que Oé odió- pero también del hierro, la fuerza, como las de las convicciones que cultivó y mantuvo a lo largo de su extensa vida.

El lunes al atardecer, en la aldea que es Maldonado, concurrí a una jornada de lecturas literarias (denominadas 8×8, porque 8 autores leen durante 8 minutos) principalmente porque allí participaba mi hija Ana Claudia con fragmentos de sus dos novelas premiadas.

Allí, en un patio intimista bajo palio de dos magníficos tilos de anchas hojas, nos congregamos una veintena de personas, se supone amantes de las letras, mayoría familiares de los lectores como suele suceder con nuestra literatura de cabotaje.

Con la consigna “El poder de la poesía”, aunque reuniera poesía y narrativa, el evento sería abierto por una profesora de Literatura, quien para la ocasión eligió -por sus gustos personales, supongo- un largo poema de Neruda dedicado a la Guerra Civil española. Ese ese poema en que Neftalí Ricardo Reyes Basoalto reescribe el clásico infantil “Caperucita Roja y el Lobo feroz” en clave inocentes republicanos exterminados por las hordas fascistas.

Terminada su lectura, luego de los aplausos de rigor, el micrófono quedó abierto para comentarios del público.

Fue entonces que recordé que al otro lado del mundo había fallecido Kenzaburo Oé. Pensé que, siendo la figura literaria que era resultaría extraño no dedicarle una sola palabra, y que, a pesar de las distancias entre el japonés y el chileno, había un desgraciado hecho que, como se verá, les unía, y a la vez, les separaba con una profunda grieta, un verdadero abismo.

Nacido en 1935 en la lejana isla de Shikoku, con solo nueve años el pequeño Kenzaburo quedaría huérfano de padre al morir éste en la Guerra del Pacífico. A partir de entonces, será su abuela quien asumirá un papel central en la educación del niño, tercero de cinco hijos, en una familia tradicional japonesa donde ella desempeñaba el papel de encargada de preservar la tradición oral japonesa. Su influencia, sería decisiva en la temprana vocación del niño Oé en su afición por las letras.

En Tokio, a donde viaja por primera vez con 19 años para ingresar en la Universidad, estudia Letras Francesas siendo alumno de Kazuo Watanabe. Se casa en 1960, cuando ya había publicado sus primeros trabajos, lo que le había valido el Premio Akutawa para jóvenes promesas literarias.

Para 1963, cuando ya había viajado a Francia, donde había conocido a Sartre y tenía una carrera y una vida por delante, es que le sobreviene la tragedia familiar: la llegada de su primer hijo, Hikari -traducido como “luz”, significativamente- nacido con una severa discapacidad producto de una hidrocefalia, que además se verá luego acompañada de un diagnóstico de autismo.

Es que, como lo relatara Oé en su novela “Una cuestión personal”, aquél hecho sería su propia explosión nuclear, un parteaguas para el que un joven de apenas veintiocho años no estaba preparado.

Lo que vendría sería la larga lucha de Oé consigo mismo, el pasaje por todos los estados de ánimos posibles, las peores ideas imaginables, el descenso a los infiernos del alcohol, el abandono y hasta las ideas, filicidas en algún caso, suicidas en otros.

En esa novela publicada en 1964, a la que luego seguirían “Dinos cómo sobrevivir a la locura” y “El grito silencioso” relata esa terrible experiencia, el exorcismo de sus demonios, y el largo y doloroso camino de aceptación y construcción de un amor filial que le acompañará toda su vida y le dará a Hikari la oportunidad de desarrollar su propia vida y un talento musical para la composición que de otro modo jamás habría conocido.

La suya fue una verdadera lucha a vida o muerte entre el bien y el mal que todos llevamos dentro, pero que la ética y moral propias de su educación, terminaron decidiendo por el camino correcto, no sólo para su hijo que dependía de él y era culpable de nada, sino para él mismo. Su carrera literaria, explosiva a partir de 1964 y con esta experiencia personal como eje, es lo que le llevaría a obtener treinta años después el Nobel de Literatura por el conjunto de su obra.

Hijo de su tiempo y circunstancias, Oé fue un intransigente defensor de las causas de paz y contrario al desarrollo nuclear, que sostuvo hasta su propia muerte.

La belleza y profundidad de su obra, su compromiso ético y moral con la vida y el respeto a los valores del individuo, serían harto suficientes para hacerle merecedor de mucho más que esta columna y todos los homenajes, que seguramente le serán dados, por sí solo y sin necesidad de apelar a ninguna otra cosa.

Si le he dado vela en este funeral al chileno Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, alias Neruda, dios no menor de la imaginería de la izquierda latinoamericana y de la progresía biempensante europea, es porque él también tuvo una hija, primera y única, casi con la misma edad, en 1934 y a los treinta años, dos antes de estallar la Guerra Civil.

Malva Marina, nace en el Madrid donde su padre es Cónsul General de Chile -en su calidad de miembro del Comité Central del Partido Comunista de Chile- con una brutal hidrocefalia, que pone en serio riesgo la posibilidad de sobrevida.

El rechazo de Reyes Basoalto a su hija demora lo que le cuesta aceptar su infortunio. A partir de entonces ella será “una vampiresa de 3 kilos”, una “especie de punto y coma”, un “ser perfectamente ridículo”.

El estallido de la Guerra Civil menos de dos años después, la huida -propia de estos especímenes- hacia Montecarlo, le dan al rey de las parrandas, la coartada perfecta para abandonar a su “querida Maruca” a la buena de dios, para nunca más volver.

No iba a ser ese pequeño monstruo el que iba a impedir que Neruda, el poeta bendecido urbi et orbi, disfrutara de su condición divina de pope comunista, caviar y champagne, y cama promiscua como las de los poderosos que se sienten tales.

Las peripecias de esta infamia han sido muy bien relatadas por la escritora Hagar Peeters en su novela “Malva” de Ed. Rey Naranjo.

Pero la disociación entre la calidad literaria -que no nos sentimos calificados para cuestionar, aún cuando sus versos despidan olor a sangre- y la del ruin ser que fue Neruda, tendría todavía décadas para manifestarse con total impudicia. Desde su auto confesa violación a una criada en Sri-Lanka, hasta su “poema de la maldad” como lo calificara Fernando Mires, por la “Oda a Stalin” dedicada a la muerte del genocida, escrita desde su casona en Isla Negra, una de las 3 grandes propiedades que poseyó el comunista Reyes. No fue la única maldad a la que rindió pleitesía, por cierto. Fulgencio Batista (sí, ¡Batista!) y Fidel Castro fueron también destinatarios de sus patéticos panegíricos.

Todas estas ruindades son nada comparadas con la muerte, a los 8 años, de esa Malva Marina que no pudo nunca florecer, sola y abandonada a la suerte de una madre que corrió igual suerte.

En una entrevista al diario “La Tercera” el notable escritor argentino César Aira, autor del libro “Diccionario de autores latinoamericanos” dedica un capítulo al chileno, en el que afirma que “el cinismo de Neruda le permitió vivir sin sentir miserias ni dolores, aunque se los infligiera a otros. Creo que era muy propio de aquellos izquierdistas de antes, tan infatuados con su postura de Amigos del Pueblo que se lo podían permitir todo, desde el adulterio hasta el champagne”.

Aquí, es cuando uno debería ponerse de pie y aplaudir a César Aira por tan magistral descripción en tan sólo un párrafo, con el que debemos coincidir hasta en las comas.

En cambio, en este particular homenaje a Kenzaburo Oé que pretende ser esta columna, en la que como en esas salas de espejos donde el reflejado, delgado, se ve obeso o siendo alto se ve pequeño, sin que las calidades literarias sean puestas en cuestión -habida cuenta que eso es materia del lector-, la figura del Oé consagrado a su hijo y la del chileno inmoral puestas frente a frente, la de aquél adquiere la estatura de un gigante enfrentado a un minúsculo ser informe, “un vampiro de muchos kilos”, una “especie de punto y aparte”, un “ser perfectamente despreciable”.

Al final de esa entrevista, Aira dice algo más: “de cualquier modo, la calidad literaria corre por un canal distinto al de la moralidad”.   

No, César. No.

Una y otra son una misma, porque si bien un monstruo puede “escribir los versos más bellos una noche” no dejará por ello de ser un monstruo, y en cambio, toda bella literatura reluce con el brillo del oro auténtico si detrás de ella reposa la figura de un ser humano merecedor de ser llamado tal.

De Oé, su obra y su vida, seguirán viviendo en nosotros.

Requiescat in pace, Kenzaburo.