Más allá del realismo sucio

Última rumba en La Habana
Fernando Velázquez Medina
Ediciones Furtivas, Miami, 2022


El capillismo, los grupúsculos, el amiguismo… en resumen, la falta de seriedad y de rigor analítico que convierten el terreno literario en un territorio de feudos excluyentes vienen asolando las letras cubanas y los estudios literarios cubanos desde hace décadas. Ese fenómeno, que antes de 1959 se manifestaba de un modo menos letal que hoy (recordemos, por ejemplo, que Lezama y Virgilio eran dos pesos pesados en un mismo ring, pero se respetaban y reconocían profundamente), con la llegada de la Revolución y de su tan cacareado Programa Cultural adquirió categoría de enfermedad terminal (ahora con el añadido de las descalificaciones por razones ideológicas) y, pasadas las décadas y ya con el agravante del éxodo casi masivo de miles de intelectuales, artistas y escritores, ha llegado a convertirse en una pandemia.

He dicho varias veces que me parece vergonzoso que los señores feudales de la literatura cubana, es decir, los que desde puestos de poder cultural tanto en la isla como en el exilio, se vanaglorian de ser las voces autorizadas para definir qué vale o qué no vale en las letras cubanas, desconocen olímpicamente autores y obras con motivaciones que considero realmente malsanas, al tiempo que maniobran en sus ensayos, en sus revistas, en sus congresos y en cuanta plataforma se les ponga a tiro para elevar a sus olimpos personales a ciertos autores menores, con obras menores y en la mayoría de los casos muy cuestionables en sus aportaciones y calidad, y convertirlos en diosecillos a los que se supone que debamos leer.

Esta novela, por ejemplo, Última rumba en La Habana, de Fernando Velázquez Medina, es una de esas excelentes e imprescindibles novelas cubanas que han sido ninguneadas por esos señores en sus sesudos análisis. Por suerte, la buena literatura se impone y esta novela ha sido elogiada incluso por escritores que no suelen elogiar a nadie… y han sido elogios justificados… entiéndase: no han sido palabras para complacer a un colega, a un amigo, a un miembro del gremio… Quien lo dude, lea las certeras palabras del escritor español Antonio Muñoz Molina, que aparecen en esta edición.

Aunque la inscriben algunos en el realismo sucio, que coloca a Fernando entonces junto a autores como Pedro Juan Gutiérrez o Zoé Valdés, Última rumba en La Habana, más que seguir lo establecido por ese modo de abordar narrativamente una realidad propone una incursión casi antropológica en la depauperación humana del cubano, debacle sociológica que se produce bajo el influjo desolador de la depauperación económica, política y social de un sistema, y por extensión, de una isla y de sus habitantes. La historia de esta muchacha, una jinetera cuyo sueño mayor es emigrar, es la historia de una búsqueda de las esencias perdidas en la propia vida de esa protagonista… una búsqueda que la conducirá a un final aplastante: no hay nada que encontrar, porque todo -las ilusiones, los sueños, la existencia misma- ha sido destruido por las circunstancias históricas que le ha impuesto esa sociedad represiva y asfixiante que gravita como un fantasma amenazante sobre todo.

Última rumba en La Habana, en simples palabras, es una novela que resume un trauma nacional construyendo un mundo espejo mediante una incursión dramática a la cotidianidad cubana más conocida, la de la marginalidad, y dando vida  a un personaje modélico de ese sello que algunos llaman cubanidad, los marginales en un sistema que condena a todos a vivir en los límites de la marginalidad: es decir, lejos de la ética, de los valores humanos, de la solidaridad… animalia que comparte las facetas más oscuras y miserables de una ciudad y un país hundido en un eufemismo político, “el período especial en tiempos de paz”, lanzándose unos a otros zarpazos y dentelladas en sus intentos desesperados por sobrevivir en esa selva deshumanizada que es Cuba desde 1959.

En el plano lingüístico es asombrosa la capacidad de Fernando Velázquez Medina de moverse entre registros muy diversos que confieren a esta novela una riqueza sonora y un colorido único, pero ante todo, la convierte en un muestrario abierto de todos esos matices que algunos estudios literarios definen como marcas de lo cubano: la carnavalización del idioma;  la juguetona zambullida en el doble sentido mediante la picardía de la gente; el humor paródico para caricaturizar ciertas situaciones del día a día; la critica mordaz, irónica, ácida a las circunstancias  más asfixiantes en las cuales hay que sobrevivir, y la mirada apacible de la sabiduría popular en la reinterpretación de ciertos mitos nacionales, de ciertas etapas históricas, de ciertos sucesos o personajes de la realidad social impuesta por ese proceso llamado Revolución.    

Otro logro de Última rumba en La Habana: sin dejar de ser un panorama casi fílmico de los bajos fondos de una ciudad, La Habana, y de esa larguísima estela de perdedores que se mueven en sus rincones más sórdidos, condenados al silencio, a la resignación, a la complicidad falsa o a la huida, esta es una novela que teatraliza con mano muy cuidadosa ese supuesto alto nivel cultural con el que la Revolución dotó a los cubanos: las referencias literarias, musicales, del cine y del arte en boca de los personajes principales, recordemos, perdedores todos ellos, se convierten en el más afilado contrapunteo crítico que va descascarando las capas falsas de pintura del metarrelato histórico revolucionario que aparece en esta novela como telón de fondo y como ojo siniestro que todo lo ve.

Última rumba en La Habana es, sin duda alguna, una novela mayor, una obra imprescindible en cualquier estudio literario sobre la narrativa cubana.