Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Mayo 2007. Antilde;o uno. Número uno

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Exilio: ¿Ruptura o Continuidad?

Antonio Álvarez Gil
Armando de Armas
Joel Franz Rosel
Odette Alonso
Ricardo Ortega

Página 2

Antonio Álvarez Gil: Salí de Cuba buscando libertad de expresión. La necesitaba para seguir creando mi obra en armonía con los criterios que me dictaba la conciencia. Soy uno de los muchos escritores que durante años han resuelto de ese modo el conflicto entre el poder totalitario que dicta y presiona desde fuera y el impulso interno de su aliento creador. Cuando en mayo de 1994 llegué al aeropuerto de Estocolmo para solicitar asilo en Suecia, sabía que llegaba a un país de historia, cultura e idioma diferentes por completo a los míos. Me preocupaba sobre todo el idioma, que es el arma con que cuenta el escritor para tratar de hacerse justicia en este mundo. Comprendía que me adentraba en una etapa nueva de mi vida. Lo nuevo infunde casi siempre respeto, desconfianza y hasta miedo. Pero despierta también ilusión, anhelos y esperanza, sobre todo cuando se ha vivido en la desesperanza, como era el caso mío y de mi familia en Cuba.

Mi vida como exiliado en Suecia podría servir de tema para una extensa novela. Para mí, sin embargo, es mucho más que un tema; es una fuente enorme de vivencias que me han permitido crecer como persona y, sobre todo, desarrollar mis potencialidades de escritor. Llegué, pues, a este país y, ciertamente, encontré lo que buscaba. Pero no ha sido fácil. Anduve los primeros años dando tumbos de un lado para otro, tocando puertas y explorando caminos. Mas casi siempre en vano. Las puertas no se abrían y los caminos se enmarañaban sin conducirme a ningún sitio. Había conseguido la tan añorada libertad de expresión, pero apenas me servía de ella. Ahora que podía escribir sobre lo que quisiera, no tenía editor que me publicara ni público que me leyera. Tampoco encontré en Suecia a nadie que me ayudara; no hubo colega o compatriota alguno que me tendiera la mano o me revelara tan siquiera una clave para salir del laberinto. Comprendí que estaba solo, en un país con una lengua en la que yo nunca llegaría a escribir del modo en que lo hacía en español. Por entonces me cayó en las manos un documento escrito por el narrador canadiense de origen húngaro Stephen Vizinczey, en donde éste confesaba la frustración que sintió cuando, exiliado en Canadá tras los sucesos de su patria en el 56, comprendió que era un escritor que se había quedado sin lengua. Cuenta que se subió a lo alto de un rascacielos con la intención de lanzarse al vacío y terminar con todo. Por suerte, al llegar al último piso y ver la distancia que lo separaba del suelo, cambió de parecer y decidió luchar y aprender inglés. Al cabo de unos años escribió y publicó En brazos de la mujer madura y se convirtió en un exitoso escritor en lengua inglesa. Por fortuna, me dije, el español era una lengua universal, y yo tenía a España relativamente cerca. Entonces comprendí que, si quería seguir siendo escritor, debía abrirme al mundo editorial de mi área lingüística, un área que constituía un mercado de cuatrocientos millones de lectores potenciales.

Pero una cosa es decidirlo y otra bien distinta era lograrlo. Viviendo en Suecia resultaba en extremo difícil acceder al mundo editorial hispano. En 1998, el difunto Justo Vasco me invitó al Primer Salón del Libro Iberoamericano, que desde entonces se celebra cada año en la ciudad de Gijón. Allí conocí y propuse mis textos a editores de varios países latinoamericanos. Al poco tiempo pude publicar en dos de ellos. Fue el momento en que las cosas comenzaron a cambiar para mí. El resto ha sido trabajo. Trabajo y un poco de suerte para ganar algunos premios que me han permitido publicar varios libros en España. Aún no he llegado al sitio adonde creo que puedo llegar, pero ahora por lo menos conozco el camino.

Hay quienes opinan que el exilio significó una ruptura de raíces, el desarraigo del intelectual cubano de sus orígenes y su "medio natural"; otros aseguran que el exilio ha propiciado la expansión de los asuntos, intereses y zonas de referencia de la cultura cubana. ¿Qué piensas al respecto?

Armando de Armas: Me voy con la segunda. La primera es una opinión bastante provinciana a mi juicio, los intelectuales no son bananas o boniatos para tener que darse en su medio natural. Hablando de productos del agro, mis hijos, criados en Cuba, vinieron a poder comer la piña y el mamey por primera vez en sus vidas nada menos que en Miami; frutas estas que como sabes fueron cantadas allá por 1608 en lo que se considera, un poco exageradamente creo, la primera obra de la literatura cubana, Espejo de Paciencia, de Silvestre de Balboa Troya y Quesada; por cierto que Balboa ni siquiera era cubano, sino canario, y le otorga cubanía a su poema con unas frutas que mis hijos, cubanos, vendrían a saborear siglos después, no en Cienfuegos, sino en Miami.

Odette Alonso Yodú: Ambos enfoques tienen razón. La salida de Cuba implica, en primera instancia, una ruptura -que puede ser parcial o total, pero siempre es ruptura, fraccionamiento- del contacto con el público y la crítica naturales, aquellos que conocieron nuestras primeras obras y que eran testigos de su evolución. Además, queda erosionada, transformada, la pertenencia a una comunidad intelectual en la que había un constante intercambio y enriquecimiento. Pero al mismo tiempo, permite una proyección internacional, una movilidad del creador y de la obra que hubieran resultado difíciles, si no es que imposibles, de permanecer en Cuba, sobre todo si no se pertenecía a ciertos círculos favorecidos por el poder cultural.

Podrán decirme que Lezama Lima nunca salió de la isla y escribió una obra universal... es un caso excepcional; el resto de los mortales, sean o no escritores, deberían viajar (cosa que en Cuba no puede hacerse si no es con una invitación del extranjero y un permiso de salida con tiempo limitado), porque sólo así se sabe que uno no es el ombligo del mundo y que nuestros problemas no son los únicos ni los peores. O tal vez usted comprueba que sí, que son los peores, pero se cerciora por sí mismo y no repite como un papagayo lo que vienen a contarle otros.

Ricardo Ortega: Estoy más de acuerdo con lo segundo que con lo primero. Irme de Cuba fue, primero que todo, salir al mundo a corroborar "in situ" texturas, formas, olores y sabores, dimensiones y distancias. Y empleo el término corroborar porque muchos de los que hoy andamos por ahí: "diasporados", ya teníamos alguna información referencial acerca de la densidad de las nevadas en los Pirineos o la altura de las pirámides aztecas, por poner un ejemplo. Convertir luego todas esas referencias en vivencias físicas o emocionales, o del alma, fue y es, un proceso no exento de dolor y gozo, según nos tocara en cada momento de vivir lejos y luchando por arraigarnos de alguna manera en lo nuevo y, al mismo tiempo, de no desarraigarnos, no desprendernos de todas nuestras certezas, de lo que habíamos sido hasta el momento en que nos fuimos de la isla en que nacimos.

Los cubanos arribamos a innumerables lugares del planeta llevando con nosotros todo ese bagaje cultural que nos dieron por herencia. En mi caso, en el Madrid del verano de 1993, aquel bagaje tenía la textura, la temperatura y el sabor de un ajiaco criollo. Mi propio lenguaje venía cocinado en ese caldo, que no era otra cosa sino el resultado de años de búsqueda con pasión y paciencia de la forma, de la corrección en el estilo y la precisión al expresarme, de los intentos de hacer arte y hasta literatura, con ese lenguaje heredado y encerrado como yo en una isla.

De mis grandes y buenos maestros literarios cubanos yo había aprendido que podía expresarme en "cubano culto", o al nivel más coloquial, o remedar el habla de un niño de Guanabacoa o Cabaiguán, sin traicionar el habla ni el hablante. Me lo curré porque me encantó descubrir que aquello se podía hacer tanto con las formas del idioma que encontrábamos en los libros de Martí; como con ese otro que usábamos mi madre y mis hermanos para comunicarnos en el patio de mi casa.

Todo eso explotó años después de salir de Cuba y luego de ese período de silencio al que me he referido anteriormente.

Aquí he observado la continuidad de ese proceso de reajuste y enriquecimiento en muchos artistas y escritores que permanecen fuera de la isla. Tanto en el tratamiento de los temas, como el de la forma o el lenguaje, nos hemos encontrado con un mar de asuntos nuevos o de nuevos enfoques sobre viejos dilemas y conflictos. Y además está el reencuentro con los cimientos de nuestra lengua aquí en España; me impactó el hallarme en posesión de un impresionante arsenal de vocablos y expresiones antiguas o provenientes de la más ultramoderna tecnología, ahí como dispuestas, como para ser estrenadas.

Joel Franz Rosell: El exilio no es una ruptura. Es la experiencia de millones de personas y miles de intelectuales de todos los continentes, la verdadera y benéfica mundialización. No he sabido de ningún otro país que cuestione la validez de los rebrotes de su cultura en tierra ajena. Solo en Cuba prospera tan oscurantista excomunión y sus sacerdotes son de la estirpe de Judas.

Creo haber vivido un proceso de transculturación. En mis 17 años de intenso contacto con la cultura francesa (más la de otros países donde he residido dos, tres y cuatro años y medio, respectivamente: Brasil, Dinamarca y Argentina) mis raíces cubanas se hundieron en otros suelos. Mi árbol vital y profesional ha crecido con otros nutrientes, con otros agua, aire y sol, y ha recibido polinizaciones muy diversas. Sin embargo, lejos de perder mis esencias, he aprendido -he necesitado- profundizar en ellas. Para responder a las preguntas de los extranjeros con que me he relacionado y que tengo masivamente por lectores, tanto como para responder a mis propias preguntas, me he interesado en conocer, corregir, profundizar o comprender aspectos de la cultura, la historia y la identidad cubanas que, de haber permanecido en el terruño, hubiera dado por sabidas e imperturbables.

Paradójicamente, es después de salir de Cuba que escribí pertinentemente sobre mi país. Todo lo que publiqué y gran parte de lo que escribí antes, solo daba una imagen superficial e idealizada -por autocensura, por inmadurez, por ignorancia y también por insatisfacción- de nuestra realidad. Aunque desde mis primeros escritos a los doce años me interesó más el ancho mundo que la hectárea cotidiana, mi primer viaje al extranjero (tres semanas en Ecuador, en 1986) provocó la primera sacudida y las primeras lavas del cambio. Me considero predestinado a ser fecundado por los viajes, pero como nunca he sido cronista, ninguno de mis libros se sitúa explícitamente en los países que he recorrido ni aborda directamente sus realidades e imaginario: todo se mezcla y superpone, como los colores del iris para producir la luz más clara.

La imposibilidad de retornar a Cuba al comienzo de mi expatriación fue la motivación inicial de mi primera novela realista sobre un territorio específico (Mi tesoro te espera en Cuba, Hachette, París, 2000 y Buenos Aires, Sudamericana, 2002). La necesidad de vivir entre dos lenguas -francés y portugués, a las que se añadieron, en menor medida, el danés y el inglés- al tiempo que continuaba escribiendo en castellano, me permitieron un profundo cambio de prosa. También por entonces escribí algunos ensayos sobre la identidad cubana y comencé a producir narraciones donde la verdad de la Isla está conjugada en plano simbólico, paródico y, en consecuencia, universal (Aventuras de Rosa de los Vientos y Juan Perico de los Palotes, Capiro, Santa Clara, 1996 y Alfaguara, Buenos Aires, 2004, o La tremenda bruja de La Habana Vieja, Barcelona, Edebé, 2001). Sin embargo, lo esencial cubano no está ausente en libros que no tienen ubicación geográfica o social precisa (valga un último ejemplo: la fábula política intemporal de Pájaros en la cabeza, Pontevedra, Kalandraka, 2004).

Puedo pretender que la cultura cubana se ha expandido en mis cuentos, novelas, artículos y, más recientemente, en mis ilustraciones. A veces me sorprende alguien diciendo de un dibujo o un texto que para mí no tiene relación alguna con Cuba: "Ah, claro: ahí se ve al cubano". Mis temáticas, nacionales o universales y las formas que he explorado, no necesariamente cultivadas en la Isla, han propulsado, en la medida de mi talento y con el alcance de ediciones en cuatro lenguas y seis países, parcelas de cubanidad a diversos rincones del espacio ibérico y parte del francófono, sin ir más lejos.

Otra Opinión

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Rafael
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Palabras de revés

Por
Amir
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Una revista es una revista es una revista...

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"José Martí"

Damaris Betancourt. 2005

Sumario

Este Lunes

Política y religión en Cuba en los siglos XIX y XX

Leonel A. de la Cuesta

Discurso en defensa de Pavón

Pío E. Serrano

Notas (para una conversación) sobre la diáspora cubana

Jorge Luis Arcos

La isla numerosa

Luis Manuel García

Desventuras de la "conciencia crítica" en la Cuba del "sí"

Duanel Díaz

La Rebelión de los Enfermos

Carlos A. Aguilera

Lunes de Revolución y la Revolución de Lunes

William Luis

Noticias sobre el día después. Primera parte: La isla

Ladislao Aguado

Gastón Baquero, conciliador y discrepante

León de la Hoz

Otro lunes Conversa

Con José Lorenzo Fuentes

El hombre tranquilo

No hay última vez

Cuento inédito de J. L. Fuentes

Punto de mira

Exilio: ¿ruptura o continuidad?

Antonio Álvarez Gil

Armando de Armas

Joel Franz Rosell

Odette Alonso Yodú

Ricardo Ortega Nápoles

Cuarto de visita

"La humanidad tiene un contrato de fe"

Entrevista al escritor albanés Arian Leka

Amir Valle

La serpiente de la casa

Fragmento de novela de Arian Leka

Unos escriben

Guillermo Vidal

Otros miran

Damaris Betancourt

En la misma orilla

Omisiones, olvidos

Félix Luis Viera

Conjuro para fundir la nieve...

Katherine E. González

¿Seremos famosos Pepe?

Francis Sánchez e Ileana Álvarez

Escrito sobre el hielo

Alberto Rodríguez Tosca

Introducción de Juan Manuel Roca

Poemas

Libre-mente

Cuba: la escritura carcelaria

Rafael E. Saumell

Recycle

Los impedimentos de la literatura

George Orwell

De lunes a lunes

Carta abierta de Enmanuel Tornés

Carta de Santo Domingo

Librario

Pallá y Pacá

Mario G. de Mendoza

Fantasía roja

Iván de la Nuez

Todos los buitres y el tigre

José Luis Arzola

Palabras de mujer

Olga Connor

Otro lunes. Revista Digital. Tlf: +34 686 111 523. info@otrolunes.com
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