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Armando de Armas: Bueno, si me lo permiten voy a parafrasear al político de marras, al marrano de marras, pues no es en sí un político, sería cuando más, un cuadro, como a ellos les gusta llamarse, un político es otra cosa, es alguien que hace política, es decir, se somete al juego democrático, al escrutinio y a las elecciones, pero, en fin, da igual el nombrecito, nuestro hombre en La Habana habría dicho: "la revolución cubana es tan débil que ha logrado convertir al intelectual cubano en el más político de los animales que habitan hoy la tierra, ¡un animal doméstico vaya!, pues se ve claramente que, los que se fueron, no pueden desprenderse de su odio y su impotencia, lo cual es perfectamente lógico, o qué esperábamos luego de haberlos despojado de la patria, del derecho a crear con libertad en la patria, y de haberlos arrojado al extranjero, eso ha ocurrido hasta el punto de no olvidar y no frustrarse como creadores, hasta el punto de convertir ese odio y esa impotencia en la materia prima de su obra literaria; y los que permanecen acá se han convencido de que el nuestro es el único modelo posible para el que no es verdadero intelectual".
Odette Alonso Yodú: Todos los cubanos, intelectuales o no, vivamos dentro o fuera de la Isla, somos muy politizados. A favor o en contra, pero no hay uno que se abstenga de opinar, de juzgar, de querer "arreglar" el país y el mundo. Y en los últimos cincuenta años, por lo menos tres generaciones, eso se debe al proceso político que se conoce, aún, como Revolución cubana. Desde las Palabras a los intelectuales, ese sino estuvo escrito: limitar el ámbito de creación a "dentro de la Revolución" implicaba un serio parámetro de acotación. Y pocas alternativas había de violar el decreto: muchos cubanos han estado y están en las cárceles de la isla o han sido amonestados, despojados de sus derechos más elementales o conminados a dejar su país por alejarse, aunque fuera un ápice, de lo que la Revolución ha considerado como revolucionario, incluso dentro de los márgenes de la creación artística. La pantalla del supuesto exilio económico no hace más que esconder la verdadera esencia del asunto porque en Cuba -y cuanto con Cuba tiene que ver-, todo -absolutamente todo- está marcado y determinado por el signo político. No hay inocencia.
Ricardo Ortega: A mediados de la década del ochenta yo tenía veintipocos años, un hijo pequeño, unos estudios profesionales que terminar y una incipiente carrera de escritor aficionado vinculado a los talleres literarios; era un animal político, politizado por todos los medios y militancias posibles. Yo era de los que por aquella época permanecía en aquel "acá", intentando convencerme de que permanecer allá era "...el único modelo posible para todo intelectual...", según aseveraba el conocido político. La realidad se encargó de demostrar que otra vez se equivocaba y nos equivocaba; que bastaba sólo con observar detenidamente esas tres palabras puestas en fila: "único-modelo-posible" para cerciorarnos de que algo andaba mal y que iría a peor si seguían obligándonos a permanecer siempre y para siempre encerrados y ajustados a ese molde. Todos chocamos contra el obstáculo del único-modelo-posible. A mí ese enfrentamiento casi constante, por una parte me desgastaba, y por otra fue provocándome una necesidad a veces rabiosa de tener; pero sobre todo de sentir libertad para expresarme con naturalidad.
Joel Franz Rosell: Lo patético no es que ese político -que no encuentro en el cajón de mis sanos olvidos- se expresara en tales términos, sino que, casi todos, hayamos impostado el concepto a fin de comprar tranquilidad, ganar una entrada al circo internacional o la invitación para un banquete local. Si el politicastro de marras hablaba sinceramente o era tan cínico como nosotros fuimos hipócritas, es algo que no vale la pena investigar. No habiendo botado al bebé junto con el agua del baño, sigo pensando que el intelectual tiene un rol social; pero éste consiste en contribuir al progreso humano mediante su acción estética y no mediante la transformación de su obra en octavilla o dazibao. A partir de 1959 se prefirió en Cuba los pregoneros a los cantores. Craso error que también seduce a algunos de la otra orilla. La cultura ha de ser laica como toda República moderna; es decir, nada de religión política en sus páginas. Todo escritor de raza tiene doble personalidad, sin ser por ello necesariamente esquizofrénico: como ciudadano debe poder pronunciarse políticamente y como creador, estéticamente. La conexión entre ambas identidades es indestructible, pero ha de ser soterrada como las líneas de alta tensión. Cuando el Estado legisla en materia de cultura artística y literaria, se abroga el derecho de castigar a los que violan su ley, llegando a la aberración de conducir a la cárcel a un poeta por el delito de poesía desobediente. Si además ese Estado posee el monopolio de la industria cultural, incluso sin llegar al extremo de enjaular al creador, le corta las alas con su arbitraria administración del vuelo. En Cuba, también la cultura ha sido despachada "por la libreta" y tiene su OFICODA.
Antonio Álvarez Gil: Es un hecho real que durante décadas enteras una parte de nuestro pueblo ha sido reprimida por diversos motivos. Creo que no es necesario enumerar las diferentes oleadas represivas que desde 1959 baten de tiempo en tiempo y de costa a costa a buena parte de la sociedad cubana. También es cierto que hay muchos escritores que sufrieron marginación, ostracismo y hasta prisión por pensar de manera diferente o contraria al gobierno de Fidel Castro. Por suerte, no todo el mundo decide marcharse de su patria. Y una parte de ellos continúa en Cuba y se ha ido acoplando satisfactoriamente con el régimen. Algunos están tan unidos a él que se diría han olvidado los antiguos agravios. Pero hay una parte que sufrió mucho, que odia con todas sus fuerzas a sus antiguos represores. Y aunque el odio no está entre las virtudes que conducen al paraíso, ¿se les puede culpar acaso por ese sentimiento? Además, si hablamos de odio, habría que ver quién suele prodigarlo más, comenzando por el odio de clases y terminando con el odio eterno al enemigo y a los hipotéticos invasores del país. Odio por doquier. Y quien siembra odio y represión no puede aspirar a recoger amor y buena voluntad.
Por otra parte, los que nos hemos marchado del país e "independizado" de las instituciones culturales y políticas cubanas, vivimos en un mundo donde nadie te da nada, donde tienes que ganarte el pan, las publicaciones y el reconocimiento a golpe de trabajo. Unos lo logran en mayor medida que otros; pero cualquier cosa que se alcance será siempre mérito de nuestras capacidades de creación, y también a veces de nuestro sentido de la oportunidad, que tampoco es un elemento desdeñable en este asunto. En cuanto a los escritores que viven y trabajan en Cuba, ellos cuentan con la seguridad de que nosotros carecemos. Allí gozan de reconocimiento social y de una cierta estabilidad material. Y a cambio de todo ello entregan lealtad y una parte de su libertad individual como escritores. Cierto que no todos, incluso viviendo en Cuba, reciben o pagan lo mismo. Aunque no quiero mentar nombres, hay algunos que viven en la Isla y escriben con mayor o menor atrevimiento sobre los problemas de la sociedad cubana actual. Pero, en mi opinión, incluso tales colegas saben hasta qué punto pueden criticar. Se critica la sociedad; pero no las causas que la han llevado hasta su estado actual. Se puede incluso despotricar de dirigentes pequeños; pero ¡ojo con elevar la voz contra el causante verdadero del drama que vive nuestro pueblo! Yo pienso que el escritor cubano de la Isla vive instalado en una suerte de útero materno donde recibe todo lo necesario para poder llevar una vida tan segura como templada. Es una situación tranquila, que puede resultar cómoda pero que no admite casi ninguna movilidad, salvo alguna que otra patadita de vez en cuando sobre las costillas de la madre. Y es difícil llegar a algún lugar si no se nace, si no rompes el cordón umbilical y te desprendes de la placenta. Y, por supuesto, es más difícil aún aprender a caminar, a correr y, finalmente, trascender en tu carrera. Tal vez hay quien prefiera vivir en esa especie de placenta. Vive sin sobresaltos, cómodo y seguro. ¿Pero vive realmente?
Entiéndase bien que no quiero en modo alguno ponderar las ventajas del exilio. El exilio no es necesariamente connatural al escritor. Es una alternativa que no tendría siquiera que existir. Pero es también un territorio donde se aprende, donde debes trabajar y aplicarte a fondo si quieres pervivir en el oficio. No debería ser así, pero te da una oportunidad de superación personal de la que, al menos yo, adolecía en mi patria. Y todo esto en su conjunto, quieras que no, beneficia la carrera del escritor.
Armando de Armas: Creo que la cultura cubana es una sola, aún la que se hace en otros idiomas. La cultura y la nacionalidad cubanas, hoy por hoy, han extrapolado sus fronteras geográficas, se han enriquecido más allá de sus fronteras, no han desaparecido allí donde han ido por fuerza de las circunstancias del marxismo histórico e histérico, sino que han tomado de esas culturas y esas nacionalidades otras y han crecido en su acervo ¿A dónde irá a parar todo ese ajiaco que ahora se desborda y que muy bien definiera Don Fernando Ortiz? La verdad, no sé. Por lo pronto se me ocurre que deberíamos ir pensando en incluir, en la Constitución de la nueva república democrática que inevitablemente nos viene encima, el derecho de los cubanos a poseer doble y triple ciudadanía, a portar doble y triple pasaporte. En cuanto a que todo lo creado en la Isla responde a los dictados totalitarios de la dictadura es no sólo una falsedad, sino una falacia, pues pasa por alto, o pasa por las armas, el hecho tremendo de que en el interior de la Isla ha ido creciendo durante los últimos 20 años, al menos, un fuerte movimiento de cultura independiente, y que entre las personas que fueron a prisión durante la denominada Primavera Negra de 2003 en Cuba, la mayoría eran intelectuales o estaban relacionados de alguna forma con la actividad intelectual, entre ellos Raúl Rivero, un poeta insoslayable en la historia de la literatura isleña de todos los tiempos.
Odette Alonso Yodú: A pesar de lo que unos u otros sostengamos a un lado u otro de la orilla en medio de esa "lucha" de la que hablábamos antes, la cultura cubana es una, efectivamente, nutriéndose por varias ramas. El exilio y sus vicisitudes son, realmente, un tema más en la amplia gama de asuntos que trata el cuerpo general de la literatura nacional. No hay parcelas exclusivas: del exilio no sólo escribimos los que estamos fuera y de aquella cotidianidad no sólo escriben los que la sufren dentro de la isla. El cubano que vive fuera tiene con Cuba un puente que no se rompe: allá están generalmente la familia, algunos buenos amigos; allá están La Habana y el Malecón y cosas que uno no puede (ni quiere) olvidar. Porque el exiliado no abandona la patria; se aleja físicamente, pero la pérdida del sentido de pertenencia le hace aferrarse a su identidad, que es la única raíz que puede conservar, y reproduce su patria en cualquier lugar en donde se detenga o donde se asiente, y va cargando con su isla, con los tostones y el congrí, los casquitos de guayaba y la malta con leche, con los orishas y la Virgen de la Caridad y Los Van Van y el Benny y Silvio y Pablo, sí señor, aunque nos pese. Eso no pasa, sin embargo, en Cuba, donde nadie se cuestiona qué tan cubano es el otro ni qué tan fiel a su identidad es uno mismo porque sean como fueren, les gustara la música que les gustare, profesaran la creencia que profesaren, en Cuba no hay ninguna duda de que todos los habitantes de la Isla son cubanos. Cubanos no, cubanísimos, aunque maldigan haber nacido allí, se recondenen la vida con las guaguas y el calor y el hambre y el café de la libreta, y sólo miren al mar para soñar que algún día estarán del otro lado. Entonces, si hubiera una gradación de la cubanía, sospecho que los más altos niveles se alcanzarían en el exilio y no precisamente en las calles de la isla.
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Damaris Betancourt. 2005