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Simultáneamente me he visto desdibujado del panorama insular. No he vivido más que de lejos, las experiencias de mis compatriotas y colegas en los últimos 17 años, y ellos poco han podido conocer de mis andares y trabajos. Los dos libros que publiqué en Cuba tras mi partida en junio de 1989, no han encontrado tantos lectores como cabía esperar (de uno de ellos se imprimieron 80 000 ejemplares, pero una estúpida protesta cederista condujo al Instituto Cubano del Libro a tomar la cobarde decisión de limitar su comercialización a las provincias centrales). En cuanto a mis títulos publicados en el exterior, son prácticamente desconocidos en Cuba aunque hayan recibido a menudo el premio La Rosa Blanca de la sección de literatura infantil de la UNEAC.
Incluso los escritores cubanos que nunca, o raramente, han salido del país, han experimentado la influencia de sus colegas residentes en el exterior y de la cultura internacional que, en la migrante circunstancia de la Cuba actual, ha cautivado como nunca el interés de los hijos de Liborio (¿qué connotación literaria introducirá la sílaba "lib" en el arquetipo del criollo?). La literatura cubana actual ha superado la tradicional preeminencia de la poesía y hasta la del cuento para apasionarse por la novela y el ensayo. Los temas, enfoques y formas que interesan en Occidente se insertan en la narrativa nacional, que se sueña leída, legible, en el exterior. Para bien y/o para mal, la cultura cubana ha estallado y sus fragmentos, como los del espejo de "La reina de las nieves" de Andersen, se han clavado en múltiples ojos y corazones, mundializando a Cuba y cubanizando al mundo.
Antonio Álvarez Gil: ¿Ruptura? Desde luego; pero también continuidad. Porque una ruptura con el régimen totalitario y las instituciones que administran la Cultura en Cuba no significa en modo alguno la ruptura con tus raíces o tu condición de cubano. Por otra parte, sobre el tema del "medio natural del escritor", el "desarraigo intelectual" y otros tópicos por el estilo, se ha escrito mucho, creo que demasiado. Son, por lo general, argumentos mal intencionados, dirigidos a la descalificación de los intelectuales que no comparten la política del gobierno cubano. Para desmontarlos bastaría sólo con citar a Lidia Cabrera, Reinaldo Arenas o Cabrera Infante, entre otros. ¿Acaso no se palpa el alma de Cuba en cada uno de los textos que nos dejaron? De ejemplos como ellos está llena la historia de la literatura cubana contemporánea. Y no sólo contemporánea. ¿Es Martí menos cubano por haber vivido la mayor parte de su vida fuera de su patria, por haber creado sus mejores páginas en otras latitudes? Pero quizás el caso más elocuente sea el de José María Heredia, considerado antes de la revolución el poeta nacional de Cuba. Cualquiera que lea su biografía podrá calcular qué tiempo de su vida vivió Heredia en el territorio de la Isla. ¿No sería ésta, por cierto, la causa de su sustitución por un poeta "más cubano", aunque tal vez menos poeta?
La realidad es que a Cuba se la lleva dentro y va con nosotros por el mundo. Al menos en mi caso. Durante los primeros siete u ocho yo años soñaba frecuentemente con ella. Casi a diario. La Cuba que se me aparecía en sueños era la de mi pueblo natal. Allí en Melena del Sur veía a mi madre de pie junto a la baranda del portal, esperando por mí como solía hacerlo cuando yo era un jovencito que estudiaba en La Habana y viajaba al pueblo los fines de semana. Cuando salí de Cuba mi madre llevaba varios años muerta, pero en mis sueños yo la veía sonriente y todavía joven, con su cuerpo menudo, su cabello negro natural y sus hermosos ojos oscuros. Seguía esperando por mí en el portal de una casa que ya tampoco existía, que había sido derribada para construir otra en su lugar. Era terrible. Soñaba también con mi padre, que con mirada admonitoria parecía reprocharme mi abandono del país y de la causa en que él había creído hasta su muerte. En esos sueños mi conciencia se debatía entre el respeto y la obediencia filial, y la necesidad de demostrarle que yo había comprendido lo que él no pudo nunca comprender, que era él quien se había equivocado en la elección, que había sido víctima del engaño general, como yo mismo antes, como casi todos. Cada vez que me despertaba comprendía que me había marchado de Cuba, pero que ella seguía allí, conmigo, aprovechándose de mis horas bajas para venir a instalarse como una señora en mi cerebro. La reiteración de estos sueños podía haberse convertido en una eterna pesadilla si yo no hubiera sido capaz de escribir Naufragios y liberarme de buena parte de esas remembranzas.
Por lo general, el exiliado se marcha de su patria y atraviesa un período inicial de mucho sufrimiento y nostalgia por lo que ha sido hasta entonces su vida. Por suerte, esa nostalgia de los primeros años va menguando poco a poco, cediendo su espacio a sentimientos más constructivos, sentimientos que te ayudan a conocer y amar el mundo nuevo sin dejar de querer el mundo que dejamos atrás. El problema es que, tanto si lo quieres como si no, ese mundo nos pertenece. Para siempre. Y no hay nadie capaz de arrebatárnoslo, por mucho que nos llamen despectivamente "escritores de origen cubano" o nos califiquen de desarraigados, gusanos o cualquier otra sandez por el estilo.
De modo que el exilio es también continuidad. Y algo muy importante: visión abarcadora de la patria. Porque la distancia significa perspectiva, y en el roce con otras culturas y otros pueblos se aprende a comparar las realidades, a apreciar mejor las virtudes y defectos de tu gente. El distanciamiento permite ver el conjunto. Ya Martí lo dijo en su momento: "Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea". Pero el mundo es mucho más que eso, y si te alejas de tu inmediata realidad, verás seguramente más y, por extraño que parezca, con más definición. Será que la distancia, y sobre todo el tiempo, tamiza los recuerdos, los despoja de la hojarasca y los sublima para que unos pocos de ellos, expuestos convenientemente, puedan dar una idea cabal de lo que ocurre en ese sitio sobre el que escribimos.
Armando de Armas: Mira, son simples etiquetas, comodines, kitsch como rémora almibarada del romanticismo (como diría Kundera), no hay tal enfrentamiento, tal lucha, o la hay, claro que la hay, la hay como enmascaramiento de una lucha otra que no es entre intelectuales, sino una lucha, una guerra total emprendida desde hace medio siglo ya por el régimen militar que desgobierna la isla en contra de la inerme sociedad civil cubana, en contra de la cultura nacional como parte esencial de esa sociedad. Un régimen que ha tomado a la sociedad isleña como si fuese un cuartel, como si fuese un burdel. En el altar de esa guerra desigual las víctimas más notables en caer han sido los intelectuales, todos los intelectuales han sido víctimas de esa guerra, aún cuando también hayan sido, o sean, victimarios. Creo que esa lucha se manifiesta hoy, no entre unos intelectuales y los otros, sino entre las ideas que sustentan los unos y las que sustentan los otros, entre las ideas de la modernidad bien entendida y las del medievalismo mal entendido, entre las ideas de la libertad del individuo y las ideas del gregarismo marxistoide, entre el ser y el aparentar ser. Pero, ojo. No debemos ser rehenes de la demagogia, ese síndrome que parece afectar no sólo a los políticos, sino también a los intelectuales del presente, con esa manía orweliana de la corrección del pensamiento y la expresión, y el subsiguiente empobrecimiento de ambos, fenómeno manifestado, estimo, como consecuencia de la infestación de Occidente por el gulap siberiano, ese que, desparecido de sus predios, e hipnopedia mediante, emerge ahora bajo el signo de Gramsci y se nos presenta como gulap virtual, sin sangre pero sin seso. Entonces tenemos que puntualizar, no es lo mismo el intelectual integral (¡vaya una palabreja!) dado a la oficiosa faena de lavar la sangre de los fusilamientos al amanecer, que ese otro que dentro de la isla misma escurre el bulto y se mantiene a prudencial distancia e intenta publicar como puede, o que ese otro que está en la cárcel o está en el exilio por enfrentarse a la falta fundamental de las libertades.
Odette Alonso Yodú: A mí, en lo personal, me importa poco esa lucha; creo que cada quien tiene su circunstancia. No hay manera de que yo (o muchos de mis compañeros del exilio) podamos competir por los espacios culturales de la isla (publicaciones, presencia, representación). Por eso mi "lucha", más bien mi trabajo, es en otros ámbitos, en otros escenarios, en otras comunidades culturales. Y si nunca voy a publicar allá o a ser invitada a un congreso, o si nunca reconocerán mis investigaciones sobre la poesía del exilio, tiene poco sentido que me retuerza el hígado ni me llene de rencores. Pero comprendo que otras personas puedan reaccionar de manera diferente ante lo que consideran un despojo y que de hecho lo es. Pongo un ejemplo reciente: en el zócalo de la ciudad de México acaba de celebrarse la sexta feria del libro y La Habana fue una de las ciudades invitadas. De la isla vino una nutrida representación de escritores y funcionarios culturales que ni por casualidad incluyeron en sus paneles y presentaciones a los escritores cubanos radicados en México. Silenciar a los de afuera, ignorarlos, minimizarlos como si no existieran son, sin duda, manifestaciones de esa "lucha".
Ricardo Ortega: Me consta que los ataques han abundado desde ambas partes, pero no estoy exactamente de acuerdo con que lo de intentar separar y denigrar a la contraparte se haya logrado en todos los casos. Siempre hubo intentos de acercamiento, han existido a la largo de décadas anteriores y también barreras, trampas y zancadillas, cabildeos y prebendas con el flujo natural de los movimientos artísticos, y con el intercambio y la colaboración entre creadores cubanos separados por generaciones, distancias geográficas y credos políticos. Sabemos de galeristas queriendo exhibir obras de arte realizadas en ambas orillas, de planes editoriales o de proyectos cinematográficos conjuntos.
Intentos estériles e inútiles en la gran mayoría de las veces. Falta diálogo, receptividad y respeto por una de las partes, en este caso la que dice ser propietaria oficial de nuestra cultura con sus herencias valiosas y sus tesoros futuros. Los que aún determinan esa propiedad son además muy sensibles a las formas o posiciones que adoptamos los artistas a la hora de observar y contar sobre nuestro país.
Creo que ni todos los intelectuales de la isla son o están domesticados, ni mucho menos los del exilio nos sentimos desarraigados. Los bandos, a que negarlo, existen, dobles, dentro y fuera: a favor y absolutamente leales e identificados con el actual sistema cubano; mientras que otros permanecen al margen y en contra. Están los que no se mojan en ninguna corriente y los que se oponen a que buenos artistas de la Isla sean reconocidos en el extranjero. Están los cierra puertas y los vetadores que controlan todas las entradas de diálogo, de entendimiento y regreso, o amenazan con bloquearlas.
Por
Rafael
Alcides
Yo no tengo ni teléfono, Amir. Ni teléfono. El correo me llega a través de una piadosa amiga. El electrónico. El otro, si es de afuera, del extranjero, sencillamente no me llega, y si me llega es abierto. Cosas del cartero, me imagino.
Por
Amir
Valle
Dicen que a la tercera es la vencida. Eso espero. Hace unos años, cuando en esa isla que llamamos Cuba no existían las revistas literarias digitales que hoy pululan, a cierto escritor se le ocurrió...
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Alejandra
Costamagna
"Hay hijos que nunca vieron a su padre, ni en fotos. Y hay otros que probablemente estén llenos de fotos de su padre, y sin embargo nunca lo hayan visto bien, o nunca se hayan tocado el alma"...
Por
Armando
de Armas
Ya a mediados del siglo pasado Carlos Gustavo Jung alertaba sobre la catástrofe que acecha a Occidente desde su flamante entrada a la modernidad; no por la modernidad misma, sino por la neurosis colectiva que produce el distanciamiento del hombre de lo numinoso...
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Edmundo
Paz Soldán
Hércules Poirot, el detective belga, andaba por el mundo resolviendo casos con arrogancia y displicencia. Bajo de estatura, calvo y con mostachos, Poirot era una figura cómica, una suerte de pariente cercano de Chaplin.
Por
Ladislao
Aguado
Cuando se produjo el fin de los sistemas comunistas de Europa del Este, los intelectuales(...) "No sabían reinventarse en condiciones libres, no sabían qué hacer con la libertad"...
Imagen de portada:
"José Martí"
Damaris Betancourt. 2005