“Es viejo ese lobo.
Tostaron su cara los rayos de fuego del sol del Brasil;
los recios tifones del mar de la China le han visto bebiendo su frasco de gin.”
Rubén Darío (“Sinfonía en gris mayor”)
“No sé cuál de los dos escribe esta página”.
Jorge Luis Borges (“Borges y yo”)
Mi amigo de toda la vida, Emilio Muñoz, acaba de confesarme que le han diagnosticado lupus y que en concreto la enfermedad está localizada en los pulmones. Le habían hecho una larga batería de pruebas de sangre, placas radiográficas, tomografía y hasta una operación en la cual le abrieron el costado izquierdo dos veces para extraerle una pequeña muestra del tejido pulmonar. “Del tamaño de una friturita de pollo de las que se venden en los McDonald’s”, le dijo el cirujano cuando le preguntó de qué tamaño había sido la tajada. Anduvo cuatro días en el hospital con un tubo plástico, de unas ocho a diez pulgadas de largo, metido desde debajo de la axila izquierda y conectado a una máquina, con el fin de sacarle aire y para que no colapsaran aquellos órganos. El médico general, el neumólogo, el reumatólogo, los patólogos que analizaron los resultados coincidieron en el dictamen: lupus eritematoso sistémico.
Meses atrás empezó a sentirse extenuado con mucha facilidad. Apenas subía los escalones de la escuela donde trabaja, o jugaba un poco con los hijos y los nietos (eran coetáneos), caminaba dos o tres cuadras, y ya se sentía como si hubiese ascendido al pico de una montaña. Necesitaba una pipa de oxígeno para recuperarse. Desde hacía algún tiempo venía deseando conseguir el retiro pero, cada vez que lo comentaba con la esposa, ella saltaba como si la hubiese picado una avispa. Siempre le soltaba lo mismo: “¿y cómo vamos a seguir viviendo?” “¿de mi salario y de la pensión que te den? “Por favor, Emilio, no te dejes caer ahora.”
En realidad todo le molestaba. La ropa que se ponía y el acto de vestirse. Caminar. Alzar los brazos. Andar de prisa. Afeitarse. Por las mañanas, cuando se doblaba para colocarse los calcetines le dolían el pecho y la espalda. Al regreso del trabajo llegaba a la casa apenas arrastrándose. Las piernas no lo acompañaban. Tenía que tomar hasta dos, tres, cuatro pastillas anti-inflamatorias antes de marcharse el trabajo. El efecto le duraba unas ocho horas, al cabo de las cuales su cuerpo se convertía en una zona de desastre, adolorido desde el cuello hasta las uñas de los pies, jadeante, deprimido. A veces tosía. “A lo mejor es una bronquitis”, opinaba.
Emilio hallaba consuelo cuando se dejaba caer en un asiento reclinable que había colocado frente a la cama matrimonial. “Estoy viejo, hecho una mierda, no valgo nada, quiero el final, quiero el final”. Musitaba la letanía que le oyó repetir a Nicolasito, su compañero del presidio a finales del siglo pasado. Nicolasito esperaba ansioso a que viniera el oficial de guardia para informarle que estaba en libertad, que podía recoger sus pertenencias, que la madre lo esperaba a la entrada de la penitenciaría.
Murió un par de décadas más tarde. Emilio conservaba de él un cuadro que reproduce una firma abakuá, rayas blancas y negras sobre fondo negro y blanco cruzándose en todas las direcciones. Lo tiene colgado en el cuarto como parte de su privacidad, junto al cartel turístico sobre Santiago de Cuba. “¡¿Cuánto nos cuesta el alba?!” También repetía ese verso de Nicolasito, lo llevaba colgado en la punta de la lengua desde que se enteró que el lobo había marcado territorio en sus pulmones. La definición de la enfermedad lo dejó desconcertado y se puso a indagar.
El Manual Merck de Información Médica para el Hogar (Barcelona: Océano Grupo Editorial, describe dos casos distintos:
a) “El lupus eritematoso discoideo es una enfermedad crónica y recidivante caracterizada por manchas redondas rojas de bordes bien definidos sobre la piel. Su causa se desconoce, y es más frecuente en el sexo femenino y más aún en mujeres de alrededor de 30 años de edad. El abanico de edades es mucho más amplio que el habitual para el lupus eritematoso sistémico”.
b) “El lupus eritematoso sistémico es una enfermedad autoinmune con episodios de inflamación en las articulaciones, los tendones y otros tejidos conectivos y órganos”.
En la misma página se explican las características del lupus:
- Erupción facial.
- Erupción cutánea.
- Sensibilidad a la luz solar.
- Llagas en la boca.
- Líquido alrededor de los pulmones, el corazón u otros órganos.
- Artritis.
- Disfunción renal.
- Número reducido de glóbulos blancos o de plaquetas.
- Disfunción de los nervios o del cerebro.
- Positividad en los análisis de sangre de los anticuerpos antinucleares; además, en algunos casos, positividad de unos anticuerpos más específicos como son los anti-ADN de doble cadena.
- Anemia.
Podía identificarse con varias de ellas: la inflamación y el líquido en los pulmones, la hinchazón de los tobillos, el bajón de los glóbulos blancos, la artritis generalizada, el resultado positivo en las pruebas de los análisis, la anemia.
Igualmente se preguntó si existía una historia registrada de la enfermedad, desde cuándo se la conoce, quiénes la habían estudiado inicialmente, por qué incluso la habían bautizado con tal nombre y qué otros rasgos de identidad la caracterizaban. Se marchó a la biblioteca y allí dio con un par de documentos adicionales, ambos muy interesantes. Primero halló un artículo titulado “History of the Disease Called Lupus”, de Brian Potter, publicado en el Journal of the History of Medicine and Allied Sciences, Volume 48 Issue 1, 1993: 80-90. Luego encontró un libro: The Lupus Book. A Guide for Patients and Their Families (Oxford University Press, 2009), Fourth Edition, del doctor Daniel J. Wallace, profesor del Centro Médico Cedars-Sinaí y de la Escuela de Medicina David Geffen de la Universidad de California en Los Ángeles.
Previsiblemente, Potter se remonta a la antigüedad para señalar que en latín la palabra cáncer o sea cangrejo se utilizaba para referirse a las ulceraciones corrosivas y porque las venas inflamadas que rodean a ciertos tumores se parecen a las patas de los cangrejos. Lupus (lobo) aparece en el siglo XIV como un término médico empleado para señalar una enfermedad ulcerosa y aclara que mientras el cáncer afecta cualquier tejido del cuerpo, el lupus siempre se refería a una enfermedad de la piel.
Wallace establece que el lupus de desarrolla cuando el cuerpo se convierte en alérgico a sí mismo, que es lo opuesto a lo que sucede en los casos de SIDA o de cáncer. Con el lupus, subraya, el cuerpo reacciona excesivamente ante un estímulo y empieza a producir demasiados anticuerpos o proteínas dirigidas contra el tejido del propio cuerpo. Por eso se la clasifica de enfermedad autoinmune, concluye.
Aquí Emilio hizo una pausa en la lectura. Se repitió estas palabras: “autoinmune”, “alérgico a sí mismo”, o sea que el enemigo es parte de uno mismo y está, en términos coloquiales, colado dentro, una especie de huésped antagonista que por lo demás es invencible, o según le dijo el reumatólogo, una enfermedad incurable aunque manejable. No tenía Emilio, sin embargo, como también lo había notado yo, sarpullido en las mejillas ni en la nariz, ni cicatrices en forma de disco, ni picazón en la piel. Sin embargo, sus pulmones sí estaban marcados, bastante. De manera que su forma particular de lupus resultaba invisible. Se sabe quién es, dónde está y qué hace sin que podamos expulsarlo ni derrotarlo, tan solo atacarlo sin piedad, vigilándolo constantemente, a veces reduciéndolo a su mínima expresión dañina, sabiendo uno que se le pueden ganar batallas aunque no la guerra. Siempre va a permanecer ahí donde quiso instalarse. Sin lugar a dudas Emilio no llevaba en su cara la marca del lobo, o lo que Wallace denomina ese sarpullido en forma de mariposa tan parecido a los detalles faciales del animal.
La conclusión era simple: uno puede cargar con la bestia tatuada en el rostro o encarnada debajo de la piel, es decir, en el corazón, en los riñones, en el cerebro o en los pulmones. Lo admite Wallace en las páginas iniciales: “el enemigo es…nuestras células” (los puntos suspensivos son míos, para añadirle drama al subtítulo de un tratado de medicina). Al llegar a este punto, le vino como anillo al dedo una cita de Sally Fitzgerald, tomada de su ensayo The Habit of Being (1980). Está en un artículo/ensayo de la doctora Elena V. Barnes dedicado a una famosa escritora norteamericana que fue paciente de lupus: “Flannery 0’Connor peleó valientemente bajo las difíciles limitaciones impuestas por un lupus eritematoso diseminado, una peligrosa enfermedad de origen metabólico, incurable aunque controlable por medio de esteroides, que agota las energías de sus víctimas, las cuales deben de seguir un régimen de vida extremadamente cuidadoso y restringido”.
Barnes menciona a otra especialista en 0’Connor, Dorothy Tuck McFarland, quien a su vez especifica lo siguiente: “el lupus provoca que el cuerpo produzca anticuerpos que atacan sus mismos tejidos, y afecta el torrente sanguíneo, las articulaciones y los órganos internos”. [“Misfit as Metaphor: The Question and the Contradiction of Lupus in Flannery 0’Connor’s A Good Man is Hard to Find]
Lo que le irrita más a Emilio es que le hayan descubierto el lobo al comienzo de la vejez. Tiene sesenta y un años. “¿Por qué no se dieron cuenta más temprano?”; o mejor, “¿Por qué no se la detectaron cuando tenía más vigor y no ahora cuando recién se estrena en el eufemismo de la tercera edad?”
De acuerdo con Wallace se han reportado casos de lupus en recién nacidos aunque también en individuos de edad avanzada, 89 años. Pueden diagnosticarlo en niños de tres. Después de los 45 o de la menopausia es poco común, pasado los setenta se hace extremadamente infrecuente. El período bravo se ubica entre los 15 y los 45 y afecta muchísimo más a las mujeres, que constituyen el 90% de los pacientes. Por eso la caracterizan como “enfermedad de mujeres”, y en los Estados Unidos la sufren, particularmente, las afroamericanas, las hispanas y los asiáticos. Tuvo que aprender que el lupus es también una enfermedad simuladora, una especie de actriz versátil que incorpora con altísima eficiencia histriónica distintos personajes, todos macabros: diabetes, angina de pecho, artritis, insuficiencia renal, lo que le inspire su talento y repertorio. Confunde a los médicos más sabios, no saben con quién en realidad están tratando, sus máscaras son perfectas y pueden pasar sin detección toda una vida. Es una criminal capaz de burlarse de los detectives más brillantes, de confundir, de escaparse, de sembrar la duda entre sus posibles captores, que no saben cómo abordarla ni tampoco tienen la certeza de estar realmente frente a la verdadera culpable. Incluso, nunca hay dos lupus iguales, es decir, jamás hay dos pacientes que manifiesten síntomas idénticos.
(Continuará…)