La elección de cada héroe en la Cuba socialista comienza por un requisito ineludible: su identificación y su difusión deben tener un rédito político directo para el Estado, no para una fracción de la ciudadanía que lo elija libremente ni quiera interpretarlo de otro modo. O sea, el héroe tiene que aceptar una interpretación continua de su ejemplaridad ejemplarizante y unívoca. El héroe es tal si sirve, con su vida y/o su muerte, al engranaje ideológico del Partido Comunista de Cuba. De lo contrario, cualquier acto heroico se convierte en ilegal, en acción de delincuentes y traidores a la patria. Desde 1959, ni en la historia oficial ni en el discurso del Estado cubano hay hechos heroicos basados en la insubordinación ni en la oposición al Estado.
José Martí (1853-1895), además de los méritos indiscutibles de su obra literaria y política, es el héroe que más ha servido y acompañado los intereses ideológicos de la Revolución. Pero no hay que confundirse: cualquier cubano que ha vivido en Cuba sabe, porque estudió y lo educaron para que amara y respetara siempre a José Martí de un modo y no de otro, que ahora ni Martí ni nadie podría ser héroe por nacer en la calle Paula, conspirar, ser deportado, fundar un partido y un periódico, organizar el exilio, desembarcar clandestinamente en Cuba y morir por la patria “de cara al sol”; como él escribió y, como hombre valiente y héroe que realmente fue, pudo morir.
No. De ningún modo. Hoy cualquiera, con tantas o menos razones que José Martí, que pretendiera hacer lo que él hizo: con tanto o menos valor, sólo lograría lo que Martí no quiso: “morir como un traidor”. Es decir, desde el triunfo valeroso de la Revolución cubana el 1 de enero de 1959, nada puede suscitar el libre albedrío de los héroes ni de su interpretación. Pues, desde entonces, también los héroes tienen que hacer la cola y esperar su turno. Y cuando la Revolución los convoca, tienen que comportarse según lo establecido. No hay otras opciones.
Quizás por eso desde los primeros días de la Revolución, como cerrando un periplo heroico y disipando la posibilidad de comenzar otro con otros protagonistas, Fidel Castro dijo el 8 de enero de 1959, en su primer discurso en La Habana después del triunfo: “¿Es acaso lo mismo el magistrado Urrutia gobernando la República que el presidente Batista gobernando la República? (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) ¿Armas para qué?, ¿hay dictadura aquí? (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) ¿Van a pelear contra un gobierno libre, que respeta los derechos del pueblo? (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”), ¿ahora que no hay censura, y que la prensa es enteramente libre, más libre de lo que ha sido nunca, y tiene además la seguridad de que lo seguirá siendo para siempre, sin que vuelva a haber censura aquí?(APLAUSOS), ¿hoy, que todo el pueblo puede reunirse libremente?, ¿hoy, que no hay torturas, ni presos políticos, ni asesinatos, ni terror?, ¿hoy que no hay más que alegría, que todos los líderes traidores han sido destituidos en los sindicatos, y que se va a convocar inmediatamente a elecciones en todos los sindicatos? (APLAUSOS.) Cuando todos los derechos del ciudadano han sido restablecidos, cuando se va a convocar a unas elecciones en el más breve plazo de tiempo posible, ¿armas, para qué?”.
Sin embargo, este llamado a la pacificación de la ciudadanía sólo era una pausa, una manera estratégica de reubicar la razón de ser y el campo de acción de los héroes en y para la Revolución. También, por todos sus méritos y por sus responsabilidades en la Revolución, Fidel encarnó la voz y el hombre que enunció periódicamente las restricciones progresivas del futuro. Muchos son los dichos y los hechos que podrían citarse sobre el tema, pero quizás el más contundente es el discurso que él pronunció en un encuentro con intelectuales cubanos, que se efectuó en la Biblioteca Nacional de Cuba, durante los días 16, 23 y 30 de junio de 1961. Entre otras cosas, allí Fidel dijo: “La Revolución solo debe renunciar a aquellos que sean incorregiblemente reaccionarios, que sean incorregiblemente contrarrevolucionarios. Y la Revolución tiene que tener una política para esa parte del pueblo, la Revolución tiene que tener una actitud para esa parte de los intelectuales y de los escritores. La Revolución tiene que comprender esa realidad, y por lo tanto debe actuar de manera que todo ese sector de los artistas y de los intelectuales que no sean genuinamente revolucionarios, encuentren dentro de la Revolución un campo para trabajar y para crear; y que su espíritu creador, aun cuando no sean escritores o artistas revolucionarios, tiene oportunidad y tiene libertad para expresarse. Es decir, dentro de la Revolución. Esto significa que dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada. Contra la Revolución nada, porque la Revolución tiene también sus derechos; y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir. Y frente al derecho de la Revolución de ser y de existir, nadie —por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la nación entera—, nadie puede alegar con razón un derecho contra ella. Creo que esto es bien claro. ¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho.”1
Sin embargo, casi todo lo anterior no se cumplió. Desde entonces, para los intelectuales y para todos cubanos, cualquiera fuese su oficio y su intención, la Revolución ha ido convirtiéndose en una espacio de acción cada vez más restrictivo políticamente, más demandante de una fidelidad y un fidelismo cada vez más incondicionales. Lo que sí Fidel y su equipo de gobierno siguen cumpliendo es la máxima: “contra la Revolución, ningún derecho”.
Y entre los daños causados a los ciudadanos naturales cubanos que no han podido evitar y otros que no han querido evitar los sucesivos modos de convertirse en contrarrevolucionarios, los más dolorosos han sido el despojo o la tergiversación de su conducta ética y la imposibilidad de tener el más mínimo derecho constitucional de ser buenos cubanos y hasta héroes y patriotas cubanos; sin el permiso de la Revolución, sin su beneficio directo o indirecto, sin que Fidel Castro o cualquiera de su gobierno los autorice.
Pero el problema y la incógnita principales que todavía genera Fidel (y que nadie puede controlarlos hasta el momento) es que su poder simbólico y las fuerzas interpretativas y ejecutoras con que él dispone dentro del gobierno y de la ciudadanía siguen ubicándolo como la principal autoridad de la Revolución.
Por eso cuando en el discurso de cierre del VI Congreso del Partido, el presidente Raúl Castro lo citó varias veces y dijo: “Fidel es Fidel y no precisa de cargo alguno para ocupar, por siempre, un lugar cimero en la historia, en el presente y en el futuro de la nación cubana”,2 siguió dejando abierta la brecha de cuánto todavía Fidel decide e incide en el destino de Cuba. Fidel, ni como hombre ni como héroe, se permite morir. Y, ahora, se encamina hacia una reconfiguración mítica y monárquica; pues no gobierna por derrota, sino por vejez. No asume cargos, pero tiene una posibilidad de acción abierta en todas las decisiones del PCC y en el gobierno que cedió a su hermano. Su abolengo son sus méritos interminables.