Siempre he pensado que la literatura es la única tabla de salvación conque contamos los que tenemos el solitario y arriesgado oficio de la escritura. No olviden que normalmente empezamos a crear – el verbo adecuado sería “cuestionar” – en la frontera de lo prohibido o en el límite del dolor, por lo que inexorablemente quien practica el ejercicio de las letras en una sociedad delimitadora del libre pensamiento, en algún momento se verá obligado a coger el incierto camino de las aguas o a perdurar en un in-xilio rodeado por el eterno miedo de escribir la palabra indeseada por los mutiladores del abecedario.
Quizás por eso al establecernos en un nuevo horizonte lo primero que tratamos de hacer es contactar, y si es posible unirnos, a los sobrevivientes del pasado que habitan ese espacio – muchas veces vacío – llamado destierro.
Pero son pocas – escasas, tratándose de cubanos – las personas que tienen el don de aglutinar a sus compatriotas y de ofrecerles al menos por un rato la necesaria terapia del proscripto, y entre esos pocos se encuentra Eliseo “Lichi” Alberto, uso el verbo en presente pues aun después de su ausencia terrenal, continúa siendo el mejor anfitrión que sus amigos hayan conocido.
Antes de continuar, debo aclararles que no tuve la suerte de conocerlo y si escribo esto es porque amigos en común me hablaron de su generosidad extrema, confirmada días atrás cuando leía en el diario mejicano La Razón, un homenaje que se le hiciera en el Palacio de Minería como parte de las actividades de la Feria del Libro realizada en ese lugar. El texto que más llamó mi atención fue el de Carlos Olivares Baró, que describía a un Lichi como me lo han relatado las amistades que compartieron en su/mi querido DF, ese pedazo de Cuba que devoraba – algo antropofágicamente explicable – en cada plato.
Al leer el artículo de Olivares Baró, no puede dejar de hacer una comparación con lo que sucede todos los domingos en la capital del exilio cubano, más específicamente en casa de GumerSindo Pacheco, otro excelente narrador que ha optado – soy generoso al usar este verbo – por continuar su obra más allá de la frontera de esa isla que aún nos divide.
Él – junto a Lupe, su esposa -posee igualmente esa capacidad de unirnos alrededor de la mesa. Será pura coincidencia que todos los domingos nos reunamos en su casa acompañados de cervezas y vinos – la patria también cabe en una botella – El anfitrión de nuestras descargas, al igual que Lichi, nos llama ese día de descanso invitándonos a su residencia y sólo nos pide: traigan algo para leer.
En esa terapéutica tertulia, que poco se diferencia – no olviden la cerveza y el vino – de aquella otra creada en 1935 por Bill W. y por el Dr. Bob, participamos: Manuel Vázquez Portal, Alejandro Fonseca, Rolando Jorge, Efraín Riverón, Juan Antonio “Ñico” Sánchez, Jesús “Tinito” Díaz y Ana Sotelo, conjuntamente con el que escribe este texto desde el otro lado de tu pantalla, y esporádicamente algún que otro escritor invitado.
Más que leer, vamos a expurgar un pasado al que no podemos ni debemos renunciar, ya que cuando se ha nacido y vivido entre metralla no hay peor crimen que la omisión, aunque esto muchas veces como a los dipsómanos nos atormente.
Contamos chistes como casi todo cubano, y anécdotas de cuando todavía no éramos un árbol sin raíz – tal vez sea esta la parte más importante en la recuperación de la memoria colectiva – pues tanto Lichi como Sindo deben saber que para sobrevivir en esa nada llamada destierro es necesario aferrarse con todas las fuerzas posibles al único territorio – ya saben – capaz de mantenernos vivo.
Hasta aquí todo parece normal si no fuera porque al entrar en el portal – no en el apellido – de esa casa que parece salida de uno de los cuentos de su dueño, todas nuestras angustias desaparecen, quizás esto se deba a la deleitable magia de la literatura ejerciendo su oficio.
Allí nos esperan sus gatas que pasean entre los tertuliantes, con esa dignidad que solamente tienen los felinos, interesándose poco por el clima totalmente disoluto, pues ellas al igual que nosotros saben que al menos en ese instante estamos en un pedazo de la nación y entre amigos.
Al ver la similitud de acciones de estos dos novelistas -y sin hacer ninguna comparación entre ellos- pues los dos son entes indispensables de nuestra rica literatura, no pude dejar de pensar que quizás eso mismo se repita entre otros escritores cubanos que sobreviven en el exilio, y si no fuese así me gustaría que al menos pensasen en la posibilidad de hacer algo parecido en el espacio donde les haya tocado vivir más allá del Caribe, pues por encima de cualquier discrepancia no debemos olvidar que para nosotros las letras son nuestra salvación y el último destino.

