Víctor Fowler y “la obligación de expresar”

Por Luis Rafael

Víctor FowlerLa obligación de expresar se titula su poemario ganador del  Premio Nicolás Guillén 2008, convocado por instituciones cubanas, sin embargo este título podría abarcar la obra toda de Víctor Fowler (La Habana, 1960), quien se atrinchera en la literatura para explicarse la vida.  En una entrevista a propósito del galardón, el autor se declaró “marcado” por una frase de Dostoievsky en Crimen y castigo: “Dios y el Diablo combaten sin descanso y el campo de batalla es el corazón del hombre”. Para él, la guerra entre polos se libra en la escritura y mediante la palabra. Antólogo, lector incansable, autor de poemas, cuentos, novelas y ensayos, busca las respuestas a sus dudas sobre lo inmediato y lo porvenir mediante la azarosa conjugación de los verbos, jugándose vida y fe en cada nuevo texto.

Difícil de complacer, dispuesto siempre a disentir, temido por su carácter polemista, por su inconformismo congénito, Víctor Fowler continúa la tradición librepensadora de José Antonio Saco, Virgilio Piñera o Guillermo Cabrera Infante, quienes guerrearon mediante la palabra contra los molinos de los dogmas, incluso de sus propias contradicciones. Autor inicialmente marginado y luego distinguido con los más importantes premios literarios de la Isla, Fowler denuncia lastres como el racismo, la mojigatería crítica o la homofobia; y en sus múltiples antologías ha rescatado del olvido cómplice textos de indudable trascendencia, algunas veces relegados por considerarlos pornográficos o indecentes.

Como sus ensayos, sus cuentos y poemas se fundamentan en la sencillez, el tono confesional y la indagación intelectiva. Más allá del contexto social en que transcurren sus días, y que sale a relucir en sus escritos como yaga incandescente, es la condición humana lo que le interesa y a la que deshuesa el componente lírico presente en su obra. Para conocer los matices de su literatura son fundamentales los ensayos: Historias del cuerpo (2001), La maldición: una historia del placer como conquista (1998), Rupturas y homenajes (1999); y los poemarios: Caminos de piedra (2001), Confesionario (1993), Descensional (1994), Estudios de cerámica griega (1991), Malecón Tao (2001), El extraño tejido (2003), El maquinista de Auschwitz (2005) y La obligación de expresar (2008), por el que mereciera el más importante lauro de poesía que se concede actualmente en Cuba y en el que luce la madurez de su discurso y de su estilo directo, donde “expresar es la única forma de no morir como individuo y de organizar de manera coherente mi integridad espiritual y moral”.

Miembro destacado de la generación de los ochenta, Fowler se plantea un regreso a la poesía natural, casi desnuda de tropos, apenas matizada por símbolos fácilmente reconocibles. Como la mayor parte de su promoción lírica, rechaza el hermetismo y el coloquialismo, el discurso y el compromiso político, pretende dar testimonio de su tiempo y poner sobre la página sus interrogantes y temas nuevos para la lírica de la Isla. Aunque deudor de los escritores origenistas, pretende la limpidez para entender sus dudas y recurre al emblema codificado para comunicarse, aun cuando reconozca: “Establecer analogías con el agua / es peligroso en este país / donde nunca termina de llover.” La obra de Víctor Fowler se implanta en la sinceridad y la consagración a la literatura, en la obstinación propia de los artistas verdaderos, jamás inmunes porque saben que “la obligación de expresar” contiene “fracaso y delirio”.