La venta

(Cuento)

Sonia Díaz Corrales

— ¿Si no le importa, señora Adelaida, podría sacar el perro a hacer sus cositas?

Allá va Adelaida como un papalote detrás del perro enorme, lanudo, que forcejea con la cuerda como si quisiera desencajarle el hombro y gruñe a los que pasan como si fuera dueño de la acera.

— ¿Qué dice señora Adelaida? Si el niño es una monada, de lo más cariñoso, eso es jugando, no le haría daño a nadie, ¿cómo se le ocurre ponerle un bozal al niño? Ni hablar, esos son juegos, y los que se quejan son gente asustadiza y que no quiere a los animalitos.

Adelaida se lo ha planteado seriamente, hasta ha practicado delante del espejo, esta vez sí le dirá que no le pagan por pasear al perro, y que le duele el hombro de aguantar la cuerda de la que tira con una fuerza como la de un elefante. Pero sabe que por más práctica que haga no dirá nada, la dueña está tan convencida de que tiene que ser así que no habría palabras para cambiar su parecer. Pero a Adelaida también se le han ocurrido otras ideas, sólo que Ernesto no quiere ayudarla.

La primera vez que se vieron la dueña le dijo que no era tanto lo que había que hacer, la casa estaba muy limpia, y ya le explicaría.

— Pues mujer, lo de una casa, limpiar, cocinar, eso sí, todos los días, es que sólo comemos comida del día, lavar, tender, recoger, doblar, planchar, y claro la plancha si hay que hacerla con cuidado porque los filos ya no se llevan y mi marido es un presumidillo, y pegar algún botón, un dobladillo, limpiar la plata. Naderías como ve, creo que en unas cuatro horas le sale a usted todo, ¿Adelaida me dijo que se llamaba no?

Adelaida hace cuentas que no salen y dice que es poco el tiempo, la casa es grande, y cocinar lleva tiempo, pero la dueña le insiste en que no, que la señora que venía antes hasta terminaba con tiempo para sacar a pasear al niño.

— Porque, señora Adelaida, ¿a usted no le importará sacar al niño? Será un paseíto, sólo para hacer sus cositas y estirar las piernas, que a usted también le vendrá bien darse un paseo, que está pasadita de peso y cuando se tiene una edad hay que cuidarse.

En verdad el hombro le duele de manera constante, ahora también cuando lo rota,  hasta el día que llueve y no lo saca.

— Adelaida, lo siento pero habrá que recoger aquí adentro las cositas del niño hoy, porque si se resfría el pobre lo pasa tan mal.

Al principio Adelaida llevaba un gran trozo de papel para recoger la caca, después le dijo que llevara menos, era un gasto enorme llevar todas esas hojas, ella  misma llevaba cuatro nada más y si lo hacía en la tierra y no había nadie por allí ni lo recogía, que era abono para las plantas, y si nadie te ve, nos ahorramos un poco de papel.

— Vamos, mujer, que sólo es la caquita del niño, no es nada sucio.

Adelaida le sirve la comida antes de irse, verifica que el agua esté limpia y la alfombra perfectamente aspirada. Cuando llega, le da los medicamentos, coloca las dos pastillas dentro de una porción de queso para untar y debe cerciorarse de que se los ha tragado. A media mañana apaga las hornillas con la comida y la cena si es necesario, para que el niño pueda dar su paseo a gusto, ponerle la correa también es un poco dramático, gruñe y enseña los dientes, Adelaida dice entre dientes: ¡Ave María Purísima!, se santigua, cierra los ojos y busca a tientas la argolla para enganchar la correa, casi siempre logra zafarse de la dentellada, alguna vez ha habido menos suerte, pero ya la han mandado a vacunar mil veces.

— Que no pasa nada, señora Adelaida, son sólo los juegos del niño, faltaría más que va a morderla a usted. Yo creo que Adelaida no te quiere, mi niño —dice la dueña.

Y Adelaida no comprende bien, la sangre mana intermitente del hueco redondo del colmillo en el antebrazo, y la dueña no dice nada, algo así como buscaré una venda, o vaya a lavarse, o quizás, preguntar si le ha dolido mucho.

Y otra vez a la calle, ha pensado en dejarlo escapar, como por casualidad, pero teme, ¿cómo decirle que el niño se ha escapado? No resolvería nada, pagarían a alguien para buscarle y estaría ahí al otro día, pero ella quizás ya no estaría. Le temblaba la mano izquierda cuando le servía el café, pensar que tenía que salir al paseo le llenaba de nervios.

— ¡Señora Adelaida, qué torpeza! Ha derramado todo el café. Tendrá que calmarse para sacar al niño, no lo vaya a poner nervioso.

No recordaba nunca el resto del trabajo de la casa, sabía que debía planchar cuando veía mucha ropa en el cuarto de plancha, y ponía la lavadora cuando había demasiada ropa en el cesto, no podía recordar lo que estaba cocinando hoy, no tenía más espacio en el cerebro que el que ocupaba aquel paseo, siempre le había tenido un poco de miedo a los perros, pero nunca pensó que podría llegar a ser tan aterrador. Cuando la dueña racionó el papel que podía llevar se decía, no es nada sucio, es sólo la caquita, pero aquello caliente, maleable, en la mano, trascendiendo la textura del papel la dejaba anulada desde el punto de vista del pensamiento. Daba gracias a Dios, porque como se consideraba de mal gusto bañar al niño en casa, lo mandaban a la peluquería canina, y no salía de su asombro cuando le entregaban la factura. El niño salía de aquel sitio furioso y se restregaba los costados del cuerpo contra el suelo sucio de la calle como si tratara de vengarse por la vejación, casi tormento, al que acababan de someterle, y corría llevando a Adelaida al trote hasta dejarla sin aliento.

— Que no me diga usted, señora Adelaida, que diez calles es lejos, hombre, por Dios, que los taxis no quieren llevar animales y yo no puedo salir a conducir tan temprano, que abuso, si apenas he tomado el café y unas tostadas, todavía no me he ni despertado bien. ¿No le importa verdad?

Adelaida es una bandera izada al viento, su trenza larguísima colea, y da latigazos contra sus costados, diez calles seguidas, sin parar más que para que el niño mee. Le resultaba raro ver que no lo hacía de una vez, sino que iba de árbol en árbol, de esquina en esquina, y de no ser porque Ernesto le explicó que los machos lo hacen para marcar el territorio, hubiera creído que lo hacía por órdenes expresas de la dueña. Había empezado a odiar esas palabras, ella que siempre amó las palabras, las sílabas, sus seseos, sus cantos en todas las lenguas, incluidas las de los animales, había comenzado a odiar las simples palabras si no le importa; comprendía que era una orden solapada, una imposición en la que te hacían creer que consentías, y eso la ponía furiosa, era como cuando le decían al niño siéntate, y se sentaba, sonaba de otro modo, pero era una orden, una imposición, porque él quería seguir mordisqueando el sofá con su forro indio hasta sacarle la guata, las tripas, todo lo que tenía dentro, pero se sentaba porque si no…

— Adelaida lleve al niño a jugar a la terraza, para que no siga mordiendo el sofá.

Y una vez en la terraza, Adelaida terminaba por cerrar la puerta y salir airosa hasta que volvían a abrir la puerta.

— ¡Ah, mi niño precioso! Adelaida no te quiere, te deja encerrado en la terraza, solito y abandonado, ven con mamá.

La comida, la peluquería, las vacunas, las revisiones en la Clínica Veterinaria, la limpieza de los dientes, los juguetes, las correas, las ropas que terminaban hechas ripios por todos lados, salían casi por el doble del salario de Adelaida. Ella no recordaba la última vez que había estado en una peluquería y sabía que no había rebasado la ridícula suma de diez euros, se sentía incomoda cuando le decían al niño que ella no lo quería, no porque lo quisiera, sino porque, a pesar de todo, tampoco era que no le quisiera, simplemente sentía un terror paralizante cuando interactuaba con él, como si él fuera el jefe, el que la sacaba a pasear a ella, como si ella existiera para que él  paseara, comiera, fuera al dentista.

— Adelaida, si no le importa, entre por la tienda y que el niño elija otro juguete, mire que gracioso, ayer destrozó la pelota nueva, y el hueso pues no quedó nada de él. Anoche llamamos al veterinario de urgencia porque estaba muy inquieto, pero sólo fue un susto.

Sí que le importaba y lo sabía, por qué decía siempre si no le importa, si sabía que le importaba, esas palabras le resultaban irritantes, una orden ineludible y humillante, sobretodo porque se disfrazaba para parecer un ruego.

No supo cuando empezó a desear que la trataran como al niño, pero se había convertido en un deseo apremiante. Se lo había pedido a Ernesto otra vez, pero él le había dicho que estaba loca, y que si se lo pedía de nuevo la llevaría al psiquiatra, mira que odiar unas palabras, mira que querer que la vendieran como perro, había dicho Ernesto, pero Adelaida le dijo que si no lo hacía él, lo haría otro. Había ahorrado un poco de dinero para comprar una casita en su país, pero ya había pasado tanto tiempo que no recordaba ni para qué quería la casita. Con ese dinero, si pagaba, seguro conseguiría a alguien que lo hiciera.

— Adelaida, si no le importa, preferiría que deje algo sin hacer pero que, por favor, se asegure de que la alfombra del niño queda estirada, es que luego le incomoda y se muere ladrando, me parece una total desconsideración de su parte no tener cuidado con esto. Al principio todas son muy buenas, pero después uno las echa a perder con tanto, por favor, y si no le importa. Mujer, que es su trabajo.

Adelaida lo decidió firmemente en ese preciso instante, si Ernesto no lo hacía, buscaría a otra persona, pero de hoy no pasaría. Cuando se marchó, dejó caer la puerta lentamente para no verse obligada a despedirse, también del niño, que fuera la hora que fuera, la dueña le arrastraba hasta allí, para que se despidiera de él.

— Adelaida, dígale adiós, ya ve que él le dice adiós a usted, no se crea que gruñe, es su modo de jugar, de decir adiós divertidamente, pero que no tiene usted ningún sentido del humor, mujer.

Cuando la puerta sonó en un trac seco, se acercó preguntando inquisitiva.

— Adelaida, ¿no se despide del niño? Se ha ido sin despedirse, qué gente maleducada y desagradecida, si el niño la adora. Son tan primitivos, no entienden el cariño, ni lo que uno les brinda, por favor, si son como animalitos. Que el niño entiende más de cariño que ellos.

Adelaida estaba del otro lado de la puerta todavía, pero sólo escuchó parte del discurso. Qué importaba, ya lo había escuchado antes, se lo sabía de memoria, y además ya había tomado su decisión, o lo hacía Ernesto o buscaría a otro.

El sábado por la tarde, en el Casino, en la calle San José, mientras algunos comían con sus hermanos, que veían una vez a la semana, o al mes si no eran muy afines, para conservar el derecho al patrimonio de la familia, mientras las señoras que aún se creían las niñas bien, porque les quedaba dinero suficiente para comer las sábados al mediodía en compañía de sus amigas en el salón restaurante del Casino y luego jugar su partida de señoras mayores, enjoyadas, repeinadas y ligeramente pervertidas por el paso del tiempo solas, aparentando que la soledad las hacía todavía modernas, deseables y muchísimo más ricas. Mientras jugaban sus partidas del sábado por la tarde y se contaban las nuevas de sus niños respectivos, un hombre entró arrollador e imparable en el salón de apuestas contiguo al restaurante. Llevaba a una mujer atada con la correa de un perro, doblemente cruzada por el cuello y las axilas, un bozal pequeño le cubría los amplios labios y la trenza le coleteaba de un lado a otro en los costados. Los guardias trataron de sacarles a empellones, pero al jefe de la sala de apuestas le pareció divertido y ordenó dejarles a ver qué era que se trataba aquello. De pronto el hombre comenzó a vocear:

La vendo. Está perfectamente domesticada, puede hacer todo lo que otro de cualquier raza, dormirá en la alfombra sin quejarse si está arrugada, comerá lo que le den, y será tan fiel como el mejor, lamerá su mano y gruñirá a su vecino si esto le complace. El precio es una bagatela comparado con todo lo que puede hacer. Sólo hay una condición, quien le compre no podrá regalarla o abandonarla, sino que si se cansa de ella deberá venderla a alguien más.

El absurdo tomaba forma. Ernesto había aceptado por dos razones; por dinero y por dinero: si no lo hacía él lo haría otro, por dinero se hacen cosas inimaginables; y hacía dos meses que no tenía trabajo y no mandaba nada a su familia. Aún si se lo llevaban preso diría que se volvió loco, que ésta mujer es bruja y lo volvió loco, no podrían hacerle nada por eso. Tuvo un instante de indecisión, un miedo que le empujaba a irse de aquel sitio, pero un murmullo interrumpió su pensamiento: de la mesa de las señoras preguntaban si era una hembra y qué edad tenía, además de cómo se llamaba.

— Es hembra, tiene cuarenta años, pero es sana y muy fuerte, su pelo es precioso, liso y negro, puede tocar su trenza, se llama Adelaida.

Cuando se acercaron a tocar su trenza Adelaida gruñó, pero muy someramente, por lo bajo, para impresionar sin asustar, como había aprendido.

— Es muy grande para mi piso, además no tengo quien le lleve de paseo.

— Mujer, la empleada, a ellas no les importa llevar a los perros a hacer sus cositas, además se dan un paseo ellas también que están todas tan gorditas.

Alguien de la mesa de los comensales que se reúne para conservar el derecho a la herencia familiar,  pregunta:

— ¿En cuánto la vende? ¿De qué raza es?

— Es de una raza exótica, sus antepasados son una leyenda, construyeron ciudades a las que la gente va ahora de turismo, y conocían la medicina y la astrología cuando por aquí andaban encorvados, evolucionando todavía. Es muy barata, seiscientos euros, un regalo.

Ernesto dijo esto último con rabia, se odiaba por ello, pero le estaba haciendo un favor a una amiga, y ganando un dinero que necesitaba.

Otra vez se escuchó el murmullo, el jefe de la sala de juego se acercó.

— ¿En verdad hace lo que le pidan? ¿Se sienta, da la patita, se hace la muerta, da besitos?

— Desde luego, y además defiende la casa y se queda en el coche mientras hace usted la compra, y si le apetece, duerme con usted, es muy calentita. Sabe cocinar, planchar, puede llevar la ropa a la tintorería. Su empleada le llevará a pasear si no le gusta salir temprano por la mañana.

— La compro, a mi mujer le encantará, venga para darle el dinero —dijo bajando la voz.

Se los llevó discretamente a una puerta al final del salón. Mientras caminaban pidió llevar él la cuerda, Ernesto se la pasó.

— Sí que es fuerte, tira como el demonio, a mi mujer le encantará. No recuerdo el nombre de la empleada, pero seguro le tocará sacarla.

Adelaida gruñó feliz, caminó junto al hombre que acababa de convertirse en su dueño y luego se restregó contra la pata de su pantalón, amorosa, sin dejarle en la tela un sólo pelo de su cabellera negra perfectamente trenzada.

Del Autor

Sonia Díaz Corralez

(Cabaiguán, 1964), poetisa y narradora que en su haber cuenta con las menciones 13 de marzo, David y Casa de Las Américas. Obtuvo el Premio Bustarviejo, en Madrid. Ha sido recogida en antologías como Retrato de grupo (Letras Cubanas, 1989), Poesía espirituana (Luminaria, 1994), Antología de décimas: Canarias-Cuba (Centro de la Cultura Popular Canaria, 2000), Todo el amor en décimas (Benchomo, 2000), Las cuerdas de mi laúd (Benchomo, 2002) y Vuelos de abejas (Luminaria, 2002). Tiene publicados los poemarios El diario del grumete (Sed de Belleza, 1997), Minotauro (Letras Cubanas, 1998), Noticias del olvido (Ediciones Hoy no he visto el Paraíso, Francia, 2011), además de la novela El hombre del vitral (Idea, España, 2010).