Confeso seguidor de Dashiell Hammett o Jim Thompson, el argentino Vicente Battista es, sin dudas, una de las voces más originales de la actual novela negra latinoamericana, aún cuando no sea uno de los nombres más mencionados a la hora de estudiar o promocionar esta modalidad narrativa.
Y es una verdadera lástima que no lo sea, pues en momentos en que al género ha entrado una verdadera riada de mediocres e imitadores que publican cualquier cosas bajo el rótulo de “novela negra”, la novelística de Battista se consolida en propuestas novedosas y en apuestas por un trabajo serio con los personajes y la historia misma, convirtiendo sus novelas en un escenario crítico sobre problemas de primera importancia para el país y no sólo, como sucede en la mayor parte de las obras publicadas en los últimos años, en un “caso por resolver que atrapa al lector con el simple morbo que provoca un crimen”.
Hay una reflexión profunda en las novelas de Battista. Y para ello comienza presentando a personajes muy singulares, como sucede en Ojos que no ven, un policial con tintes de “policial clásico” a partir de una noticia: un adolescente muerto, Juan Ignacio Araoz, aparece en un club de la aristocracia porteña. Y es que quien decide investigar esa muerte es un periodista (Raúl Benavides, protagonista también de su anterior novela), alguien que sólo se siente interesado por la posibilidad de que ese crimen esté vinculado a ciertos negociados escandalosamente podridos, lo cual está más remarcado por el hecho de que quiere publicar ese trabajo en una revista sensacionalista.
Ya desde el mismo personaje se produce un cambio crítico: el periodista llega a detestar su investigación, quiere cortar con ella, pero se verá enredado en recovecos muy oscuros que lo irán implicando más y más, por lo cual se verá debatiéndose entre sus credos éticos, las exigencias y tentaciones que traen a su vida el haberse convertido en una luminaria televisiva, y los entresijos de su mente, muy cambiada hacia la realidad que lo rodea. El mayor aporte de este personaje, que lo es también por extensión en la estructura de la novela, es observar esa realidad a partir de un espacio fragmentado, sin ofrecer explicaciones, simplemente se ve forzado a actuar y sus actuaciones son las que el lector irá decodificando para poder irse zambullendo en la misma miasma de complicaciones en las que se ve envuelto el periodista y el resto de los personajes.
No es una simple novela negra. No escribe Battista para seguir la moda. Ya desde los cuentos de El final de la calle o las novelas Sucesos argentinos y Siroco, su mirada sobre la realidad argentina era muy negra, en el más amplio de los sentidos con los que esa palabra define al género, pues a la intriga criminal, al suspense de toda pesquisa se suma un entorno complejo en materia histórica, geográfica, sociopolítica e incluso antropológica, por cuanto hay en buena parte de su obra un interés muy claro por delinear hasta dónde han llegado los influjos de la corrupción de la sociedad dentro del “alma argentina” o de esa argentinidad cuya esencia puede mantenerse intacta a pesar de los numerosos cambios que, conjuntamente con los cambios sociales, sufre la epidermis.
Vicente Battista, repito, merecería ser más conocido en los escenarios internacionales del género negro. Ahí está su obra: importante, distinta, aportadora, muy personal.
