Se acercaba el año 1992, que no estaba llamado a ser un año cualquiera sino uno de especial significado histórico para una veintena de países y más de cuatrocientos millones de hispano hablantes en el mundo.
Según se le mirara, 1992 sería candorosamente considerado como el Año del descubrimiento de América, visto con alevosía como el Año de la conquista de América, observado a distancia y para no comprometerse con Dios ni con el Diablo, el Año del V Centenario.
V Centenario fue el término que se impuso por su ambigüedad, ya que dejaba las puertas abiertas a interpretaciones opuestas y radicales: ¿quién descubrió a quién?, ¿V Centenario de la civilización o de la barbarie en América?
En diferentes partes de mundo, se aprestaban a esperar la fecha con disparos de cohetes al aire o lúgubre sonido de campanas, el evento podía ser de festejo o de luto.
Barcelona fue elegida como la sede de los Juegos Olímpicos 1992, los nuevos estadios, villas olímpicas, hoteles y carreteras, cambiaron de moderno a posmoderno el perfil urbano de la ciudad.
En las selvas de América, los descendientes de los guaraníes, mapuches, charrúas, incas, mayas y aztecas, realizaban marchas de protestas y más de una estatua conmemorativa de Colón rodó del pedestal al suelo tras las acometidas de los indígenas.
A miles de millas de distancia de las selvas sudamericanas, los estudios cinematográficos de Europa y de Hollywood, también se preparaban para la llegada del V Centenario.1
Los estudios querían producir un filme costoso, con artistas de relieve internacional, que no dejara pasar por alto la fecha.
Era fácil de imaginar, al ritmo de crecimiento de la tecnología y de los proyectos de conquista espacial, en los próximos quinientos años, el cine no conmemoraría la llegada de los europeos a América sino la del establecimiento de colonias de terrícolas en la Luna, Marte o Venus.
En particular, dos propuestas competían en secreto por llevarse la palma de la realización de un filme de gran presupuesto y carácter épico que se rodaría y se estrenaría en 1992.
Una de ellas, por la constelación de estrellas que reunió para el rodaje, prometía ser la de mayor éxito: Christopher Columbus, The Discovery, tenía como director a John Glen, de guionista a Mario Puzo, el célebre autor de la novela The Godfather que diera lugar al film de igual título dirigido por Francis Ford Coppola, y en el reparto de actores, a celebridades como Marlon Brando, Catherine Zeta-Jones y Benicio del Toro.
Cualquier aficionado al cine, con los ojos cerrados, hubiera apostado a este film como el triunfador, sin embargo, fue sino el más, uno de los más rotundos fracasos artísticos y financieros de la historia del cine.
En el año del estreno, cosechó seis premios: Worst Suporting Actor, compartido por Marlon Brando y Tom Selleck; Worst New Star, para el actor George Corraface; Worst Screenplay, para el celebérrimo Mario Puzo; Worst Director para John Glen y Worst Picture, para la totalidad del film.
El otro proyecto, inicialmente, era liderado por dos compañías de cine europeas, Alexander & Ilya Salkind y MK2. Ambas, coincidían en un punto, ofrecer al conocido director de cine anglo-norteamericano Ridley Scott, la dirección.
La fama de Scott estaba bien cimentada con filmes de excelente factura artística y amplia recaudación en las taquillas como Alien (1979), Blade Runner (1982) y Thelma & Louise (1991).
Finalmente, fue la compañía francesa MK2 quien logró la aceptación de Scott y la promesa de cooperación del Ministerio de Cultura de España, igualmente empeñado en sobresalir en la carrera de obstáculos por llegar primero a la meta del V Centenario.
En España, el equipo de filmación de Scott contó con acceso privilegiado a edificios y locaciones ubicados en Cáceres, Salamanca y Sevilla.
Y en América, antes de elegir a Playa Blanca, en Costa Rica, como sitio ideal de filmación por la esmerada protección del medio ambiente, Scott se paseó por las costas de México, Colombia, Cuba y la República Dominicana en busca del mejor paisaje para efectuar el desembarco de Colón.
El monto total del proyecto se elevó a 45 millones de dólares, al llegar a esa cifra, a la compañía francesa no le quedó más remedio que tocar a la puerta de Hollywood en busca de financiamiento o ir a la banca rota.
El pacto se selló con la Paramount, a cambio de invertir diez millones en el rodaje, recibió como premio las utilidades que se derivarían de la distribución del film en las salas de cine de Estados Unidos.
Un trato que prometía ser de gran beneficio para la Paramount, pero que en la práctica resultó un nuevo fracaso, al recaudar el film en las taquillas la pingüe ganancia de unos ocho millones de dólares que no alcanzaban a cubrir la inversión realizada.
1492. The conquest of Paradise, tuvo su estreno mundial entre los días nueve al doce de octubre de 1992, coincidiendo con los aproximadamente quinientos años del arribo de Cristóbal Colón2 a una playa de la isla de Guanahaní, del archipiélago de las Bahamas, más tarde denominada por el Almirante como San Salvador.
El momento del encuentro entre dos mundos que se ignoraban por desconocimiento mutuo, es uno de los más logrados, antológicos y emblemáticos del film, con la aparición de la tierra firme de la isla detrás de un espeso banco de niebla que se descorre lentamente, dejando ver una playa llena de palmeras y vegetación exuberante, cuando ya los marineros a bordo de las tres carabelas estaban hartos de Colón y de su mesianismo y a punto de asesinarlo por mentiroso.
La secuencia en cuestión, conjuga la maestría de Scott con la del director de fotografía Adrian Biddle y la música de la banda sonora del grupo griego Vangelis3. Scott, tal vez por la pericia adquirida en la dirección de films de science-fiction como Alien y Blade Runner, dotó a la llegada de Colón al Nuevo Mundo de un tono ambiguo y trascendental, las carabelas ancladas en una playa del lejano año 1492, es una imagen similar a la llegada de una nave interplanetaria a Marte o a la Luna, en 19924.
No ocurre lo mismo con el guión de Ros Bosch, que adolece en muchos momentos del film de falta de flexibilidad y torpeza en los diálogos, así como de errores advertidos por los historiadores, como decir que la primera expedición regresó a España con las tres carabelas, hablar en el segundo viaje del Nuevo Mundo, afirmar que el fuerte La Navidad fue destruido por un ataque de los indios caribes y en el último viaje, al llegar a Panamá, descubrir el Océano Pacífico.
1492 tiene una duración de casi tres horas, lo cual hace de él el film de mayor duración con Colón (actor Gerard Depardieu) como protagonista.
La primera parte está dedicada a los avatares de Colón en la cortes de Portugal y Castilla en busca de la aprobación y el financiamiento para un hipotético viaje que lo llevaría a las Indias, navegando siempre hacia el oeste.
A Colón se le presenta como un visionario –a veces como un loco-que soñaba con llegar al Oriente provisto del mapa de Toscanelli, mirando en las noches la estrella Polaris a la usanza musulmana y leyendo Los viajes de Marco Polo en los que se describían ciudades legendarias con palacios, puentes, paredes y techos enjalbegados de oro.
En todas partes se le niega apoyo, solo encuentra consuelo espiritual en su confesor fray Antonio de Marchena (actor Fernando Rey), promesas de gente con poder en la reina Isabel I (actriz Sigourney Weaver) y dinero que se hace efectivo de parte del banquero Santángel durante la toma de Granada5, el último reducto árabe en España (1492).
Sobresale en esta sección, la lectura entre líneas -plasmada en imágenes y por esta vez correctamente en los diálogos del guión- de la atracción de matiz sexual que existía entre Isabel I y Colón.
Una lectura clasista de la inusual relación haría del marino genovés un representante de la emergente clase media que irrumpe impetuoso en la vida muelle de la corte y pone a disposición de la reina su espada y el oro que abunda en las tierras a las cuales se propone llegar.
El encuentro entre Isabel y Colón antes de que partiera con rumbo desconocido se cierra con un diálogo enjundioso, a pesar de su brevedad, en el que lo “figurado y subliminal” pesa mucho más que lo “real y textual”
Colón le dice a Isabel, como si la conociera de antes: “Es usted la primera reina que conozco”. Isabel le responde, también como si lo conociera de antes: “Es usted el primer marino que conozco”.
En una de las primeras secuencias, mientras Colón dialoga con su hijo menor, declara cuáles son sus principios éticos: el honor, el poder, la mayor gloria de Dios.
Colón, sobra decir, representa las ideas del Renacimiento en una época que la que todavía se enfrentaba al honor individual la servidumbre colectivista medieval, al poder terrenal de los reyes el dogma espiritual de la Iglesia y a la mayor gloria de Dios las hogueras inquisitoriales del Santo Oficio.
Es en medio de este “período de transición” entre el fin de las ideas de la Edad Media y el comienzo del Renacimiento, que se inserta la llegada de Colón a América y se inicia la segunda parte del film, mucho más larga en tiempo en pantalla que la primera sección dedicada a los preparativos del viaje.
Al descubrimiento de América se le ve inicialmente como el comienzo de una nueva era, la materialización de viejas utopías, en fin, la conquista del Paraíso que terminará, varios años después, en infierno y distopía.
Tras la llegada de las primeras oleadas de europeos, para las futuras generaciones de conquistadores y encomenderos, América no sería más el Paraíso encontrado sino el Edén subvertido.
¿Quiénes fueron los responsables del cambio?
No, Colón, precisamente. Hasta donde el film deja ver, el Almirante quiso mantenerse en su perfil inicial de marino aventurero que ansiaba introducir las nuevas mercancías en Europa, extraer oro y conservar para sí en su retiro la gloria del descubrimiento del Nuevo Mundo.
Pero, dentro de la hueste de Colón, había gente mucho más ambiciosa y carentes de escrúpulos, como sus hermanos o el capitán Moxica, que no se detenían ante ningún obstáculo.
Por ejemplo, Moxica, como encomendero, les corta las manos a los indios que se niegan a entregar la cantidad de tributo en oro que requiere de ellos. En una frase lapidaria, cuando Colón le pide que su brioso caballo negro participe de la erección de una campana, le dice: “Mi caballo no trabaja”.
Son estas actitudes las que motivaron el inicio de una guerra sin cuartel entre los españoles y los indios y también entre ellos, con el apoyo para ambos bandos de españoles de indios pertenecientes a distintas tribus catequizados no solamente por el Evangelio sino también por la frase imperial romana: divide et impera.
Es también, en esta segunda parte, tras la llegada de Colón a las playas de América, donde aparecen algunos de los más formidables encuadres y secuencias fotográficas realizadas por Adrian Biddle, como las de la edificación de San Salvador, el primer pueblo, la erección de la campana que presidirá de ahora en adelante con sus llamados al trabajo y a la misa la vida de los europeos y de los indios, la iglesia de altas torres blancas rodeada del exuberante paisaje de color verde de la selva y, last but not least, el primer huracán del Mar Caribe en medio de los combates entre españoles-indios-españoles que acaba de derribar todas las construcciones y el sueño de Colón devenido de Almirante en Gobernador de la primera colonia hispana con perfil de utopía erigida en el Nuevo Mundo.
La fotografía, impecable, de Adrian Biddle, da a los espectadores una lección de buen gusto, solazándose en el contraste maravilloso que ofrece una naturaleza virginal (la de América en los albores de la civilización) con las primeras edificaciones (iglesias, plazas, palacios) que se erigieron en América siguiendo el más estricto canon del arte del Renacimiento.
Es, en suma, salvando la distancia geográfica entre América y Europa, como si los espectadores fueran guiados por la cámara de Biddle en un interminable ”travelling” a través de los salones de la galleria degli Uffizi o de la galleria Borghese, colmados de las mejores muestras del arte del Renacimiento.
Colón regresa a Europa en lo que sería la tercera y última parte del film –la más breve-, ha perdido el apoyo de la reina, se le ve viejo, cansado, derrotado, prisionero en una celda mientras dicta las memorias de su vida a su hijo.
La escena, conmovedora, comienza con Colón repitiendo, “I remember…”, mientras, en “flash back”, en pantalla, aparecen algunos momentos cumbres de su vida, como el de la llegada a la remota playa de Guanahaní que dio inicio al descubrimiento del Nuevo Mundo.
Antes, hemos visto quizás el peor momento de la vida de Colón, cuando, por medio de un entrecruzamiento de intrigas palaciegas y eclesiásticas contra las cuales nada puede hacer su protectora la reina Isabel I, en medio de la plaza pública –la misma en la que Colón asistió a una quemazón de herejes realizada por la Inquisición- se le despoja de toda la gloria al no ser mencionado su nombre como el descubridor de América sino el del italiano Américo Vespucio.