“No me gustan las playas. Me corrijo: no me gusta ir a la playa a pasar el día, horas, nadar, tomar el sol, lo detesto. Cuando era niña, todos los días de julio y agosto mi madre me llevaba a La Concha. Era una verdadera tortura pues quedaba muy lejos de mi casa y el viaje duraba alrededor de dos horas en tres distintos medios de transporte: el tranvía hasta el Paradero del Vedado, otro tranvía hasta Marianao y un autobús, la guagua cubana, para arribar a nuestro destino. Todo esto implicaba levantarse temprano, cargar con bolsas que contenían bañadores (trusas en nuestro vernáculo), toallas, artículos de arreglo e higiene personal, meriendas, ni recuerdo qué más. Después tenía que sentarme bajo alguna palmera para evitar insolaciones, me molestaba el calor, no soportaba las moscas, me pasaba el tiempo calculando cuánto nos llevaría el mismo recorrido a la inversa.Lo único que me agradaba era la natación que mamá se había encargado de enseñarme, pero ni tanto. Mi madre era una excelente nadadora y si se reunía con alguna de sus amigas, se iban nadando hasta el Club Náutico, dejándome al cuidado de alguien conocido. Ahí empezaba mi ansiedad debido a la separación materna. En fin, Julio, no quiero abrumarte con este relato tan pesimista”.
Pues a mí, Sati, me ocurría lo opuesto. A mi padre le fascinaban los deportes acuáticos y logró trasmitirme esa inclinación que compartía igualmente con mi hermana. Mamá era más indiferente en cuanto a la playa, iba por estar con nosotros y por seguir a papá, pero no se entusiasmaba gran cosa. Desde que tú y yo nos conocimos, te percataste de mi gusto por el mar y siempre te ocupaste de apartar al menos una semana de vacaciones año tras año para pasarla los dos en alguna playa, tan solo por complacerme. ¿Por qué no eliges, digamos, unos cinco lugares internacionales que hayamos visitado durante nuestros más de treinta y cinco años juntos y escribes algo sobre ellos? Me refiero, por supuesto, a sitios relacionados con los océanos. De seguro que vas a encontrar algún simbolismo en las playas, ¿no te parece?
“Una playa es un lugar muy complejo, muy representativo de sentimientos y estados de ánimo, desde la paz interior hasta las pasiones más intensas. Las aguas del mar están regidas por la posición lunar, de ahí que se alarguen y se encojan dejando al descubierto las entrañas marinas: arenas de diversos tonos nacarados, algunos amarillo ocre, otros de color de rosa; ásperas rocas y arrecifes con abundante vida, donde se ven pececillos multicolores deslizarse entre negros y amenazantes erizos. La playa puede ser un remanso de serenidad, pero también un nido de feroces tiburones y peligrosas medusas, aquel animal de forma cambiante que llamábamos “aguamala” en Cuba. Los movimientos de las ondas se presentan suaves y lentos, a la vez que enfurecidos en resacas de alto voltaje. Las olas pueden acunarnos rítmicamente, pero también convertirse en un tsunami de total destrucción seguido de un legado de muerte. Así, Julio, se puede comprobar que las playas simbolizan la vida misma más que ningún otro sitio geográfico; muestran su personalidad paralelamente a la de los seres humanos, cobran una existencia única que, sin remedar a un hombre en su aspecto físico, actúan como tal. La playa es temperamental, reacciona inesperadamente, y al emplear la palabra “hombre”, lo hago como sinónimo del producto más elevado de la Creación, aunado a la mujer, ambos convertidos en una misma entidad que, a fuerza de emplear alguna nomenclatura, la llamamos, pues eso, hombre. Este sería el concepto básico de símbolo, aunque puedo imaginarme otros.”
Muy bien, entiendo, pero no has enfocado mi tema: elige los cinco sitios internacionales que te sugerí y descríbemelos, incluyendo igualmente lo que cada uno simboliza para ti. Yo, por mi parte, he decidido ocuparme del aspecto mitológico de las aguas. Son muy fascinantes y diversas las figuras divinas que se asocian con los océanos y ríos, tanto por la influencia de los griegos como de los romanos. Me vienen a la mente Poseidón o Neptuno, el dios de los mares y Nereo, el padre de las cincuenta nereidas, quien a su vez fue engendrado por Pontos, representativo de las olas. Poseidón se unió a Anfitrite, hija de Nereo y formó una corte compuesta de ninfas marinas y sirenas. Oceano, uno de los titanes, le hacía compañía en medio de sus hijos, los Tritones, espeluznantes monstruos mitad hombre y mitad pez. Asimismo existían las danaides, las hadas acuáticas u ondinas y las náyades que habitaban las aguas dulces de ríos y arroyos. Pero no creo que exista una criatura tan famosa como la sirena, la seductora de avezados marinos, esa figura mitológica que muchos juran haber visto, con torso femenino interrumpido a la altura de las caderas por una larga cola cubierta de escamas. Las sirenas, según dicen las leyendas, tienen hermosos cabellos adornados con algas y corales y cantan con voz melodiosa para atrapar a los hombres quienes, una vez envueltos en su magia, terminan ahogados en el fondo de los mares. A veces pienso en ti, Sati adorada, como si fueses una sirena que me conquistó con su voz profunda y el azul de sus ojos adormilados; sin embargo, no terminé hundiéndome en las aguas, sino todo lo contrario: me sacaste a flote, acunado en tus brazos, arropado en tus caricias y sostenido por las redes de tu amor. Ay, disculpa, me estoy volviendo un tanto cursi; “picúo”, como decimos los cubanos cuando algo resulta más ridículo que sublime. Vamos a dejar a un lado la mitología y te cedo la palabra para que, finalmente, te refieras a esas cinco playas, tal vez sean más, que has prometido describirme por su importancia en nuestra relación de más de treinta y cinco años.
“He estado anotando nombres y, efectivamente, llegué a siete; si esto resulta demasiado largo, recortaré el número. ¿Por dónde comenzar? Una de las primeras playas que visitamos juntos fue la Malvarrosa en Valencia. Habíamos ido a reunirnos con Joan Lluis Clausell que era sacerdote obrero en aquellos tiempos y vivía en un pisito muy modesto con otros compañeros. La Malvarrosa tenía aguas tibias, no tanto como las nuestras caribeñas, aunque bastante cálidas teniendo en cuenta que España y las Antillas tienen muchos kilómetros de por medio y que Madrid está, más o menos, a la altura de New York. Nos sentíamos bien, rodeados de familias humildes, pensando que en unas horas ibas a ver a quien había sido, probablemente, tu mejor amigo en los tres años que pasaste en Sant Cugat del Vallés en Cataluña. Recuerdo que nos tendimos en la arena sobre una toalla que habíamos llevado y que resultaba demasiado pequeña para ser ocupada por dos personas adultas. La cercanía corporal, mezclada con la brisa marina, nos causó un estremecimiento. Miramos hacia el mar, hacia la lejanía en que podíamos fantasear sobre carabelas de conquistadores peninsulares y navíos de piratas africanos. Los colores iban recorriendo la gama del azul, desde el más grisáceo hasta un tono verdoso, más intenso. Enseguida no pudimos impedir una comparación con el turquesa de nuestro Mar Caribe, con el sol resplandeciendo sobre la superficie. La playa de la Malvarrosa simboliza para mí la amistad, la de pueblos que si bien fueron opresores y oprimidos en el pasado, son hermanos en el presente; es un símbolo de raíces antiguas que no podemos negar pues nos fueron legadas hace mucho, mucho tiempo. En el momento en que allí nos hallábamos, no nos parecía que hubiese mucha diferencia entre los seres humanos que nos rodeaban y nosotros, a pesar de escuchar otra lengua, la valenciana, y captar otro acento. Tu amigo formaba parte de ese entorno y el suave y discreto oleaje que llegaba hasta nuestros pies remedaba la placidez de una amistad formada en plena juventud y que no había sucumbido al paso del tiempo. Pues ya tienes, Julio, la primera playa, según yo recuerdo no hubo otra anterior, al menos que fuera representativa de sentimientos tan profundos como lo son los de hermandad.”
Tienes razón, Sati, yo también recuerdo con especial cariño aquel verano en Valencia. No obstante, me parece que otra playa que cae en el ámbito de lo exótico sería aquella a la que fuimos un mes de diciembre en Senegal, en una región de gran belleza llamada Sine Saloum, no lejos de la capital, Dakar. Me gustaría que me dieses tus impresiones sobre ella, al igual que otra, tal vez no tan exótica, pero que resultó el producto de un viaje inusual, de aquellos que tú planeabas con tanta ilusión y que yo acogía con cierta prudencia, pensando que tal vez sería una experiencia más allá de lo común para dos cubanos viajeros como nosotros. Esta vez me refiero a Neptun en el Mar Negro, en Romania. Además, ambas tienen algo en común que seguramente recordarás y que fue nuestro primer encuentro con el nudismo marino. Sí, ya sé que lo vas a explicar desde un punto de vista jocoso, casi dentro del ámbito de nuestro relajo criollo. No importa, hazlo como te plazca; espero ansioso tu reacción.
“De ningún modo, Julio; voy a enfocar el asunto con toda seriedad. Cuando visitamos Senegal no pensamos que terminaríamos yendo a la playa, pero así ocurrió. Nos integramos a una excursión que iba a la afamada región de Sine Saloum; se suponía que diésemos un largo paseo en autobús y que íbamos a comer en un restaurante al aire libre donde, por cierto, te encontraste con una de tus ex alumnas de Saint Thomas Aquinas College, ¿te acuerdas? ¡Qué pequeño es el mundo! En nuestro recorrido, pasamos por un pueblecito de pescadores donde vimos a tres jovencitas ataviadas en la vestimenta típica de esos lugares: una bata hasta el tobillo de tonos brillantes con estampados exóticos en contraste con el fondo. En la cabeza llevaban una especie de turbante de la misma tela que el vestido. Iban descalzas, pisando con gracia las arenas de color ocre y se adornaban los brazos y los tobillos con joyas de filigrana de oro. Parecían hermanas trillizas, altas, esbeltas, las tres muy sonrientes e involucradas en una animada conversación, mientras cargaban unas cestas sobre los turbantes. Era un cuadro tan armonioso y elegante que nunca hemos podido olvidarlo. Pero me desvío del motivo de mi recuento: una vez que pasamos algo más de una hora en el autobús, nos detuvimos en una playa muy extensa, con cocoteros y otro tipo de vegetación no lejos del mar. Bajo estos árboles se hallaban unas mesas rústicas de madera con sus respectivas bancas. Un matrimonio alemán de edad bastante avanzada así como una familia francesa compuesta de los padres y dos hijas, se acercaron a las orillas del océano para comprobar la temperatura de las aguas introduciendo la punta del pie. Tú y yo hicimos lo mismo y dimos un salto atrás pues nos pareció extremadamente fría. “Aquí no me baño”, recuerdo que me dijiste, agregando que el agua, para tu gusto, estaba helada. Entonces nos tendimos en la arena a tomar el sol tibio de fines de diciembre. Mientras eso ocurría, dos episodios iban desenvolviéndose a pocos pasos nuestros: el hombre de la pareja alemana se estaba despojando de todas sus vestiduras, habiéndose quedado, dicho en buen castellano, “en pelotas” o, en buen mexicano, “encuerado”. Por otra parte, la madre y sus dos hijas adolescentes de la familia francesa, habían soltado la mayor parte de su vestimenta, y solo se cubrían con la prenda inferior del bikini, unos pantaloncitos atados con unas cuerdas que terminaban en lazos a cada extremo de las caderas. Pues, ¿y qué?, comentarán nuestros lectores. Pues nada, que ni tú ni yo habíamos enfrentado jamás tal espectáculo naturista, eso es todo. Con un gran aplomo, aquellas cuatro personas se sumergieron en las frías aguas del Atlántico junto a las costas senegalesas, mientras tú y yo, habituados al puritanismo hipócrita de los norteamericanos y al catolicismo traducido en la moral estricta de los cubanos, contemplábamos el cuadro simplemente sorprendidos, sin emitir un juicio ni de palabra ni de pensamiento, no más algo azarados por la falta de costumbre. Y así, Julio querido, aquella playa en Senegal vino a simbolizar un paso hacia adelante en nuestro conocimiento de los habitantes de otras latitudes, donde al parecer el desnudo corporal de hombres y mujeres no representa un pecado, ni tan siquiera un hecho de mal gusto, sino la liberación de los convencionalismos sociales”.
Sati, recuerdo muy bien aquella mañana y también recuerdo que en mi mente se cruzaron dos imágenes: la de los europeos nudistas que con tanta naturalidad se dedicaron a los placeres del baño marino sin la molestia del bañador y la de aquellas preciosas jóvenes senegalesas que, como palomas de ébano, revoloteaban alegres sobre las arenas de una playa cercana, cubiertas con los trajes más bonitos que yo hubiera visto nunca. Todo esto me hace pensar que los seres humanos, desnudos o vestidos, conservan siempre su dignidad de tales como los representantes máximos de la Creación. Nos dice el Génesis que Adán y Eva, no llevaban ropa en el Paraíso terrenal y solamente cuando se hicieron conscientes de su desnudez y la contemplaron como algo negativo, se cubrieron avergonzados. Pero permíteme recordarte que mencionaste al principio otro lugar bastante alejado de este país africano, Neptun en Romania; aguardo impaciente tu recuento.
“Efectivamente, en Neptun nos topamos con una situación muy semejante a la que te acabo de describir en Senegal: parte de la playa estaba reservada a los nudistas y nosotros, sin tener idea de ello, iniciamos un paseo junto al mar, alejándonos de donde se concentraba la mayor parte del público que tomaba el sol del Mar Negro. De repente, frente a nosotros se hallaba una docena de cuerpos desnudos pertenecientes a personas de distintas edades. Cuando vieron que nos acercábamos, todos cambiaron de posición: de haber estado tendidos en la arena sobre la espalda, a tenderse sobre el pecho. Todos menos una mujer que aparentaba tener entre treinta y treinta y cinco años, muy tostada por el sol, los cabellos castaños largos y húmedos cayéndole sobre los hombros. Estaba sentada sobre una roca, completamente desnuda, y tal parecía una sirena que había perdido la cola y, en su lugar, mostraba unas piernas fuertes y torneadas que cruzaba con cierto recato. No más haber visto aquello, nos dimos vuelta para regresar al sitio de donde habíamos iniciado nuestro paseo. Sin embargo, más que este episodio que ya habíamos experimentado en Senegal un par de años antes, lo que más recuerdo de Neptun en Romania es la sorpresa que nos llevamos el primer día que entramos en el mar: el fondo de las aguas, en vez de estar compuesto de arena o rocas, estaba cubierto de sargazos, una especie de algas resbalosas que producían una sensación muy desagradable al pisarlas, algo así como una sustancia babosa o viscosa que de inmediato, nuestros pies rechazaron. Lo único que podíamos hacer era, o salirnos del agua y conformarnos con estar soleándonos en la arena, o mantenernos a flote el mayor tiempo posible para evitar aquellos sargazos. No obstante, creo que puedo obtener un simbolismo con respecto a esta experiencia: la belleza externa, pues Neptun era una playa muy hermosa y acogedora, no siempre refleja la fealdad interna, aquí representada por la viscosidad de las algas y el efecto negativo que nos creó. Dime, Julio, si mis reflexiones te parecen atinadas o “traídas por los pelos”, como se dice comúnmente”.
Como sucede casi siempre, estoy de acuerdo con tu interpretación. Me halaga comprobar que mis pláticas filosóficas dejaron una huella en ti. Quisiera oír más de tus comentarios sobre las playas. Ya llevas tres y prometiste, al menos, cinco. Soy todo oídos, Sati.
“No quiero que nadie diga que me he apropiado de este capítulo pues, hasta el momento, soy ya la que lleva la voz cantante. Aunque, con tal de complacerte, continuaré. Me parece que voy a regresar a las Américas y, nuevamente, reuniré dos playas en un mismo párrafo, por su relativa cercanía geográfica y por aunar ciertas características en común. Me refiero a Playa Bonita en Limón, Costa Rica y Veracruz, México, ambas en el Golfo que lleva este último nombre. Fíjate que son dos sitios muy distintos en cuanto a sus características físicas: Playa Bonita es un lugar salvaje, peligroso, con una especie de barrera formada por arrecifes a unos ocho metros de la orilla. Las olas rompen con furia sobre ese obstáculo natural, saltan sobre él y avanzan rápidamente hacia la arena. Hay que ser muy cauteloso y vigilante con la resaca que puede impulsarte hacia las rocas o, aún peor, más allá, donde el mar queda abierto. Además, no lejos, nos advierten, merodean los tiburones. Por otra parte, en México la playa veracruzana queda detrás del Hotel Mocambo, y si bien no es tan hermosa como la costarricense, está más adaptada al turismo, más arreglada de modo que no resulte peligrosa. Lo que sí recuerdo es que apenas entra uno en el mar, ya no se da pie. Cuando estuvimos allí, el oleaje era mínimo pero el público era mucho y eso también suponía una situación poco agradable. El corto tramo desde el hotel hasta la orilla de las aguas estaba rodeado de jardines y, más abajo, lleno de vendedores de cuanto objeto existe para pasar un buen día en la playa: flotadores, sombreros, toallas, juguetes y, por supuesto, comestibles. Nada extraordinario sucedió en ninguno de estos lugares, pero debido a algún motivo que ahora no me viene a la mente, en ambos nos sentimos más enamorados que nunca, más compenetrados. En Playa Bonita estábamos casi solos, no así en Veracruz pero de repente el público allí congregado se esfumó frente a mis ojos y solo te veía a ti; pensé en lo mucho que te quería, en la fuerza imparable de mis sentimientos con respecto a tu persona. Entonces, Julio adorado, estas playas simbolizan, para mí, el amor que guarda mi alma, la solidaridad y, por qué no, la simbiosis que mencioné al inicio de esta obra. Fueron, y lo siguen siendo, enclaves emblemáticos de la unión más perfecta, sitios que nos arroparon sin proponérselo y sin tener las características requeridas para servir de trasfondo a dos seres que se idolatran. Aquí tienes, pues, el simbolismo de ambas playas”.
Me consta que te gustan los cálculos matemáticos; que hay números que prefieres sobre otros, de ahí que pensara en el cinco para describir los lugares relacionados con el mar que, según tú, han tenido un significado especial para ambos y ya has completado la cantidad anticipada: la Malvarrosa, Senegal, Neptun, Playa Bonita y Veracruz. Mientras más pienso en esto van apareciendo más nombres que me atrevo a sugerirte: Aruba, Jamaica, Miami, Nassau, Vinarós, Viña del Mar, Acapulco, Cancún, San Sebastián, Cape Cod, Saint Jean de Luz, mejor no sigo porque ya esto va resultando demasiado largo. Creo que voy a optar por indicarte el número siete que, después de todo, es simbólico en muchos aspectos. Por lo tanto agrega las dos playas en que, según dijiste, habías pensado al principio, a ver si te recuerdan algún aspecto relevante de nuestros treinta y seis años juntos: se me ocurren dos que no aparecen en mi lista, Coral Bay en Chipre y Revere Beach en las afueras de Boston. Las dejé fuera precisamente porque me parece que ambos sabemos el simbolismo profundo que en nuestra vida tienen estos dos sitios y que me vas a complacer refiriéndote a ellas para así cerrar este capítulo. Como el bocado más delicioso se guarda para el final, los pensamientos verdaderamente relevantes se colocan a un lado para sacarlos a la superficie en el instante más oportuno.
“Me has leído el pensamiento, como suele ocurrir entre nosotros. Esas son las playas a que aludí antes cuando dije que se me habían ocurrido siete. Corría el año 2002 y presentíamos que no habría más viajes, al menos de los que más nos agradaban, a sitios lejanos, poco comunes, con dificultades para alcanzarlos. Sin embargo ese verano, se desarrollaron hechos extraordinarios, ocasiones que no se repetirían durante nuestra morada en la Tierra. Iba a ser la última vez que tu amigo Joan Lluís Clausell y tú se verían y visitaríamos un país en el que solamente habíamos estado una vez, Chipre, pero con el incentivo de asistir a la boda de otro apreciado amigo, Marios, quien iba a contraer matrimonio en Paphos, su ciudad natal. No quisiera detenerme en los días transcurridos en Sant Jordi del Maestrat con Joan Lluís y Amparo, son recuerdos agridulces que he mencionado en otros escritos, pero sí deseo referirme a Coral Bay, la playa chipriota con nombre inglés, seguramente para atraer a los turistas del Reino Unido quienes, por cierto, constituyen el mayor número de europeos que visitan Chipre. Casi todos los días que pasamos en Paphos tomábamos un autobús para dirigirnos a Coral Bay, una preciosa playa no lejos de la ciudad. En mi mente se atropellaban los más sombríos pensamientos, mientras te observaba tendido en la arena junto a mí, tu piel delicada sonrojándose bajo el sol del casi Medio Oriente donde nos encontrábamos. Mi alma rebosaba de ternura, sentía el amor que me inspiraste desde nuestro primer contacto con más fuerza que nunca. Presentía que la separación corporal se acercaba, tal vez aún antes de la fecha en que sucedió, casi tres años después. Así, día va y día viene, durante casi una semana, iguales anticipaciones ocupaban gran parte de mi mente. Intenté disfrutar de aquellos momentos al máximo, continué observándote, hermoso, gallardo, angelical y esta última palabra resonaba en todo mi ser: Este hombre no le pertenece a la Tierra, su sitio está en una dimensión distinta, se encuentra reclamado por su Creador. Terminaron los seis o siete días, regresamos a Inglaterra, nos dispusimos a abordar el Queen Elizabeth II para volver, lentamente, al continente americano. Nos esperaba, si mal no recuerdo, otra prolongada semana, primero, para cruzar el Atlántico Norte y alcanzar el río San Lorenzo en Canadá y después de haber desembarcado por unas horas en Québec, continuar la travesía, aproximadamente de igual longitud, hasta nuestro destino final, la ciudad de New York, el puerto sobre el Hudson que tan solo se encontraba a unas pocas calles de nuestro hogar. En camino, desde el Canadá hasta la Gran Manzana, nos detuvimos en varios puertos, Boston entre ellos. Y aquí se halla la segunda playa, Revere Beach, un enclave popular entre las clases obreras bostonianas, una extensa superficie arenosa frente al océano que, en esos días de principios de agosto, se encontraba plácidamente adormecido, regalándonos un suave oleaje y unas aguas casi tibias, inusuales para aquellas latitudes. De nuevo nos tendimos uno junto al otro, pero en esta ocasión mis pensamientos me herían el cerebro: habías estado muy enfermo en el barco, en medio del Atlántico, con una de aquellas hemorragias que te causaban las venas varicosas del esófago. Pensé que no alcanzaríamos nuestro destino. ¡Ay, Julio, perdóname! Había prometido no tocar temas trágicos y ya ves, lo he hecho. Pero no lo voy a borrar, discúlpame, es necesario que lo mencione si quiero explicar el simbolismo de esta última playa que tú mismo sugeriste. Pronto termino, tienes mi palabra. En Revere comprendí de una vez por todas que el fin se acercaba y lloré, te lo confieso, derramé copiosas lágrimas disimuladas que nunca viste. Hubo otras playas cuando en 2003 hicimos tres cruceros con nuestro amigo Gabino, pero ya no era lo mismo, esos viajes fueron pobres imitaciones de los muchos recorridos que tú y yo solíamos llevar a cabo varias veces al año, alegres, confiados, atrevidos, aventureros. Revere Beach representó para mí el fin de una era. Y aquí termino, refiriéndome al simbolismo de estas dos últimas playas: la muerte, no necesariamente física pero sí de un estilo de vida que había llegado a su término. Se murieron las ilusiones y un nuevo tipo de existencia preparatoria para la conclusión de los treinta y seis años que pasamos juntos se iniciaba”.