La sangre del Tequila (VIII)

Novela por entregas

Félix Luis Viera

Manolito el Gambao salió al patio del solar de la calle Inquisidor 407 navaja en mano —la misma navaja de siempre—a esperar a Tinita para romperla, dijo primero, gritó luego. Como era habitual sobre todo cuando estaba borracho y sobre todo cuando avisaba del inminente descuartizamiento de Tinita a manos de él, por puta ella, el Gambao se dijo llamar Sir Manolo, a la par que hacía ademanes con la navaja. Serían las seis de la tarde; a punto de oscurecer. Los vecinos del solar habían visto salir a Tinita en la mañana —y la habían olido hasta la inundación de sus narices, tocada ella quizás con todos los perfumes populares que podrían haber en La Habana—, vestida con una falda de combate: corta, roja, que dejaba ver la macicez del comienzo de sus muslos acanaledos, más una blusa color crema escotada hasta la zanja entresenos que —sin duda—desbordaría de saliva la boca del más casto o castrado de los varones. La vieron salir, como era habitual, taconeando fragorosamente, las nalgas como pinchando al aire en su vaivén.

Sir Manolo, o Manolito el Gambao, siguió maldiciendo la hora cabrona en que había escogido a una puta, a una mulata puta, enfatizaba, para pasar sus últimos días en esta tierra. Era domingo.  El solar estaba nutrido. Los vecinos mirarían de vez en vez por las ventanas de sus cuartos o se habrían sentado a sus puertas para disfrutar un desenlace que, no por conocido, resultaba menos grandioso.

Oscureciendo casi, Sir Manolo, como otras veces en trance semejante, arrastró una de sus banquetas para el centro del patio y continuó, ahora sentado y hablando más quedo o sería mejor decir gritando más bajo, dando por seguro que tasajearía a Tinita cuando entrara por ahí, y apuntaba hacia la inmensa puerta que daba entrada al solar de Inquisidor 407. En una mano tenía la botella de bebida, en la otra la navaja que ya conocían desde lejos y de memoria sus vecinos. Y como un bordón: “!¡Yo, Sir Manolo, soy el rey de los machos de La Habana!, ¡el más que todos!”.

Ya anochecido, Manolito el Gambao, el Sir, era nomás que un arco, medio abultado en la zona de la barriga, sobre su banqueta, pasándose a cada rato la bebida a pico de botella, navaja en mano. Oscilaba sentado en la banqueta; oscilaba su cabeza, su cabellera blanca, suficientemente rala en el centro.

Serían las diez de la noche cuando se escuchó en aquella cuadra de la calle Inquisidor el fragor de los tacones de Tinita. Los vecinos espectadores se habrían tensado, se acercaron todo lo posible al centro del patio, a Sir Manolo. Tinita entró caminando como quien viene despreciando al planeta.

Ahora, vendría el gran final manido, pero aun así anhelado por todos.

Manolito el Gambao dejó la botella en el piso, se puso de pie como pudo, navaja en ristre. Dio tres o cuatro pasos trastabillantes hacia donde Tinita —que, coincidirían los presentes, como otras veces a su regreso, parecía fosforescente—, quien se había detenido y sonreía, mirando a Manolito.

Navaja en posición de ataque, el Sir, mientras daba otro paso, dijo:

—Te voy a hacer picadillo, mulata puta.

Tinita echó hacia delante el vientre, remarcando ex profeso el empeine. Dijo:

—Abájate, Manolo.

Manolito el Gambao, Sir Manolo, vaciló, miró por lo bajo hacia uno y otro lado para luego, lentamente, inclinarse. Finalmente, se arrodilló, con la cabeza frente a los muslos de Tinita. Soltó la navaja y comenzó a sollozar.

—Este es el clásico cuento del hombre blanco que cuando joven fue chulo, castigador, tipo duro, amador inclemente y que, ya de viejo, palma, va a dar al chumino de una culipronta… y estos viejos blancos, casi siempre… a una culipronta mulata… letales… —Dijo mi amiga farmacéutica Mercedes Giménez —quien ya lo he dicho antes: hasta hoy la mujer por mí conocida que más le sabe a las mujeres—aquella tarde en la banca en la que acostumbrábamos sentarnos.

Me fijé con intensidad en Verónica, quien desde uno de los dos sillones que yo tenía en el apartamento miraba una telenovela y me había pedido que la acompañara en este ruin propósito. Hice un cilindro, una suerte de telescopio con mi mano; puse el ojo y moví el telescopio hacia sus brazos, su cara, sus labios, la piel; sin duda, esa piel era de mulata, justamente de mulata oscura, si bien tal vez (tal vez… yo ya nunca lo podría comprobar in situ) la de Verónica más fina, o más suave, o menos ríspida; tal vez. Y el cabello de Verónica, enracimado, abuclado, ¿no era el de aquellas mulatas “adelantadas” de la isla de Cuba? ¿Sería mi cuento, a distancia, el mismo de Manolito el Gambao y de otros, solo que en mi caso me confrontaba contra cierta variable de origen?, ¿tendrían, como Sir Manolo, este desenlace tantos cabrones que yo había conocido aparte del cuento de Mercedes?, ¿lo tendrían, por ley, los hombres blancos que habían sido “castigadores”?, ¿lo teníamos, aun en el olfato, y solo comenzábamos a olerlo al llegar al porche de la vejez? ¿O esto se daba únicamente por convenio tácito de razas y estratos, una ganancia, digamos, para cada parte?, ¿una ventaja de parte y parte que, cada parte, podría tener sellada para su carta final?  Anoté el párrafo anterior en mi Bitácora de los Vencidos y agregué: con esto que anoto no he hecho más que soplar en el viento, especular sobre lo inexplicable, y dar fe de mi idiotez.

—Qué bueno que está Clinton y esa mensa de la Jírali se lo dejó bajar por una secretaria… —Exclamó desde su sillón Verónica, como si le hablara al pueblo.

—Ya ese cuento de Clinton es viejo —Dije mirando el noticiero, que había comenzado a seguidas de la telenovela —. ¿Y no puedes atender a las noticias un poco más que a los machos?

—Nada más para decir que hay mujeres pendejas que descuidan al marido, con lo escasos que están…

Se pone de pie y avanza hacia la ventana. Es mediodía. Invierno. Gris el aire, el edificio de enfrente, el cielo, esos árboles, el asfalto, la respiración.

—Que hicieron un censo y hay un chingo de mujeres más que hombres aquí… Y eso sin contar a los maricones…

—Solo unas mujeres más… y de edades viejas…

Tantos niños en la tierra que no tienen leche que tomar, ni juguetes, ni el abrigo o el pulóver que quisieran; billones y más billones de seres que han muerto a destiempo, otros que han perecido luego de una larga vida en que no han conocido otro esplendor que el desamparo; suma incalculable de mujeres que jamás conocieron el orgasmo; varones que se refugiaron en la masturbación ante el muro de la congoja; homosexuales, lesbianas que debieron contener el ánimo de sus amores para no verse sin las tres comidas diarias; cifras para las que no alcanzan los números de hombres muertos en las guerras fratricidas –si habitamos el mismo planeta, todas las guerras son fratricidas—; océanos innavegables alzados con las lágrimas de los amantes que un día debieron despedirse para siempre; niñas que nunca consiguieron el Sueño que les quitaba el sueño: la muñeca vestida de azul, la fiesta de los Quince Años; padres que han llevado hasta la tumba el arrepentimiento por haber golpeado a sus hijos injustamente; fiestas malogradas por un trueno, una bomba, la apendicitis, la menstruación prematura; el aguacero que no debió caer contra aquella choza que se vino abajo; el borracho que al fin se bebió el trago de la Mala Leche, que lo llevaría al homicidio, la traición, el asco público; el hombre y la mujer que hubieran sido felices amantes vitalicios y, sin saberlo nunca jamás, estuvieron en el mismo sitio, buscando amor, con una diferencia de veinticinco segundos; el dolor por la Muerte pobre, la pobre muerte de Mozart, Cervantes, Ciro Alegría, César Vallejo, Benito Pérez Galdós, Charles Baudelaire, Manuel Granados, Oscar Wilde, gritando desde la hartura de los gusanos, desde  las pavesas, contra el culo diamantino de Chaquira, su arca recargada cada nanosegundo por la euforia de los imbéciles; el apendejamiento del emperador Moctezuma, que cambió la historia y mi vida y las otras; el homosexual que murió bajo las ruedas del tren cuando lo perseguía una gavilla de asesinos homófobos; la guagua que mató a José Antonio Méndez; el filósofo que murió de pesar cuando debió admitir que para subir al cielo se necesita/ una escalera grande y otra chiquita; la pena por los argentinos que se deshidratan en lágrimas cuando pierde su equipo de fútbol; el joven que murió a las puertas del prostíbulo adonde iría por primera vez; la muchacha que se fue sin besar; el bombero que se ahogó con su propia agua; la injusta ineditez de Rafa del Carmen; el sargento que se mató el día que lo ascenderían a teniente; el párvulo que se extravió para siempre en la verbena; la pena por quienes no pudieron acariciar el cabello de Donna Summer; el salto trunco del salmón; el canario muerto de hambre en su jaula, abandonado; la tristeza por quienes nunca han tenido a una puta de Tailandia; el tomeguín del pinar que reventó cantando frente a su adversario…

Todo… Todo y tanto… Todo y tanto para que una tarde, en un apartamento en el sur cercano de la ciudad de México, un cretino se troque en una tea porque la mujer le ha dicho que Clinton está bueno.

—Güey, ¿ya vas a lavar la loza?, ¿no?

Me dice Verónica, recostada a la ventana, mirando a la calle, como si hablara con alguien que va pasando por allá abajo.

Del Autor

Félix Luis Viera
(Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami, 2010); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005) y El corazón del Rey (2010, Innovación Editorial Lagares, México). Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Varias de sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. En México, donde reside desde 1995, ha colaborado en diversos periódicos con artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones periódicas.