Gran fresco norteamericano

Rubén Sánchez Trigos

22/11/63

Stephen King
Plaza & Janes, 2012

 

22/11/63, de Stephen King.Conviene advertirlo de entrada: 22/11/63 contiene algunos de los peores vicios de Stephen King y, al mismo tiempo, algunos de sus aciertos más habituales. En la predisposición del lector queda recrearse en los primeros o acogerse a los segundos. Respecto a los debes, quizás el más obvio radique en la elefantiasis que afecta a la novela en general, y a algunos pasajes demasiado reiterativos en concreto. Cuestión aparte es si considera que el exceso de páginas (o mejor dicho: el exceso de páginas que aparentemente poco aportan al relato) constituye una de las señas de identidad del bestseller, término con el que se lleva asociando a King durante toda su carrera, o si sencillamente la novela, como género literario en sí, puede y debe acusar cierta capacidad de dispersión, en cuyo caso 22/11/63 no es sino una novela en su acepción más canónica, para bien y para mal.

Aceptada esta convención, sólo queda celebrar que un autor consagrado y en la madurez de su carrera se la haya jugado con una premisa que, al menos sobre el papel, bordea peligrosamente el ridículo, y cuya ejecución, sin embargo, salva (casi) todos los peros que se puedan planteársele: el descubrimiento, por parte de un profesor de instituto, de un túnel del tiempo en línea directa con los años cincuenta, situado en el sótano de una hamburguesería. En este sentido, las primeras páginas resultan impecables: con el pulso y el sentido del ritmo que luego va flaquearle, King presenta a su protagonista, narra el descubrimiento que pondrá en marcha la acción y plantea las reglas del juego que van a regir el resto del relato (todo lo relativo al tiempo y a su obstinación por no ser cambiado) con la magia que algunos ya empezábamos a echarle en falta. Es precisamente en este último aspecto donde 22/11/63 encuentra su talón de Aquiles: en la reiteración, por otra parte necesaria dado el planteamiento de la historia, con que se cuentan las distintas estancias del protagonista en el pasado. Nada nuevo, pues, para los viejos lectores de King, autor al que con frecuencia se le ha achacado el síndrome del corredor de fondo: formidables arranques y (no siempre, pero con demasiada costumbre) una cierta tendencia a deshincharse a medida que pasan las páginas.

Ahora bien, si por algún motivo creo que 22/11/63 se eleva fastuosamente por encima de su producción más reciente (me refiero, sobre todo, a sus últimas novelas largas: La cúpula, Duma Key; obvio, pues, los relatos más cortos tipo Todo oscuro, sin estrellas) es por la voluntad de supeditar cualquier aspecto de lo que está contando a ese gran fresco norteamericano que en el fondo constituye toda su obra, pero que quizás en esta novela alcanza proporciones más ambiciosas. En efecto, no es difícil ver en el personaje de Jack Epping una metáfora de la propia Estados Unidos, y en el objetivo que se propone (evitar que Oswald asesine a Kennedy) un intento de la nación por salvarse de sí misma, por sacudirse esos fantasmas que, según expone el propio King por boca de sus personajes, la han asolado durante los últimos cincuenta años. Esto, junto al honesto amor con que el autor de Carrie retrata ese otro mundo que fueron los Estados Unidos de los años cincuenta, confiere a 22/11/63 una singularidad específica, no sólo ya dentro de la obra de King, sino en el subgénero de los viajes en el tiempo. No es mejor libro que Ahora y siempre, esa novela de Jack Finney cuya sombra planea conscientemente sobre la que nos ocupa, pero es, con todos sus defectos, una de las muestras más fehacientes de lo que Stephen King nunca ha dejado de ser: uno de los más incisivos retratistas de la clase media y baja norteamericana del siglo XX.