Campos de Castilla
Antonio Machado
Para Antonio Machado Soria fue un encuentro privilegiado, un venturoso azar que lúcidamente supo transformar en realidad y certidumbre líricas. A buen seguro que, aquel profesor de francés que desembarcara en 1907 en esa tierra “árida y fría”, no imaginaba su posterior idilio con una ciudad castellana “¡tan bella!, bajo la luna”.
Y es esta, en verdad, una de las mayores virtudes de Campos de Castilla, el libro con el que Machado pudo soñar -bien abiertos sus ojos- y al que entregó lo mejor de su producción poética.
Un espacio, en principio, inhóspito, distante de la calidez climática de su natal Sevilla, incluso reprobatorio por su condición de sociedad rural y arcaica -“atónitos palurdos sin danzas ni canciones”-, se torna con el paso del tiempo en un territorio que no podrá apartar ya nunca de sus adentros. Porque el corazón machadiano comenzará a latir al par de aquellos parajes (¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria …/… Me habéis llegado al alma, ¿o acaso estabais en el fondo de ella?”), crecerá pleno de juvenil efervescencia junto a su querida Leonor, y se convertirá en cómplice compañero de su complejo y sombrío mañana (“En torno a Soria, entre plomizos cerros/ y manchas de raídos encinares, mi corazón está vagando, en sueños…”).
Además, el poemario alberga una personal clarividencia en el descubrimiento de una España pastoral, campestre, que Machado quiere y sabe explorar. En 1913, en un artículo publicado en `El porvenir castellano´, y titulado “Sobre pedagogía”, exponía el poeta andaluz: “Mientras no se descienda a estudiar al hombre de campo, no acabaremos de explicarnos los más rudimentarios fenómenos de la vida española”. Y es cierto, que con pulso poético y humano, se sumerge en ello para indagar más allá de lo que las encinas, hayas, olivares, centenos y trigales… esconden bajo sus ramas. Su búsqueda, sí, es una batalla denodada por hallar la raíz del ser humano, por alcanzar su esencia, su primer y última verdad. Y lo hace con una extrema objetividad, tanta, que construye un soberbio romance como el de “La tierra de Alvargonzález” y cede su voz para que la cuenten otros. Cabe recordar que fue el propio Machado quien afirmara que la tarea del poeta era “inventar nuevos poemas de lo eterno humano, historias animadas, que siendo suyas, viviesen, no obstante, por sí mismas”.
Sabido es, que tras la muerte de Leonor, el vate sevillano, pide traslado a Baeza, donde la memoria de la amada apenas si le deja espacio para seguir viviendo. Allí, aumenta y redefine su nueva edición de Campos de Castilla, con textos que recuerdan el feliz ayer soriano (“Yo tuve patria donde corre el Duero”) y su infancia y su sangre que brotan junto al “cantar de la tierra mía”.
En esta nueva versión -que viera la luz en 1917 ya dentro de sus Poesías completas-, Machado pondrá espléndido broche a tan significativo poemario, al atreverse con una crítica explícita y contrastada de la España que vivía. Y de la España que se avecinaba.
Virtud añadida, pues, la que con tintes de visionario nos adelanta, al dar cuenta de su plena indignación ante un país de “charanga y pandereta”, que resiste agónico, herido de muerte y en franca decadencia intelectual y espiritual y que le hace sufrir “entre una España que muere/ y otra España que bosteza”.
Al cabo, su amor por los paisajes y las gentes de Castilla, su cavilar sobre los enigmas del hombre y del universo, sus preocupaciones patrióticas, y la inquebrantable fe en llegar a ver uan nación “implacable y redentora”, convierten este poemario en un inigualable ejemplo de riqueza temática, en un sólido mapa de variedad tonal y versal, en un prodigio de verbo firme y solidario.
Cien años después, su lectura -sus múltiples relecturas-, siguen dándole la razón a este genio “andaluz y manchego”. Y junto a él, y con su dictado, podremos continuar aprendiendo.
Ahora y siempre.
