Glorificación

(Fragmento de la novela Apología sobre la acidez)

Fausto Arnaldo Pompa Abreu

Después de la guerra entre mi país y Europa por recetas, los periódicos sin dueños, como sólidos fantasmas, arremolinaron por todas las calles. Esa imagen la recuerdo como si fuese hoy; los grandes establecimientos se advirtieron cerrados como mismo anunciaban las caras de los propietarios. Y los niños, al parecer sin familia miraban de una manera dudosa, niños que en los cementerios de los adeptos jugaban sobre lápidas ya sin escrituras, donde antes del 1995, hubo palomas, alpistes, madres, padres, globos, vendedores de algodón agrio, de ingredientes afrodisíacos que realzaban su verdadera naturaleza, la de felicidad y energía para mis iguales que necesitaban la acidez, como mismo precisa un ciego el lazarillo.

El primer enfrentamiento entre mi país y los turcos vino volando rente al suelo y me agarró la pierna. Me imaginé al tipo que lo habría comprado, su indignación al ver noticias tan deprimentes, pero de igual manera lo desplegué en su totalidad y me fui a sentar donde antes hubo vendedores y todo lo que ya saben. La entrada al cementerio estaba prohibida para nosotros, pero un cansancio, un terrible cansancio, hizo que me burlase de las advertencias, así que fui a parar a una lápida de una tal Eugenia, y habiéndoseme calmado la debilidad, comencé la lectura de mi tiempo.

Turquía, por un problema de capacidad motora, había resuelto de manera atrasada mover sus batallones hacía el lado oeste del río, allá por donde se cruzan ahora, las grandes plantaciones. Y líneas más abajo, una gran foto, en tiempo marca de agua del senador Lucas, se presentaba triunfal, como símbolo que ambos pueblos querían tener en su propio patio.

Mi país por consiguiente, en un intento por detener la avalancha de turcos, se dispuso a crear falsas recetas, recetas que simulaban el verdadero sabor agridulce del producto en cuestión, que solo expertos nutricionistas podrían reconocer.

Las fotos que se publicaron en aquella época eran siempre las mismas: Militares demasiados grandes que caminan como bailarinas sobre un terreno lleno de pepinos, un poco más allá, obuses atrincherados sobre montículos de arenisca de dos metros de alturas. Molinos, también se veían Molinos, y en sus buhardillas, algunos soldados sacaban cabezas de espantapájaros, que pudieran ser, por qué no, un engaño, un táctica militar desconocida para mí.

La tumba Eugenia era sin dudas la más llamativa, presentaba unos querubines anémicos que bailaban en el regazo de Lucas, y a mis pies varias flores marchitas, parecían contener todo lo triste de la época. Respiré bien profundo, también la soledad y la calma curativa que se advierte en esos lugares.

Aquí me dispuse a continuar la lectura; no paso mucho para darme cuenta que el rostro de Lucas temblaba, también lo hizo mi mente, lo primero que atiné, fue pensar en un sepulturero, en uno que dispuesto detrás de Lucas, tramita golpecitos pueriles sobre él, para luego asestarme un buen golpe. De esos tipos que han conseguido a toda costa el empleo y lo defienden de igual manera. De esos tipos que se han aprendido las leyes impuestas por el gobierno al dedillo, o  en secuencias espasmódicas lanzan palabras mordaces como lo hacía mi viejo. De esos tipos que siempre llegan a la hora indicada, y  en horario de merienda, muerden pan dulce creyéndose catador del más fino pepinillo. O de los que carecen de acidez en su sistema, (pobres), y llevan duda en la sangre, que escupen después de escribir sobre lapidas, mensajes que me caracterizan.

-Esa es mi madre, -dijo un niño al tiempo que me arrebataba el periódico, me escupió y salió corriendo a toda velocidad gritando: ¡Papá, papá, un no adepto, un no adepto!

Las acciones del pequeño monstruo me dieron ganas de matarlo,  perseguirlo hasta su escondite, uno que pudiera ser las piernas del tipo antes teorizado. Me llené de rabia,  un impulso ciego que sin dudas, debía canalizar de otro modo, ya que supuse que pronto la tumba de Eugenia, se llenaría de guardias reacios a explicaciones inacabadas.

A continuación vagué por la zona sur, vagué también por sobre la memoria de mi padre, en su final merecido y triste como mi época, la época como las flores de Eugenia, Eugenia creándola forzadamente como una antagonista no adepta, líder de algún movimiento subterráneo, quizás fuera mesera de algún bazar (me impuse),  fina en su talante, con manos suaves producto de los años, de la continua venta de pepinos impregnados del Vinagre de Jerez, o el de sidra, aceto balsámico de Moderna, o los del tipo dulce, los Pedro Ximénez, Moscatel, Oporto, de frambuesa o de arroz. Fineza que pudiera ser, fruto de masajes en formas de besos procurados por admiradores furtivos, admiradores por sus platos con hortalizas mezcladas en su aliño a la vinagreta, la de su continuo batir del aceite y el vinagre, mientras que los besos, en forma de masajes pasan de las manos a las piernas, y ella ríe, cómplice de sus habilidades que hacen que suelte una pizca de pimienta molida. Y palabras como: Eres una diosa, me encanta como lo preparas. Hacen que ella, comprenda la intensidad de lo que en el horno se quema. Y agregue albahaca, perejil, cilantro picado y sintiendo una comezón eléctrica, seguro hubiera querido que todo se congelase, que la situación perdurara para no llegar a donde un adepto odia sus comidas y un hijo que fue el mejor de su clase por realzar la figura de Lucas. Hubiese querido también que el avinagramiento corriera calle abajo como mismo lo hacen las guerras, que infectase almas de los que morirán primero, que épocas tóxicas se hubieran mezclado con salsa rosa, salsa de mostaza, salsa tártara, con el ajo salad cream y todos los elementos afrodisíacos que se vendieron en un tiempo, donde ahora, solo unas flores son testigo de su paso por tierras escasas de acidez. Pero Eugenia era adepta. Maldita sea, me dije y seguí camino rumbo a La Plaza Roja

La Plaza Roja era uno de esos sititos pintorescos, que se construyen para ser fotografiados por turistas que no comprenden nuestras recetas, nuestros aliños amargos y aceites, que como el oliva virgen extra, la hojiblanca, la arbequina, o la cornicabra, nos provocan libertad, una muy característica sobre el gobierno.

Cuando llegué a la plaza, los adoquines estaban cubiertos de flores frescas, y en el centro, Lucas se advertía triunfante, como en las fotos, vestido de etiqueta, con cara de muchos amigos, y la soledad advertida a su alrededor, eran indicios de la posguerra. Este era el único lugar público no convertido en cementerio, aunque ya por su propio estado, no difería en lo más mínimo a donde descansaba Eugenia y tantos otros adeptos. El Lucas inmóvil, antes del 1995 fue testigo de una masacre violentísima, recuerdo que la noticia le dio la vuelta al país, a la misma velocidad con que las botas del ejército martillaron sobre el cráneo de aquel turco insolente. Dicen, que el tipo en cuestión era un adepto especialista del turşu1, y que aprovechaba la amnistía (ya los ánimos estaban caldeados), para viajar y conocer otras mezclas, otros sabores, otros aderezos para el acur2, y así, continuar la competencia en esos asuntos. Entonces fue que el turco, llevando un libro bajo el brazo, se paró frente a Lucas por más de  media hora. Como midiendo la distancia entre grandes opositores. Soltó par de palabras al aire en su idioma, indicó con el dedo al senador en su idioma, escupió sutilmente la estatua en su idioma para luego anclarse frente a un vendedor de pepinos. Compró varios a un precio mayor de lo normal, se retorció el pescuezo, miró hacia arriba, sacó del bolsillo una servilleta y se enjuagó el sudor. Aquí el tipo volvió a mirar a Lucas como diciendo: ya descubrí su técnica. Lucas, ya no inmóvil desde sus cimientos se apresuró a bajar de la gran plataforma, cruzó media plaza ahora con cara de pocos amigos, y habiéndole tapiado el sol al occiso, propinó varias palmaditas sobre un hombro turco en cuestión de: ¿mi técnica? Yo no tengo técnica amigo mío, ni los sumerios, ni los griegos, ni los egipcios antiguos, o los romanos la tenían. Tampoco se trata de libertad al paladar, simplemente es cuestión de echarse encima buenos enemigos, otros tantos que creen dependencia al avinagramiento y las guerras, o propiamente, el dinero, lloverá sobre nosotros. El turco miró a Lucas en la distancia, el sol le volvió a pegar fuerte, olisqueó los pepinos mientras se acercaba al majestuoso antiácido, y ya estando frente a él, se los arrojó haciendo un blanco perfecto sobre la pajarita, al tiempo en que gritaba en su idioma, lo que podría interpretarse como: ¡Mentiras, mentiras, ya te descubrí, eres un farsante! hijo de puta.

Los demás turistas, turcos en su mayoría, junto con mis iguales, fueron los encargados de que el hecho saliera en primera plana, comidilla en bocas de mujeres sin empleo, mito, leyenda, una fábula de padres a hijos, de veteranos de guerras que vomitan sus glorias en bazares de segunda clase a meseras (algunas fueron mis novias), que ya hoy han desaparecido, pero que antes, soltaron prenda entre caricias en algún cuarto, donde solo se reúnen personas con demasiados problemas.

LANZANDO FEROZMENTE PEPINOS EMBADURNADOS CON  PALABRAS MORDACES, FUE VISTO UN TURCO EN LA PLAZA ROJA. LANZANDO FEROZMENTE PEPINOS EMBADURNADOS, FUE VISTO UN TURCO Y ALLÍ MISMO FUE LINCHADO.

Cantaron en los bazares, en las escuelas, en cada pisada de personajes que mucho después, morirían en el lado oeste del río. También la entonaron en las plazas públicas, en despedidas y nacimientos, como canción de cuna, de iglesia, elemental y pegajoso tarareo en ministros y senadores que palmoteaban en fiestas de etiqueta. Sin embargo, la noticia no fue más allá de nuestros puertos. El gobierno se las había arreglado para enmudecer bocas extranjeras ávidas de relatar lo sucedido,  luego dijeron, que fue un error, y un montón de mentiras que no me atrevo a decir. Lo cierto es que mis iguales (gracias a Lucas) podían contar el hecho a gusto, con estipulaciones gubernamentales que en forma de premonición, representaban con croquis y demás, como sería la muerte de quien se atreviera a describir el incidente fuera de nuestro patio.

Después  que el tipo se hubo exorcizado, dicen, comenzó a llorar por su no suerte en la vida, por no ser un gran antiácido como lo fue Lucas; un hombre que había muerto años atrás dejando un legado incuestionable. Las lágrimas por consiguiente corrieron por entre los adoquines, dando giros espectaculares,  puro truco, y muchas suelas de personas con rostros reacios, se humedecieron.

Pero no fue ese día que el tipo murió, ocurrió al siguiente, cuando sabiendo que de una forma u otra no volvería a su país, se propuso una gran cena, una que tendría que ser por todo lo alto, de calidad; el último mordisco de los que morirán pronto.

Estando en el hotel ordenó que le sirvieran el más caro plato, a tiempo ensalada, con aceite picual, salsa de mostaza, eneldo, que todo lo embadurnaran con limón y aceto balsámico, que fuera acompañando de perejil, albahaca, hierbabuena, que la mayonesa fuera excesiva, que el pepino tuviera la humedad exacta como para creerse un agricultor sumerio, que todo fuese arreglado con nabos egipcios, olivas verdes, remolachas y vino tinto.

Con el primer mordisco, dicen, olvidó que él era un adepto, y recordó su patria, a su terruño agrio que no tuvo a un senador como Lucas. Con el siguiente los ojos parecieron salírseles de las orbitas, cuando las glándulas gustativas le proporcionaron nueva información, que hacía que temblase de puro gozo, de una euforia solo comparada con lecturas de aquel libro que siempre llevó bajo el brazo y moriría con él, y que hablaba sobre la condición humana, sobre imperfecciones bestiales en tipos que viven bajo un sol tremendo, y como indicara Guillarón:

…SINO PORQUE PRESENTA LA TRAGEDIA DE LA VIDA Y DE LA CONSTANTE LUCHA DE VIVIRLA ASUMIENDO EL TIEMPO QUE NOS TOCA.3

Algo parecido inundó el paladar al turco, la mente del turco; un avinagramiento inmediato que le hizo ver, además de la realidad, un cosmos de sensaciones de un gobierno adepto. Rumiaba despacio, regodeándose en nuevos descubrimientos en los que supo, no podría profundizar. A través de la ventana vio que en la Plaza Roja, el senador Lucas era glorificado con redobles y panderetas que anunciaban lo que estaría por suceder; su propia muerte. Un poco más allá, por donde cruza el río, las aspas giraban como si no les importase la gravedad del asunto, empujando el viento ácido por sobre los cementerios, que en contraposición con los de su tierra, se advertían agolpados unos contra otros. Entonces fue que el turco soltó palabras en tono de alabanza con cara de pocos amigos, y pesadamente, cruzó los cubiertos y se dispuso a hacer las maletas, para su último viaje.

 

Notas

1.- turşu: Denominación en Turquía para referirse a los encurtidos.
2.- Pepino armenio.
3.- Fragmento tomado de la reseña por Paula Guillarón de: Sudor, soledad y escritura en una novela de Alberto Guerra.

Del Autor

René Fuentes
Fausto Arnaldo Pompa Abreu: Fue primer lugar en el encuentro debate taller municipal de Plaza de narrativa en el 2009 (en La Habana) y tercer lugar en el debate taller provincial del mismo año. Finalista en el concurso Cosecha Eñe 2009. Varias publicaciones digitales. Durante dos años hizo lecturas en un espacio propuesto por el instituto del libro, donde la lectura y la crítica eran los eslabones principales. En la actualidad trabaja para revistas digitales independientes en Canadá. También ha participado en proyectos comunitarios en la zona donde vive. Autor de la novela inédita: “La redondez absoluta” y de: “Apología sobre la acidez” (actualmente en progreso). Fue Técnico medio en ICA, y electro medicina.