Siberia
Juan Soto Ivars
El Olivo azul, Córdoba, España 2012

Soto Ivars ha escrito exactamente lo que pretendía. Al menos, eso aparenta el resultado porque nadie puede, ni siquiera el propio autor, recordar cuáles eran sus auténticas intenciones cuando inició la escritura (tema nada alejado del núcleo duro de esta novela). Siberia es una narración intimista y juvenil pero no lo es en exclusiva: las emociones del protagonista pueden ser interpretadas y comprendidas por lectores mucho mayores que él, tanto en edad como en experiencia vital. Tan singular capacidad universalizadora, que no poseen la mayoría de las obras jóvenes, sitúa a Siberia en el nivel de las mejores y más clásicas piezas de la literatura juvenil, como el archimanido Guardián entre el Centeno, El Gran Meaulnes o, incluso, a las primeras novelas del luego fallido -o, al menos, frustrante- Ray Loriga. La desesperación del protagonista, su lamento, posee verdad, no parece propia de la juventud (es decir, no se intuye que el propio protagonista vaya a carcajearse décadas después de su desdicha). Una de las causas es su falta de autocompasión, otra lo certero de la mirada sobre temas serios, presuntamente adultos, como las relaciones familiares, la enfermedad y, sobre todo, la culpa. También es bella la causa del título, que remite a un espacio protegido, interior, ajeno al dolor y a los tropiezos, un lugar gélido, cercano a la muerte, cuya construcción resulta lógica, casi inevitable. Tal vez el mayor error sea el desenlace, abiertamente metaliterario y un tanto forzado, aunque sin duda ingenioso (cerrar en abierto habría sido demasiado arriesgado).
Siberia, además de hablar los traumas propios de la juventud y del dolor inherente a la vida adulta, es una novela sobre la literatura, que consigue sobrepasar la escasez de peripecias -no hay una progresión nítida, que vaya más allá del seguimiento de la desorientación del protagonista y de un leve hilo delictivo- gracias a su complejidad emocional y a la habilidad narrativa del autor. Sin embargo la novela funciona y expone una adecuada mezcla de realidad y ficción literaria.
La escritura escogida por Soto para Siberia -muy distinta de la utilizada para La conjetura de Perelman, lo que demuestra su habilidad- es libre y lírica al mismo tiempo. Además demuestra su oficio: sabe construir imágenes, escenas, detener el tiempo y acelerarlo. Es decir, no es un amateur ansioso por comunicar sus desdichas. Por si fuera poco, combina la técnica con excelentes arrebatos líricos (líricos, no cursis), que poseen la medida justa y no se adueñan del relato. En resumen, una excelente pieza de literatura juvenil, disfrutable casi por cualquiera, ya se sabe que en España la juventud no se pierde hasta pasados los cincuenta.