La literatura quintanarroense inicia con la obra de Antonio Leal, quien hacia 1960 era un joven chetumaleño que vivía en la ciudad de México para proseguir estudios superiores y, movido por su vocación poética, integra el taller que comanda el maestro Juan José Arreola y escribe los primeros apuntes que conforman su poemario Duramar.
En 1965, poemas de ese libro en proceso –que en 1981 publica la Universidad Nacional Autónoma de México– aparecen en la revista Mester1, igualmente dirigida por Arreola. Antes, no afloran en el patio atisbos de buena poesía, aunque algunos aficionados publicaron sus composiciones, casi todas neorrománticas, en periódicos locales.
Hasta entonces, Quintana Roo sólo era un set en obras narrativas de autores foráneos como en la novela Claudio Martín, vida de un chiclero, del yucateco Luis Rosado Vega; la historia novelada La Guerra de Castas de Yucatán, del estadounidense Nelson Reed; el cuaderno de viajes El mundo perdido de los mayas, del francés Michel Peissel, y otras creaciones disímiles.
De la poesía que han rastreado algunos académicos, la de mayor relieve artístico corresponde a Wenceslao Alpuche (nacido en Tihosuco en 1804), cuando Quintana Roo ni siquiera figuraba como territorio federal, y por lo tanto se asume como literatura yucateca, en este ejemplo muy influenciada por la retórica del cubano José María Heredia.
Tanto los conceptos de literatura nacional como de literatura regional resultan muy flexibles, pues obras que surgen en una región determinada pueden (sin perder su procedencia) ser representativas de un país y, al mismo tiempo, insertarse en las letras universales como los cuentos escritos por Jorge Luis Borges que son bonaerenses, argentinos, latinoamericanos…
En México, suele usarse la definición geopolítica de los estados para referirse a su literatura y así se habla de literatura potosina, literatura sonorense, literatura chihuahueña… o se agrupan en regiones: literatura del Bajío, literatura del Golfo, literatura del Sureste…, que a su vez enriquecen y amplían el patrimonio literario nacional y se integran a las letras hispanoamericanas.
Curiosamente, los primeros autores nacidos en Quintana Roo comienzan a escribir y publicar en fechas cercanas al surgimiento del Estado (1974); también lo hacen escritores inmigrantes de otras zonas del país y del mundo, y entre todos urden un corpus que se caracteriza por la heterogeneidad discursiva y la confluencia de múltiples componentes culturales en la escritura.
Así, bajo esa brújula, pueden considerarse creaciones literarias quintanarroenses aquellas concebidas por autores que nacieron y radican en la entidad; nacidos en otras entidades mexicanas y del orbe, que aquí viven y crean; y oriundos o formados dentro de la entidad, residentes en otros lugares, que mantienen nexos con sus raíces a través de sus obras.
Entre los primeros se sitúan Javier España, Elvira Aguilar Angulo, Raúl Arístides Pérez, Rodolfo Novelo, Ever Canul… Entre los segundos se hallan Ramón Iván Suárez, Carlos Hurtado, Miguel Ángel Meza, Carlos Torres…Entre los últimos figuran Héctor Aguilar Camín, Luis Miguel Aguilar, Juan Domingo Argüelles, Alberto Castillo, Alejandra Camposeco, Leonardo Kosta…
La lista de escritores quintanarroenses es mayor. No todos tienen el mismo nivel estético en su escritura ni reciben las mismas promociones. Algunos alcanzan eco nacional, otros se encuentran en proceso formativo y unos cuantos en un silencio fecundante. Todos figuran en el tapiz literario después de que Antonio Leal publicase sus poemas en la revista Mester.
Este encasillamiento, aunque útil para fines didácticos, encierra el peligro de la relatividad, pues incluir pasajes históricos, elementos de flora y fauna, accidentes geográficos, costumbres, matices lingüísticos regionales, mitos y leyendas, tanto en creaciones narrativas como poéticas y dramáticas, no las puede ceñir definitivamente a una región, un estado, una provincia…
Si los cuentos de El llano en llamas, de Juan Rulfo, y Dublineses, de James Joyce, han trascendido desde circunstancias locales hasta ser literatura universal no se debe a los asuntos abordados en ellos, sino a la temática que los entrecruza y que (al margen del entorno específico) se identifica con muchos seres humanos allende fronteras, épocas, idiomas, ideologías, religiones…
México exhibe para el universo la narrativa rulfiana y la poesía de José Gorostiza, pero ¿puede presumir que la novela Bajo el volcán (cuya historia transcurre en Morelos) o Cien años de soledad, que se escribió en el Distrito Federal, sean mexicanas? Inglaterra reclama a Malcom Lowry y Colombia a Gabriel García Márquez como suyos, aunque hayan creado intensamente en este país.
El problema puede complicarse si, por ejemplo, las novelas de Julio Verne fueran consideradas literaturas de Rusia, Alemania, Suecia, China, Estados Unidos, Rumania…; o si se evalúa la verdadera magnitud que alcanzan las páginas conocidas como universales en la comunidad lectora del orbe; o si quedan sin pertenencia a ningún país los muchos escritores nómadas.2
Alpuche
En el siglo XIX, en las poblaciones del Caribe mexicano, con su aislamiento atroz y su escasez, y finalmente rotas por la Guerra de Castas (sostenida por indígenas rebeldes y fuerzas militares yucatecas entre 1847 y 1901), sus pocos habitantes (sometidos a sobrevivir bajo circunstancias hostiles) no manifestaron interés para crear literatura.
En La diáspora de los letrados3, el doctor Martín Ramos Díaz sigue el rumbo a tres bacalareños decimonónicos (Juan de Dios Enríquez, Manuel José Delgado y Raymundo Pérez), quienes –establecidos en Mérida– tuvieron formaciones y desempeños relacionados con la educación, la política y el clero, pero no encuentra una sola línea por ellos literaturizada.
De quien sí hay obra publicada es de Wenceslao Alpuche –autor que también estudia Martín en su libro–, quien fue representante por Yucatán en el Congreso de la Unión y amigo del poeta cubano en el destierro José María Heredia. Alpuche muere en Tekax hacia 1841 y al año siguiente Vicente Calero le publica un cuaderno póstumo en la imprenta meridana L. Seguí.
Los poemas de Wenceslao Alpuche y Gorozica, inmersos en el romanticismo de su época, aparecen en estrofas hispánicas y sus asuntos abarcan el amor, las costumbres y la identidad con tintes patrióticos. Mientras vivía publicó en diarios peninsulares (en Mérida y Campeche), algunas revistas de la ciudad de México y la muestra antológica El año nuevo de 1837.
Aunque Alpuche tuvo menos esplendores que algunos de sus contemporáneos como José Joaquín Pesado y Francisco Manuel Sánchez, su poesía es rescatable, pero no puede adherirse a algo inexistente como Quintana Roo del mismo modo que la obra de Lucio Anneo Séneca (autor nacido en tierras de la actual España en tiempos del imperio romano) no figura en las letras españolas.
Novelas románticas
Justo en el siglo XIX entran por primera vez en la literatura héroes (históricos y ficticios) y contextos de este Caribe en novelas de sello romántico –con algunas similitudes lingüísticas y argumentales– en torno a la Guerra de Castas. En ellas asoman poblaciones hoy quintanarroenses: Bacalar, Tihosuco y Chan Santa Cruz, conocida después como Felipe Carrillo Puerto.
Se publican los relatos La venganza de una injuria (1861), de Manuel González; y Los héroes de Tihosuco (1900), de Bernardo Ponce; y las novelas Los misterios de Chan Santa Cruz: Historia verdadera con episodios de novela (1864), de Pantaleón Barrera; Cecilio Chi (1869), de Severo del Castillo; y Nati Pat: Los indios bárbaros de Yucatán (1893), de Ernesto Morton.4
Entre esas narraciones, destaca significativamente Los misterios…, pese a que comparte con las otras retardatarios cánones estéticos5, pues –a diferencia de ellas donde la contextualización es un set prescindible, casi artificioso, aunque presentado con verosimilitud, y tiende a predominar el romance– más o menos subraya algunos conflictos de las fuerzas militares en pugna.
Hay en Los misterios de Chan Santa Cruz una fabulación sui generis. A una joven blanca y prisionera (Pastora Noré) la obligan a matrimoniarse con Gerardo Castipe, secretario del entonces líder indígena Venancio Puc. Ella cede con el soterrado objetivo de incidir sobre Puc para que negocie la paz con los rivales yucatecos, pero su proyecto se frustra y la historia se vuelve trágica.
Menos el médico francés Ernesto Morton Keraty, los demás autores mencionados son yucatecos y sus libros, como el de Alpuche, se inscriben en la historia de Yucatán. Auque románticas, no resultan ser obras homogéneas, pero todas exhiben una insistente identidad, fondos costumbristas, ampulosos lenguajes y recreaciones literarias sobre una duro pasado en la región.
Crónicas de viajes
El Caribe mexicano está presente en la escritura occidental desde el siglo XVI en apuntes de los cronistas de Indias (Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, Fernández de Oviedo, Diego de Landa, entre otros)6, y en testimonios de visitantes posteriores, pero no es hasta el XIX cuando se pueden ver en algunos textos no sólo componentes históricos, sino también destellos literarios.
En tal sentido, es posible nombrar, entre otros trabajos testimoniales y algunas crónicas escritos con muy diferentes enfoques: “Incidentes de viaje en Yucatán” (1843), del estadounidense John L. Stephens; “Viaje de Honduras Británica a Santa Cruz, Yucatán” (1888), del inglés William Miller; “Independent Indian States of Yucatán”, del alemán Karl Sapper (1904).
El ejemplo más brillante de este periodo es la crónica “Isla de mujeres”7, escrita por el cubano José Martí en 1877 cuando se detiene en la ínsula en un trayecto por agua rumbo a Livingston, donde incluye (desde el realismo) descripciones del entorno, la idiosincrasia de los habitantes, fórmulas para sobrevivir con el mercado y la pesca, bailes y comidas, el amor.
Ortodoxamente narrada en orden cronológico, aquí resaltan el tratamiento lírico; la inclusión de recursos literarios: metáforas, símiles, imágenes… Martí se vuelve un precursor de lo que después se llamaría Nuevo Periodismo: esa mezcla armónica de lenguaje y técnicas literarios con estructuras periodísticas (fundamentalmente la crónica) para reflejar estéticamente la realidad.
Además del paisaje y las costumbres profundas de la isla, incluso las privadas, José Martí presenta a un extranjero allí asentado: el estadounidense Mr. Le Plongeon que comercia con la ciencia y huye de sí mismo. Este punto va a constituir un elemento clave en el urdido humano de la entidad, desde su génesis hasta los días del nuevo milenio: su población cosmopolita.
Siglo XX: Testimonios, prosa narrativa, fusiones…
Una vez aclarados estos puntos sobre la poesía, el siglo XIX, y una idea básica de literatura quintanarroense, es posible entrever que antes de 1965 el Caribe mexicano se refleja en tres tipos de prosa artística: una testimonial con valores estéticos, otra de ficción: cuentos y novelas, y un ejemplo híbrido de historia y relato presente en páginas de Nelson Reed.
En el primer grupo sobresalen textos del conde Maurice de Perigny, Ramón Beteta, Moisés Sáenz, Michel Peisell…; en la segunda opción, de Juan de la Cabada, Luis Rosado, Enrique Vázquez, Ermilo Abreu… En conjunto, tales textos componen una suerte de preliteratura local y en ellos emerge como asunto mayoritario la vida del pueblo maya tanto en la paz como en la guerra.8
De hechura más histórica que literaria son otros trabajos escritos por “testimoniantes”, que siguen siendo fuentes para historiadores como Los elegidos de Dios, de Alfonso Villa Rojas; “Monografía del Río Hondo, Quintana Roo”, de Horacio Herrera; “Trip from Chichen-Itza to Xcacal”, de Helga Larsen; Janet o la tragedia de Chetumal, de Santiago Pacheco Cruz…9
Pese a que en esa etapa también salen a la luz otros libros de creación literaria como el puñado de cuentos Carne de cañón (1911), de Marcelino Dávalos; y las novelas Paludismo (1940), de Bernardino Mena Brito; y Canek (1940), de Ermilo Abreu, bastan las que se citan en párrafos anteriores para ejemplificar en panorama este periodo sigloveinteño tan difuso.
Testimonios
Asombrado ante el fluir de las aguas y una vegetación que moldea las orillas del Río Hondo, Maurice de Perigny escribe sus percepciones sobre un ámbito exótico, distante de su Europa. Conoce él noticias en torno a una reciente guerra que ha reconfigurado la dinámica sociopolítica regional y los nuevos eslabones para el robo extranjero: los árboles duros y el chicle.
El siglo XX tiene poca edad y el conde francés, enrolado en una misión arqueológica que lo trae a México, recorre la península yucateca. En sus apuntes, van apareciendo un pintoresco Payo Obispo, embarcaciones pequeñas que lentamente surcan el río y la bahía, hombres rústicos y pueblos rurales que entonces delineaban con actos cotidianos la frontera con Belice.
De Peringny publicó su texto “Yucatán desconocido” en la Sociedad de Americanistas de París en 1908, y en él incluye este segmento donde narra su visita a la aldea de Santa Clara de Icaiché, habitada por indígenas pacíficos. Son párrafos donde prevalece la descripción sobre flora, fauna, arquitectura, costumbres locales…; oraciones de sello bondadoso.
Maurice pudo apreciar un río casi virgen y sus márgenes donde ahora crecen granjas, siembras y senderos, aunque no era él precisamente un turista, sino un explorador noble que conoció en sus andanzas los poderes que expande la naturaleza, y las relatividades del comportamiento humano. Maurice describe al sur con mucha nitidez, mesura y cromatismo.
Tales memorias están narradas con fuerza estilística, en ocasiones emerge lo épico y casi siempre lo lírico. Una aventura real se urde como relato. Aunque éstos no eran los propósitos del conde, al escribir se impusieron su cultura y su talento para crear una mezcla de información geográfica y testimonio, donde se siente como ser vivo el extraordinario paisaje.
Dos autores mexicanos, Ramón Beteta y Moisés Sáenz, desde el periodismo escriben crónicas y artículos con zonas muy literarias. Ambos llegan como miembros de una comisión de estudios que envía el gobierno federal al territorio quintanarroense en 1929. El primero publica sus impresiones en su libro Tierra de chicle10 y el segundo en México íntegro.11
Ramón une relato y prosa documental en una escritura, más o menos lúcida, que, aunque cae en el periodismo, asume influjos literarios de su tiempo: la novela de la tierra, que a su vez se nutre de la corriente naturalista. Son crónicas narradas en primera persona, que cruzan subjetividades y elementos retóricos: algo de poesía para ceñir desastres.
Con trasfondo crítico, Ramón exhibe la peligrosa selva, la economía local centrada en el saqueo del chicle y a los propios chicleros, bajo esquemas medievales de producción. Retrata una sociedad indolente, ignorante, y, a veces, muy violenta, sin puentes con los cauces políticos y económicos mexicanos, como en otra galaxia de confuso porvenir.
Ramón expone el laberinto en que viven esos chicleros, sus labores mal pagadas, su salud en ascendente deterioro. Ve a esos hombres como dobles víctimas: de empresas que los explotan y de sí mismos, pues han emigrado al sur (principalmente desde Tuxpan y otros pueblos del golfo) huyéndole a deudas con la ley, dejando en otras tierras alguna amenaza o algún cadáver.
Moisés Sáenz, cuyos artículos como los de Beteta vieron la luz en diarios del país, como Excélsior, se centra más en la gente del territorio que en su aislamiento, y lo hace críticamente, pues corrobora, entre otros puntos, dos características que aún perduran: el desarraigo de masas humanas sin identidad y la arrogancia pueblerina de los ineficaces funcionarios públicos.
En algunos de sus trabajos, Moisés Sáenz establece una atmósfera de aire realista, como en “Un arriero de Quintana Roo”, sobre todo en los diálogos que reproducen modismos del habla popular y se enuncian con ellos desigualdades socioeconómicas, conflictos y desasosiegos que padecieron los exóticos pobladores de esta lejana selva.
Sáenz sabe interiorizar este territorio sin definirse, con trazos más ingleses y yucatecos que mexicanos, una situación fronteriza con cierto salvajismo y en medio de todo los mayas que acoge la selva como si fueran lechuzas o ese calor que va sumiendo las horas en un círculo infernal, seguido por la muerte, los odios insondables, avaricias y rencores sin fin.
Los dos cronistas, en sus estilos, conciben para la microhistoria un dibujo áspero: agresión y miedo, humillaciones y ángulos de poder, pérdida de riquezas forestales y vacíos identitarios… Ello ensombrece la atractiva imagen arquitectónica de Payo Obispo y la belleza de las arboledas que lo circundan, pues se exponen orígenes oscuros de su urdimbre social.
En El mundo perdido de los mayas, el francés Michel Peissel cuenta su peregrinación por el litoral quintanarroense en la búsqueda de antiguas pirámides, motivado por su pasión arqueológica sumada a la inocencia y el arrojo que nacen del desconocimiento y la juventud. Más que un cuaderno de viajes parece un libro de aventuras, narrado por un protagonista antihéroe y errante.
No hay propuestas artísticas en esta prosa y mucho menos académicas, pero la descripción que hace Peissel del paisaje costero y sus habitantes le conceden connotaciones literarias y expone, pese a su retórica, la soledad que se cernía sobre esta selva, un olvido que a su vez ocultaba el glorioso pasado aborigen, pasado que ejemplifica con la noble arquitectura.
Lo que sorprende en esta narración no son los “descubrimientos arqueológicos” que hace un joven delirante, sino la manera tan azarosa en que pudo sobrevivir ese joven a través de la arbolada costa, sin conocer el idioma regional, armado tan sólo con un cuchillo, y cubierto con un pantalón y un viejo suéter; así como sus reflexiones ante esa realidad.
Más que las situaciones reales maravillosas, asombran aquí la sinceridad del francés, sus acercamientos a la historia y su vagabundeo rondado de inquietantes amenazas: fieras del trópico, indígenas sin ley, cuatreros fantasmales. Temores, sorpresas y júbilos son auténticos. Lo reflexivo se funde con la acción y ambos componentes con la incertidumbre.
Este peregrinaje hacia lo desconocido lo hace Michel cuando tiene veintiún años, y al contarlo incluyó sus visiones de Cozumel (una aldea de quehaceres marineros) y Tulum (un haz de chozas con gente muy pobre), donde tuvo buenos amigos e interiorizó el latir de una cultura distinta de la francesa. Era 1958 en un contexto paisajístico apenas tocado por la garra occidental.
Prosa narrativa
En 1936, el narrador campechano Juan de la Cabada se introduce en remotas comunidades quintanarroenses, buscando historias que luego vuelve literatura de corte costumbrista o fabulesco como “El santo”, “Incidentes melódicos del mundo irracional”12 y “El grillo crepuscular”. En ellos, reproduce léxicos locales y cuenta modos de pensamiento y ocupaciones indígenas.
“El santo” es una narración convencional, escrita en tercera persona con orden cronológico, donde se relatan rivalidades entre los indígenas de Tulum, Chumpón y Chutuc por poseer para sus respectivos cultos la imagen de un santo que regule la vida de los campesinos y traiga suerte para las cosechas, y cómo José Cauich abusa de la fe comunitaria para su enriquecimiento personal.
“El grillo crepuscular” afianza su anécdota en la discusión que sostienen un profesor y un viejo indígena. Mientras el primero concede supremacía al papel de los médicos, el segundo aboga y magnifica los poderes de brujos. Finalmente (con ademanes de burla) gana el anciano. Aquí fluye como historia subterránea el eterno antagonismo entre ciencia y fe.
Este cuento, que se universaliza al exponer relatividades sobre la verdad sin que importe el escenario, es presentado por el autor como un conjunto de conversaciones en las que, aparte de la referida anécdota, se mencionan el uso del arete en los mayas, y la Xtabay: esa bruja que seduce a hombres torpes y sigue viviendo mágicamente en la selva.
Más que experimentaciones narrativas, Juan de la Cabada presenta mitos y costumbres que podrían tornarse exóticos para públicos urbanos. ¿Cómo viven, actúan y sueñan generaciones mayas posteriores a la guerra, en tristes caseríos, con la invasión del hombre blanco con sus poderes militares o al acecho de los amplios bosques para extraer madera?
El escritor hurga en tradiciones orales, puebla sus relatos de leyendas (con su trasfondo religioso), descubre en la ruralidad y su gente anécdotas traducibles como literatura, en un realismo típico o recreando fragmentos mitológicos, que (tras los personajes mágicos y una escenografía ad doc) encierra obvias enseñanzas morales.
La novela Claudio Martín, vida de un chiclero13, en cuya fábula el yucateco Luis Rosado Vega relata el rumbo trágico de un joven (a quien ahogan conflictos sentimentales y un ambiente de explotación capitalista donde se esfuma su ingenuidad), ve la luz en 193814, un año después de que Rosado conociese el Caribe dirigiendo la Expedición Científica Mexicana.
En esta obra, se cuentan los avatares de Claudio Martín, quien viene desde Cozumel hasta la zona fronteriza del Río Hondo, acompañado por su gran amigo Pepe Antonio y su hermana Lucía, en una aventura laboral que lo lleva a emplearse con una empresa estadounidense (que tiene concesión del gobierno mexicano) para extraer en el espeso monte chicle y madera preciosa.
Pepe y Claudio logran instalarse en un hato chiclero, y Lucía se queda en Payo Obispo, donde la asedia el contratista Casiano Menéndez. Ella, desde su abierta sensualidad, cede deslumbrada por los regalos. Claudio (quien asume un arcaico sentido del honor) asesina a Menéndez y se transforma en prófugo, huye a Belice y regresa a México mientras lo buscan autoridades policíacas.
Sola en Payo Obispo y rondada por un tendero turco, Lucía recibe ataques de una beliceña celosa, que se acuesta con el mismo turco, y muere tras un efecto de magia negra. A su vez, la novia de Claudio (María del Pilar) también fallece, debido a la tuberculosis en otro campamento, y el propio Claudio se suicida dejándose caer desde un árbol.
Este argumento responde a los cánones románticos, aunque Rosado Vega concibe a sus personajes de un modo realista. No hay mucha cohesión en este urdido y sus fusiones estéticas, donde Luis sitúa a un actor protagónico sublime en un contexto hostil, en el que los trabajadores (una multitud amorfa) estelarizan (con Claudio al frente) un ambiguo drama social.
Enrique Vázquez publica en 1951 Chicle. Ensayo de novela del trópico mexicano,15 centrada en la injusta vida de los chicleros, cuyo tema es el triunfo del bien sobre el mal por caminos legales y un sublimado buen sistema político, y cuyo héroe es un maestro lleno de ensoñaciones, quien trae desde la ciudad de México hasta Puerto Morelos la civilización.
La novela se sustenta en el antagonismo entre un contratista y sus crueles lacayos, y los chicleros que se hunden en la miseria, en un pueblucho perdido entre el monte y las olas. El profesor (con ideales revolucionarios y una ingenuidad inverosímil) asume la causa de los últimos y, tras sobrevivir algunos enfrentamientos, más o menos consigue que se imponga la justicia.
Narrada en primera persona, la historia se extiende desde la llegada del profesor a la aldea hasta su triunfal despedida. El ámbito, los sucesos, los personajes… son descritos con el lenguaje culto del héroe protagónico, lenguaje que se torna excesivamente neorromántico en los diálogos amorosos y muy ideologizante en conversaciones sobre asuntos sociopolíticos.
El narrador traza a los personajes algo estereotipados tanto en sus apariencias físicas como en sus manifestaciones sicológicas y sus léxicos, y en este punto va a los límites. El juez, el contratista, el delegado, entre otros, hablan con cierta ampulosidad y rebuscamiento mientras que los chicleros usan un argot pleno de vulgarismos que entrecruzan algunas voces mayas e inglesas.
Tanto Claudio Martín… como Chicle…, pese a ser relativamente raros, se familiarizan con la novela de la tierra sudamericana y su conflicto que coloca al hombre en lucha contra la naturaleza y poderes semifeudales; y con la novela de la Revolución mexicana,16 donde el producto artístico es mero pretexto para imponer (sin mucha sutileza) un dogmático mensaje ideológico.
Otro de los escritores yucatecos que incursiona en escenarios hoy quintanarroenses es Ermilo Abreu Gómez, quien en su novela La conjura de Xinúm17 vuelve a una fuente profunda para la ficcionalización: la Guerra de Castas, y lo hace empleando un discurso sencillo al describir (como en una película) pasajes y actores de un conflicto sangriento.
Por la geografía peninsular cruza esta epopeya, habitada (con sus defectos y sus virtudes) por héroes históricos como Jacinto Pat y Cecilio Chi, y en ella cuenta Ermilo Abreu, entre otras acciones, el asesinato de Manuel Antonio Ay en manos de dzules, y los inicios de un levantamiento indígena contra tanta discriminación y odio, males que subsisten con leves mascaradas.
José María Barrera y Venancio Pec son otros personajes significativos que en esta novela (por algunos momentos narrada como aventura más o menos a lo Emilio Salgari y en la que conviven leyendas con informaciones históricas) figuran en capítulos trascendentes como la toma de Bacalar y la fundación de Chan Santa Cruz, junto a un manantial cuya agua es muy dulce.
Resulta de interés el episodio en que las tropas yucatecas, que dirige el coronel Pedro Acereto, invaden Chan Santa Cruz (hoy Felipe Carrillo Puerto), no encuentran una sola alma en su interior y, una vez establecidas, sufren reiterados ataques de los indios y un cerco, que trae muerte y se asemeja a los de otras ciudades sitiadas como Troya, Numancia y Zamora.
Abreu Gómez muestra una deficiencia en su novela: diálogos muy grandilocuentes y extensos en casi todas las voces, que tornan despaciosa la narración en contraste con las ágiles descripciones de batallas. También acierta al exhibir que el mal nace lo mismo entre los indígenas rebeldes que en el ejército, los políticos y los hacendados. Nadie es aquí del todo bueno.
Fusiones
A diferencia de su coterráneo –de igual apellido– John Reed, quien testimonia, mediante crónicas periodísticas, episodios que entretejen la Revolución mexicana, Nelson revive otra catástrofe bélica en La Guerra de Castas de Yucatán18 respetando bloques históricos que reconoce la academia y tendiendo entre ellos líneas ficcionales como si fuera un gran relato.
La Guerra de Castas, con todos sus colores, encajaría bien en la corriente de lo real maravilloso que sustenta Alejo Carpentier: una sublevación de indios en un país poscolonial, el sometimiento de hombres blancos a la esclavitud, una cruz que habla y rige los destinos de un pueblo, la selva profunda y protagonista: realidades poco verosímiles como Historia.
Nelson investigó en archivos históricos a su alcance (incluso en los ingleses), hizo lo que hoy los antropólogos llaman trabajo de campo y pudo escribir un libro cuya hibridez genérica lo sitúa en un punto polémico, pues los historiadores que usan metodologías estrictas no lo ven como Historia y los escritores más imaginativos no lo admiten como novela.
De cualquier modo aquí hay hondura dramática. Personajes, actos, atmósferas, recuerdos, voces… se funden en una sucesión de tramas sobre la vida peninsular decimonónica; colorean narrativamente causas, desarrollo y frutos de una guerra que expuso sus uñas por más de medio siglo.
¿Cómo clasificar al libro de Nelson Reed donde confluyen crónica, reportaje, testimonios, informaciones históricas, diálogos, imágenes poéticas, prosa narrativa…? Con todos esos ingredientes esta obra se vuelva análoga al llamado Nuevo Periodismo19 (contar las realidades con belleza literaria), que tuvo gran auge en la misma época de su primera edición: 1964.
Una especie de coda
Es difícil rastrear una literatura alusiva al Caribe mexicano antes del siglo XIX, y en ese mismo siglo sólo es un set para novelas románticas sobre una guerra que fabularon algunos escritores yucatecos, y el francés Ernesto Morton Keraty, así como en crónicas de viajes, cuando aún no existía Quintana Roo.
Durante mucho tiempo, el este de la península de Yucatán fue un mar de selva, con poblados minúsculos, carencias materiales y peligros como los ataques de filibusteros y la Guerra de Castas. De modo que no hubo condiciones para quehaceres de índole humanista.
Ya sin guerra, tras las intervenciones armadas del gobierno, se crea hacia 1902 el Territorio de Quintana Roo, que el ocho de octubre de 1974 se convierte en Estado, y ello trae como fruto más desarrollo e infraestructura en una zona distante de la capital, con sus hábitos fronterizos, su indetenible contrabando y su población cosmopolita.
Dada su condición de lejanía con naturaleza salvaje, este espacio apareció de manera más o menos sistemática en obras y textos autónomos en el siglo XX, que escribieron autores foráneos, sin que ninguno de esos autores estuviese íntimamente ligado al lugar o permaneciera mucho tiempo en él hasta sentirlo como auténtica tierra adoptiva.
Existen, en estos libros ligeramente reseñados, como elementos de unidad, cuatro características: supremacía del realismo, oposición entre la belleza del paisaje y las sórdidas relaciones humanas, presencia perenne de la cultura maya en sus múltiples facetas, y denuncia tanto para defender a los oprimidos como para exigir a injustos gobiernos.
Tras la publicación de Antonio Leal en la revista Mester, en los años sesenta, poco a poco en el patio comienzan a surgir escritores, revistas, talleres, concursos, lugares para la literatura en medios de comunicación, antologías, crítica en periódicos, ediciones y ferias de libros … en fin: esos componentes que los promotores culturales suelen nombrar “vida literaria”.
Paralelo al desarrollo de una literatura propia, Quintana Roo continúa figurando en textos de autores viajeros como en los poemas “Tulum”, de José Emilio Pacheco; “El Dios”, de Homero Aridjis; “Amanecer en Isla Mujeres”, de Miguel Ángel Asturias…; y los cuentos “El citrillo”, de Rafael Ramírez Heredia; y “Los recuerdos de tío Aurelio”, de Ángeles Mastreta.
En la novela, tres autores recurren a dos personajes que mitifican la región en tres obras: Gonzalo Guerrero (1980), de Eugenio Aguirre; Huracán, corazón del cielo (1991), de Francis Pissani; y Las dos orillas, que Carlos Fuentes insertó en el libro El naranjo o los círculos del tiempo (1993), donde se humaniza el drama tan doloroso en que se conocieron América y Europa.
Los tres acuden a la especulación de un suceso histórico: el arribo de los náufragos españoles (el soldado Gonzalo Guerrero y el clérigo Jerónimo de Aguilar) a tierras mayas (ocho años antes de la conquista europea) y sus avatares: el segundo aprende la lengua para sobrevivir; el primero funda una familia mestiza y muere después combatiendo a las tropas ibéricas.
En cuatro décadas, con lentitud, ha crecido un quehacer que hoy abarca poemarios, algunas novelas, conjuntos de cuento y testimonio, y también prosa reflexiva. A la vez, escritores de paso, que se deslumbran, traducen la singularidad quintanarroense de este paisaje y de esta historia.