Poemas

Poesía

Armando Valdés Zamora

Distancia de una isla

a Marta Frayde

 Estoy sentado en un puente del Sena. A la derecha el Louvre. A mis espaldas otra isla y el regreso del agua en las miradas.

Frente a mí un nuevo barco con su estela de signos a la de­riva. A unos metros una muchacha fija con piedras sus dibujos a la baranda del puente.

(Ahora el olor a perfume de dos damas roza los bordes de la hoja donde escribo).

Desde aquí veo la torre Eiffel, al menos su final intentando tocar el ala de algún pájaro o los ojos de un viajero: me agrada la instantánea coincidencia de los símbolos y los solitarios.

Llegan cartas abiertas con la mordida a una manzana verde.

Pienso que es verdad y debo estar feliz. Para todos soy un fugitivo y me molesta detenerme aunque esté lejos.

(La señora del perro me mira porque su perro pasa despacio entre mis piernas).

Son las doce del día. Un día diferente por estar sentado sobre el Sena. A esta hora debe estar llegando el sol sobre la isla. Mis amigos esperan tras la puerta y el sábado acordarán hacer girar las botellas en la arena.

Mi madre está despierta y ahora me escucha a ocultas de la gente que no comprendería. Una amiga preguntará si ya he visto caer la nieve en la plaza de Vosges y mi madre indicará en las fotos del invierno los primeros testimonios de la huida.

La soledad es culpable si no somos libres. La libertad puede ser como la señora del perro, o la mirada al agua, o el perfume.

 

Rapsodia y dibujo

 para Ania

 Ha venido a mirarnos con la lentitud de lo desconocido. Nada podemos hacer y esa es la mayor ausencia. Los ojos y la máscara oscura recuerdan el espejo que olvidamos en alguna parte de esta ciudad desconocida. Como si no esperáramos. La duda y nuevamente el riesgo de avanzar. Mucho antes de esta sorpresa. Como si no perdonaras los restos de mi piel dejada cada tarde en los talones húmedos. Para huir. Para no despedirnos. Para que nadie sepa quién sonríe en la pared cuando mi madre abre la puerta. Porque también al mar debemos callarnos. Aunque el sueño sea el segmento del cangrejo que después quemaremos en los acantilados. O en el sueño. El mar hincándonos los ojos y la espalda mojada. Comenzar cuando no dejas de creer en las alas del humo. Nadie tiene que saber cómo has llegado. O quién llegó primero. Sólo tu color verde. Ondeando. Sólo que ya tú tampoco puedes. La luz en la garganta, la madrugada y aquel vino atroz bebido entre los charcos. El color verde en el futuro de una postal donde prometemos ser siempre los mismos. Algo estuvo ardiendo a la vez en aquella ciudad sin conocernos. Dos árboles muertos y el mismo páramo para volar escondida. Algo como morder el sol sin conocernos. Algo tuvo que morir por separado. La asfixia de seguir en silencio junto a las gotas de agua que cayeron sobre el hacha. Acostado en cubierta. Mirando con horror otro desfiladero. Ni un pájaro golpeado por marines. Ni el sudor de la bestia en la montaña. Nuestro animal inconforme y de agua. A punto de seguir hacia las nubes. O mi voz y tu mano en la calma de encontrar la salida antes de tocar ebrios los andenes. Nuestro animal saltando desde el tren por toda La Habana a pesar del miedo, la primera vez y tanta isla.

 

Testamento de un hombre que puede morir mañana

Yo, que conservo una rosa de los jardines del castillo de Montaigne, que toqué los anaqueles de su biblioteca vacía, que pasé mi aire de ojos cerrados por las paredes donde él se describió durante años, puedo morir mañana sin lamentos de premios ni despedidas en las plazas.

Yo, el primero de los amigos en caminar por Brujas y en­contrar una madrugada de pasos perdidos la casa de Marco Polo junto a un canal de Venecia. El que en Alcalá de Henares atravesó la puerta a la que Colón tocara para convencer a la reina de imitar a Marco Polo y descubrir la mitad más nueva del mundo.

Que pasé todas las mañanas de mis inviernos ante la casa donde Verlaine hospedó a Rimbaud y me acosté a escondidas en la cama en la cual durmiera su última noche de libertad Napoleón en la isla de Aix.

Yo, que tuve entre mis manos el manuscrito en forma de acordeón de A la recherche du temps perdu y que el día de los noventa años de nacido temblé por el azar inusitado de encontrar en un café de París una foto de José Lezama Lima fumándose un tabaco, puedo morirme de risa de todos los olvidos y las acusa­ciones.

Morirme allí, en un poblado de pescadores ignorantes de todas y cada una de mis desventuras. Y de centenas de mujeres llorando por mi indiferencia satisfecha, o haciéndome llorar por sus despedidas.

(Mujeres seducidas por la lejanía de mis alas de la nieve y el relato incansable de querer volver un día a la isla del punto de partida).

Morirme allí: el viejo del bastón que a veces hace reír a los paseantes habiéndoles de Versailles o Nerval con acento de ultra­mar y la prueba de fotos descoloridas, soy yo ya al final en mi Ítaca de regreso.

Triunfador de todo por una razón inesperada y desmedida: me pasé de límites y de destinos. Me fui tan lejos (“El Caballero de París”, como diría mi padre) que seré para siempre al final del viaje, el Otro.

El que no estuvo aquí sino en la piel y los gestos tropicales y galos de dos hijos nacidos los mismos días que Marcel Proust y Stendhal.

El que pasó a lo largo de diatribas, escaramuzas y congresos, el pícaro, el maratonista, el bibliotecario; el fugitivo que se es­conde de su libertad total y sola.

Yo, en fin, el satisfecho.

Del Autor

Armando Valdés Zamora

(La Habana, 1964). Escritor y profesor universitario cubano exilado en París. Se doctoró en la universidad de la Sorbona en 2003 con una tesis sobre José Lezama Lima y es profesor Adjunto de la Universidad de Paris XII y de la Escuela Superior de Gestion (ESG). Ha publicado los poemarios La libertad del silencio (Ediciones Trazos de Cuba, París, 1996) y Imaginarias de un velero sugerido (Verbum, Madrid 2010), además de la novela Las vacaciones de Hegel (Betania, Madrid, 2000), que resultó finalista del Premio Felipe Trigo (publicada en francés como Les vacances de Hegel, donde fue finalista del Premio a la Mejor Primera Novela en Francia).