Carpentier el recuperado

Uriel Quesada

Alejo CarpentierLa mayoría de los escritores estamos destinados a desaparecer de la memoria de nuestros lectores, de la memoria de la cultura y, por supuesto, de las estanterías. Me atrevería a decir que muchísimos de nosotros desaparecemos en vida, pero no nos damos cuenta o no queremos darnos cuenta. Algunos siguen evocando viejas glorias,  batallas perdidas,  cierta autoridad en los círculos del poder que al final no es otra cosa que manipulación: el poder nos usa haciéndonos creer que nos presta atención.  Otros seguimos produciendo con la esperanza de no perecer.  Esa muerte puede resultar muy personal, algo así como la pérdida de la voz para un cantante o del sentido del timing y el ingenio para un comediante.  La amenaza de muerte también puede aparecer como la necesidad de estar presente en el espacio público. En este caso el escritor sigue la disciplina de escribir, piensa que tiene algo que decir, lo dice y luego cruza los dedos para que haya una respuesta.

Pero hay otra muerte que viene luego de la desaparición física un autor.  En uno de mis primeros talleres, allá al inicio de los ochentas, se mencionaba a Ernest Hemingway como uno de esos escritores olvidados y muy recientemente recuperados.  Desde entonces oí la cifra mágica y maldita de diez. Diez años para desaparecer, luego un regreso o el olvido definitivo. Se me ocurre entonces lanzar un nombre: Jerzy Kozinski, un polaco emigrado a Nueva York, que se suicidó en su bañera cubriéndose la cabeza con una bolsa plástica.  ¿Quién lee ahora los libros de Kozinski?  ¿Qué tal el más famoso de todos, Being There, que circuló en español bajo el título Desde el jardín?  Hubo una película, por supuesto, que en su momento fue muy popular.  Fue el último trabajo del actor Peter Sellers, con Sherley MacLaine y Melvin Douglas. Hace poco la renté y aún se dejaba ver, sobre todo por el final, el cual es distinto al del libro.  En español un caso paradigmático sería José Donoso,  el más célebre de los jugadores de la banca del equipo del boom.  Para aclarar las cosas pienso en baloncesto y en cuatro titulares: Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y Cortázar. Pero ojo, este último también sufrió su periodo de ostracismo, más o menos entre 1984 y 1994, cuando empezó la campaña “Queremos tanto a Julio”.   José Donoso no ha topado con la misma suerte.  Me parece que primero desapareció de la memoria de España, pues una vez leí un artículo que lamentaba el hecho de que el autor chileno no hubiera sido publicado de nuevo en ese país.  Después Roberto Bolaño lo ninguneó.  Paradójicamente fueron las memoria de su hija Pila—Correr el tupido velo, Alfaguara 2010—las que trajeron a José Donoso de vuelta a la actualidad. Sin embargo, el personaje que surge de esas páginas es atormentado, egocéntrico, tacaño y hasta envidioso.

El olvidado al que quisiera referirme en esta columna es el cubano Alejo Carpentier (Suiza, 1904 – París, 1980).  Al morir se le mencionaba como un eterno candidato al Premio Nóbel, luego casi no se volvió a saber de él.  Todavía hay estudiantes que deben leer El reino de este mundo y existe una edición americana en español de Los pasos perdidos. ¿Pero y el resto de su obra?  En 1980 leí El arpa y la sombra para mi curso de humanidades de la Universidad de Costa Rica. Lo recuerdo como una experiencia fundamental, pero nunca releí más allá del principio pues Carptentier se fue convirtiendo en una de esas viejas amistades que es mejor mantener de lejos.  Tenía miedo de decepcionarme, de no encontrar lo que estaba allí cuando yo tenía 18 años. Hace poco encontré en Quito nuevas ediciones de varias de sus novelas, lo cual me sorprendió.   Después, en un viaje a Houston, entré a la mítica librería Española, un lugar que en sí mismo parece salido de un cuento.  Lo administra una pareja de ecuatorianos ya mayores, llenos siempre de historias de sus viajes y de personas que han conocido. La Española tiene dos secciones.  Al fondo se venden libros piadosos y al frente libros nuevos-viejos.  Me explico: todo lo que se halla en los estantes es nuevo, pero cada una de las ediciones es de mucho tiempo atrás.  Ahí, en La Española, encontré una edición de 1979 de La consagración de la primavera y una de 1996 de Los pasos perdidos.

Así que sin más excusas me hice de un par de libros del olvidado Carpentier, pero le di prioridad de lectura solamente a Los pasos perdidos,  quizás porque corresponde a la época de las grandes novelas de su autor, o porque fue publicada originalmente antes del boom, o porque era la más corta de las dos.  En fin, la tenía en mis manos, estaba dispuesto a disfrutarla, pero me costó entrarle al texto y tuve que hacer un esfuerzo para finalmente sentir un placer y no un desafío al empezar cada uno de esos densos capítulos, bloques compactos donde pueden ocurrir muchas cosas, o donde simplemente se puede encontrar la descripción de un paisaje, un estado de la naturaleza en cierto modo suspendido en el tiempo.  La novela me recordó uno de los mejores cuentos de Carpentier, “El viaje a la semilla”,  en el que se narra la historia desde el final hasta el principio. En Los pasos hay una preocupación también por encontrar el origen, pero esta vez de lo que sería una América Latina esencial,  ubicada en lo profundo de la selva, en un punto histórico donde se fundan aldeas, donde se toma posesión de una naturaleza aún no nombrada.

Carpentier se sirve de un narrador también innombrado, pero claramente distinguible.  Es un erudito urbano, quien intelectualiza el pasado aborigen y lo ve desde una distancia en la que se valida la superioridad del conocimiento gestado por las élites.  A ese hombre se le encarga adentrarse en la jungla hasta encontrar unos instrumentos “primitivos”.  Así su viaje implica un ir despojándose de cosas, de comodidades y de certezas, mientras trata de cumplir su misión.  Por eso mismo debe pasar por una serie de pruebas, las que le permitirán acceder a esa esencia que le dará sentido a su vida.  En Los pasos perdidos hay, como en libros similares, un río a remontar,  desafíos físicos y descubrimientos, y finalmente la fundación mítica de una ciudad, es decir el triunfo de la idea de civilización occidental.

El narrador podría considerarse un moderno cronista, pero también un saqueador. De hecho los instrumentos musicales que busca estarían destinados a ser exhibidos en un museo totalmente despojados de su contexto, uno que el narrador y su mecenas perciben como antiguo o primitivo cuando en realidad es contemporáneo. El narrador también es un conquistador.  En su visión la real amenaza es la naturaleza, mientras que las personas “incivilizadas” son nebulosas, principalmente los indígenas, que aparecen como seres esquivos, misteriosos, pero a la vez pasivos ante los proyectos del hombre blanco.  En un nivel un poquito superior se hallan las mujeres.  Si vienen de la ciudad son demandantes, frívolas y manipuladoras. Si son del campo llegan a tener control de su cuerpo (como las citadinas), pero al mismo tiempo son un seres silenciosos que básicamente siguen al hombre, y van de macho en macho por su necesidad de protección.

Esa voz narradora es además la que nombra y establece relaciones que los aldeanos no son capaces de hacer.  Establece, por ejemplo, referencias bíblicas, o ve el sexo desde un mundo reflexivo que le quita toda la carnalidad al amor y lo convierte en ejercicio.  Tiene tanto control sobre lo contado que no permite respirar a los otros personajes, y el mismo sentido de maravilla (las referencias bíblicas, los detalles del principio del mundo y de las mariposas amarillas que luego retomaría García Márquez) queda provisto de emoción y encanto.

Carpentier representa una forma de escribir que ya no se da en nuestros días. Leerlo implica pensar de modo distinto la literatura, y al lector mismo. Y he de admitir que me ha gustado volver a él.   Una vez terminado Los pasos perdidos he puesto esa vieja-nueva edición en un estante.  Miro los lomos de los libros y no puedo dejar de pensar que nuestras bibliotecas están llenas de fantasmas.