Cuentista y novelista iraquí, Luay Hamza Abbás nace en Basora en 1965. Publica sus primeros relatos en la década de los noventa del siglo XX, destacando como figura literaria y cultural no solo de Iraq, sino de todo el mundo árabe. Adscrito a una generación de escritores que abría los ojos a tres guerras de dimensiones cósmicas, es aquí donde se revelan los nuevos significados que enriquecen su proyecto literario. Significados adheridos a visiones y opiniones para que su texto narrativo venga empujado por infinidad de pruebas sólidas entre la teoría de la creación y su puesta en práctica, algo que lo hace destacar seriamente entre los literatos su generación.
Luai Abbás apuesta por una narrativa abierta a la imaginación y la estética para expresar la realidad y los hechos a través de niveles semánticos y conceptuales diversos. Su experiencia narrativa es descrita en base a su pasión por las dualidades: el sueño y la realidad, basándose en el juego con los elementos artísticos. Sus relatos se asientan sobre la base de la herencia narrativa iraquí, a lo que suma la modernidad del movimiento de la narrativa de los grandes novelistas y escritores universales. Así pues, sus trabajos, en menor medida, apuntan a cierta constancia en cuanto a las tradiciones literarias iraquíes, pero siempre en contacto con la literatura universal y las nuevas tendencias.
Ha publicado: Relatos: Sobre una bicicleta en la noche, Dar Azmina, Ammán, 1997; El siervo, Dar Azmina, Ammán, 2000; Jugar con caballos, Cuentos infantiles, Tomo 1, Dar Ashuún Azaqafía, Bagdad, 2003; Cerrar los ojos, Dar Azmina, Ammán 2008; El hombre del paraguas, Dar Mesopotamia, Bagdad, Dar Alkutub Jan, El Cairo, 2015. Novelas: La presa, Dar Ashuún Azaqafía, Bagdad, 2005; El libro de los baños, Dar Aluah, España, 2004; La amistad del leopardo, Dar Alaain, El Cairo, 2011; La ciudad de las imágenes, Dar Alarabía lil Ulum, Beirut, Dar Azmina, Ammán, 2011.
***–***
No era un funambulista andado por la cuerda, ni un encantador de serpientes, tampoco un domador de panteras. Sus manos estaban vacías, sin magia ni destreza especial. No contaba con ningún instrumento, ni aro ni flautas ni látigo, solo su cuerpo, su único equipamiento en un extraño tipo de diversión, un pasatiempo insólito con el que nadie se había topado antes que él ni vivido su aventura. Si el equilibrista camina con cautela por su cuerda, el encantador hace sonar la flauta e inclina su cabeza hacia la serpiente, y el domador de panteras sacude su látigo en el aire con un movimiento ágil y espectacular, observando los ojos expectantes de sus animales y escuchando sus respiraciones en medio del entusiasmo de la gente, recibiendo su tensión en el brillo de sus pupilas, lo que provocaba un cambio en su ánimo al acelerarse su respiraciones, así pues, nuestro amigo, el hombre de la diversión, no hacía más que cerrar los ojos y tumbarse en el foso, en silencio y con calma, a la espera de que le echaran la tierra encima.
Cuando el hoyo tenía un metro de profundidad aproximadamente, y él llevaba algo más de quince minutos sepultado, el asunto se convertía realmente en una aventura y una diversión, que reunía en torno a ella a esa gente incrédula que no podía entender que un hombre pudiera estar enterrado. Algunos curiosos hasta exageraban y se pasaban los quince minutos aplanando la tierra que tenía encima con parsimonia, después de pulverizarla con un poco de agua, igual que hacían con las sepulturas habitualmente, hasta que transcurridos los minutos entre el silencio y la satisfacción de los espectadores, empezaban a desenterrarlo con ansia. Una vez sobrepasado la mitad de la profundidad de la zanja o un poco más, dejaban sus herramientas en el borde y seguían con las manos. Conforme más bajaban, más prisa se daban, y el hombre cobraba consistencia bajo sus dedos, como si fuera la estatua de un ser humano amortajado. Excavaban a la altura de la cabeza lo más rápido posible, hasta que su cara revelaba un soplo de sonido audible. Entonces salía volando la tierra que aún tenía en la boca y en los orificios nasales, al estilo de una fuente de polvo. En ese momento crecían los vítores de la gente que no podía dar crédito a lo que veía y se cortaban a continuación sus respiraciones para arremolinarse en torno al agujero.
Llegaba en momentos diferentes. La gente lo veía sin más andando solo por la costa o saliendo por la puerta de la estación de trenes, tras caminar junto a las vías por las que pasaban noche y día los vagones a toda velocidad. Algunos pasajeros podían vislumbrarlo durante unos instantes, pero ninguno pensaba que había visto a un hombre andando por un lugar desierto, sin árboles ni fuentes de agua, otro espectro fugaz, se decían entre ellos, acomodándose en sus asientos.
Siempre aparecía cuando crecía el hastío y reinaba el silencio entre la gente, cuando sus planes se amodorraban poco a poco, tras el esfuerzo del trabajo diario y la rutina de sus detalles. La vida en sí parecía repetirse de memoria, como si ya hubiera sido vivida antes, cuando los rostros se teñían de mayor dureza, cubiertos ya de arrugas profundas como nueces. Ni extrañamiento ni asombro ni olor a sorpresa soplaba que reanimara los árboles del alma y moviera sus hojas. No había un tiempo concreto para el hastío de la gente, tampoco un motivo en particular, pues eran todos los tiempos y motivos, aunque generalmente se deslizaban hacia la apatía en momentos próximos, que se interrumpían a veces y se separaban otras, y vivían su cénit juntos, como si desembocaran en una plaza estéril. Ese era el tiempo de la desidia y el silencio colectivos, el tiempo en el que muchos pensaban en el hombre del hoyo, y evocaban de nuevo su historia, aunque no lo hubieran visto jamás.
Su llegada era una ocasión extraña, igual que su diversión. Los hombres salían de la rutina de sus días y cambiaban algunas costumbres. Por la acera del puerto de vuelta a sus casas pasaban por el longevo espino que estaba cerca del puente de madera, donde a él habitualmente le gustaba descansar. Ellos lo revivían y confirmaban que había llegado, después de recibir la noticia a primera hora; tocaban las bocinas de sus bicicletas y le hacían una señal. A él les bastaba con mirarlos, no hacía ningún gesto ni daba respuesta, pero ellos seguían su camino poseídos ya por la alegría. En sus casas hablaban del hombre del hoyo y de su regreso. Algunos referían que lo habían visto antes, de niños, corrían hacia el arbusto y lo veían allí sentado, tal y como hoy en día. Habían pasado los años, pero él conservaba el mismo aspecto, apenas había cambiado, como si el tiempo no pasara por él ni le hubiera afectado demasiado. Sus padres, en aquel entonces, salían de la rutina de sus días, exactamente igual que ellos ahora, cambiaron algunas de sus costumbres, tocaban las bocinas de sus bicicletas y le hacían una señal, y él se conformaba con mirarlos, sin hacer ningún gesto ni corresponderles con una respuesta.
Entonces los hombres se ocupaban de preparar el hoyo en la costa, a unos metros del espino donde se sentaba. No le miraban ni le decían nada. Eran obreros y patrones los que precedían a la gente en las alegrías y las penas. Acudían en los momentos más adecuados, e incluso a veces, un poco antes, olían la ocasión antes de que aconteciera y se quedaban a la espera delante de las puertas, atentos a los gritos de la gente de la casa. Entonces, se abalanzaban sobre un hombre. Era su momento y nadie les iba a impedir que cumplieran con la labor para la que habían sido creados. Pasaban el mediodía en las zanjas, con sus herramientas siempre listas; discutían entre ellos, se gritaban mutuamente, discrepaban y se ponían de acuerdo, y antes de la llamada a la oración de primera hora de la tarde ya habían terminado su trabajo y dejado listo el agujero, momento en el que la gente empezaba a congregarse. Llegaban en grupos y se provocaban entre ellos. ¡Venga! ¡No te retrases!, minutos, unos minutos solo. Así disminuía el hastío en sus almas. Podías comprobarlo cuando los escuchabas conversar de camino a la zanja. Oías a uno comentando entre risas, ahí están sus caras relajadas, sus arrugas, sutiles ahora, puedes acercarte para ver por ti mismo que era el tiempo de la diversión.
Lo extraño era que nadie prestaba atención al hombre. Era como si no estuviera. Pasaban por su lado si dirigirle la mirada. Estaban ocupados con la zanja, alargada y dispuesta, hasta que llegaba el momento de bajar. Solo entonces se giraban, como si se acordaran de repente de él. Observaban como se levantaba despacio y abría el paso en dirección a ellos, quienes le abrían un pasillo que se iba estrechando conforme se acercaba a al hoyo. Lo seguían con entusiasmo, escudriñaban sus pasos cadenciosos, y lo observaban mientras se quitaba las sandalias de cuero y las dejaba en el borde del agujero. Luego bajaba con los pies rígidos, piel seca y talones cuarteados, y tal y como si se tumbara en una cama con la ropa puesta, acomodaba sus miembros para estirarlos hasta que se hacía hueco y dejaba de moverse. Los obreros se apresuraban a llenar la zanja de tierra, amontonándola sobre sus pies en primer lugar y luego cubriendo el resto del cuerpo, hasta que alcanzaban casi la altura de la cabeza. El hombre cerraba los ojos y se interrumpían las voces de la gente alrededor del hoyo.
Quince minutos. Podía ser un poco más, pero no menos porque la gente que estaba de pie fuera se encargaba de controlar el tiempo en sus relojes, midiendo con exactitud los minutos de su diversión. Ante el primer grito, regresaban los hombres de las zanjas con sus herramientas y después con sus manos, cuando se elevaba el estrépito a su alrededor. La gente recordaba la escena en detalle, comentaban llenos de felicidad lo de la fuente de polvo que ascendía con el primer resoplido que salía de la boca del hombre y rememoraban su historia una y otra vez durante mucho tiempo.
No dejaron que la escena se completara delante de sus ojos. Se giraron, dándose la vuelta conforme el hombre se puso en pie en mitad de la zanja. Lo habían cubierto de tierra y ninguno de ellos lo había visto inclinándose sobre el borde, como apartando de su alma el peso de la tierra. Tampoco lo escucharon soplar muchas veces antes de poder subir y ponerse las sandalias, y lo más extraño de todo es que ninguno se acercó a él antes de que bajara al hoyo ni después de que saliera de él. No le hablaron, no le preguntaron su nombre, no le dirigieron ni una palabra, aunque pasó entre ellos un día entero. Era el hombre de la diversión. Ese era su nombre y esa su profesión, el hombre que les aseguraba una historia alegre durante mucho tiempo.
