Retrato desde la cuerda floja

Poemas de la Antología personal homónima

Joaquín Gálvez

joaquin-galvez-poesia-otrolunes44-1Joaquín Gálvez (La Habana, 1965). Poeta, ensayista y periodista. Reside en Estados Unidos desde 1989.  Se licenció en Humanidades en la Universidad Barry y obtuvo una Maestría en Bibliotecología y Ciencias de la Información en la Universidad del Sur de la Florida. Cursó estudios de postgrado en Literatura Hispanoamericana en La Universidad Internacional de la Florida.  Ha publicado los poemarios: Alguien canta en la resaca (Término Editorial, Cincinnati, 2000), El viaje de los elegidos (Betania, Madrid, 2005), Trilogía del paria (Editorial Silueta, Miami, 2007), Hábitat (Neo Club Ediciones, Miami, 2013) y Retrato desde la cuerda floja (poemas escogidos, 1985-2012, Verbum, Madrid, 2016). Textos suyos aparecen recogidos en numerosas antologías y publicaciones en Estados Unidos, Europa y América Latina.  Desde 2009, coordina el blog y la tertulia  La Otra Esquina de las Palabras. Es  editor y miembro del Consejo de Dirección de Signum Nous, portal de Arte, Literatura y Pensamiento.

Los poemas aquí reunidos pertenecen a su libro Retrato desde la cuerda floja, que puede adquirirse pinchando aquí: Retrato desde la cuerda floja – Editorial Verbum.

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Simplemente Joaquín Gálvez, esa voz singular

Por Lourdes Tomás Fernández de Castro1

 

De los muchos poemas que aparecen hoy, ya en publicaciones virtuales, ya en las tradicionales,  ¿cuántos, en realidad, acaparan nuestra atención, nuestro interés?, ¿cuantos dejan una impronta, no ya perdurable, sino siquiera inmediata, en la memoria? No voy hablar por ningún otro lector, pero mucho me temo que mi experiencia se repite: cuando leo la lírica que se estrena hoy, suele sucederme no recordar lo que he leído en una página, apenas acometo la siguiente (y la mala memoria no es, exactamente,  mal que me aqueje, ni bien que me asista).

joaquin-galvez-poesia-otrolunes44-2A mi juicio,  buena parte de la escritura que contemporáneamente se propone como lírica constituye mera fabricación verbal  que  aspira a ser ingeniosa,  y que así logre su  aspiración,  no acierta siquiera a entretener, ni mucho menos consigue conmover. Se trata de textos que no surgen tras ese “sacudimiento extraño que agita las ideas”, o ese “volcán que sordo anuncia que va a arder” a que se refiriera Bécquer, a fin de describir la inspiración.  En la narrativa y la ensayística, la inspiración puede y suele presentarse durante la marcha de la escritura, mas en la lírica, ese singular llamado a la creación  ha de preceder y marcar la marcha de la escritura. Ignoro cuántos poetas aún comparten la idea de que la inspiración ha de ser heraldo de  su escritura; pero resulta evidente que el autor de Retrato desde la cuerda floja lo entiende así. Esto lo puedo decir  no porque conozca las circunstancias en que ha escrito Joaquín Gálvez sus poemas; lo digo por inferencia: la fuerza emotiva, los matices tonales,  los aciertos trópicos, la honda exploración de la sensibilidad y el pensamiento, y la facultad eminentemente lírica de aprehender y transmitir lo esencial de una idea, un sentimiento o una situación,  apuntan en su obra no a la disciplina de un autor que, confiando en su ingenio y su oficio, se sienta diariamente a fabricar par de poemas; apuntan, antes bien, a “la embriaguez divina” de la inspiración.

Por supuesto que lo que he dicho no implica que  baste el numen, que baste el espíritu exaltado, para escribir poesía. La inspiración es, sí, señal del talento poético, como también lo es un intelecto poderoso. Pero poeta no es meramente quien nace tal, sino quien nace y se hace. A ser poeta, quiero decir, se aprende. Se trata de un oficio que no excluye la gramática, la métrica ni la preceptiva, pero que exige, sobre todo,  la  intimidad entre el creador y el arte literaria, entre el poeta y la tradición poética a la manera en que la entendió Eliot, sin fronteras temporales ni lingüísticas. La poesía de  Gálvez no sólo trasluce ese imprescindible encuentro entre el autor y una tradición que desconoce lindes de tiempo o nación; evidencia asimismo que de ese depurador encuentro no emergió un escritor con escuela u oficio, sino una personalidad autoral plenamente consolidada: un estilo. “Ni romántico ni  modernista” decía de nuestro autor  Ángel Velázquez Callejas, a lo que yo, evocando a Machado, añadiría: simplemente un poeta que, en su amplio y atento recorrido por la literatura,  aprendió a distinguir voces de ecos y a escuchar entre las voces una, la suya. Simplemente Joaquín Gálvez, esa voz singular.

Con el  título de Retrato desde la cuerda floja,  Gálvez nos ofrece una antología personal que reúne poemas procedentes de los cuatro poemarios que ha publicado hasta la fecha, a saber: Alguien canta en la resaca (Término Editorial, 2000), El viaje de los elegidos (Betania, 2005) Trilogía del paria (Editorial Silueta, 2007) y Hábitat (Neo Club Ediciones, 2013).  Invariablemente sugerentes, los títulos que elige nuestro autor para sus poemas y poemarios tienen la virtud de captar y comunicar trópicamente lo esencial en los textos que nombran. Con el título de su primer libro, Gálvez dirige nuestra atención  hacia la relevante figura del poeta (el cantor en la resaca), que en su obra es a veces un personaje genérico o conceptual, y a veces también el hombre Joaquín Gálvez.  El viaje es casi siempre metáfora de la vida en la poesía de nuestro autor, y  es eso precisamente lo que representa en el título de su segundo libro; los elegidos, por su parte, son todos los que han tenido la suerte (o la desgracia) de abandonar la nada, para emprender el viaje hacia la nada que es la vida. Al título del tercer libro regresa la capital figura del poeta, ahora  en calidad de paria o marginado. En el  sustantivohábitat” que da nombre al cuarto libro, he identificado una metáfora de la soledad urbano-tecnológica del ser humano en la época que comienza después de la Segunda Guerra Mundial. Por último, para su antología personal,  el autor  escoge el título de uno de los poemas de Trilogía del paria. He contado seis retratos en la obra total de Joaquín Gálvez hasta la fecha.  Cuatro de ellos figuran en esta antología, incluyendo, por supuesto, el que le da nombre a la selección. El sustantivo “retrato” no tiene implicaciones trópicas en ninguno de los textos de Gálvez en que aparece; pero aun sin conocer el  poema que nombra,  cualquiera sospecharía que esa “cuerda floja”  supone una metáfora, y sospecharía bien.  La “cuerda floja” alude a  la  realidad esencial de la vida humana, la única vida capaz de reconocer la incesante ronda de “una bala cuyo blanco es el  corazón”;  la única que obliga a abandonar la infancia, el “villorrio en las nubes”2 de la primigenia inocencia. La vida consciente (la “mayor pesadumbre” según Rubén Darío) implica la irremediable pérdida  de todo paraíso y, más aun, de toda certidumbre, excepto la de la  muerte, la de su amenazante ronda.

Como pocos poemas de los muchos que se publican hoy,  los de Retrato desde la cuerda floja mantienen a su lector interesado, deseoso de seguir leyendo. Son textos que  no se acaban de leer cuando uno llega a la última palabra, que se leen a libro abierto y, sobre todo, a libro cerrado, que imprimen una huella de luz en el lector, que siembran alma en el alma.  Su virtud de perdurar en la memoria e instar a reflexión remite a un autor que no meramente monologa o recuerda con ingenio verbal, sino que también, y sobre todo, sabe pensar dialécticamente, está armado de un fundamento ideológico que le permite explorar su mundo anímico,  y  posee el don de sugerir el sentimiento pensado y el pensamiento sentido.  Ese autor cifra una temática que abarca los aspectos esenciales  del arduo oficio de ser humano. La soledad que padecemos e intentamos mitigar con el amor;  el tiempo que nos transforma; la muerte que nos acecha; la necesidad de justificar  nuestra existencia; “la prodigiosa ceguera de ver la poesía “o percibir la belleza, son algunos de los temas  a que, en la mejor tradición lírica, nos expone Joaquín Gálvez.

Pero no sería arte la poesía, si la palabra no fuera susceptible de carácter, ni es artista el autor que, por más que piense, sienta y sugiera, no sepa imprimirle carácter  a un texto. Joaquín Gálvez  es un artista de la palabra: una voz temperamental capaz de entonar estados de ánimo, sensaciones y emociones; una voz  que, no obstante sus matices irónicos,  nos hace sentir  la nostalgia, el dolor, el desengaño, la resignación.

Hay poetas que ponen todo su empeño en erigir una exquisita torre de marfil que  no pocas veces se convierte en cárcel de su voz. A Joaquín Gálvez antes bien le interesa dotar de alas  su voz. Entiende el arte como lazo que une a los seres humanos, no como muro o pedestal preciosos que acaben separándolos. Aspira, quiero decir, a alcanzar y conmover a sus lectores, y lo logra. La suya es una poética de la verdad y la comunión.

Prólogo de Retrato desde la cuerda floja (Editorial Verbum, Madrid, 2016).

 

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Elogio del payaso

Que tu rostro de coloretes baje
como dulce relámpago donde asir la esperanza.
Que no deje de desbordarse tu mueca:
único tigre curándonos la fiebre.
Y que siga la función, señor, que siga;
que al menos, esta noche,
Dios estrangule su pesadilla-puede en tu noche restaurar
su omnipotencia-.
Nosotros: solsticio sin rotación. Adentro, bien adentro:
tripas de tu pirueta. Alegres,                 (¡más alegres!):
esta noche
nos ha devuelto un dedo
el cadáver que nos crece en el archivo.
Por eso brinque, señor, brinque, a carcajadas,
en lo más mono
de lo humano:
extraviada estatuilla,
hallazgo de la inocencia.
Reconozcamos que el ser es eso (sólo eso):
alazán que canta, que delira, cruzando
las nubes.
Y monee otra vez, señor, monee,
pues todo ha sido un fraude,
oscura urna que nos hizo un

(

).

¡Mentira! Nunca fuimos Historia:
decapitada, histérica guillotina de
la historia.
Que sólo ahora existe un retorno
a nuestra porción de hierba.
Pero siga la función, señor, siga;
afirmemos que la vida es eso (sólo eso):
un circo eternamente abierto.
Y danos otra oportunidad.
“¡Que, por una noche, este rostro
sea su pirueta!”.
Comprenda, nos urge deshabitar el ayuno,
todo ese calendario de agonía,
en que entontecimos aplaudiendo al caudillo.

 

En torno a una rosa

En torno a una rosa ha estallado una revolución,
que nunca será la epopeya de la rosa.
Y aunque en torno a una rosa
haya germinado una catástrofe
-devorando casualmente a esa rosa –,
esta nunca será la tragedia de la rosa.
También en torno a una rosa
se urde una historia de amor,
pero nunca la rosa se nutrirá de ese amor.
Y siempre en torno a una rosa
está el hombre, cuyo destino ha sido
la epopeya, la tragedia, el amor…
pero nunca, nunca el inalcanzable destino
de la rosa.

 

Epílogo

ni ganadores ni perdedores
ni inocentes ni culpables
ni víctimas ni victimarios
ni ricos ni pobres
ni genios ni estúpidos
ni valientes ni cobardes
ni buenos ni malos…
Todos fuimos y no fuimos
-por eso todos nos merecimos el gran premio-,
pues nunca supimos cuál -de todos- era el guión.

¿Hasta qué punto elegimos el personaje?
¿Hasta qué punto poseímos el personaje?

Nuestra única gloria fue participar en la realización
de este film,
sin saber si nos dirigían, ni cuándo -ni cómo-
nos esperaba el final del mismo.
Por cierto, es un cortometraje
y se titula La vida.

 

Arte poética

Señores, hace cien días que mi pecho no es catástrofe.
Se está celebrando una peregrinación en cada latido.
Por eso busco un grito en el estiércol de todos
mis pasos;
Un cataclismo que me haga comprender
que el arpa aún existe:
Joven – yo lo necesito -, henchido en mis uñas,
sin ocultarse más en la tos de la noche.
Siempre lo necesito,
Porque ya mis zapatos se abrochan al perder su música
(ya no dejan huellas en los mares).
Mis ropas: inmunes, en huelgas…
(¡Cómo los he castigado!)
Y hoy mi brazo diestro (el que más amo)
me ha dicho:
-Joaquín, estoy aburrido, muy aburrido
de parecer un esquimal/ un esquimal en los trópicos
y no la paloma que incuba huevos de soles.
Por eso, señores, reclamo testarudamente,
con amor, un cataclismo en mi pecho.

Quiero que mi voz sea otra vez el poema.

 

La zancadilla

Espérala cuando se sienten a tu mesa el águila y la paloma.
Cuando tu verdad sea como un candil que atraviesa
la interminable oscuridad del rebaño.
Espérala cuando tu verbo se convierta en árbol,
cuyos frutos escandalicen a sectarios e inquisidores.
Cuando el ruiseñor se pose en tu voz
ante el ritual de los coros.
Espérala cuando tus palabras salgan a la calle con un rostro.
Cuando la sordera sea la única respuesta.
Espérala cuando te importune la sombra
del envidioso y del mediocre.
Cuando tu verso sea un aguacero
que incomode a los oficiantes del vacío.
Espérala, porque has salido a la intemperie
y no hay regreso a la caverna.

Notas del artículo

  1. Lourdes Tomás Fernández de Castro (La Habana, Cuba). Ensayista y narradora. Ha publicado el libro de cuento Las dos caras de D (Sibil, 1985); Fray Servando Alucinado (University of Miami, 1994,, Premio Letras de Oro, ensayo); Espacio sin fronteras (Premio Casa de las Américas, 1998, ensayo) y la novela El domador (Vinciguerra, 2007). Reside entre Miami y Buenos Aires.
  2. La locución “villorrio en las nubes”, que procede del poema “Retrato del que ya no vive en las nubes” de Hábitat, constituye una metáfora de la inocencia y la ensoñación que la vida consciente nos fuerza a perder. El “villorrio en las nubes” se opone, pues, a la “cuerda floja”.