Carlos Cociña, poeta y editor chileno nacido en la ciudad de Concepción el año 1950. Su primer libro Aguas servidas (1981) se considera clave, fundamental y desisivo para la poesía chilena. Ha publicado además: Tres Canciones, Espacios de líquido en tierra, Plagio del afecto y El Margen de la propia vida. Paralelamente ha creado el sitio poesiacero.cl, un motor virtual que entrega versiones aleatoreas de sus libros Plagio del afecto, 71 (setenta y uno) y A veces cubierto por las aguas. Sobre su obra se ha considerado que adelanta o prolonga las exploraciones de autores como Juan Luis Martínez, Gonzalo Millán, Gonzalo Muñoz, Alexis Figueroa, Elvira Hernández, Raúl Zurita, Antonio Gil y Diamela Eltit.
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2 b
La mirada se construye en los objetos por los que se ve
la elaboración de las materias, y el nervio óptico es sólo
el subterfugio por el que la materia invertida es extractada
a su propia dimensión.
3 A
Se destapó la olla, ya no hay posibilidad de amedrentar y que se frene
la ebullición de los condimentos que todos sabían que eran sepulcros
blanqueados con cal, mientras el olor a muerte se despedía de todos
los manjares, y el olor de la podredumbre sólo podíamos absorberlo con el leve
matiz de los pastos de aquellos que estaban realmente abonando la tierra
en una reencarnación efectiva en las pequeñas tierras que nadie sabe
que son tumbas y no lo son en la realidad de ser solamente el entierro
del cuerpo que no es polvo sino tierra que de gusano pasó a tierra de aguas
subterráneas, donde se fueron adhiriendo las sustancias que se enredan
lentamente a las raíces de los pastos y otras vegetaciones menores
en su acto de nacer la muerte de los desaparecidos de la vida visible
de hermano, padre, madre o hijo en la tierra donde nuevamente no vale la metafísica
de la muerte. Es el sepulcro blanqueado o sólo los asesinos
lograron recuperar más rápidamente la condición para aquél que debía llegar
a la tierra y ser parte de la planta medicinal o ser parte de
la combustión del carbón de piedra. No es posible la muerte en este volverse
ceniza, gusano y tierra en la tierra que debíamos construir y que
efectivamente construimos en ese acto tan simple de ser entregados a
la muerte siempre inocente y no concubina de aquellos que creyeron
ofender a la tierra viviente mandándola a la tierra que siempre fue
la única verdadera vida de este pobre desaparecido de la temperatura
y del tiempo. Cortaron pero no pudieron medir su esterilidad, pues
el sol siempre se alejó de aquellos que temieron a la oscuridad que
emite todo aquello que logra desplazar a la luz. Se destapó la olla
de lo que todos sabían y limpiamos la olla con tierra absolutamente
limpia y olorosa en el pasto verde y pequeño en su insignificante crecimiento.
3 B
Quizá en el espacio de nuestras vidas, el horror ha hecho imposible
quedar inmunes a cualquier fisura sobre el cuerpo de cualquier cuerpo.
En estos momentos no vale ni la nostalgia ni la conmiseración ni
las palabras ni las canciones ni las tumbas, pues los muertos no renacerán.
Nadie renace ni renacerá en el espacio de nuestras vidas,
ni uno solo ni dos ni las viudas ni los hijos ni los padres ni nadie
nunca jamás renacerá, pese a perdonarnos a nosotros mismos. Sin embargo,
vamos en nuestras vidas nombrando a cada uno de ellos y renombrando e
inventando el nombre de aquellos que nunca nadie reclamó ni se supo
que murieron.
Nadie volverá a ser la tierra viviente de tanto nombrarlo, pero no podemos
dejar de nombrar con exactitud el nombre de cada uno de ellos,
por el simple deber de no olvidar el sonido que los hizo volver la cabeza
cuando un golpe cayó de los hombros hasta el más doloroso de sus
cuerpos.
Serán nuestros nombres los que tendremos que grabar una y otra vez en
la frente para afirmar nuestro fanático deseo de perdurar cada día
en este día que se aferra a las muertes de aquellos innombrados de la
tierra, hasta el momento en que debamos abandonar los deseos.
