Como en el 2017 se celebra el 50 aniversario de la publicación en Cuba de la novela Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, hemos rescatado este texto, que fuera Conferencia Magistral impartida por nuestro subdirector editorial Alejandro González Acosta en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, el 24 de junio de 2003, en el Congreso “Homosexualismo y literatura”.
A 50 años de la publicación de un clásico cubano: Celestino antes del alba
… Desde hace mucho tiempo el hombre trata de liberarse de la enajenación mediante la cultura y el arte. Muere diariamente las ocho y más horas en que actúa como mercancía para resucitar en su creación espiritual. Pero este remedio porta los gérmenes de la misma enfermedad; es un ser solitario el que busca comunión con la naturaleza. Defiende su individualidad oprimida por el medio y reacciona ante las ideas estéticas como un ser único cuya aspiración es permanecer inmaculado (…) Se inventa la investigación artística a la que se da como definitoria de la libertad, pero esta ‘investigación’ tiene sus límites, imperceptibles hasta el momento de chocar con ellos, vale decir, de plantearse los reales problemas del hombre y su enajenación. La angustia sin sentido o el pasatiempo vulgar constituyen válvulas cómodas a la inquietud humana; se combate la idea de hacer del arte un arma de denuncia (…) Cuando la Revolución tomó el poder se produjo el éxodo de los domesticados totales; los demás, revolucionarios o no, vieron un camino nuevo. La investigación artística cobró nuevo impulso. Sin embargo, las rutas estaban más o menos trazadas y el sentido del concepto fuga se escondió tras la palabra libertad. En los propios revolucionarios se mantuvo muchas veces esta actitud, reflejo del idealismo burgués en la conciencia.1
Las palabras que anteceden no se deben a un crítico literario; sin embargo, marcarían de forma definitiva el destino humano y la misma literatura de Reinaldo Arenas. Su autor: Ernesto Guevara de la Serna, más conocido como “Che” Guevara. Escritas en marzo de 1965 como una carta a Carlos Quijano, director del semanario uruguayo Marcha, se convertirían en poco tiempo en otra piedra angular de la política cultural oficial de Cuba, complementadas por las “Palabras a los intelectuales” pronunciadas previamente por Fidel Castro en la Biblioteca Nacional de Cuba en 1961 ante un grupo de atónitos y aterrados escritores. Allí, tajantemente, el todopoderoso dictó: “Con la revolución, todo. Contra la revolución, nada”, reservándose –claro- el privilegio exclusivo de decidir qué era “con” y “contra”, y aún más, qué entendía por “revolución”. Entre ambos textos se armaría la tenaza con la que se estrangularía definitivamente la ya amenazada libertad de expresión artística en Cuba –amén de las otras- y constituiría la columna vertebral del control ideológico de un estado totalitario y monopartidista.
Entre los azorados espectadores de la Biblioteca Nacional se encontraba un joven campesino recién llegado a La Habana: Reinaldo Arenas. Entonces era ayudante en la Sala Infantil de la institución, donde compartía lecturas y escritos con su jefe encargado del recinto, el poeta Eliseo Diego. Este leía con cuidado y atención todo lo que le llevaba el espigado joven y le sugería más lecturas, además de corregirle la horrorosa ortografía de sus escritos.
Pocos años después, a propósito de una novelita totalmente prescindible como Pasión de Urbino, del oficialista escritor Lisandro Otero, se desataría una verdadera “noche de brujas” en la cultura cubana –noche que dura hasta hoy- la cual se venía incubando desde mucho antes y que desembocaría en el encarcelamiento del poeta Heberto Padilla, a propósito de su libro Fuera de juego y la aún más atroz “confesión” pública del mismo en la Sala “Rubén Martínez Villena”, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, custodiado por miembros de la represiva policía política cubana. La “luna de miel” de los intelectuales con Fidel Castro había terminado.
Autodidacta, pero con una vocación literaria verdaderamente arrolladora y asombrosa, Reinaldo Arenas logró publicar en Cuba una sola novela: Celestino antes del alba (1967), mencionada en el concurso de la UNEAC dos años antes. Su otra novela, aunque también obtuvo mención en el mismo concurso al año siguiente, El mundo alucinante. Una novela de aventuras, salió a luz luego de una travesía casi de espionaje, en la Editorial Diógenes mexicana, dirigida por Emmanuel Carballo, en 1969. Su otro libro, también merecedor de una mención en la UNEAC, Con los ojos bien cerrados, nunca se ha publicado en Cuba. El resto de su obra conocida hoy apareció fuera de la isla, lejos de sus lectores naturales como los llamó alguna vez, y continuó escribiendo hasta el último momento de una vida que decidió quitarse como acto de suprema soberanía y de escalofriante denuncia.
Estudiante inconcluso de economía y literatura, su camino no iba por la senda académica y eso lo comprendió bien temprano. No podía ser de otro modo en un sistema político donde los estudiantes universitarios tienen que ser inobjetablemente “morales”: es decir, no sólo “revolucionarios” (hasta el máximo de lo que ese concepto significa) sino también de la más inconfundible masculinidad o feminidad (según el caso). Porque en la lógica del castrismo, un homosexual es un ser “vicioso”, un “cadáver del capitalismo decadente”y un “ser socialmente perjudicial”. Las periódicas purgas a las que han sido sometidas las instituciones de educación cubanas en los más de 40 años recientes, dan muestra de ello y de hasta dónde el gobierno puede llegar en su afán de “pureza”. La popular “Fresa y chocolate”, sólo puede dar una pálida y muy edulcorada idea de lo que este proceso de constante “purificación” significa.
Desde la evocación infantil posicionada en la sensualidad y la erotización de Celestino antes del alba, la obra de Arenas continúa en ascenso vertiginoso hacia formas cada más propias y audaces, en una suerte de competencia consigo mismo en la irreverencia, en la burla, en la carnalidad más acentuada. La distorsión de la historia, lo carnavalesco, lo lúdico y lo contestatario se funden en una amalgama palpitante de sabores intensos y olores penetrantes de gloriosa carnalidad: Arenas logra la epifanía de los cuerpos.
En El mundo alucinante, novela que toma la biografía como pretexto de ficción más que novela histórica, Arenas se apropia de uno de los personajes reales más fascinantes y extraordinarios de la vida americana: fray Servando Teresa de Mier. El protagonista estaba hecho a la medida del autor: uno y otro eran desaforados, intensos, pasionales hasta el paroxismo, vitalísimos y con una vida donde la peripecia real parece trasunto de imaginación febril. Ambos fueron prisioneros en el mismo sitio, con siglos de diferencia: el Castillo del Morro de La Habana, cárcel política tanto para el tirano español de la colonia como para el tirano caribeño de la actualidad. Y ambos participaban del extraño don que los hermana con Harry Houdini: los dos escapistas, el mexicano se fuga de su cárcel convertido en ratón huidizo por las hendijas de las piedras y el cubano sortea policías para huir por mar –convertido en pez volador- por la puerta del puerto del Mariel.
En La loma del ángel Arenas pone en su objetivo mortal la que es quizá la novela emblemática de Cuba y lo cubano en el siglo XIX: Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde. Literatura literaturizada a su vez, en un inacabable y sorprendente juego de espejos enfrentados en la construcción de un laberinto infinito.
Lo carnavalesco alcanza cotas torrenciales en la obra de Arenas: en El color del verano la inversión de los valores tradicionalmente admitidos, la vorágine de sucesos, la caricaturización de los personajes –incluidos los más solemnes y hasta terribles- llevan al lector a la hilarante conclusión de una apoteosis de lo grotesco, en contraposición con la solemnidad de muerte de las estructuras de un tipo de poder que se asume y estructura como la culminación de la historia humana y la consagración de los valores de una sociedad patriarcalísima. Por ello, el blanco predilecto del autor irreverente es, ante todo, la figura señera, el mismo Patriarca; percibiendo que es la piedra angular sobre la que se levanta todo el artificioso edificio, enfila hacia él sus disparos certerísimos, demoliendo la imagen no a partir de la violencia –que es el método del sistema totalitario- sino a través de los dardos de la burla más desatada: desde que Jorge Mañach publicara su Indagación del choteo, como visión ontológica de lo cubano y aún antes, cuando Enrique Gay-Calbó diera a conocer El cubano, avestruz del trópico, se reconoce que en la isla caribeña la burla puede más que los fusiles. De hecho, los diferentes cambios sociopolíticos que han ocurrido en Cuba han tenido su origen en las puntadas del humorismo popular que ha ido desgastando los pedestales de las figuras epónimas las cuales han regido – o más bien controlado- sus destinos: en una dictadura anterior a la actual, en los años 30, la de Gerardo Machado, fue sumamente popular el personaje del caricaturista Abela llamado “El Bobo”. Por su voz se expresaba el pueblo reprimido. Antes, durante la colonia, fue también muy popular el personaje humorístico de Liborio, concebido por Víctor Patricio de Landaluze y en la época del batistato, fue también expresión del sentir democrático “El hombre siniestro”. Es revelador, sintomático y concluyente que una de las atenciones más prioritarias del régimen de Castro haya sido dentro del control general de todos los medios de comunicación, en especial, la más severa censura y represión en el sector de los caricaturistas y cómicos cubanos, muchos de los cuales han ido a parar a la cárcel o al destierro. El totalitarismo, como lo expresara tan certera y proféticamente Orwell en su 1984, resiste mejor el ataque armado que la agresión de la burla, pues ésta es más corrosiva de sus mismas bases fundacionales. El espacio privado se anula frente al ideal del bien común, que esconde la verdadera faz de un estado omnímodo. Uno de los principales teóricos –y prácticos- de este sistema lo declara de forma no sólo descarnada sino hasta inexplicablemente orgullosa:
…la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son auténticamente revolucionarios. Podemos intentar injertar el olmo para que dé peras; pero simultáneamente hay que sembrar perales. Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original. Las probabilidades de que surjan artistas excepcionales serán tanto mayores cuanto más se haya ensanchado el campo de la cultura y la posibilidad de expresión. Nuestra tarea consiste en impedir que la generación actual dislocada por conflictos, se pervierta y pervierta a las nuevas. No debemos crear asalariados dóciles al pensamiento oficial ni ‘becarios’ que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas. Ya vendrán los revolucionarios que entonen el canto del hombre nuevo con la auténtica voz del pueblo. Es un proceso que requiere tiempo.
De nuevo es Ernesto Guevara, por supuesto. Llama la atención el empleo de términos absolutamente provenientes del canon religioso: “pecado original”, “culpabilidad” “perversión”… Es el lenguaje de un fundamentalista que impone “su ideal” del “hombre nuevo”. Ahora bien, ¿cuál hombre nuevo? ¿Quién lo forma? ¿Quién certifica su licitud y perfección prístina? Siempre es la misma respuesta: el poder. Ante una situación así, Arenas reacciona cuestionando absolutamente todo: “Sin Dios, sin Patria y sin rey”, como dirían los anarquistas. Y es que él es un anarquista de la cultura, un libertario de la literatura, un terrorista de la metáfora. Y el poder se lo cobra: es perseguido y encarcelado. Su vida fue una fuga permanente hasta que ya no teniendo de dónde fugarse se fugó de sí mismo: se suicidó. Pero convirtió su suicidio, congruentemente con todas sus otras acciones, en un supremo acto de denuncia: su muerte, ejecutada por propia mano, la responsabiliza en el mismo tirano.
Arenas vive en una sociedad que considera el ocio como culpa y por tanto merece castigo. Cuando hablaba de la juventud –Arenas era muy joven entonces y murió siéndolo- Guevara señalaba convertido en pedagogo con garrote que “ella recibe un trato acorde con nuestras ambiciones. Su educación es cada vez más completa y no olvidamos su integración al trabajo desde los primeros instantes. Nuestros becarios hacen trabajo físico en sus vacaciones o simultáneamente con el estudio. El trabajo es un premio en ciertos casos, un instrumento de educación, en otros, jamás un castigo. Una nueva generación nace”.
Esto se contradice con la realidad histórica que se manifiesta al mismo tiempo que Guevara escribe esas palabras: en Cuba proliferaban entonces las famosas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), donde eran encerrados aquellos que no se integraban al “ideal del hombre nuevo”: homosexuales, rockeros, poetas, melenudos, melómanos amantes de Los Beatles… Cualquiera que no correspondiera al ideal másculo del espartano que Castro y Guevara buscaban implantar como modelo del cubano. En la entrada de estos centros dantescos aparecía siempre un letrero que advertía amenazantemente: “El trabajo los hará libres”. No es nada casual que en su variante europea, otro sistema totalitario como el nazi, colocara en la entrada de sus campos de concentración y exterminio un letrero casi idéntico: “Sólo el trabajo libera”. No deja pues de ser al menos chocante que en un recinto universitario como es esta misma Facultad, algunos despistados, o más sencillamente ignorantes de la verdad histórica, utilicen el apelativo del “Che Guevara” para sustituir el de un gran educador como Justo Sierra, pasando por alto que el primero –existe incluso confesión propia- asesinó a sangre fría y sin juicio previo a un compañero de lucha y más tarde dirigió personalmente el pelotón de fusilamiento (función que incluye dar “el tiro de gracia”, por cierto) de la cárcel de La Cabaña, en La Habana, donde entre muchos miles fueron fusilados doce estudiantes universitarios por el “delito” de ser católicos y pedir elecciones democráticas. Eso es historia rigurosa. Arenas, desde su celda en el Castillo del Morro, oyó muchas veces al amanecer los disparos que en el vecino Patio de los Laureles de La Cabaña daban fin a numerosas vidas humanas y así lo cuenta en su aterrador testimonio Antes que anochezca. La piedad, el amor individual nada valen ante ese amor amorfo y totalizador a un ente llamado “pueblo”, terrible ídolo ante el cual se inmolan las víctimas sacrificadas. El teórico por excelencia de esa praxis, el mismo Guevara de nuevo, lo dice sin rubor:
…el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esa cualidad. Quizás sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe unir a un espíritu apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos, a las causas más sagradas y hacerlo único, indivisible. No pueden descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita.
Es decir, el superhombre revolucionario, modelo de autocontrol casi de autómata, no puede “descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita”: está por encima, muy por encima del amor a la pareja, a la familia, a las cosas simples de la existencia. Para que no quede duda alguna, Guevara machaca aún:
Los dirigentes de la revolución tienen hijos que en sus primeros balbuceos, no aprenden a nombrar al padre; mujeres que deben ser parte del sacrificio general de su vida para llevar la revolución a su destino; el marco de los amigos responde estrictamente al marco de los compañeros de revolución. No hay vida fuera de ella.
Y ya sabemos que una afirmación así, “no hay vida fuera de ella”, dista de ser una expresión figurada y adquiere terrible literalidad, con todas las sangrientas consecuencias que implica. Reinaldo Arenas no podía aceptar nada de esto: un hombre que encontró y cifró el sentido de su vida en el amor más enloquecido y siempre cambiante, a la literatura, a los hombres, a su patria, todos sus modelos de adoración y veneración, viene a ser la antítesis más perfecta y elocuente de Guevara. De esto proviene gran parte de la ira que Reinaldo despertó en el sistema político castrista: era la negación de ese “hombre nuevo” a cuya causa era el eje del sistema; ese mismo hombre nuevo que al decir de Guevara “no sea el que represente las ideas del siglo XIX, pero tampoco las de nuestro siglo decadente y morboso”: el existencialismo, el abstraccionismo, el teatro de Ionescu, Edit Piaff, la generación de “Contemporáneos” en México y de “Orígenes” en Cuba, los Beatles… todos morbosos y decadentes y por tanto dignos del exterminio. Lo más increíble es que quien dijo esto fuera el mismo que de niño leía Las flores del mal de Baudelaire. ¿Qué le pasó? La respuesta es simple: el ejercicio del poder. Y del poder más absoluto que se pueda concebir. Arenas percibió esto mismo y hacia ese destino encaminó sus dardos más hirientes y certeros. Opone su visión carnavalesca y desacralizadora de pandemonium desatado a la visión marmórea y triunfalista, de terrible solemnidad, como ésta de Guevara:
Ya no marchan completamente solos, por veredas extraviadas, hacia lejanos anhelos. Siguen a su vanguardia, constituida por el partido, por los obreros de avanzada, por los hombres de avanzada que caminan ligados a las masas y en estrecha comunión con ellas. Las vanguardias tienen su vista fija puesta en el futuro y en su recompensa, pero ésta no se vislumbra como algo individual; el premio es la nueva sociedad donde los hombres tendrán características distintas; la sociedad del hombre comunista.
Es decir, una imagen idílica que se representa visualmente en la conocida escultura de los estudios “Mosfilm” que cerraba las películas del más puro “realismo socialista” soviético, del obrero y el campesino en pose heroica –e irreal- con hoz y martillo enarbolados y la pierna –por supuesto, la izquierda- adelantada. Un ser como Reinaldo, profundamente gozoso de su individualidad, lo cual a veces lo convertía en un sujeto casi exasperante para quienes lo frecuentaban, no podía aceptar una sentencia como ésta:
“El individualismo como tal, como acción de una persona colocada sola en un medio social, debe desaparecer en Cuba. El individualismo debe ser, en el día de mañana, el aprovechamiento cabal de todo el individuo en beneficio absoluto de una colectividad…2
Ante esta cultura oficial impuesta, excluyente y totalitaria, Arenas asumió el papel histórico de ser el heraldo de exactamente todo lo contrario: irreverente, socarrón, escéptico, mordaz, burlón, en una palabra: inmoral. Y le cobraron el precio por ello. Sin embargo, a pesar de su excepcionalidad literaria, Arenas no es una excepción histórica sino casi un modelo obsesiva y dolorosamente repetido hasta nuestros días: en las cárceles cubanas, hoy mismo, ahora en este mismo momento, hay muchos Reinaldos Arenas.
Hace un tiempo Mario Vargas Llosa expresó que, a propósito del escándalo desatado en España por la publicación del libro de cuentos Todas putas, de Hernán Migoya, convertido en piedra de escándalo y vituperación por los opositores izquierdizantes del entonces gobierno, a quienes el peruano retrata como poseedores de “una idea de la literatura que coincide milimétricamente con la de los regímenes autoritarios –clericales, comunistas y fascistas-, para los que el quehacer literario debe ser sometido a una rigurosa censura previa a fin de impedir que ciertos textos disolventes, inmorales o violentos causen estragos en los incautos lectores, convirtiéndolos en subversivos, terroristas, asesinos y pervertidos”3, no hacen más, en palabras del propio novelista y crítico, que evidenciar que detrás de una “concepción ingenua y confusa de la manera como las ficciones de la literatura influyen en la vida hay, en verdad, un miedo pánico a la libertad”. Y me detengo en su cita por considerarla justísima en este caso sobre Arenas:
Si los horrores que contienen las novelas, los poemas, los dramas y los cuentos se contagiaran a los lectores como la escarlatina, la vida habría desaparecido hace tiempo del planeta, o, por lo menos, de las sociedades no ágrafas y cultas, y sólo sobrevivirían las analfabetas y bárbaras. Porque hay que haber leído muy poca o ninguna literatura para no haberse enterado de que ella está plagada de brutalidades y de sangre, de monstruos y de seres viles, de estupradores y degenerados que cometen las más abyectas fechorías. Y, por supuesto, de innumerables violaciones. Sin ir muy lejos, el Tirant lo Blanc, la más extraordinaria novela escrita en Valencia (…) tiene como cráter el feroz desfloramiento de la princesa Carmesina por el héroe, maravilloso episodio que es imposible no leer con infinita admiración y placer por la maestría formal y el ingenio con que Joannot Martorell lo concibió (…) Entre los clásicos de la lengua española no hay, después del Quijote, libro por el que yo tenga más cariño y fascinación que por La Celestina, una novela en forma de drama atiborrada de prostitutas, brujas, alcahuetas y cabrones y de la que transpira una idea del sexo y del amor que, a mí al menos, me produce náuseas. Pero la genialidad con que está dicha esta historia de tremenda violencia moral y de semen sucio dota al libro de un irresistible poder de persuasión, que arrebata al lector y, venciendo todas sus resistencias, a la vez que lo sume en la mugre lo hace feliz. Se puede decir lo mismo de innumerables libros terribles, desde las tragedias con caníbales e incestos de Shakespeare hasta las truculentas manducaciones humanas del Hannibal Lecter de las novelas de Richard Harris, o, por ejemplo, de las fantasías de Jonathan Swift (…) No es la literatura la que emponzoña la vida, sino al revés: los libros que fabulan los escritores están llenos de los fantasmas que nos habitan y que necesitamos sacarnos de encima y mostrar a plena luz, para no asfixiarnos con ellos adentro y para que nuestra vida nos parezca más vivible. Somos nosotros, no los libros, los que, en el secreto de nuestra intimidad, prohijamos aquellos deseos locos y sueños excesivos, a veces ignominiosos, que llenan de fiebre y espanto ciertas historias literarias (…) Los seres humanos estamos dotados de una imaginación y unos deseos que nos exigen vivir más, y mejor o peor de lo que vivimos, pero, en todo caso, de una manera distinta –más intensa, más temeraria, más insana- a aquella que la suerte nos deparó. La literatura nació para que esa imposibilidad fuera posible, para que, gracias a la ficción, viviéramos todo aquello que las limitaciones y prohibiciones de la vida real nos impiden vivir…
Reinaldo Arenas haría suyas esas palabras porque a la larga su vida no fue expresión de otra cosa sino del ejercicio de una libertad sin límites aún dentro de las limitaciones extremas de una dictadura totalitaria que impone aún un modelo de hombre –nótese que críticos como Guevara nunca hablan de “la mujer nueva”, por cierto- caracterizado por su virilidad a toda prueba, que rechaza con asco cualquier “degeneración y depravación” que no responda a su esquema único y excluyente. El supermacho caribeño tendría pues que oponerse punto por punto con el hombre Arenas. Y él asumió esta batalla con toda la irreverencia que le era posible, llevando su burla atroz hasta el mismo objeto de sus obsesiones. En una carta escrita por Reinaldo el 9 de abril de 1983 a Gabriel García Márquez, casi tres años después de haber logrado escapar de Cuba por la estampida del Mariel (junto con 120 mil cubanos más: el éxodo más nutrido de la historia de todos los tiempos) le dice:
Señor Gabriel García Márquez,
Condesa de Macondo,
Palacio Presidencial
Bogotá, Colombia.Respetable fabulista:
Numerosos escritores allegados a su persona me han informado lo que gracias a usted es ya vox populi; que su amigo íntimo, el señor Fidel Castro, le comunicó que yo me había ido de Cuba por problemas absolutamente personales y que para ilustrar esta información sacó de su amplio pecho y le mostró a usted una carta de amor dirigida a él y firmada por mí… De ninguna manera pretendo desmentir aquí la existencia de esa carta comentada internacionalmente por usted. Todo lo contrario: la carta existe y fue entregada por mí a los agentes del Ministerio del Interior de Cuba, como salvoconducto para obtener mi salida del país. Como evidentemente las relaciones de usted con la policía secreta de Cuba son muy estrechas, quizá podría usted mismo enviarme una fotocopia de dicha carta para insertarla en el libro que estoy preparando. De esta manera, al aparecer la carta publicada en varios países, se ahorraría usted la tarea encomendada por su comandante. De lo contrario, y por su culpa, me veré precisado a reconstruir de memoria aquel texto, reconstrucción que, naturalmente, carecerá del ímpetu y la pasión del original. Así pues, como el excelente periodista que ha sido usted, le ruego no prive a los lectores de dicho documento.
Sin más, atentamente,
Reinaldo Arenas
Como anunciaba, una versión de esa carta original se publicó en El color del verano, donde entre otros atisbos, Arenas pronosticó algo que cada día parece no sólo más verosímil sino posible y aún cercanísimo: la hecatombe final de Castro y su gobierno; el líder en la tribuna en pleno ataque de locura senil confesando a todo el mundo su reprimido homosexualismo que lo hizo perseguir y encarcelar, por pura envidia y deseos de acabar con sus posibles competidores, con cuanto gay se le atravesara. El progresivo deterioro de las facultades mentales del dictador brindan el escenario apropiado para que esta profecía de Reinaldo se convierta en realidad para asombro universal y, aunque así no ocurriera, basta que ya esté en la literatura de Arenas para que exista ya en la memoria colectiva de los lectores.
No es casual entonces que cuando en 1986 organiza los materiales diversos –artículos, ensayos, poemas y cartas- que forman su libro Necesidad de libertad, colocó como pórtico estas palabras: “Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad: más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez”. Y son palabras no de Reinaldo, sino de Jorge Luis Borges. Y es en este libro donde define su concepto de libertad: “Libertad es decir ‘sí’ o ‘no’ cuando y cada vez que nos dé la gana; libertad es poder decir ‘me voy o me quedo’ cuando y cada vez que nos dé la gana. Libertad es poder decir y escribir lo que se nos ocurra sin tener que autocensurarnos y luego siempre contritos, someter el manuscrito a una comisión de altos funcionarios que nos mirarán con caras de perdonavidas…”
Precisamente hoy, en estos momentos en que me escuchan, padecen prisión miles de personas en Cuba por el mismo delito que cometió Reinaldo Arenas: el delito de opinión, así tipificado en las leyes del país. Claro está, y esto es la mejor muestra, que algo puede ser legal y no ser justo. Así pues, es mucho más importante la justicia que la legalidad y a ella apeló durante toda su vida con cada uno de sus actos febriles y alucinados y cada rasgo de su escritura atormentada y profética. La dictadura le hizo tanto daño que, en ocasiones, hasta le agrió el estilo. Y era el hombre que ante un cuadro sugestivo también podía bordar renglones como estos:
Hombro con hombro, hombre y alondra, en el asombro y en la penumbra. Hambre de hembras de la Alhambra que lo atolondran, urgen la alondra; de umbríos hombres de las tundras de Coimbra al hombre. Y en la urdimbre de ese estambre, el hombre en jaula de alambre, la alondra amando a Casandra, los dos en frágil balandra, confunden sus timbres, se acalambran y hunden…
Pero era también el escritor del grito insultante, de la dentellada implacable, del salivazo venenoso, de la carcajada vitriólica, de la sangre y el semen fecundantes.
La evocación de un hombre como Reinaldo Arenas impone en este momento preciso una insoslayable reflexión: su odisea, iniciada desde la infancia, lo llevó a la cárcel, a la tortura, a la persecución, al silenciamiento, al destierro, a ser borrado de la memoria oficial. Todo eso da muestra de su eficacia al enfrentar desde formas de una contracultura militante y auténtica a una cultura oficial represiva y castrante, reguladora incluso de sus preferencias sexuales, pero sobre todo por el delito de atreverse a sentir en libertad, de pensar en libertad y de escribir en libertad. Son pecados que el poder de la isla no puede ni quiere perdonar y por idénticos pecados hoy el lugar de Reinaldo Arenas en las cárceles cubanas de las que fue peregrino, está ocupado por otros que como él levantan con dignidad su cabeza y se niegan a asentir donde muchos aún se inclinan sumisos y miedosos. Miles de presos políticos padecen hoy en los calabozos cubanos, como padeció también Reinaldo, y oyen en la madrugada, como él los oyó, los ecos de las balas que matan a los condenados por una ley ciega e incuestionable, absurda y todopoderosa. A estos miles se suman en fecha reciente 75 escritores, periodistas, intelectuales, condenados en juicios sumarísimos -¿hay otra forma de juicios en Cuba hoy?- a un total de mil 454 años de prisión. Esa cifra debe retumbar dolorosa y terriblemente en cada mente que aspire a pensar con libertad. Mil 454 años. Entre ellos una mujer, Martha Beatriz Roque, economista. Un poeta enorme como Raúl Rivero. Un narrador extraordinario como Manuel Vázquez Portal. Todos hermanos de cárcel – ¡ah, cómo hermana la cárcel!- de Reinaldo Arenas.
Cuando el 20 de marzo pasado los esbirros fueron a tomar prisionero a Raúl Rivero en su minúsculo departamento del barrio de Centro Habana donde vivía con su madre de 85 años y su mujer, buscaron sobre todo terribles pruebas incriminadoras: los libros de Reinaldo Arenas. Claro que las encontraron. Y una máquina de escribir muy vieja: también se la llevaron, porque era muy peligrosa, por supuesto. Y al poeta lo arrearon por las escaleras abajo, hasta la calle. Todos los balcones de la cuadra, aunque cerrados, dejaban ver detrás de las persianas las miradas de espanto de los vecinos, ocultos hasta de ellos mismos. La madre, la anciana martirizada en el dolor de su misma sangre, se asomó al balcón para ver cómo metían a su hijo en la jaula y con todo el pecho abierto –como sólo una madre sabe abrirlo- gritó: “¡Abran paso: que ahí va un hombre!” La madre de Raúl Rivero es también la madre de Reinaldo Arenas. La de muchos.


