Ángela Romero-Astvaldsson es gallega y reside hace más de una década en Inglaterra. Doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Salamanca, ha publicado numerosos trabajos académicos de diversa índole incluidos dos libros de crítica literaria, uno sobre narrativa argentina de los 50 y otro sobre cuento panameño. En Islandia no hay árboles es su primera novela.
Según el sitio digital: megustaescribirlibros.com:
Gracias al conocimiento adquirido a través de sus viajes regulares a Islandia para visitar a su familia política y a numerosas lecturas sobre su historia y su literatura (sobre todo las sagas islandesas y el Nobel islandés Halldór Laxness), Ángela Romero-Astvaldsson escribe En Islandia no hay árboles. Según la autora, no fue hasta que Islandia le regaló (en forma de álbum personal del abuelo paterno de su marido islandés) la historia de la novela, que sintió que había llegado a sus manos algo que pugnaba por ser contado.
La soledad y, consustancial a ella, el amor como una de las experiencias vitales más profundas son los temas esenciales de la novela. La acción se desarrolla en un pueblo costero islandés en la primera década del siglo XX, pero a través del álbum del protagonista, la acción se traspone a otros parajes de la isla, a la capital Reikiavik y a escenarios aledaños, así como a otras épocas de la historia islandesa. Los protagonistas inmediatos son Einar y su esposa Guðrún, además de una oveja que tiene un rol simbólico, pero el paisaje islandés es sin duda también protagonista en tanto condicionante material y emocional.
Para Romero-Astvaldsson, su novela “ahonda en aspectos consustanciales a todos los seres humanos como son el amor, la honestidad, lealtad, la voluntad, la soledad, el vínculo emocional con las raíces, con los lugares de donde venimos.”, y en ese sentido repara “en los valores esenciales que nos configuran, que nos humanizan, nos dignifican y nos dan algún sentido, y no me parece que esté de más en el mundo actual realzarlos y tratar de reflexionar sobre ellos.” Igualmente, “la dimensión poética que la recorre aporta una manera diferente, misteriosa y profunda, de habitar en el mundo, y aspira a un tempo lento que trata de mediar en la locura cotidiana en que nos movemos.” Además, asegura que pondrá a los lectores “en contacto con un país muy particular como es Islandia, con su realidad cotidiana, su historia y sus costumbres” al relatarles “una historia vital en apariencia común, pero con vértices que la hacen extraordinaria, como todas lo son en alguna medida.”
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Ensayo de kvöldvaka1
Empezaremos diciendo que es recomendable que los interesados en conocer esta historia traten, en lugar de leerla con sus ojos, de saberla por boca ajena. Mejor si el elegido es un lector dedicado; naturalmente capacitado para la cadencia. Tanto mejor si se apresta a recitarla alzado, en postura erguida, para evitar que la voz tropiece con obstáculos, sobrevuele la conciencia de los oyentes, y termine por envolverlos, por arroparlos. Una postura que, si se hiciese necesario, favorecería la dramatización de los hechos recitados.
No dejaría de ser deseable que mientras tanto los oyentes se concentren en una tarea mecánica, maquinal, que no absorba su atención, que se requiere sana y entera para el seguimiento cabal de la historia. Tampoco que inclinen su cabeza como si orasen, olvidados de sí, sobre el tejido de una labor, el tallado de una madera informe que ya es recipiente o cuchara en la mente o el remendado de una prenda fatigada. Estas son algunas tareas posibles; hay infinitas. Lo que importa es que, ensimismada, su conciencia se irá empapando de las palabras que inundan el aire, hasta invadirla, hasta colmarla.
Es norma que la reunión se celebre al filo del ocaso, con el día amortajado; mientras la noche avanza con paso de gato, al aliento de la luz pestañeante y ajada de una vela; en esa hora mística en que los corazones laten al unísono y el ánimo se templa, se hace poroso.
No son necesarias más recomendaciones.
Semblanza del héroe
Hubo una vez un hombre erguido de sentidos nombrado Einar Jónsson y apodado el belfo.
Disfrutaba de la brisa marina, caricia salada que le recordaba al sabor del pescado seco que su padre le obsequiaba de niño para que fortaleciera sus endebles huesos, y del pálido sol de su país; su lugar.
De terquedad campesina, tenía la honda certeza de que esperar era cuestión de estilo.
Era dueño de esa luminosidad misteriosa que hace de la vida un esfuerzo imperativo.
Tenía el don de tocar las cosas con inmensa terneza, como si supiera de su enigma.
Con el tiempo, llegaron a incomodarle las motas que poblaron el dorso de sus manos, y trataba, cuando podía, de ocultarlas.
Le gustaba ir a la playa a ver caminar a los pájaros; y masticó con placer bestias del mar todos los años de su vida en los que fue pescador; y aún después.
Nunca salió de su país. Llevaba su tierra dentro. Solo le reprochaba la falta de árboles; de haberlos, su primogénito nunca hubiera muerto con los pulmones llenos de niebla en aquel agujero palpitante, como se lamentó cada uno de los días de su vida Guðrún. Aunque hubo un día de su vida en que alcanzó a ver árboles donde nunca hubiera querido.
Creía que escuchar era ayudar.
Nunca rezó.
Se adormilaba musitando rimas.
Leyó a Laxness2 desde sus inicios, aunque a veces le dolió.
La biografía de un hombre no se inicia el primer día de su vida, ni termina con el último. Empezamos a nacer muchos días antes de nuestra llegada.
Toda vida ha de ser vivida.
Einar Jónsson vivió la suya.
Como leeremos, a ella van trenzados los destinos, las esperanzas y alientos de otros.
Ésta es siquiera una parte ínfima, minúscula, de su historia.
Que nadie aguarde sucesos extraordinarios en estas páginas.
Y disculpen si tienen la impresión de que en ellas se consignan hechos menores o de poca, acaso ninguna, importancia.
1
El baile que se celebraba cada sábado de verano a la caída de la tarde en el hall de la iglesia de Stokkseyri era una de las pocas ocasiones de que disponían los muchachos locales para cortejar a las muchachas en flor. En esas horas cortas dedicadas a un medido asueto, éstas se corporeizaban hasta semejar seres reales; no meros deslumbramientos con forma de nube, como algunos soñaban.
Einar aprovechaba el espeso transcurrir de la semana para adiestrarse, mental y corporalmente, de cara al ansiado encuentro sabatino. Durante la fugaz primavera islandesa se servía de su escuálido descanso entre el abonado de la tierra y el cuidado de los corderos que habían nacido en mayo, para tumbarse boca arriba, con la espalda incrustada en la cama mullida del pasto, mascando lenta y concentradamente harðfiskur3, e ir encajando las formas inauditas de las desvaídas nubes en un cuerpo de mujer. Una geometría ignota a sus veinte años recién cumplidos. Cuando el cielo estaba despojado de ellas, o se hacinaban en un aborregado amasijo que dificultaba fabular con sus siluetas, se entretenía inventándolas. A continuación cerraba los ojos, los mantenía fuertemente apretados hasta que le dolían, y al abrirlos comprobaba aliviado que su invención seguía ahí; sin disiparse.
Con apenas dieciséis años, cuando el cuerpo se le espigó de la noche a la mañana y se difuminaron las redondeces de la infancia, había empezado a trabajar cada verano en una granja local de tamaño mediano quince kilómetros al oeste de su pueblo, Stokkseyri, a cambio de una cantidad que más que un sueldo era mera propina. El pago era lo de menos. Lo adiestraba para la vida, lo alentaba su padre, que de eso sabía mucho; o todo. Era la alternativa más a mano, la que se toma sin necesidad de pensar. Y le gustó. Desde los primeros días supo que había encontrado su recodo en el mundo. El aviso le llegó cuando al llegar la noche, y a pesar del cuerpo macerado, no conseguía alcanzar el sueño. Un hormigueo en el centro del corazón se lo impedía.
Fraguó en ritual.
Cada finales de abril abandonaba la casa familiar con un hatillo anidado bajo el brazo y regresaba a mediados de septiembre. Partía con el corazón ansioso y las piernas ligeras. Regresaba más alto, más flaco, orlado por un halo cobrizo en las sienes y las mejillas; silencioso y nostálgico; lejano y misterioso. Se resignaba a aguardar la nueva partida. Nunca se le figuró un esfuerzo, menos una obligación; la avanzaba con ilusión y esperanza. Lo hacía sentirse fuerte, capaz, pleno. Lo justificaba.
En los meses de verano el trabajo en Stóra Holt era intensivo y había que redoblar fuerzas. Pura cabalgata de faenas, de empeños que se hacinaban sin dar respiro. Apremiaba cortar el pasto, secarlo y transportarlo a la granja a lomos de caballo para almacenarlo de cara a los rigores del invierno. No eran pocas las ocasiones en que la escasez de pasto rico en los campos vecinos obligaba a desplazarse a los páramos, cercanos y lejanos, con el fin de recolectar pasto salvaje y suficientemente nutritivo para saciar a conciencia a las vacas y a las ovejas. En el mes de junio las ovejas eran guiadas a las montañas donde permanecían hasta mediados de septiembre. El viaje a caballo para traerlas de vuelta era de al menos siete jornadas, y a Einar se le revelaba la empresa de mayor trascendencia que había desempeñado en su vida hasta ese momento. El patrón había dado muestra de confianza en él recién cumplidos los veinte, y lo había enviado con dos jóvenes de las granjas vecinas que colaboraban en el trabajo por turnos de la traída del ganado. Puesto que era el menos experimentado de la expedición, antes de la partida le reconvino sobre la necesidad de recuperar todos los animales que llevaran la mordida distintiva marca de la casa tras las orejas, y devolverlos, sanos y salvos, a la granja. Uno solo que faltase, la operación se consideraba fallida. El hecho de que lo acompañara Smali, el perro ovejero de la granja, animal instintivo y ágil, lo confortaba pues, hasta donde el patrón sabía, ninguna oveja era capaz de sustraerse al olfato vigilante e inquisitivo del can. Además, la suya era siempre una amable compañía; con las orejas erectas y su andar de cadencia bailonga el animal se hacía querer.
Los días y las noches en la montaña fueron una revelación sin límites para Einar. Desde niño se había sentido aferrado a su lugar de nacimiento, plantado con hondas raíces sobre la tierra cuarteada, herida, abrasada por el fuego que ardía sin tregua en sus entrañas, de esa isla, y el recién estrenado trayecto le valió para ratificarse en lo que sabía con la más absoluta de las certezas: ese pedazo de tierra acodado en el Polo Norte, remoto e inhóspito para otros, cercano e íntimo para él, era el lugar en el que quería gastar su existencia; fuese ésta duradera o efímera. No había otro merecedor.
A estas alturas de su vida, con apenas dos décadas a sus tiernas espaldas, se sentía un hombre de pies a cabeza; lo era, de hecho. Pero ni siquiera cuando fue más mayor y acumuló más experiencia supo a qué se referían, qué querían decir, los que se quejaban, con el tono retraído y velado con que se nombra lo que da miedo, de “estar en un rincón del mundo;” “a la deriva;” era otra variante; “lejos de Dios,” o “ignorados por un Dios indolente,” se desahogaban los menos píos. De lo que estuvo ya por entonces seguro era de que él no se sentía solo, mucho menos abandonado, sobre esa porción orillada del mundo. Muy al contrario, cuando fue capaz de analizarlo detenidamente, aprendió que esa lejanía le provocaba una gratificante sensación en las raíces del corazón. No podía saber entonces que con el andar de los años se le prendería secretamente en el ánimo la posibilidad de que la isla, que según los antiguos distaba seis días de navegación de Inglaterra, no hubiese sido descubierta, sabida, pisada por alma alguna. Que ni siquiera el noruego Ingólfur Árnarson, considerado históricamente el primer colonizador porque en 870 llegó con su familia, esclavos, animales, comida, y toda clase de enseres y útiles prácticos a instalarse rampante en su suelo, a beber su aire cristalino como si siempre hubiera sido suyo, ni él, ni ningún otro, debió haber puesto jamás un pie sobre su isla. En todo caso, de haberlos, los moradores legítimos serían los monjes irlandeses que la habían utilizado cien años antes del estrepitoso desembarco del noruego de barba alborotada como una ermita, en la que solo había lugar para el silencio y el recogimiento. Ellos fueron, a su juicio, los únicos que supieron apreciarla como un recodo, un vértice, a veces tierna comisura, privilegiado del mundo. Ojalá la llegada de esos hombres callados no hubiese sido esporádica; ojalá no hubieran tenido que salir huyendo antes de que los expulsaran por la fuerza los hombres atronadores llegados del este. Éste fue el pensamiento que Einar degustó, a veces sin ser del todo consciente, perseverada y reservadamente a través de los años. Pero no fue el único. Se guardó otro que le ardía en el centro de las entrañas desde no recordaba cuando. Pensarían que no estaba en sus cabales, sopesaba, cuando lo oyesen decir que le hubiese gustado ver la isla a espaldas de sí misma; antes de que nadie hubiese puesto un pie de cinco dedos sobre su suelo agrietado y ceniciento; cuando todavía se erguía sola, deshabitada, ancha, sabia, callada y libre.
Un silente paraíso tiznado.
Desconocía que un día dispondría de esa suerte.
Desde mediados de septiembre los trabajos en la granja se reducían al mínimo debido al paulatino endurecimiento del clima. Los quehaceres cotidianos, antes imperativos, se ralentizaban hasta morir, por lo que Einar se vio obligado a consumar otro ritual de subsistencia. Al igual que los demás hombres y muchachos empleados en granjas, labradores asalariados que no poseían tierra propia, o aquellos pequeños campesinos cuya porción de tierra era tan pequeña que no les llegaba para mantenerse, tuvo que compaginarlo con las salidas al mar. Pero, ni siquiera la exigencia de ganarse el sustento impedía que, sin poder evitarlo, se sintiese culpable del circunstancial abandono del suelo cobrizo y negro.
Tierra y agua.
Como vivir dos vidas.
O una.
Bifurcada.
Fotografiarse con las mujeres que amaba o con las más guapas y alegres del baile llegó a ser un gesto natural en él a medida que entraba en la vejez. Por eso pidió mantenerse también en esta ocasión de pie, erguido, a espaldas de sus tres hermanas, que permanecen sentadas. Su aspecto no se ha modificado un ápice del de otros retratos de la época, si bien en éste luce particularmente ufano, orgulloso. Escolta a sus mujeres. Y ellas no lo decepcionan. Se han vestido de domingo –tal vez él mismo se lo haya pedido– se han adornado con los collares adormilados a diario entre la ropa de cama y han despejado sus frentes anchas, un rasgo familiar unánime, con peinados recogidos en la nuca. Sólo la más anciana mira a la cámara. Lo hace con afán bondadoso, desprovisto de poses o certezas. Inga Jónsdóttir no cruza los brazos, los mantiene laxos a lo largo de su menudo cuerpo en tierno abandono, apenas su mano derecha permanece entrecerrada, síntoma de algún pudor, acaso. Sigdís, por el contrario, se aferra con una de sus manos al brazo de la silla, como si temiera tambalearse por el vaivén empecinado de un barco. Con la mirada lejana y achicada parece buscar un improbable faro en una más improbable lejanía oceánica.
La foto fue tomada, a buen seguro, en una blanquecina tarde de domingo de invierno. Éstas eran las que Einar dedicaba a visitar a sus parientes cuando ya estaba jubilado de todos los quehaceres que había desempeñado a lo largo y ancho de su vida, y su cuerpo desgastado no respondía al trabajo físico. Tomó la decisión entonces de visitar a sus hermanas, a sus hijos lo hacía cada día, al menos una vez a la semana por encima de cualquier eventualidad. No eligió los domingos. Fueron las tardes melancólicas y abisales del último día de la semana las que lo eligieron a él. Poco a poco, como sin querer, las visitas se fueron convirtiendo en un minucioso ritual que lo llenaba de fuerza por dentro y lo renovaba por fuera. Se bañaba, se afeitaba, ponía especial esmero en domar con agua de colonia el mechón rebelde del flequillo, se perfumaba abundantemente detrás de las orejas, se enfundaba su traje pulcro dedicado a las celebraciones y salía por la puerta; satisfecho y ágil. Se anunciaba haciendo tamborilear sus abultados nudillos sobre la puerta de entrada, con un soniquete que llegó a ser su carta de presentación. “Ya está aquí nuestro Einar. Puntual como un reloj suizo.” Lo aguardaban. Lo recibían con calidez y alegría, con someros abrazos, amplias sonrisas y una inacabable jarra de café negro e hirviente, como sabían le gustaba. Cuando, sin sentir, la visita a los cercanos trasmutó en hábito decidió ampliarla a los parientes más lejanos. Pidió ayuda en la abultada empresa a su hermana mayor. Sabía que ella atesoraba un precioso volumen encuadernado en pastas duras de color granate llamado Bergs ætt, el libro de La familia de Bergur, nombre del fundador de la misma hacía dos centenas de años. Su composición se debía a la altruista dedicación de un pariente amante de la historia nacional cuya rama familiar continuaba preservando el nombre del progenitor. Einar envidiaba el placer que ese hombre debió sentir a medida que el libro crecía entre sus manos y bajo sus ojos. Las últimas incorporaciones generacionales se anexaban en un libro de menor grosor que aspiraba a un aspecto parejo al de su orondo gemelo, si bien, carecía todavía de la dignidad que la pátina temporal había depositado sobre el primero. En las páginas de ambos se ordenaban en riguroso listado todos y cada uno de los nombres del clan familiar; su lugar de procedencia natal, y las que habían sido, o todavía eran, sus ocupaciones vitales.
No había árbol con ramas más frondosas, pensaba Einar.
Se ajustó las gafas, adelantó su dedo índice y repasó parsimonioso el nombre y el lugar en que vivían aquellos que entre él y su hermana, con las cabezas inclinadas, como orando, sobre el papel amarillento, identificaban como consanguíneos aún vivos. Una vez localizados, Einar se tomó el tiempo de anotarlos a lápiz en el envés de un trozo de cartón desgarrado de lo que había sido una caja de galletas de vainilla. Los dibujó minucioso, repasando cada una de las letras para darles espesor, relevancia. Cada vez que terminaba uno, lo contemplaba con los ojos entornados, y una leve sonrisa esquinada, fugaz, precisa.
Sigga se fatigaba con sólo imaginar los desplazamientos que su hermano se imponía a su edad: “Tendrás que recorrer media isla, de norte a sur… toda menos el centro en el que no hay gente, pero lo demás… vaya ocurrencia… pues, si vamos al caso, todos somos familia en este país, primos o medio primos como poco.” Sigga no le decía nada que él no supiera. Le agradecía su fraternal preocupación de corazón para adentro, pero no dejaba de mostrarse felizmente resignado a esa amplia parentela: “Si no hay otro remedio…, poco se puede hacer, pero, no te inquietes, hermana, hay que confiar en las propias fuerza mientras uno esté vivo, mientras respire y le respondan las piernas, y en este caso, más que en otros, merece la pena moverlas… vaya si merece… todo sea por verles a todos ellos la cara, por conversar no importa de qué…, aunque uno se desgaste un poco más… ¡qué importa! Todos vamos al fin hacia la ruina.” Pero Sigga no cejaba cuando se trataba de preservar a su hermano querido: “Tus huesos ya no están para corretear de un lado a otro, Einar minn4, has trabajado mucho y bien, pero esos tiempos ya pasaron y no volverán… ahora solo queda estar tranquilo, quieto, sosegado.” Sabedora de que no iba a conseguir a estas alturas doblegar la terquedad natural de su hermano más querido, concluía lacónica: “Con este frío todo se quiebra, y uno ya se desbarata del todo.” Einar trataba de confortarla: “No te inquietes, Sigga, no iré antes de la primavera, es la mejor época, con el sol la gente te recibe como un regalo.”
A Sigga lo que le parecía un regalo de la vida era tener un hermano tan cálido, tan noble, tan tierno, tan luminoso, un ser bienpensante por naturaleza. Y aunque en las últimas décadas, desde los abandonos, una sombra larga se le había agazapado sobre la frente, siempre buscaba y encontraba un motivo para ahuyentarla con una sonrisa pícara que desarmaba cualquier abatimiento o desesperanza.
Y más cuando estaba junto a sus hermanas.
A su lado no había desabrigo posible.