"Los literatos me veían como un advenedizo"

Entrevista con el escritor cubano Félix J. Fojo

Armando Nuviola

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Félix J. Fojo nació en La Habana, Cuba, en octubre de 1946. Es escritor, médico y apasionado de la historia de Cuba y Estados Unidos. Fue profesor de la Cátedra de Cirugía en la Universidad de La Habana. Desde hace muchos años reside entre EE.UU. y Puerto Rico. Entre sus publicaciones destacan: Caos, leyes raras y otras historias de la ciencia, No preguntes por ellos, De médicos, poetas y locos y su más reciente libro, El corso me decían.

 

¿Desde cuándo escribes, Fojo?

felix-j-fojo-entrevista-otrolunes44-2Desde la adolescencia, y de eso hace mucho tiempo, créeme. Pero la literatura: un poco de poesía, algunos cuentos, narraciones infantiles, ideas inconclusas para novelas, crónicas históricas, etc., se mantuvieron por años en un segundo plano pues las publicaciones científicas, específicamente las médicas, ocupaban siempre, y por mucho, el primer lugar. Era muy productivo desde el punto de vista investigativo ─me refiero a las investigaciones clínicas y farmacológicas─, y se me daba muy bien cohesionar equipos de trabajo y coordinar publicaciones colectivas. Todavía citan, de vez en cuando, alguna que otra publicación científica en la que participé (maravillas de Google). Lo que nunca dejé de hacer, incluso, aunque las condiciones no se prestaran, fue leer. Fui de aquellos lectores cubanos que tenían que devorar Papillon o El Chacal, por poner dos ejemplos, en una noche (había que devolverlos sin remedio al día siguiente para que nos prestaran otros) y eso me dejó como a tantos cubanos un hábito que sigue ahí, intacto. No solo somos un pueblo que lee (hay excepciones, por supuesto), sino que leemos con hambre. Lo que no quiere decir que todo lo que leamos ─lo mismo pasa con la comida─ sea bueno.

 

Pero ganaste algunos premios literarios antes de cumplir los treinta años…

Sí, es cierto. En algún momento me decidí a presentar algunas narraciones y pequeñas biografías de figuras de la ciencia pensadas para los niños, en el Concurso La Edad de Oro, allá en Cuba, y gané dos primeros premios en años sucesivos. Después, ya tenía un poco más de treinta años, gané una mención en el premio de Casa de las Américas y el premio al Mejor Libro del Año de la Academia de Ciencias de Cuba con una biografía bien documentada y analítica de Carlos J. Fínlay. Era un recorrido por la obra científica de un hombre, pero también por la vida y avatares de ese mismo hombre en sus circunstancias reales. Pero todo eso es historia antigua. Lo más interesante es que mis compañeros médicos se asombraban de que yo dedicara algunas horas de mi poquísimo descanso a algo tan «raro» como la literatura. Ten en cuenta que en ese tiempo yo era el secretario del Consejo Científico del Ministerio de Salud de Cuba y, además de publicar en varias revistas médicas nacionales y extranjeras, coordinaba en parte el libro de texto de la Facultad de Cirugía, sin dejar de hacer mi trabajo de médico especialista a tiempo completo y cumplir mis funciones de profesor universitario. En realidad dormía bastante poco, pero eso puede hacerse cuando se es muy joven y a uno le gusta lo que hace.

 

A ver si entiendo. ¿Los médicos te veían solo como médico y los literatos solo como literato?

No, exactamente. Los médicos pensaban que yo estaba un poco chiflado con eso de la literatura y los literatos me veían como un advenedizo. Uno de esos «doctores» que se acercan a la literatura, porque no tienen nada mejor que hacer. Las frases típicas que me endilgaban todo el tiempo eran más o menos de este tenor: «Fojo, no pierdas tiempo con esos libritos para niños que tú eres muy bueno como investigador». O, «La literatura no da nada, mi hermano, y menos a ti, que lo tienes todo en la ciencia». Todavía me acuerdo de un personaje importante de la UNEAC (no sé que ha sido de él) que con mucho misterio me comentó en una ocasión que era más fácil viajar al extranjero haciendo una sola cosa que no dos. En este caso, me dijo en voz baja, la multiplicidad no suma, sino que resta. Así eran las cosas y no me gustaban.

 

felix-j-fojo-entrevista-otrolunes44-4¿Qué les contestabas?

Te reconozco que a veces me daba un poco de pena defender mi interés por la literatura, máxime cuando sabía muy bien que tenía muy marcados los límites de la autocensura en cuanto a la selección de los temas a tratar y la forma de enfocarlos. Premiaron mi libro sobre Finlay porque de verdad que contenía una investigación muy sólida (tuve acceso a documentos de la época y una amable colaboración por parte de algunos miembros del Museo de la Academia de Ciencias Físicas y Naturales de La Habana), pero ciertos funcionarios me comentaron que me había excedido en la descripción de las buenas relaciones de Finlay con los norteamericanos (Finlay se hizo médico en los Estados Unidos). Lo cierto es que el libro tuvo una tirada mínima y solamente para instituciones (mi único ejemplar desapareció en una permuta después que yo me fui de Cuba). Andando el tiempo tuve un encontronazo con la Seguridad del Estado y el dichoso libro de Finlay se convirtió en otro problema, uno más. Pero en fin, ya te dije que todo eso es historia antigua.

 

¿Y entonces viniste a los Estados Unidos?

Sí, y llevo aquí alrededor de veinticinco años. En realidad parte aquí, en Miami, y parte en Puerto Rico, donde trabajo y además edito con varios profesionales amigos, una revista médica, la Revista Galenus, que ha ido ganando cada vez más prestigio y se lee ya en un montón de países. Aspiramos a convertirla en la Revista Iberoamericana de Ciencias Médicas, una plataforma de publicación para médicos jóvenes (y no tan jóvenes). Caminamos con entusiasmo hacia eso y te cuento que ya publicamos trabajos, muy buenos, por cierto, de médicos que viven en Cuba.

 

¿Y haces literatura en esa revista?

Un poco, sí. Escribo una sección fija, mensual, que asocia la literatura (y el cine, que me gusta mucho) con la historia de la medicina. La denominamos La Torre de Marfil, pero de eso tiene muy poco pues a veces nos metemos en temas bastante mundanos o espinosos.

 

Al tiempo que escribes novelas.

Sí, pero eso también tiene su historia. Siempre quise escribir novelas, pero de ninguna manera me las iban a publicar en Cuba. Y los primeros años acá tuve que dedicarlos a revalidar mi profesión, a ganarme los chavos, como dicen los boricuas, y ayudar en lo posible a mi familia a asentarse aquí. No era el momento. Pero los temas y las ideas se iban acumulando en mi cabeza (y en mi archivo) esperando su momento. Y ese momento creo que ha llegado. Ahí tienes No preguntes por ellos ya publicada y El Corso me decían que acaba de salir bajo el sello editorial Unos y Otros. Y por supuesto, ya está cocinándose la siguiente.

 

¿No pareces padecer del problema de la hoja de papel en blanco?

Al contrario. Padezco del susto de que el tiempo se me acabe para escribir todo lo que quiero contar.

 

felix-j-fojo-entrevista-otrolunes44-5Me parece notar que hay una cierta relación argumental entre esas novelas.

La hay. Verás. Te decía que mis novelas no las iban a publicar en Cuba y la razón es muy simple: siempre quise contar la historia del país donde nací partiendo de hechos y personajes reales, pero contando los hechos como yo creo que ocurrieron, no como me han querido imponer que fueron, y eso incluye todas las partes interesadas. No me gusta la hagiografía (no creo en los “perfectos” ni en los santos) y tampoco me gusta la propaganda pseudoliteraria. Te pongo un ejemplo muy simple, un hombre valiente puede pelear en el lado equivocado y un cobarde puede estar en el lado correcto. Pero la cosa se complica cuando el tiempo pasa y por la razón que sea el valiente y el cobarde se cambian de bando. ¿Siguen siendo un valiente y un cobarde independientemente del bando en que estén? Yo creo que sí y así es como quiero contar mis historias. Pues bien, aclarado este punto, te cuento que estoy intentando escribir una trilogía sobre la historia de Cuba en los últimos sesenta años y la proyección de esa historia en el resto del planeta. Nos guste o no, los cubanos estuvieron (estuvimos) implicados en un acontecimiento que pudo haber acabado con la Tierra: la Crisis de Octubre. Estuvieron implicados en guerras en África en las que incluso había cubanos en los dos lados, como en el Congo. Tuvieron que ver con movimientos políticos, con guerrillas y con actos terroristas en casi cualquier lugar del mundo y hasta de cierta manera, la proyección cubana tuvo que ver con el denominado Boom Literario Latinoamericano, por mencionar algo que no tuvo características militares. Esas historias hay que contarlas, novelarlas, para hablar con propiedad, pero sin ataduras ideológicas estrechas. Me fascina caminar por el cementerio de Arlington, en Washington, y ver la bandera confederada ondear sobre las tumbas de los soldados sureños muertos en la Guerra Civil, o sea, la bandera del enemigo. ¿Veremos algo así algún día en Cuba? No lo sé y además, lo dudo. Pero por lo menos yo veo mi literatura así.

 

De acuerdo, pero es difícil luchar contra los lugares comunes y los tópicos, y esas historias de las que hablas están saturadas de ellos.

Sin la menor duda, pero ya es tiempo de comenzar a contar la realidad, digamos que comenzar a despejar la atmósfera. Te pongo un ejemplo, en la novela El Corso me decían entro en la historia de los hombres que hicieron posible ese fenómeno llamado Revolución Cubana. Y al hacerlo, me di cuenta de que la mayoría de ellos no fueron ni pobres, ni proletarios, ni negros, ni viejos militantes comunistas, sino todo lo contrario; eran mayormente profesionales, clase media y alta, gente «leida y escribida», incluso niños bien, bitonguitos de familias adineradas, básicamente, así eran los que fundaron y solidificaron los organismos más represivos de esa Revolución. Por supuesto que apelaron a los viejos comunistas y el KGB y a la Stassi para aprender de ellos (a veces hasta superarlos), pero pocos de esos viejos comunistas llegaron al generalato. La historia del ejército cubano es algo diferente, pero no demasiado diferente. Otro asunto a estudiar sería el de la relación amor/odio con los Estados Unidos, una relación que se proyecta más allá de las costas de la isla. En una palabra, que cuando se mira bien se descubre, es mi opinión, que es cierto aquello de que no hay peor astilla que la del mismo palo. Y ni que decirte de la democracia; yo creo que la democracia, es un lujo y no sé si nosotros estamos preparados para poseerlo, es más, ni tan siquiera estoy muy seguro de que nos guste lo suficiente.

 

felix-j-fojo-entrevista-otrolunes44-6¿Intentas entonces publicar tres novelas sobre el mismo tema?

Intento repasar la historia de tres generaciones. Tres generaciones que se vieron envueltas en sucesos que las rebasaron de una manera escandalosa. La generación que por acción u omisión nos trajo, y por qué no, nos impuso todo lo que vino después. Luego la generación que consolidó/combatió el fenómeno, empleando casi siempre los peores métodos. Y después la generación que salió de todo eso, con las virtudes y defectos que todos conocemos y que casi siempre criticamos. Pensándolo bien, quizá valdría la pena ir a una cuarta novela para repasar la generación del siglo XXI. Pero aquí te apunto que no me interesa repetir, una vez más, la bastante gastada poética de las ruinas y de las jineteras. Creo que esos fenómenos existen, están a la vista, pero hay muchas otras cosas, allá y aquí, que merecen explorarse. Nadie ha podido explicarme por qué esta situación ha durado sesenta años, y si le sumas Batista, el gangsterismo, Machado y los otros generales mambises que torcieron la República, pues ha durado toda la vida. En la medicina, no olvides que yo vengo de ella, uno aprende a ir a la raíz lejana de los problemas (la genética) y creo que la historia tiene su (genética) propia. Cuando yo le pregunto a un paciente si sus padres y abuelos eran diabéticos no lo estoy ofendiendo, al contrario, solo estoy buscando mejorar mi diagnóstico y así lograr un mejor y más eficaz tratamiento. ¿Pasaría lo mismo si yo le preguntara a alguien si sus padres y sus abuelos practicaban la tolerancia y la democracia? Sería interesante hacer la prueba, pero con alguien que no se ponga bravo. ¿Conoces a algún cubano así?

 

Cambiemos de tema. ¿Escribes rápido?

Soy disciplinado y tengo hábitos de trabajo duro. Pero ten en cuenta que llevo años madurando y masticando estas historias. Y es ahora o nunca.

 

He visto artículos, crónicas y ensayos tuyos en varios periódicos, revistas y blogs.

El ensayo breve es mi manera de descansar del rigor de la novela. Cultivo un tipo de ensayo en el que relaciono la ciencia, sobre todo la medicina, con la literatura, las artes y la historia, y parece que tienen buena aceptación pues me invitan cada vez más a participar de diferentes publicaciones. Partiendo de estos ensayos ya he publicado un libro al que titulé De médicos, poetas, locos y los otros, que ha tenido buena aceptación. Son pequeñas digresiones sobre temas aparentemente intrascendentes como la barriga de Napoleón Bonaparte, por qué los arqueros ingleses estaban desnudos de la cintura para abajo durante la batalla de Azincourt, o de que murió en realidad la Niña de Guatemala. Disfruto esas investigaciones y disfruto narrar esas historias, a diferencia de la novela, que es un señor (y a veces aburrido) trabajo, sobre todo cuando se intenta penetrar en acontecimientos históricos mucho más trascendentes y totalizadores.

 

felix-j-fojo-entrevista-otrolunes44-3Pero eso requiere mucha investigación.

Por supuesto, pero ahí es donde entra mi archivo de curiosidades históricas. Voy guardando notas, artículos y reseñas de todo tipo que luego clasifico por temas y le añado sugerencias e ideas dirigidas a mí mismo. Te asombrarías del tamaño de ese archivo y de lo práctico que resulta, aunque reconozco que cualquier otra persona lo vería quizá como algo incoherente, una incoherencia que es solo aparente.

 

¿Has inventado un género literario con esos ensayos breves?

De ninguna manera. El género está inventado desde hace mucho tiempo, pero es verdad que no hay muchos ejemplos cubanos. En Cuba, la ciencia y la literatura nunca han tenido muchos puntos de contacto, y eso es lamentable.

 

¿No te parece que quien mucho abarca, poco aprieta y que una cosa interfiere con la otra?

Estás hablando el mismo lenguaje que mis colegas en Cuba. Salvando las distancias, te diré que Nabokov, que escribía literatura increíblemente bien en dos idiomas, era al mismo tiempo uno de los más reputados entomólogos a nivel mundial. Publiqué recientemente un trabajo sobre médicos escritores y descubrí, para mi sorpresa, que son muchos más de los que yo esperaba. Se pueden hacer las dos cosas si se es lo suficientemente disciplinado.

 

¿Y ahora qué prefieres, la medicina o la literatura?

Absolutamente, la literatura, pero la medicina ya está ahí y puede que de vez en cuando asome la oreja por alguna parte.

 

Pues mucha suerte, entonces.

Muchas gracias.