Walter Lingán nació en San Miguel de Pallaques (Perú). Desde 1982 reside en Colonia (Alemania). Estudió en la Universidad Nacional de San Marcos (Lima) y en la Universidad de Colonia. En Comas (Lima) participó en la fundación del periódico El Obrero y más tarde fundó Opinión Barrial. En 1993 aparece su primera novela Por un puñadito de sal (Trujillo), después Un pez en el ojo de la noche (Lima, 1996), El espanto enmudeció los sueños (Lima, 2010) y Koko Shijam, El libro andante del Marañón (Arequipa, 2014). Ha publicado los libros de cuentos Los tocadores de la pocaelipsis (León-España, 1996), La danza de la viuda negra (Lima, 2001 y 2008), Oigo bajo tu pie el humo de la locomotora / Ich höre un-ter deinem Fuß den Rauch der Lokomotive (Edición bilingüe alemán-español, Bonn, 2005), La ingeniosa muerte de Malena(Lima, 2010) y La mansión del shapi y otros cuentos (Lima, 2013).
Entre los diversos premios y reconocimientos literarios que ha recibido, se encuentran: Tercer puesto en Cuento de las mil palabras de la revista Caretas, Primer puesto en los Juegos Florales Josafat Roel Pineda, Primer puesto del Concurso internacional de cuento José María Arguedas (Francia), Primer y Segundo puesto del IV Concurso literario Voces del Chamamé (España) y Primer puesto del Concurso literario de cuento El Butacón (Alemania). Actualmente colabora con la revista alemana Ila (Bonn) y coordina la realización mensual de la Tertulia Literaria La Ambulante (TeLiLA) en Colonia.
4
Con una mano en el bolsillo apretaba, casi con ansias, los cinco billetes de veinte dólares y ocultaba a la vez ese defecto genético en mis manos por el cual siempre fui objeto de burla. Me llamaban: «Deditos», «Manos de plátano», «Sietededos». Esos cien dólares era todo el capital que llevaba encima. Fue reunido entre algunos parientes quienes me lo entregaron en el aeropuerto. Diciendo dijeron: «para que no llegues misio a las alemanias». Una de mis tías repitió su frase favorita: «Seremos pobres, pero que no se note». En esos tiempos había dos alemanias. La República Democrática de Alemania, la comunista, la roja y pecadora, la rochosa, la mala de la historia, a la que logré visitar una vez antes de la caída del muro de Berlín y la República Federal Alemana, la capitalista, la buena, la chévere, la pajita, la pulenta, la pija, la pituca, a donde había llegado. Igual que Raymundo Herrera, el personaje real-fabuloso de El jinete insomne de Manuel Scorza, así me sentí caminando en ese mundo fabuloso-real de gentes masticando lenguas raras y aviones que no dejaban de aterrizar vomitando gente y maletas sin cesar, hasta que alcanzamos la calle.
5
Apenas di un paso fuera del recinto climatizado del aeropuerto casi me quedo paralizado por el frío. Se entumecieron mis piernas y las manos se me agarrotaron. La boca se tronchó en una mueca parecida a la que Pablo Picasso, con su habilidad de colores y formas poéticas, ha sabido inmortalizar en sus cua dros. Mis labios manteniendo una rigidez absurda se negaron a moverse, a decir esta boca es mía. La quijada, pegada tercamente al maxilar superior, impedía que la lengua, hecha un nudo, intentara desatarse para pronunciar: «¡Qué frío, ay, Je sús!». El estacionamiento de autos, el Parkhaus, era otra gigantesca maraña, casi tan grande como el aeropuerto. Una infinidad de autos de los más diversos modelos, colores y tamaños se alineaba en perfecta formación militar como descansando después de los enormes trajines. Hasta ahora cuando ingreso a tales establecimientos en busca de un auto, me siento perdido, desolado. Admiro mortalmente a Celena, que tuvo el coraje de mantenerme más tiempo a su lado, pues ella ingresaba, supongo que sigue ingresando, al Parkhaus y sin dudas iba al piso correcto y a la fila exacta en donde se encontraba el auto. Yo la seguía en silencio, pensando nada más que en las noches de gloria con ella.
6
Esa mañana, mientras nos alejábamos del aeropuerto de Francfort del Meno, cuando menos lo esperaba, descubrí una suave pelambrera cubriendo el dorso de mis manos y unas uñas, casi transparentes, prologando la delgadez de mis dedos. Estiré las mangas de mi chompa y escondí rápidamente esa extraña visión. Temblé entremoniado por un terror desconocido, por esa escalofriante imagen. Minutos después, disimuladamente, miré mis manos y todo seguía en la más cotidiana normalidad. Quizás solo fueron efectos del cansancio o del frío. Quien sabe el cambio radical del clima me hizo ver cosas que no existían. Alucinaciones. Nervioso, preocupado, mi ré al joven rubio, alto y de ojos azules y, ¡oh, locura!, solo vi la cabeza de una res y al hablarme escuché un ¡muuu…!, largo y prolongado. En una exhalarrastración cerré los ojos para borrar ese delirio visual y muy despacio volví a mirar al conductor. Todo estaba en orden y tan solo me hablaba en alemán, en ese endiablado y complicado idioma. Esa fue la primera vez que pensando en la Metamorfosis de Franz Kakfa recliné la cabeza en el asiento del auto y me adormecí levemente, aunque no pude entregarme al sueño.
7
Más de cuatro horas —quizás fueron cinco o seis— viajamos en absoluto silencio. Yo iba rumiando mis recuerdos y el miedo por esa repentina aparición en mis manos defectuosas. Acostumbrado a vivir ocultando la deformidad de mis extremidades, no fue ningún esfuerzo disimular esa extraña visión. El chofer, concentrado en la carretera, no se percató de mis temores, de mis temblores. Las autopistas de tres carriles de ida y tres de vuelta estaban abarrotadas por autos y grandes camiones. Una larga marcha de rezongonas máquinas. Una enorme y nutrida procesión de vehículos escoltada por extensos murallones de árboles en cuyas ramas peladas dormía la impecable blancura de la nieve. Al comienzo íbamos a unos ochenta kilómetros por hora y daba la sensación que íbamos resbalando sobre el mullido lomo de Casiopea. A ratos veía enormes letreros anunciando nombres extraños que hacían tartamudear a mi lengua cuando intentaba mentalmente pronunciarlos. El más fácil fue: Ausfahrt.
Obscenamente occiso
1
Como tú ya sabes, Michaela, se acaba mi tiempo, me quedan algunas semanas, quizás solo unos días. Las mutaciones han desgastado mi organismo, lo han ido destruyendo por dentro. A ti te consta que mis treinta años más los cuarenta de experiencia, o sea, mis setenta años, los he vivido con pletórica pluralidad, sin desdeñar nada en el amor. Mi enclenque humanidad o animalidad, querida Michaela, se va terminando. Llegado el momento será Annemarie quien tenga el penoso deber de comunicarles mi sensible fallecimiento predestinado para un domingo de abril, a mediodía y a pleno sol, y en circunstancias morbosas, retorcidas. Y te digo que será en abril, será un domingo y será a pleno sol, porque ya la parca lo tiene anotado en su agenda, y ella no falla, te lo recuerdo para que no mancilles los recuerdos, para que no olvides los detalles. La llamada justicia y su gendarmería tendrán entonces una enojosa tarea al tratar de explicar los hechos obscenos, indecentes. Te agradezco, Michaela, ese tu terco amor que te ha mantenido siempre a mi lado. Creí que nuestro hijo iba a encadenarte a mí, pero más bien te amplió la libertad que supiste cuidarla a rajatabla. En mi calidad de implicado, pues yo pongo el muerto, deseo que Annemarie sea quien, de la manera más bonita, cuente como la huesuda descargue su azadón en el último segundo de felicidad, en el instante postrero en que un fulminante rayo estalle en sus adentros. Esto la convierte en la testigo presencial de «los hechos picantes» que ocasionarían desenlace tan lamentable. Mi cuerpo de hombre-cuy desnudo será llevado en una ambulancia rumbo a la morgue de la ciudad de Colonia para ser descuartizado sistemáticamente por los especialistas y obtener así las pruebas que determinen mi muerte natural o provocada con todas las de la ley: con premeditación, ventaja y alevosía. Lo curioso del caso, ya lo sé, es como si lo estuviera viendo, nadie se dignará acercarse por la morgue o alrededores a reclamar por el suscrito, es decir, por mí, a pesar de que dejo algunas viudas. Claro, todas, con ajuste a las normas convencionales o legales, son dueñas de mi grandiosa biblioteca, que es lo único material que dejo, aparte, de unas camisas viejas, pantalones rotos, medias zurcidas, calzoncillos en hilachas, algunos DVDs, entre ellos una serie de Tom & Jerry, CDs de música variada, papel bond, papel de regalo y los cien dólares con los cuales salí de mi país de origen. Mi cuenta en el banco carece de ahorros, de un seguro de vida y de otros productos bancarios. La madre de Marx dicen que le preguntó: «¿Por qué es cribes sobre el capital en lugar de hacer un capital?». Y el hijo le contestó: «Porque lo primero es hacer el bien y lo segundo es hacer el mal». Lo mismo diría yo en defensa propia, pues, como todo loco o soñador nunca pensé en la bondad de la acumulación del capital. Todo lo ganado lo he gastado, solo quedan las regalías por derechos de autoría, nada más.
2
Mi biblioteca, dejo constancia, no se podrá igualar a la de Constantinopla, pero se parece mucho a ella. Dejo algo más de treinta mil volúmenes que, valga aquí la aclaración del caso, no alcancé a leer plenamente en vida, pero prometo que a partir de la fecha hasta el infinito me dedicaré exclusivamente a la lectura. Abandonaré la maldición de la escritura por incomodidad y, lo más importante, desde el más allá ya no tiene sentido insistir en la «escribidera». Seguramente, muchos editores, al enterarse de mi «intefección», se acercarán buscando textos nuevos, cartas o notas inéditas, escondidas en algún cajón o rincón, bajo las alfombras, entre los periódicos viejos, tras los estantes repletos de libros. Buscarán fotografías o testimonios de mi «chiquititud», de mi juventud, de mis inicios de piedra. Revolverán los últimos tachos de basura en busca de apuntes nimios u objetos que estrujé con mis extremidades de hombre-cuy. Es más, mi estado de autor muerto servirá para que los herederos de mi obra se conviertan en víctimas de estafas por parte de inescrupulosos y co rrup tos editores que también trampean a inocentes autores y confiados editores. Es parte de la corrupción, me dijo un amigo, que corroe todo, todo, todo, ya no se puede confiar ni en los parientes, desde presidentes traidores y mentirosos pa sando por parlamentarios, alcaldes, jueces, y todo tipo de animales, adjetivo por el cual pido disculpas a los animales auténticos. La fauna de la izquierda no es ajena al fenómeno de las corruptelas, sus dirigentes son también, salvo algunas excepciones, el ejemplo vivo del robo, la coima y los cupos. Bueno, ya me estaba yendo por las ramas, he politizado mi muerte. Disculpen, pero no ha sido mi intención.
3
¡Oh!, acabo de escuchar una conversación abairada en la que una de mis viudas ha convocado a las otras para organizar el sepelio, incluido el reparto de café, concurso de chistes rojos y otros chismes propios de un velorio, la fecha y el lugar serían dados a conocer con antelación para que todos puedan asistir a gorrear aunque sea una copita de licor o una taza de café o canapés, es decir, queso y canchita. Harán circular invitaciones personales a los amigos más íntimos del que en vida fue a veces hombre y a veces cuy, y en muchas oportunidades un hombre-cuy. Todos los medios masivos de comunicación serán utilizados para hacer conocer el programa del evento que pasará a la historia como el acontecimiento del siglo. Todas las redes sociales: WhatsApp, Facebook, Twitter serán usados para los anuncios respectivos, así como el teléfono, la radio y hasta la televisión se hará eco de los hechos acaecidos con respecto al obsceno occiso. Agradezco de antemano toda clase de obituarios, saludos, homenajes, diplomas de honor post morten y otras arengas. Ruego a quienes deseen hablar o escribir mal de mí que no se abstengan de hacerlo. La maldad de sus intenciones tarde o temprano saldrá a la luz. Entonces, sin nada más que declarar, abandono definitivamente Alemania, país que con el pasar de los años se convirtió en mi patria postnatal. Es la muerte, me tiene apabullado, parece que estuviera durmiendo y ya no sé si soy más hombre que cuy o más cuy que hombre. ¡Ufff… mi cadáver ya hiede!
