Se alquilan huesos

Cuento

Abraham Ortiz

abraham-ortiz-narrativa-otrolunes44-1Abraham F. Ortiz  Lugo. Nació en Cuba, pero actualmente vive en España. Estudió Física en la Universidad de la Habana. Cursó el Taller de Técnicas Narrativas que dirige el escritor Eduardo Heras León, en el Centro de Formación Literaria ¨Onelio Jorge Cardoso¨. Fue miembro del taller Provincial de literatura de La Habana. También cursó talleres de producción-dirección/asistente de dirección/ y guión de medios audiovisuales, en la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Algunos de sus textos han sido publicados en antologías y sitios digitales.

***–***

Eso fue el 30 de agosto del 98´; en cuanto rompí el cascarón del huevo y comenzó a brotar escasa la albúmina, creí que estaba podrido. Lo recuerdo porque faltan nueve días para comprar las velitas y el cake; y en siete años nunca he olvidado celebrárselo. Además, también lo recuerdo porque fue exactamente un año después que Madelaine y Jose se marcharon de Cuba. Él era un español muy conversador y desprejuiciado.

El tío había venido por primera vez en el 94´ procedente de Barcelona, en un vuelo que hizo su trasbordo en Madrid; desembarcó en esta isla aquel día que la gente se sublevó en Centro Habana contra el gobierno creando enérgicos disturbios. Aunque al rato, cuando la plebe estaba más enardecida y parrandosa, se apareció el presidente montado en dos yipis verdes, que combinaban muy bien con su uniforme de comandante, se apeó, se mezcló entre la multitud con una reducida escolta, y entonces los coros de los que hasta ese momento, se deducía, querían Abajarlo, (¡Abajo Fidel!) cambiaron para volver a Subirlo, con los mismos sonidos antológicos de Vivas a todo esto, Vivas a la revolución y Viva, en especial, su enigmática persona, ¡Viva Fidel!

Jose llegó ese mismo día por la tarde, con dos maletas desbordadas de regalitos porsiacaso y la cabeza desbordada de todas las falacias que se comentan en el extranjero sobre Cuba, superficiales por lo general y pintorescas, por eso cargó tantos regalitos: por si acaso. Entre estos, una enorme variedad de los blumers hilos dentales; esos que por detrás se meten entre los glúteos de las mujeres -o los travestis-, y les hacen cosquilla todo el rato que los lleven puestos.

Por varios años cuando este país se abrió de patas al turismo, la imagen de Cuba allá afuera, sobre todo en Europa, y España es bien europea, no era precisamente la del patriótico cocodrilo verdusco, sino una mulata. Era común por ende que el macho que viajaba a Cuba de turista, y solo, como Jose, trajera en la frente, no la archiconocida estrella solitaria de nuestra bandera, sino la imagen idílica, preconcebida a conveniencia, de una suculenta, hermosa y sensual mulata (esto dependía de la edad, el carácter, y el número de erecciones que aseguraba ejecutar en una noche dicho macho). Él se acostó en cuanto llegó a su habitación del hotel, situado a pocas cuadras de donde ocurría la hipócrita sublevación y no se enteró de nada de lo que sucedía en Centro Habana, la gritería, la tiradera de piedras, ni de las vidrieras saqueadas.

Jose es graduado de sociología, en la Universidad Autónoma de Barcelona, así que tuvo suerte, y en su primer paseo, por la noche, después de darse un relajante baño, desentumecerse la altura y el cambio de hora, y salir a saborear la Habana, conoció a la negra Madelaine, licenciada en Biología, y para suerte mía, prima de Nelson, un socio del barrio que era jinetero y fue quien me los presentó tres años después, en el año 97´.

La noche de su primer arribo, en el 94´, iba caminando por la acera del malecón para disfrutar en grande este caribe. De un lado quedaba el mar, la bahía de la Habana con sus aguas quietas y melancólicas, del otro, silente, asustada, nuestra urbe capitalina desierta, temerosa, y se acercó a la primera persona que cruzó por su lado, con intenciones de preguntar por qué estaban las calles desoladas, y, en especial, esta famosa avenida de la cual se informó de tantas historias fervorosas y eróticas poco antes de viajar.

Esa persona, fue nada más y nada menos que la negra Madelaine, quien le explicó, cómo los enemigos de la revolución habían aprovechado una circunstancia excepcional, para crear el caos y enardecer al pueblo contra sí mismo -por supuesto, no le aclaró que lo excepcional, era el hambre-. Todo esto es nuestro, dijo Madelaine con un gesto circular de su brazo, el cual abarcó alrededor de diez cuadras a la redonda, incluyendo una exigua cuña de mar. Ese gesto, en aquel momento, me contaba tres años después Jose, le recordó al personaje de una novela de Milán Kundera, La inmortalidad.

En la novela -según palabras de Jose, yo aún no he podido leerla, pues estuvo muchos años prohibido Kundera; el nombre de por sí es pernicioso, La inmortalidad-, una señora de sesenta o setenta años, así comienza prácticamente, me recalcó, -con el objetivo tácito de que atrapara con mayor fidelidad parte de lo censurado- recibe lecciones de nado metida hasta la cintura en una piscina de un club de gimnasia en París. El protagonista, acostado en una camilla la observa fascinado, le resulta cómica su vejez y su esfuerzo tardío por aprender a nadar, que un empeñado instructor dirigía mediante delicadas órdenes desde fuera del agua, sujetado al borde de la piscina.

Cuando termina sus lecciones, la señora sale de la piscina, satisfecha por lo aprehendido, pasa junto al instructor y antes de perderse definitivamente hacia la garita de señoras, cuando está a unos pasos de este, se vuelve, sonríe, y le hace una agraciada señal de despedida al bondadoso instructor.

Jose me especificó varias veces, que Kundera, fue muy explícito al narrar que, de cierto modo, la emoción experimentada por ambos, el protagonista, tumbado cómodamente en una camilla frente a la piscina observando a la ridícula señora, y el instructor malgastada su pericia, sujeto al borde de la piscina para no caerse, hacia la señora, fueron idénticas.

Al hacer aquel mohín de despedida con encanto y elegancia, el instructor quizá correspondió el gesto de sesenta o setenta años con otra sonrisa, y por unos instantes, ese gesto grácil, la convirtió, sólo en la zona anatómica del brazo, en una muchacha de veinte. Igual fascinación pero sin sonreír, según recordaba Jose, experimenta el protagonista por el movimiento de la mujer. Era el encanto del gesto ahogado por el encanto del cuerpo, escribe Kundera, me cuenta Jose. Esa intencional asociación de emociones, le permitió a Kundera durante la novela, hacer un recorrido por la sociedad moderna y dentro de ella, dar a luz al homo sentimentalis.

La señora, por supuesto, era conciente de la vejez de su cuerpo, mas lo olvidó al imprimirle juventud al gesto. Para el protagonista de Kundera, dice Jose, sólo en determinadas circunstancias, somos conscientes del tiempo, conclusión sacada del gesto. Madelaine, tenía al fondo el inmenso, lóbrego y tieso Mar Caribe, un poco más allá, el océano Atlántico, todo bajo el cielo de un morado insondable, testigo reflector del seudo-levantamiento tumultuoso ocurrido durante la tarde, y en aquel movimiento ingenuo de todoestoesnuestro que realizó con su brazo, se volteó para abarcar, patrióticamente, la mayor cantidad de espacio posible en la dirección del mar. Pero era un mar, repleto de agua, arrecifes, peces, redes, naufragios y olas, monumental. Y parece que esto lo advirtió ella en ese giro momentáneo, de tal manera que cuando el brazo surcó sobre la zona citadina, a pesar de lo desierta, giró agotado, por el esfuerzo pretensioso de abarcar también una zona de mar. En ese precioso instante, me cuenta Jose, Madelaine le pareció, una muchacha de unos veinte y tantos años, con un gesto de una mujer de sesenta o setenta. Contrario a lo que ocurrió en La inmortalidad. Y semejante a la señora, estaba conciente de su cuerpo pero no del gesto que cargó, simbólicamente, con la vasta historia de este país.

Reflexionando, en otra ocasión en que volvió sobre este maravilloso encuentro de ellos, Jose me narra que también, el gesto de todoestoesnuestro en aquel momento, abarcaba unos 35 años de revolución, y tal vez por eso, aquel mohín llegó a pesarle demasiado a Madelaine en el subconsciente, que con sólo 26 años, apenas pudo englobar las dichosas diez manzanas.

Madelaine le explicó además, a modo de comercial, presentación y advertencia, que era militante de la Unión de Jóvenes Comunistas, y ella, junto a otros miembros, había sido convocada para garantizar la seguridad de nuestra patria, o sea, patrullar y perpetuar de alguna forma, el todoestoesnuestro. Jose es comunista también, pero en la versión europea, fanático de Marx, Engels, las teorías de Max Weber, el jamón y el queso.

Fue una combinación que por primera vez en mi vida, confiando en el criterio de Jose, me atrevo a calificar de, perfecta; la biología corporal de Madelaine, y el materialismo dialéctico e histórico de Jose entraron en resonancia primero con sólo encontrarse, luego en una charla animada que se extendió un par de horas sobre temas diversos, que los condujo inevitablemente, al amor, y por último, entraron en armonía, cuando un rato más tarde, él le rogó por un beso dialéctico porque sus ojos, a pesar de la noche, a pesar de su piel negra y el temblor místico en sus labios, le recordaban el color del jamón serrano, y ella le dijo que no, Por quién me tomas, y ese atrevimiento tuyo tan descarado, delante de esa gente cuestionándonos. Parece que la noche, se había animado.

Cruzaron la desierta avenida del malecón, ella lo hizo delante, Jose la seguía precavido. Los extranjeros temen a las avenidas, nosotros no; allá en sus países los autos son más veloces, aquí poseen, la mayoría, velocidades anteriores al triunfo de la revolución. Las aguas de la bahía, enlodadas por la combustión interna de los barcos que atracan, rumiaron un murmullo cómplice, semejante al de los bosques de sauces de allá de Barcelona, me contó Jose. Franquear la ancha avenida en busca de refugio, como dos que escapan de la escuela, de un cine, o a ampararse de la lluvia bajo un techo tomados de la mano, evocó en Jose, la timidez experimentada durante sus amores de adolescente, y cuanto les rodeaba en aquellos momentos, adoptó falsos disfraces de su península natal, arrancándole pálpitos desesperados, latidos de primer beso, latidos de mirada furtiva, latidos de vientre erizado, latidos de manos sudorosas, latidos de dicha infinita. Latidos de Sagrada Familia.

Subieron unos metros por la calle Humbolt, y encubiertos por la penumbra del edificio donde está ubicada la tarja a los mártires de Humbolt, después de asegurarse que nadie los observara, Jose le acarició las mejillas mirándose entre ambos con una sinceridad infinita, y se dieron el primer beso. Enorme, definitivo, y el todo esto es nuestro, se hizo de ellos con un crujir de caderas abrazadas. Un beso que duró, según Jose, aproximadamente el infinito.

En el año 97´, al segundo día de conocernos, Jose, que es un tío desperjuiciado me invitó a fumar achís. Era de noche, andábamos por la avenida del puerto, en el malecón habanero igual. Él extrajo un cigarro de una caja de Marlboro Light, vació un poco de picadura, quemó la piedra carmelita con su fosforera Bic, y luego rellenó el cilindro blanco. Yo fumé con temor, ni siquiera había oído mencionar el achís como tampoco había escuchado sobre La inmortalidad, los dos están censurados. Además, esto me permitía sacar ventaja ante un extraño. En ese entonces, claro que lo era. Por otro lado, si rondaba algún policía yo debía andar mucho más sobrio. Era yo el cubano. Ah, y todavía lo soy. Al poco rato en su mareo, me tomó del brazo mientras caminábamos y nos detuvimos. Nelson, su novia sueca, y Madelaine, que a cada rato se rascaba algo entre los glúteos, iban delante una media cuadra de distancia, sumidos en una charla fervorosa, liderada por la escandinava.

Jose decía negro en el sentido blanco de la palabra. Eso me explicó la primera vez que la utilizó refiriéndose a mí. Tal vez si hubiera sido inglés, la habría utilizado en el sentido azul, si australiano nacía, le daría una tonalidad verdosa. Pensé mientras especificaba el sentido de la palabra negro para que no me sintiera ofendido. Jose, bajo las secuelas del achís, me detuvo y dijo como si hubiera tenido una revelación:

-Negro, aquel beso duró más de media hora, te lo juro -el tono en verdad era cariñoso.

Era imposible no creerle aquella noche. Por su voz y la manera en que entornó los ojos, entristeciendo el recuerdo, uno podía llegar a pensar que fue modesto con el cronómetro, y que en realidad aquel 4 de agosto, día en que la gente en Centro Habana, tomó y soltó mágicamente la voz de sus conciencias, el ósculo duró mucho más, y horas después de fundirse los labios, cuando por fin, extenuados, lograron despegarse, los vecinos hubieron de llamar a urgencias, porque había una pareja, ella blanca, él negro (tal la fuerza absorbente del beso), desmayados en el vestíbulo del edificio de Humbolt 7. Y de no ser por esa diligencia humana y cubana de los vecinos, ellos no estarían vivos. Tal fue la pasión que Jose con los ojos achicados y girantes colocó en la frase:

-Negro, aquel beso duró más de media hora, te lo juro.

Yo le sostuve la mirada ebria de achís, durante un minuto más o menos, el tiempo que pude, luego le convidé a apresurarnos. Los tres que iban delante, se habían apresurado a sentarse en un chiringuito al aire libre de esos que acomoda el estado socialista en la avenida del puerto, para que los turistas, y los cubanos que pueden gastar su dinero, lo hagan de forma caribeña.

Tras varias venidas de Jose a la isla, comunismo biológico, y al parecer, innumerables felices erecciones, se casaron. Madelaine vivía sola con el padre en Santo Suárez, cerca del palacio de los matrimonios, en una casa de cinco habitaciones estilo colonial. Allí se celebró la fiesta, durante la cual Jose me repitió la historia de ellos cientos de veces, en la medida que se agotaba su sobriedad. Al principio planificaron vivir juntos en Cuba. Recuerdo que cuando Jose me lo comentó, le pregunté por asociación literal, si se había leído Utopía, de Thomas Moro o El Idiota, de Fiodor Dostoyesvky ¿Iba a renunciar a sus comodidades europeas, y adaptarse al caribe?, cubano. ¡Del carajo!

Sólo había algo que le preocupaba y era, que su nombre, en verdad, es José, y no Jose como estaba habituado a que lo apelaran. Al suprimir el acento sobre la e, el nombre adquiere, algo así como un hálito de mimosa ternura, al cual José se había acostumbrado. Un hálito de osito de peluche, como cariñosamente, en la intimidad, lo invocaba Madelaine.

Cuando declarara su santo y seña en la oficina de inmigración en Cuba, temía Jose, quizá volvería a ser José, y esta circunstancia, que de alguna forma lo volvía a enfrentar a parte de su pasado, cuando el abuelo, con este mismo nombre había sido miembro activo y propulsor de la dictadura de Francisco Franco, lo exacerbaba. Quizá era un ardid lingüístico que Madelaine aceptó, en apariencia irritada. Me has engañado, le dijo con un despecho realmente desconsolado, los ojos inundados por un llanto febril y excitado. El caso es que a última hora decidieron seguir alimentando sus ideas de izquierda en España. Imagino lo gorditos que deben estar sus ideales por allá, con  tanto queso y jamón, que según tengo entendido, son importantes en la dieta para alimentar La inmortalidad de cualquier ideología.

Como aquella frase, Negro, aquel beso duró más de media hora, te lo juro, con la emoción derrochada en aquel momento sublime, Jose me narró en el aeropuerto, antes de irse, una historia igual de fascinante, tal vez con intenciones de que siguiera amando este país como lo amo o explicar de alguna forma cuánto lamentaba no poder vivir en Cuba.

Estábamos sentados alrededor de una mesa en uno de los bares del aeropuerto. Negro, comenzó, ustedes en Cuba tienen pobreza, pero jamás miseria, créeme, te lo juro. Yo he viajado a varios lugares, pero en ninguno he encontrado un ambiente tan humano y sabroso como el que logra respirarse con ustedes aquí -yo miraba hacia los lados, veía pasar a los cubanos que se iban, a los extranjeros con sus maletas, a Nelson que se alejaba hacia la barra a comprar una caja de cigarros, a Madelaine que quedaba frente a mí, colgada de su brazo-. Por muy mala que esté la situación, tienen una capacidad para tirarlo todo a jarana, que es lo que hoy en día necesita este mundo para salvarse, sonreír un poco. Mira, yo he estado en Marruecos…

Aquí hizo un alto, parecía que intentaba recordar el nombre del hotel en el cual se había hospedado en Marruecos, pero no andaba por ahí su rumbo, me di cuenta en cuanto le brotó una lágrima, junto con el anuncio de que los pasajeros del vuelo Habana-Madrid, ya podían verificar sus pasajes. La advertencia avivó a los viajeros, y algunas maletas comenzaron a rodar apresuradas en dirección de la ventanilla de chequeo. Madelaine lo abandonó contándome la historia y se dirigió hacia la taquilla a verificar, meneando pesadamente sus nalgas, como si algo invisible intentara domesticarlas. Suspiré. Nelson estaba ahora sentado, melancólico sin la sueca, en la misma mesa, pero nunca está para estas muelas, como les dice. Sólo le importaba beberse la botella de ron Havana Club Reserva que Jose compró para la despedida mientas exhalaba sus bocanadas de humo. Y además, en la mesa contigua dos rubias parecían estar borrachas ya, listas para mitigar su amor por Estocolmo.

En Marruecos, negro, prosiguió con una acentuada emoción en sus palabras después de secarse la lágrima, hay un negocio que consiste en alquilar huesos. Miré hacia los lados, incrédulo ante lo que había escuchado, para refrendar sus palabras. Nelson le mostraba coqueto su lengua a una de las rubias. Luego le miré a los ojos a Jose indagando por alguna nota falsa. Estaba inmutable, seguro de lo que dijo. Yo no sabía que para hacer brujería usted puede alquilar un hueso, se supone que la ofrenda se queda ante la beata imagen, ¿no? Los santos marroquíes debían estar muy jodidos si aceptan ofrendas fiadas. Algo por el estilo, me tomé el trabajo de comentarle.

Mira, déjame terminar, coño -continuó visiblemente irritado por la ironía-. En Marruecos, negro -aquí fue tan intensa la profundidad de su voz, que me percaté: negro, lo había pronunciado en su función más oscura- hay un negocio que es alquilar huesos. Se escuchó otro anuncio por los altavoces, al cual no presté atención, pero hizo que Jose se detuviera nuevamente. Se dio un buche de ron y tragó. Si usted es muy pobre, muy mísero, continuó, como tantos hay en ese país, y desea hacer una sopa y no tiene con qué darle cuerpo, pues puede alquilar un hueso por una pequeña cantidad de dinero; le da sabor a su sopa, y cuando termina, lo devuelve. Y puede así disponer del hueso otra vez, por una cantidad de dinero menor. Esto se repite, casi hasta que el hueso, en uno de los caldos, cansado de la voraz manipulación, se derrite. Muchas veces, cuando una familia termina de elaborar su sopa, debe entregar el hueso al vecino, quien ya lo tiene alquilado.

Madelaine llegó en ese momento, y le dijo que estaba entusiasmada con la idea de abordar un avión, será un vértigo placentero, sonrió. Le brillaban los ojos, sobre todo el izquierdo. Yo seguía rumiando en mi mente la anécdota cuando Jose se incorporó, alzamos nuestros vasos desechables. Brindamos. Nos abrazamos, le di un beso en la mejilla a Madelaine y lo mismo hizo Nelson sin dejar de observar a las borrachas. Por último, Jose nos tendió la mano, y nos despedimos. La tenía sudada.

De regreso, en el taxi que Jose había prepagado, Nelson me preguntaba impaciente qué ocurría, en el aeropuerto no hay moscas, dónde te picó una. Iba pensando: A cuántas sopas es posible dar sabor con un hueso alquilado y si algún día me llegaría el turno de alquilarlo. La anécdota me daba otra versión de cuanto me rodea en esta isla.

El día 30 de agosto del año siguiente, me hallaba atareado en la cocina con intenciones de prepararme el almuerzo, como trabajo aquí al lado, en la fábrica de perfumes que llevaba por aquel entonces más de tres año sin fabricar perfumes, siempre vengo a la casa alrededor del mediodía. Estando en la cocina después de sacar del refrigerador lo que almorzaría y prender las hornillas, suena el teléfono, como en otras tantas ocasiones, me dispuse a ignorar la llamada. No quería ser perturbado. Por la radio, Elton John cantaba Sacrifice, lo escuchaba tan extasiado, pero en le undécimo timbrazo, lo hice. Voy, lo descuelgo, y eran ellos, Jose y Madelaine. Tras un rápido recuento, sobre cómo les iba el amor de matrimonio y que Madelaine, llorando, me expusiera cuánto le cautivaba esa canción de Elton John de la cual le llegaban los ecos, y reprochara a su osito por no dejársela escuchar completa siempre pensando en lo caras que cuestan las llamadas hacia Cuba, Jose fue directo al grano. Parece que mientras cortaba un pedazo de jamón y otro de queso para acotejarse un sándwich suculento -así lo apodó- de merienda antes de su cena de las nueve de la noche (entre España y Cuba, la diferencia de horas es de seis), había visto en el Canal+ de la televisión española, las imágenes del 4 de agosto del 94.

-¡Fidel desembarca con los dos o tres yipis en medio de la protesta, negro! -me dijo.

La emoción embargaba sus palabras, y reforzaba la precaria recepción de las líneas telefónicas nuestras. Quería señalarme que eso nunca nadie lo hizo, que en medio de una protesta de miles de personas contra un líder, ¿este se atreva a aparecerse tan indefenso?, es un hecho inédito en cuestiones de política. A esta altura de la conversación, su voz poseía hálitos de histeria, en varias ocasiones le dije que no le escuchaba claro.

Tras unos minutos de elogios al líder, nos despedimos otra vez, y colgó. Me quedé un rato anonadado, pues se les había olvidado preguntar, cómo yo estaba, andaba o me sentía. Sólo le preocupó, a José, la valentía de Fidel. Cuatro años después de los sucesos, Jose se había convertido en observador, y por la emoción tras el auricular, en protagonista.

Por fin me repuse. Regresé a la cocina; Arjona cantaba, El problema. Cuando rompí el cascarón del huevo que había dejado sobre la meseta, y comenzó a brotar escasa la albúmina, lo primero que pensé era que estaba clueco. Iba a botarlo en uno de los cestos de basura -tengo dos no sé para qué-, el que está situado a mi izquierda y me detuve un instante.

No recuerdo si por capricho o por un problema de estilo a lo Maikel Jordan, se me ocurrió, despedirme del huevo atrofiado, con el mismo gesto que aquella mujer se despidió del instructor de nado, pero me percaté de que si lo ejecutaba, y no era preciso, el suelo de la cocina se embadurnaría de albúmina. Esto no me importaba, concluí, de todas maneras, por la tarde, debía aprovechar una limpieza en toda la casa.

Lo importante era reproducir el intrigante movimiento, su agilidad, su belleza, su juventud. Así demoré un rato elaborando aquel gesto juvenil, quería hacerlo con ligereza y gracia encantadoras. Debía ser, teniendo en cuenta que los huevos están tan escasos en Cuba, una despedida elegante, y como me contó Jose que escribió Kundera, como si lanzara al aire un balón de colores para jugar con un amante.

Pensé hasta en traer un espejo para prestar atención mientras lo ejecutaba, así, émulo de Narciso, tenía la oportunidad de observarme, como el protagonista y el instructor de nado de Kundera, pudieron juzgar a la señora de sesenta o setenta años. Bueno, como el protagonista, en ese momento no iba a empaparme de agua para darle realidad al gesto. De eso último me arrepentí, buscar el espejo -Arjona decía que el problema no es problema-. Y cuando ya estaba convencido de cómo debía realizar la maniobra que al menos desde el hombro a la punta de los dedos me rejuvenecería, lo había ensayado, y estaba seguro que por lo menos diez años me quitaría del brazo, sentí en el dedo meñique de la mano izquierda, la cual permaneció apoyada en la meseta mientras la otra practicaba su movida, la masa babosa de carne que lo embarraba.

Aparté la mano con un movimiento rápido, instintivo, causado por la mala impresión, y estuve mirándolo arrastrarse sobre los azulejos con sus patas y plumas engomadas de albúmina, indefenso, enlodado, y tierno a la misma vez en su esfuerzo por alejarse del cascarón en reclamo de amparo -Arjona seguía con cómo encontrarle una pestaña a lo que nunca tuvo ojos-. Lo tomé entre las dos manos para botarlo y no embarrara el suelo, fui hacia el otro cesto, presioné con el pie sobre el pedal, se abrió la tapa, y fue cuando a la criatura se le ocurrió arquear el pescuezo y abrir el pico, como si bostezara luego de una placentera hibernación.

Al ver ese gesto de recién nacido, me convertí, en lo que de la charla con Jose literalmente interpreté, era el homo senti-mentalis, y el gesto circular en sí, de aquel pescuezo inexperto, lo asocié con la señora; en específico, del hombro hasta la punta de los dedos de su brazo rejuvenecido. Tal vez el protagonista, y el instructor de nado, incluso, Milán Kundera, hubiesen hecho lo mismo. Siempre se los celebro, le pongo un CD de Arjona, que fue la primera voz que escuchó en este mundo y tanto le gusta.

Dentro de nueve días, José cumple siete años. Me decidí a criarlo, si la cosa sigue empeorando en este país, quizá en algún momento tenga que dedicarme a alquilar sus huesos.