Idania Sara Bacallao Iturria (Villa Clara, Cuba, 1957) Narradora, poetisa y artista plástica. Graduada de Licenciatura en Inglés, ha recorrido el amplio mundo de la literatura a través de la poesía, relatos y críticas. Su obra, La hija del agua, marcó el exitoso inicio de su carrera literaria. Entre sus títulos publicados se encuentran: A Gabriel no lo mató la luna, Ana de mis amores, Mujeres raras, La plegaria de la yerbabuena, Toma café conmigo, y El día que voló la amapola, todos de temática erótica femenina y con un marcado estilo surrealista. Igualmente, ha publicado varios textos en periódicos y revistas nacionales e internacionales, siendo una de las voces eróticas femeninas más importantes de la región central de Cuba. Actualmente vive en Rancho Veloz, el pueblecito donde nació.
Estoy loca por ti y Cuando un demonio te hereda con música, forman parte de Estoy loca por ti (CAAW Ediciones), el próximo libro de cuentos de la escritora cubana Idania Bacallao Iturria, a publicarse a finales del 2016.
CAAW Ediciones está rescatando a la escritora cubana Idania Bacallao Iturria, publicando sus nuevos títulos y reeditando sus títulos publicados como Ana de mis amores, Mujeres raras y La hija del agua. Para finales de 2017, CAAW Ediciones tendrá en catálogo, un total de 7 títulos de la autora.
***–***
Estoy loca por ti
Adapa, ven, duerme conmigo,
puede ser reto o puede ser paz,
pero lo más importante
ahora
es que duermas.
No sigas gritando más las plegarias de tu mantis religiosa:
¡Oh, Luna hurgaré en la tierra
para encontrar mi comida de hormigas,
déjame comer luna, tierra…!
Ven, Adapa,
que dormir conmigo es una invitación
que te hago muy especial para el espíritu Tore,
el dueño del bosque.
Mi sueño junto a tu sueño
salvará tu sociedad secreta masculina.
El gran Tore, puede salvar tu interior
para convertirte en el patriarca bambuti.
Adapa, duerme, duerme Adapa
que tus hormigas llegarán…
Te espero Adapa,
te espero en nuestro laberinto, CRETA.
Adapa no dijo mucho, o no dijo nada sobre estas líneas alocadas que le dejé escritas. Y por inercia, o por costumbre, me he convertido en su cómplice. Si los indios volvieran a esta época, con sus descabelladas ideas de la confianza y la desconfianza, nosotros dos fuéramos sus anfitriones. Lo grotesco es que Adapa está como esos indios, no al baño, no al perfume. No y no a todo. Protesta y protesta… se enfurece y se enfurece… ¡Maldito, Adapa, qué enfoque más insensato le da a la ley de Moisés!
«Adapa, fósil masculino, acaba ya de escribir la palabra mierda en la pared, y libera ese sinnúmero de raras prescripciones. Tú no eres un rabino». Le digo desde mis adentros.
La figura de Adapa es la de un talmudista. Ahora, cientos de musarañas acuden a él para hacerlo olvidar su existencia. Su primer descuido es dejar mi invitación a un lado y no preguntarme nada. No quiere dormir.
Con sus mal vestidos y sus arrechos, es un ejército loco. Yo quisiera frenarlo, cerrarle duro los párpados, restregándole la nuca, pero Adapa se desliza hacia otro mundo. Solo come arena perfumada, se tapiza el cuello con grasa de carnero y calienta sus hormigas, sollozando bajo la luna.
Cuando escribió en mi puerta: EL LABERINTO DE CRETA, tenía los ojos muy abiertos, más grandes que nunca y ni me escuchó cuando le dije: estoy loca por ti… Espantado, deshizo su letrero gritando: ¡hay que abolir el patriarcado, hay que abolirlo! Después, salió corriendo y se ocultó en el aljibe.
«Adapa, cabra masculina, deja ese idealismo. Adapa, Adapa, yo no soy un tótem. Yo soy tu Creta».
Quiero decirle que su secta no existe, que necesito una tregua. Y que esto no es un territorio sagrado, que no hay razones para que no se profane.
«Me oyes, Adapa, me escuchas bien, Adapa. El humo del potaje no es un rito».
Pero ahora, Adapa ya no se calza sus pies con zapato alguno. El dedo gordo lo pintó de rojo, y me mira estrujándose fuertemente los ojos.
«Mira, mira… el humo es oscuro, el humo es oscuro, pero una vez que te lo tragas, es posible ver las cosas más claras que la luna».
Dijo esto, quizás, como una respuesta, y se retiró aullando, encaramándose, de un solo salto torpe, en el borde del aljibe. Uno de los peces se fue del agua, por culpa de su torpeza, y comenzó un rodar por las baldosas del piso, un grito de pavor salió de la garganta de Adapa. Después, se acurrucó dando tantas palmas y gritos, como le permitía su inconciencia. Allí estuvo removiendo los sueños e historias de Nanak, de Siva y de Hari-hara, durante mucho rato.
«Quién te maldijo, Adapa, quién te maldijo. Quiénes son Nanak, Siva y Hari-hara. Adapa, Adapa, no quiero que te digan más el loco del aljibe. Adapa, Adapa…regresa que yo todavía te quiero».
Al rato de yo repetir los te quiero, deja asomar las orejas y se sonríe. Cada vez que quiere burlarse de mí, hace lo mismo. Después, con cierta influencia primitiva, pero espantado todavía, trae una pipa que no sé dónde la pudo encontrar o quién se la pudo dar, la muerde y la muerde, y continúa siempre sonriendo.
«Fuma, fuma… que tienes la lengua cruda como una serpiente», me dice moviendo las orejas con gracia….
Cuando se me acercó, por un momento un hilillo de baba infantil y miedosa le rodaba por la barbilla. Así mismo, lo besé sobre su piel fría y sucia mientras fumaba y mordía su enorme pipa. Entonces, me habló y me habló, contando las nubes que se desgarraban. Habló con el brillo de unos ojos ya casi sin vida, porque ya hasta la misma muerte cansaba su mirada. Mi corazón latía muy fuerte. Y Adapa se consumía en vientos invisibles, en cielos negros y en nubes de tribus bosquimanas, que parecían encadenarse a su vida para siempre.
«Creta, Creta, quiero dormir contigo. Acurrucarme junto a tu animal humano, pero las casas descienden de sus tótems esperando al Mesías… Y yo, yo… yo soy quien tiene que encontrar el Anillo, el emblema, el emblema, Creta, el emblema del Mesías».
Después que me dijo todo este nuevo sortilegio para mí, nunca más usó las ropas. Y ahora se rehúsa a hablarme, por completo, y solo se baña si hay peces en el aljibe. Camina horas y horas desnudo, como si esto fuera la misma reacción natural que tiene de solo comer y comer hormigas y más hormigas.
«Mi revancha, mi revancha… Dios llega al hombre, Dios llega al hombre… No hay escapatoria, no hay escapatoria…».
Con este tipo de código programado y con siete tabletas de arcilla en una vieja bolsa de cuero, ya lleva más de una semana. A toda persona que encuentra le dice lo mismo: «No hay escapatoria, no hay escapatoria…». Y, como una razón muy natural, todos le gritan: ¡El loco del aljibe, el loco del aljibe!
Adapa ya no es un hombre. Se escabulle para comer lombrices y después vomitarlas. Ronronea que solo así descubrirá el secreto, y, sin escrúpulo alguno, revisa todos sus vómitos para encontrarse el emblema del Mesías.
Ya su lengua casi ni se le entiende. Solo piensa que así saldrá victorioso. La mayor parte de la gente tiembla cuando lo ve. Yo significo su ausencia, su silencio: no me ha hablado nunca más. Y lo más difícil, es ver como busca todavía sus placeres de hombre.
Con esas manos sucias se acaricia todo el cuerpo, hasta que llega a su sexo. Ahí se detiene y lo mira, después, lo riega con una arena perfumada, que siempre esconde, y lo engrasa suave, muy suave, con el cebo de los carneros. Ya cuando lo tiene en esas condiciones, le habla: «Mamífero bambuti, mamífero bambuti aúlla, grita que eres mi gran lama… mi lama. Mi único lama».
Después, se lo sopla, una, dos, y hasta tres veces, para entonces palparlo, poco a poco, gritándole: «Explórate, mi lama… Explórate…».
Y como un fuerte sauce, aquel sexo, todavía le sube y le sube como un farallón en la soledad, que él cree tener detrás del aljibe. Una espuma verdosa le relampaguea por toda la barbilla. Su cara deja de ser maniática y una sonrisa deliciosa lo atrapa.
Cuando lo vi en esas condiciones, no me pude aguantar más y me fui acercando poco a poco. No me desdeñó cuando llegué, toda desnuda, frente a él. Una sola vez me gritó: «El clan de la mujer, el clan de la mujer… Emblema, emblema, no hay escapatoria…».
Después, siguió atrapado con la sonrisa, que no se le iba de aquel rostro sucio y enajenado, como si lo tuviera pegado al olvido y yo ni existiera.
Déjame bautizarme en tu cuenca, le dije. Primero, tembló, como enfadado por lo que le dije, después, como llevando a un niño de la mano, me arrastró muy duro hasta él.
«Bebe, galaxia maternal, bebe de mi astro de dharma… Bebe, bebe de mi emblema».
Enfilado, y como si todavía quisiera preservar la pureza erótica de su cuerpo, dejó que mi boca venerara a su sexo.
«Sagrada de los Vedas, Sagrada de los Vedas… aspira, aspira y libérate de Jaina, el mundo material es de los insectos. No hay escapatoria, no hay escapatoria…».
Escuchando todos esos misticismos de su arranque de mayor locura, logré acostarlo sobre la yerba húmeda del aljibe. La espuma de su barbilla ahora era más visible y la sonrisa se mantenía inmutable. El sexo seguía siendo un farallón duro y mi boca pudo hacerle el bautizo sagrado.
«La deificación del monarca, Adapa. Esto es la deificación del monarca… El emblema está aquí, mi Adapa, está aquí…».
Con esta jerigonza mitológica que le inventé, mis caricias lo fueron envolviendo y lo besé, diciéndole que ahora llegaba la resurrección del espíritu. Cuando me acosté encima de él, buscó por el cielo, durante mucho rato, con la mirada muy extraviada y sin razón, hasta que, fijando los ojos en un punto muy oscuro, gritó como el más puro demonio: «El tebaico Amón adora al sol, ya puede cavar su templo… Ya puede cavar su templo».
Entonces, sentí que sus sucias y toscas manos tocaban mis caderas. Su cuerpo danzaba, ahora, bajo el mío, con mágicas fuerzas, haciendo pasar su sexo por entre mis piernas, como si fuera un soberano monarca bambuti. En un momento, casi imperceptible para mí, repitió la frase que ya había olvidado: «Hay que abolir el patriarcado… hay que abolirlo… Hay que abolirlo…».
Después, una luz fue inundando, poco a poco, sus ojos, mientras su farallón penetraba hasta lo más profundo de mi vientre. Así, con ese rito mágico, religioso y loco, se deleitó, trasladándose a jardines umbrosos, rodeado de séquitos y servidores.
«Adapa, Adapa… estoy loca por ti, estoy loca por ti…». Mis palabras le llegaron cuando ya sus ojos estaban tumbados y su cabeza, tan llena de arena, dejó el temblor que tenía, para también caer tumbada como su mismo sacrificio fálico.
«Tú también eres cosa del tiempo, mi Ganesa, mi dama Ganesa…». Así me contestó, con unas palabras ya idas de su cuerpo, mientras que un viento con humo hizo un trazo oscuro en el cielo, y Adapa comenzó a incinerarse, hasta que todo se fue nublando y nublando, convirtiéndose el aljibe en una hoguera, donde se incineraba el bambuti del Mesías.
En mi dedo anular, un anillo profético fue entrando muy despacio, pero muy despacio, y fue, entonces, que volví a sentir los peces en el aljibe. El cielo era de un azul intenso, y yo estaba a solas y toda desnuda.
***–***
Cuando un demonio te hereda con música
…vuela esta canción para ti, Lucia
Joan Manuel Serrat
La manzana rodó sobre la mesa y los ojos de Carmen se detienen sobre ella. Una oruga, con cabeza triangular, se asomó por su cáscara. Carmen no soporta la escena y vomita. Está cercenada.
Apuntes, escritos y reflexiones, también están sobre la mesa. La noche aparece oscura como un velo negro, especialmente, cuando Carmen reúne sus ideas: distintas voces, barbillas desencajadas, golpes, ruidos y después, un silencio. Un silencio azul para que sea algo nuevo, recordó que dijo Lucía, alguna que otra vez
Ahora está sola y prepara sus imágenes, como una ermitaña sin mucha fe, rodeada de preguntas sin respuestas. El ojo de Antonio el americano, como una gran capilla de mármol que no permite escribir su propia manera apurada de morirse. Y el silencio azul de Lucía, sin irse, doblado como la oruga, que apenas tiene derecho a ser reconstruida. La cuchilla le hiere el tatuaje.
El pelo desgreñado y los ojos sobre la imagen nítida de Lucía. Sus labios desconcertados, maduros de llanto, y la piel más blanca que el vestido, pero sin reflejo, como una pared que no se mueve. Primeriza del miedo, se detiene en la puerta, con voz de llanto y risa nerviosa, va tomando precauciones. Sin salir, sin civilizarse, enfrenta lo ingenuo y lo satánico, vive de sorpresa en sorpresa. Carmen está extraviada en sus ideas, en su mesa, en su voz y en sus recuerdos.
Desfila por barrios de palabras violentas. Usa su cuerpo, aunque le griten que Lucía ya no tiene tranquilidad, se la vendió a un hombre. Casi lo tiene todo su puño. Fiel para quemar el miedo que tiene. Olvidada de vientos, fracasos y religiones. Profundamente conmovida, se desliza sola, alimentada de odio, para ocurrir y que ocurra. Partícipe de un sueño que la entristece, porque ya Lucía y Antonio son fama sin secreto.
Recuerda la sangre, la obsesión y el alba. Todo junto a su patio, a su fuente, con un barquito de papel resistiendo, como resistió Lucía. Todo posible, casi palpable. Así llegan las palabras y las hojas crecen. No olvida al niño que vuela dentro de una cruz y suda cuando lo recuerda.
Necesitada de su oficio, grita por el fantasma de Lucía. Se siente una materia entre papeles y libros. Y aunque le falten abrazos y amigos, va descubriendo el rostro, las manos, el cuerpo y el olor de muerto barato. Antonio el americano, ya es una cicatriz que no coagula.
Con sus hojas apoyadas sobre su entrañable colección de poetas, conquista el final: el niño es una tradición sacro-mágica. En su propia habitación, se decide y escribe el caos. Inmóvil, seria y cercenada, medita, una a una, cada idea, cada imagen, cada personaje.
Enciende un cigarro y comienza gritando, con voz muy alta, el nombre de Lucía. Acaricia las teclas de la máquina y, sin críticos y con música del nuevo siglo, se imagina violada, con cuatro heridas sangrando en su vientre, con un puñetazo en el rostro y un hilillo de sangre, que corre por un barrio ausente de parques, donde Antonio el americano escupe su sexo, para después, esperar por Lucía, que ya paga su tatuaje de oruga. Y que, sin prejuicios y aplastando su destino como la misma oruga, va enseñándolo en parques, discotecas, bares. Pero no pudo seguir, ni pudo amar, ni pudo triunfar, por culpa de una obsesión. Y entre falsos rumores, dicen que escribió: Antonio el americano es ron de sesenta pesos…
Al fin, Carmen logra desahogarse, fluye. Inserta una idea, y otra y otra, entonces, las hojas se van llenando de texto. Y donde hoy está su ventana y su sombra, se escucha, muy débilmente, el cuerpo de la oruga, como una canción del nuevo milenio.
Le gritó el nombre de Lucía, cien veces, miles de veces, para que se sintiera culpable, cien veces más y miles de veces más. Después, vino la obsesión, la misma obsesión: «Uchy, Uchy… no seas peculiar», pero no tuvo la suerte de comunicarse y la inquietud lo llevó al peor barrio marginal. No me preguntes si anoche estuve en casa dormido, tampoco qué hacía mi coche en la puerta del bar de El Olvido…
Fue en busca de un debate, alguien que le dijera que el sentimiento también es un ritmo de identidad. Y hablaron de fusión, de conceptos y de Thomas Fuller, pero no encontró la voluntad para no enfurecerse sin remedio. Era un heredado. No preguntes si es que estaba de fiesta con los amigos, que mi respuesta son balas para tu corazón herido…
Y el ruido del cuchillo sobre la piedra de afilar, se sintió suave, como el brillo blanco que antecede a la muerte. Antonio el americano y su pelo crespo y amarillento parecían animales de mar fuera de sus aguas. Lucía esperaba que Dios aniquilara aquella carga de odio y le juró una promesa, si le daba una sola oportunidad de olvido. No preguntes porqué huele mi camiseta a chuly, ni qué ruidos de mujeres se escuchaba cuando me llamaste al móvil…
Pero Antonio el americano fue golpeado y golpeó. La indignidad de su ambición, lo hizo gozar de sus propios castigos, y en aquella habitación en penumbra, con olor a fruto podrido y telarañas, como palabras imperantes, la fue desmenuzando con sus manos toscas y desiguales. Descalzo y casi desnudo, articuló un gruñido, que solo él podía comprender, con la mirada altiva y la frente ceñida por una rama de arrugas, escupió con violencia sobre el cuerpo que ya tenía bocabajo, se sacudió el polvo de la cabeza y, concentrando todas sus fuerzas, arrastró el mismo cuerpo que alguna vez fornicó por dinero, hasta muy cerca del chisporroteo de las velas. Después, sacudiéndose nuevamente el polvo, hizo que el cuerpo quedara tirado en un rincón. Entonces, una baba verdosa comenzó a chorrearle por la nariz, como un anuncio de lamento o como un consuelo bestial, dentro de aquellas velas que atraían solamente a insectos de todo tipo. Que hay tragos que son amargos, hasta los del mejor vino, unos cortos otros largos, pero todos son dañinos…
Después, un gran silencio, donde los insectos giraron más aprisa, alrededor de las velas. Y como confirmando la consistencia airada de Antonio el americano, un cántico fúnebre fue saliendo de su propio pecho, mientras un aullido de semental con miedo se dejó oír por toda la habitación. Las losas del piso, malignamente apacibles, recibieron el cuerpo desmenuzado de la mujer. El rincón dejó de ser su nicho.
Durante más de dos horas, Lucía se esclavizó detrás de un biombo gris oscuro. Desde allí, supo cómo Antonio el americano dejaba su semen entre los labios de la mujer y una cruz de palo sobre sus pezones. Pero si me dejas esta noche, yo te doy todos los besos que te debo, ya sé que siempre digo que empiezo a partir de hoy, que luego nunca me atrevo…
Sus ojos vigilantes, como los de una pantera, vieron el mango del cuchillo, pulido por el uso, la hoja de buen acero clavada hasta su empuñadura entre las piernas de la mujer. Después, un silencio y Antonio el americano dejando de ser gavilán peligroso, para ocultar su verdadera esencia en aquel barrio marginal, al que había ido por primera vez, por culpa de una obsesión, que ni ella misma acertaba a comprender. Pero si me dejas, yo te canto un bossa-nova y no te voy a dejar ni un minuto a solas, si te dejas llevar como el mar lleva a las olas, hasta la roca…
Y comenzó cortándose un nervio, después, los cortó todos y fue colocándolos en un plato blanco, junto al zarcillo roto de Lucía. Dijo: mi sangre no es tan roja como para que Doña Amalia entierre a su ahijado sin la cruz de Monte Oscuro. Después, con el cuerpo como un tallado de comejenes, vino nuevamente la obsesión, «Uchy, Uchy… ya soy un gastado de existir», y, esta vez, tampoco el diapasón de su discurso se había empinado, como para que las nubes advirtieran un nuevo ensayo de muerte y echaran a llover un gran aguacero que lavara aquel escándalo.
Los chulos con el oficio de santos mueren cuando les da la gana, le gritó a Lucía, frente a unos vitrales feministas. Ya para entonces, era una mujer llena de incertidumbres, enferma de no sacarle provecho a la liturgia de su vicio. Y como siempre, volvió a callar, pensando ser una de las tantas mujeres de Humphrey Bogart. Mientras rezaba, se levantó del piso, dejando caer una última lágrima solitaria, ya casi solitaria. Así se prolongó el escándalo, en la esquina de la barriada, hasta percibirse la sensación de un silencio poético con color azul de fondo, entonces, lo escuchó por primera vez: «Uchy, Uchy… extráñame como Eva». No preguntes porqué huele mi camiseta a chuly, ni qué ruidos de mujeres se escuchaba cuando me llamaste al móvil…
Después, llegaron a su mente garzas, iguanas, sogas, cervezas, golpes… y, así, supo que Antonio el americano dejó de contarle sus billetes, dejó la oruga de su tatuaje a buena distancia de sus cochinas manos. Y dejó al mundo, para encontrarse con los ojos de trueno de Doña Amalia y su cruz de Monte Oscuro, por allá por el cielo. Al pie de su propio altar de chulo con santo gritó: hasta los gallos se han negado a cantarme el Ave María de mi muerte. Que hay tragos que son amargos, hasta los de mejor vino, unos cortos otros largos, pero todos son dañinos…
Había abierto demasiado las ventanas de su pasaje interior y nuevamente, aquel barrio marginal con sus bebidas alcohólicas, sus chulos y sus contrabandistas, la traían hasta los dedos gordos y engarrotados de aquel desastre. Ante sus ojos, una aventura desconocida, un momento psicológico y un ambiente sombrío: el primer cadáver de su vida, como una bóveda que desconoce el olor de las flores o como un juego del único milagro. Sin querer aceptar fue aceptando: el odio, el asqueroso odio… y los gritos, los grandes gritos de ¡muérete, hijo mal nacido!, ¡muérete, idiota!, ¡muérete sin entierro, cabrón! No me preguntes si anoche estuve en casa dormido, tampoco qué hacía mi coche en la puerta del bar de El Olvido…
Unos perros que aullaban, más para alejar el hambre que por valentía, vieron el vagón y después, el bulto en el tren, y un poco después, el pago de sesenta pesos. La tarea de organización fue con riesgo, pero Antonio el americano se fue sin entierro, cuando el alba recuperó su silencio de… sin trenes en el andén.
Ya para entonces, Lucía rezaba nuevamente, pero esta vez con una canción espiritual, para que las cucarachas y las ratas no pisotearan más a la cruz de palo, que, colocada en el suelo, situaba al espíritu del muerto dentro de sus tres brazos horizontales. Después, se bebió aquella agua con olor a muerto, que el guardia de la prisión le daba para aplacar al ritual del Orilé. No preguntes si es que estaba de fiesta con los amigos, que mi respuesta son balas para tu corazón herido… pero Antonio el americano era más fuerte que el secreto oscuro de su ritual, y entraba y salía de la prisión como una novia blanca que va al altar mayor, doscientas o trescientas veces, o las veces que le diera la gana, para dar motivos sentimentales a las siempre fieles últimas palabras del cura de cada pueblo donde se matrimoniaba. Lo oía llegar celebrando a sus mujeres, borracho como el peor olvidado y aburrido de visitar sus casas de prostitutas. Después, escupía círculos de sangre alrededor de toda la cruz de palo, como si fuera un tuberculoso con sonrisa de santo.
Decidida como nunca, Lucía consultó el Orilé, pero solo se escuchaba un desafinado himno religioso de muerte. De sus ojos escapaban murmullos oratorios de santa, que, unidos a las escapadas lágrimas que resbalaban sobre su vestido 55l, hacían más desesperante la soledad del miedo. Por eso esa noche, antes de dormirse, no pudo evitar el dolor de su quebrada virginidad y sintiendo repugnancia, vomitó todo su asco de muerto. Provocaba, así, una ansiedad desconocida, para todo el que pudiera verla, pero dónde refugiarse, a quién decirle que cuando llega Antonio el americano ella tiene un apetito sexual como nunca antes. Y que, así, con ese cuerpo tallado de comején y sin preámbulo, les pide a gritos que la posea mientras aprieta lo único fiel que queda en su vida: el crucifijo que cuelga del pecho. Pero si me dejas, yo te canto una bossa-nova y no te voy a dejar ni un minuto a solas, si te dejas llevar como el mar lleva a las olas, hasta la roca…
Soy mujer, grita en su encierro. Y, con frialdad excesiva, llama la atención de todos los guardias, porque su desnudez de oficio prohibido está sin secreto, sin tribunal y sin miedo. Entonces, todos llegan, ante los hierros de la celda, para ver los juegos sexuales de Lucía y los diversos placeres que considera necesario sentir.
Revolcándose como un animal en celo, muerde violentamente, como si entablara una riña de amor y, al mismo tiempo, hala sus cabellos para que su cabeza caiga doblada contra el suelo. Besa y besa… entonces, rabiosa de deseo y cerrando los ojos, vuelve a morderse en diversos sitios, dando muestras de que recibe alguna señal que pone su cuerpo caliente. Y repleta de mordiscos en los senos y en los hombros, se golpea con gran pasión, murmurando continuamente palabras lúbricas que arrullan y excitan a los guardias. Pero si me dejas esta noche, yo te doy todos los besos que te debo, ya sé que siempre digo que empiezo a partir de hoy, que luego nunca me atrevo…
Se frota el espacio entre los senos, con el dorso de la mano, primero despacio, después, cada vez más aceleradamente, aumentando su excitación. Ante este acto apasionado, un guardia practica con ella, a través de los hierros, una unión espontánea que trae como consecuencia que los demás guardias, desprovistos de otro saber que el de penetrar a Lucía, se arrojen unos encima de otros, formando tal confusión, que lo mismo se besan, se abrazan, se golpean… Y casi desnudos y todos ardientes, flaquean acusándose unos a otros, que, entre hierros y empujones, toman el partido de sus adversarios, para colocar en la boca de Lucía, los mandamientos del deseo de ella, en ese momento.
Mientras que Lucía apretaba el crucifijo con sus rezos, ya Antonio el americano tenía formuladas sus conclusiones. Esos escándalos diarios, ya era hora de terminarlos, y entre centenares de intrigas, a falta de otro entretenimiento, volvió a entrar a la prisión, inusitado de grandes espectáculos. Muros derrumbados, brumas místicas, patios y techos ensangrentados, aparecían cada mañana de domingo, cuando las visitas eran constantes.
Algunos guardias fueron buscando sus propias salidas, otros quedaban en los túneles de la cárcel, como mendigos adormilados: desnudos, desmenuzados y con una carta de amor firmada por Lucía. Aparecían como una travesura, después, eran polvos oscuros dentro de un círculo de escupidas ensangrentadas. A casi ninguno pudieron recoger, para darles el tributo de un entierro. No preguntes si es que estaba de fiesta con los amigos, que mi respuesta son balas para tu corazón herido…
Lucía nunca supo nada de lo ocurrido y, ante la gran cruz de tres brazos horizontales, fue llamada a los siete mundos del Orilé. Sus evocaciones de cantos sencillos y rítmicos fueron silenciadas para siempre. El agua sagrada, con perfume de albahaca, fue lo único que se encontró de ella, mientras que un sonido de dedos estallándose bruscamente, se sentía como un sueño más, de un niño que, con rasgos de americano, comenzó a volar como una figura celestial, junto a una mariposa azul dentro de la celda.
