A la orilla del tiempo

Sobre la antología Poesías completas (1957 – 2000), de Carlos Sahagún

Jorge de Arco

Poesías completas (1957 – 2000)
Carlos Sahagún
Renacimiento. Calle del Aire. Sevilla, 2016

 

carlos-sahagun-librariopoesia-otrolunes44Semanas antes de su fallecimiento (agosto de 2015), Carlos Sahagún (Onil, Alicante, 1938) había dejado corregidas y dispuestas las pruebas de este volumen que ve ahora la luz y que reúne sus Poesías completas.

En 1958, apareció su primer poemario, avalado por el premio “Adonáis”: Profecías del agua. En 1961, galardonado con el “Boscán”, se editaba Como si hubiera muerto un niño. Doce años después, Memorial de la noche, y, en 1979, Primer y último oficio, que obtendría el premio Nacional de Poesía.

A excepción, pues, de los sonetos de una plaquette publicada en 1955, Hombre naciente, y con la inclusión de 28 inéditos bajo el epígrafe de “Últimos poemas 1978-2000″, el lector tiene ante sí el total lírico de un poeta vital y sobresaliente.

Aunque retirado del bullicio literario de manera voluntaria desde hacía más de dos décadas, nunca dejó de lado su pasión por la palabra. Su humildad -tan infrecuente en la actual república de las letras– se plasmó también en su quehacer, en sus temas y en su forma de entender la poesía como un camino de salvación y de retorno. Y de retorno, digo, sobre todo a la patria de la infancia, lugar recurrente en sus dos primeros volúmenes ya citados. Releyendo sus versos, he vuelto a tropezar con ese bellísimo canto titulado “Aula de química”, un delicado himno, una emocionante elegía dedicada a un antiguo profesor: “Si vuelvo la cabeza,/ si abro los ojos, si/ tiendo las manos al recuerdo,/ hay una mesa de madera oscura,/ y encima de  la mesa, los papeles inmóviles del tiempo,/ y detrás,/ un hombre bueno y alto (…) Profesor, hasta el tiempo del agua químicamente pura/ te espero”.

Sus poemas de amor son, a su vez, otro ejemplo de cómo la poesía fluía de manera firme y solidaria por su pluma y, en muchos de sus textos, me he reencontrado con ese concepto socrático por el que el amor no es más que un demon, un intermediario capaz de unir lo que está por encima de lo establecido, capaz de fusionar las partes esenciales de la belleza: cuerpos, actos, sentimientos y pensamientos. Desde esa idea, pareciese partir su bella “Canción”, incluida en Estar contigo: “Mujer que estás junto a la playa,/ a dos pasos del agua clara./ No te vayas de mi mirada./ Al viento íntimo tus cabellos,/ tu pecho a la orilla del tiempo./ En mí los malos pensamientos./ En mí el decir estos cantares/ que ya no sirven para nadie./ Soledad de las soledades./ Muérame yo, mujer, por verte,/ contra la mar, ante mis ojos, siempre”.

Ajeno a la vacua retórica y al gratuito oropel, el vate alicantino situaba su escenario lírico en una realidad que resultase reveladora, de ahí, que su decir, se orille frente a una certidumbre humanista, intuitiva y cercana. La sobriedad de su cadencia rítmica, su sutil aroma nostálgico, el peso ligero de su verbo, el grueso hilo narrativo con el que cosió sus composiciones, aderezan, además, muchos de estos textos que siguen emocionando tanto tiempo después. Tal es el caso de “Quede mi nombre”, recogido en Primer y último oficio: “Que mi reino no sea/ la soledad del héroe pensativo,/ sino tu fortaleza amurallada./ Hallen en ti refugio los días claros (…) Y cuando zarpe el último navío/ rumbo a la decepción definitiva,/ quede mi nombre escrito sobre el agua,/ indefenso, esperando/ la hora en que tú desciendas suavemente,/ sabiendo ya el camino, a recordarme”.