Las primeras poetisas en lengua castellana
VV.AA
Edición de Clara Janés
Siruela. Madrid, 2016
Tres décadas después de la publicación de Las primeras poetisas en lengua castellana, ve la luz una nueva edición, ahora ampliada. El excelente trabajo de Clara Janés, responsable e impulsora de esta renovada entrega, supone, además, una idónea ocasión para conocer más y mejor el complejo universo creativo en el que estas autoras desarrollaron su tarea.
En su revelador prefacio, la compiladora advierte de la trascendencia del legado que conserva la Biblioteca Nacional, y, “respecto a la escritura femenina, permite constatar que las mujeres no se limitaban a la poesía o la novela, sino que saltaban a otros campos, como la traducción o el teatro”; tal es el caso de Rebeca Correa, sefardí afincada en Amsterdam, o el de Ana Caro.
Capítulo aparte merece, por ejemplo, Oliva Sabuco, que destacó en el ámbito de la ciencia y que llegó a publicar la `Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos´, y a la que incluso Lope de Vega incluye en su obra El hijo pródigo, y llama “musa décima”.
Más de dos siglos de lírica española escrita por mujeres recoge este florilegio, que se abre con un poema de Florencia Pinar -una de las pocas escritoras que fue incluida en el Cancionero General-, bajo el título de “Canción”: “El amor ha tales mañas/ que quien no se guarda dellas/ si se l´entra en las entrañas/ no puede salir sin ellas (…) Es de diversos colores,/ críase de mil antojos;/ da fatiga, da dolores,/ rige grandes y menores,/ ciega muchos claros ojos”.
Cierra la antología, Sor Juan Inés de la Cruz (1651- 1695), prodigio de sabiduría y de entrega humana y literaria, que no supo ni quiso ser una mujer de su época. De una vastísima cultura, sacrificó su belleza, mas no sus conocimientos, y en su celda, rodeada de instrumentos musicales e innumerables libros, creo una obra que conjugo la sabiduría con la dulzura, lo moral con lo religioso. De ella, se recogen aquí diecisiete poemas, en los que no falta su imprescindible y hermoso “Primero sueño”.
Entre ambas escritoras, se da cuenta de otras 41 poetisas. Muchas de ellas padecieron la incomprensión y el rechazo de la sociedad de entonces. Otras, las menos, “debido a su condición de religiosas, o bien por tratarse de damas de alto estamento”, pudieron desarrollar su labor en el ámbito de las letras de forma natural, y sentir, a su vez, el abrigo y la complicidad de los suyos. Tal fue el caso de Juliana Morell, o Luisa Sigea (1530 – 1560), que destacó por su talento y por sus tempranas destrezas líricas: “Un fin, una esperanza, un cómo ó cuándo;/ tras sí traen mi derecho verdadero;/ los meses y los años voy pasando/ en vano, y paso yo tras lo que espero;/ estoy fuera de mí, y estoy mirando/ si excede la natura lo que quiero;/ y así las tristes noches velo y cuento,/ mas no puedo contar lo que más siento”.
En su “Prefacio” a esta edición, Clara Janés se detiene en las dos discípulas favoritas de santa Teresa: sor Ana de Jesús y sor María de San José, quienes también destacaron por su pluma ágil y firme. Además de fundar conventos, sor Ana de Jesús fue “la primera destinataria del `Cántico espiritual´ de san Juan de la Cruz y también de la traducción del Cantar de los Cantares´, de Salomón, de fray Luis de León. De ella, precisamente, se incluyen cuatro poemas -uno en traducción francesa-: “Quien no sabe de penas/ en este valle lleno de dolores/ no sabe cosas buenas,/ ni ha gustado amores,/ pues penas son el traje de amadores”.
Nombres como los de sor María de la Antigua, Hipólita de Narváez, Mariana de Vargas y Valderrama, Cita Canerol, Clara María de Castro, Mariana de Paz, Cristobalina Fernández de Alarcón, Leonor de Cueva y Silva, Luisa Manrique, Ana Ataide…, se unen a otros más conocidos y relevantes como los de Santa Teresa de Jesús o María de Zayas y Sotomayor (1590 -1660), relevante novelista y autora de un buen número de poemas, la cual ya reconociera tantos siglos atrás, la injusticia de verse relegada y minusvalorada por él único pecado de haber nacido mujer: “¿Por qué, vanos legisladores del mundo, atáis nuestras manos para las venganzas, imposibilitando nuestras fuerzas con vuestras falsas opiniones, pues nos negáis letras y armas?”.
Como coda, se incluyen un notorio apéndice “que simboliza los elogios”, de Miguel de Cervantes “A los éxtasis de nuestra Beata Madre Teresa de Jesús”, y dos poemas de Lope de Vega a Amarilis, posible pseudónimo de María Rojas y Garay (1594 -1629).