Elmer Mendoza, nuestro guía en Culiacán

Sobre sus novelas negras

Edmundo Paz Soldán

Felipe Garrido, escritor mexicano.

Felipe Garrido, escritor mexicano.

Señor director de la Academia Mexicana de la Lengua,
señores académicos,
señoras y señores:

Es un alto honor, una distinción que agradezco, una gratísima tarea responder el discurso con que don Élmer Mendoza celebra hoy su ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua.

Hace seis décadas, en abril de 1951, cuando Mendoza estaba a punto de cumplir año y medio de edad, por iniciativa de esta corporación se celebró en México el Primer Congreso de Academias de la Lengua Española. La más importante de sus consecuencias fue el surgimiento de la ASALE, la Asociación de Academias de la Lengua Española.

Aunque estaba claro que, de largo tiempo atrás el español crecía con parejo vigor bajo múltiples cielos, hasta entonces la única institución con autoridad para decidir lo que estaba bien dicho y escrito había sido la Real Academia Española. A partir de ese momento esta función ha correspondido a la ASALE, donde las veintidós academias del español trabajan para conservar la unidad de la lengua de Cervantes, y de Mendoza, y para sostener la legitimidad de todas sus variantes. Hoy en día, el español es una lengua que no reconoce su centro en ninguna comunidad lingüística particular. Una lengua toda periférica.

De acuerdo con ese criterio, nuestra academia tiene empeño en estudiar las variantes regionales del español mexicano. Fruto de ese interés es el Diccionario de mexicanismos que al través de Siglo XXI publicó la academia en 2010 –ya con reimpresiones y en revisión para su segunda edición, que será muy aumentada.

A ese mismo cuidado obedecen las reuniones que la academia organiza con sus miembros correspondientes y estudiosos de otras instituciones. La primera el año pasado, en Culiacán. Este año en Querétaro, Xalapa y posiblemente San Cristóbal las Casas.

En ese marco, resulta especialmente feliz el arribo a la Academia Mexicana de la Lengua de don Élmer Mendoza, un escritor de fino oído, especialmente sensible a las hablas. No sólo al culiche de su Culiacán natal, sino al español del Occidente, al de España, al de Argentina… Mendoza no necesita decirnos de dónde son sus personajes; basta escucharlos –antes que leerse la escritura de Mendoza se escucha- para reconocer su origen.

Mendoza es un experto constructor de intrincadas tramas donde confluyen numerosos personajes. Con soltura, con la naturalidad propia del buen conversador, pasa de una historia a otra, las hace a un lado, las retoma, las va trenzando… En su discurso, de pronto irrumpen relatos donde se nos da noticia de cómo doña Concepción Company Company orientó sus dudas; cómo en ocasiones conversa con Dios; cómo un atleta gringo le hizo sentir que debía asumir su identidad en cuanto que autor del Norte; cómo Fernando del Paso, Gonzalo Celorio, Louis Armstrong y el poeta Abutalib, analfabeto y octogenario, le dieron las claves para hacerse escritor.

Mendoza ha dejado claro que le gusta contar las cosas a su modo, incluida la costumbre de prescindir de comillas y guiones para marcar las voces de los personajes. Mucho le agradecemos las breves instrucciones para escribir una novela que nos ha dado en su discurso.

“Nadie puede escribir una novela si antes no ha leído 500”, nos dice para comenzar, y me parece un buen principio. Superar a Joyce no está mal como propósito en la vida, y tampoco lo está la respuesta que para lograrlo le dio Del Paso: tome el toro por los cuernos. De inmediato, Mendoza lo tradujo así: por encima de limitaciones, debilidades y modas, había que escribir todos los días. Había, además, que buscar lo que Abutalid admiraba en el joven poeta que no quería cantar las glorias del socialismo: escribir un verso que nadie más haya escrito. Una tercera clave, revelada por Celorio: la voluntad de estilo.

Para resumirlo: escribir todos los días, en busca de un verso que nadie ha escrito, con voluntad de estilo. Ándese paseando.

Mendoza ya había tomado el toro por los cuernos: una noche que estaba solo en casa agarró un cuaderno y se la pasó en vela, escribiendo historias. En la madrugada estaba eufórico. Decidió hacerse escritor. Con 28 años cumplidos, renunció a su trabajo como ingeniero y se mudó a México para estudiar literatura en la UNAM. Terminó un libro de cuentos, Mucho que reconocer, y cuando don Joaquín Diez-Canedo le dijo que para publicárselo tendría que esperar más de dos años, Mendoza, con otra empresa, pagó la edición de su libro. Era 1978. Ahora las cosas han cambiado. Cito a Mirtha Rivero: “Su última novela, La prueba del ácido, la terminó de escribir en septiembre de 2010, y dos meses después, a mediados de noviembre, ya había sido publicada; quince días más tarde se habían vendido los derechos para la traducción alemana y en enero de 2011, para la edición italiana.”

El camino a los libros había sido accidentado. Mendoza nació en Culiacán, en la Col Pop de sus novelas, en 1949, el año en que Eulalia Guzmán dijo haber hallado los restos de Cuauhtémoc en una tumba de Ixcateopan –tema que se antoja para una de sus novelas-. Creció en el campo, al lado de su abuelo materno, trabajando, entre corridos y música norteña.

Cuando regresó a la ciudad descubrió la música y la cultura del rock, y al mismo tiempo la lectura. Aprendió a leer cuando tenía diez años: comics, novelas de vaqueros y de Corín Tellado, el Reader’s Digest. Cantando a Machado y a Neruda, Serrat lo llevó a la poesía. En casa de una tía tropezó con Verne, Veinte mil leguas de viaje submarino. Un día apareció en el barrio un Quijote; Mendoza iba cada tarde a leerlo. “Yo no soy de los que rechazan –dice-. Yo dejo que todo entre.”

Con el tiempo, se hizo profesor de Literatura Barroca y Literatura del Renacimiento en la Universidad Autónoma de Sinaloa; ha diseñado un curso para escritores; con generosidad enorme, comenzó a impartir talleres de lectura. Creo que fue en esas andanzas como nos conocimos.

Al lado de todo eso siguió escribiendo, buscó el diálogo con otros escritores, descubrió la importancia de los detalles, vio que Rulfo, Joyce, Faulkner, Guimaraes Rosa, Mario de Andrade, Del Paso habían invertido años en completar sus obras. Llegó al punto medular del lenguaje. “Soy mi lenguaje –dice-, mi lengua materna.”

¿Quién decide cómo debe ser el lenguaje? No las academias, sino los hablantes. Las academias recogen y estudian todos los registros de la lengua: el habla de las calles y de los bajos fondos, los usos generales, las jergas, la más alta poesía.

Veinte años separan aquel primer libro de cuentos que Mendoza financió, de Un asesino solitario, su primera novela. En ese tiempo encontró su voz, donde lo que él llama el código estándar se mezcla con el habla técnica, el habla culta, el habla popular: ¿Sabes qué carnal? Durante el año tres meses y diecisiete días que llevamos camellando juntos te he estado wachando wachando y siento que eres un bato acá…

La oralidad ha sido siempre un pilar de la literatura. Los grandes escritores han buscado, al lado de otros registros, escribir como se habla: Aristófanes, Dante, Cervantes, Quevedo, Shakespeare, Joyce, Rulfo, Borges, Cortázar y los demás. Precursor en nuestra lengua, en el siglo XIII, Berceo:

Quiero hacer una prosa en román paladino,
en cual suele el pueblo hablar con su vecino;

Don Élmer Mendoza ha puesto en escena cinco obras de teatro, y ha publicado seis libros de cuentos, dos de crónicas y seis novelas –la séptima ya va avanzada-. El amante de Janis Joplin obtuvo el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares; Efecto tequila fue finalista del premio Dashiell Hammett; Balas de platarecibió el III Premio Tusquets de Novela.

Mis favoritas son dos. El amante de Janis Joplin, donde aparece el más redondo de los personajes de Mendoza, David Valenzuela, de mortífera lanzada cuando se trata de arrojar una piedra o una botella, desdoblado en una voz interior que le tiende trampas. Y Cóbraselo caro, donde Nicolás Pureco, dueño de tres restaurantes de comida mexicana en Chicago, se obsesiona con la idea de encontrar las piedras que alguna vez fueron Pedro Páramo y viaja en su busca, acompañado por Lily, su mujer, quien vive ofuscada por la comida sana, los tratamientos de belleza y el sexo. El contrapunto es una delicia. Cóbraselo caro fue el homenaje que Mendoza rindió a Rulfo en 2005, en el medio siglo de la aparición de Pedro Páramo. Más disfrutable en la medida en que se conozca mejor a Rulfo. Es la única de las novelas de Mendoza que no corresponde al género negro, aunque sí a la vida –en ambos lados de la frontera- de los mexicanos que emigran a los Estados Unidos.

El narco es el tema dominante. Mendoza dice que el mundo es un lugar violento y el narco una presencia de siempre. No le interesa juzgarlo, sino hacerlo literatura. Una mirada irónica sobre la sociedad y la política, un enorme sentido del humor, el gusto por el juego y la parodia despojan sus obras de un sentido trágico.

Sus personajes, dice Eduardo Antonio Parra:

pertenecen a la estirpe de la picaresca. Son buscones quevedianos que deambulan por el norte sin esperanza de hallar lo que jamás se les ha perdido; lazarillos culiches siempre inmersos en su identidad regional, aunque […] se desenvuelvan en otros países y otras culturas; periquillos lizardianos que no se cansan de reflexionar sobre la política y los problemas sociales tanto de México como del resto del mundo, sin tomarse las cosas demasiado en serio, sin angustiarse.

Por su apasionado interés en la escritura, en la literatura de estos y de otros tiempos; por su vocación de formar lectores y escritores; por su académica curiosidad volcada sobre las hablas de todo sitio donde se hable español, estoy seguro de que don Élmer Mendoza contribuirá grandemente a los trabajos de la Academia Mexicana de la Lengua.

En nombre de todos los académicos, es para mí un honor y un placer darle la bienvenida. Querido Élmer, adelante, ésta es tu casa.