Cadenas de búsqueda
Javier Moreno
El Desvelo Ediciones, Santander, 2012
El poema titulado prólogo (sí, hay un prólogo y un epílogo, lo que confiere unidad al propósito) marca intenciones: austeridad, búsqueda del silencio. Y también ruido, cuando sea necesario, pero el conjunto se mantiene dentro de cierta fijación por el detalle, muy próxima a lo zen. O, mejor dicho, a lo que entendemos como zen. La palabra de Javier Moreno es sencilla pero nunca burda. Es un escritor cuyo dominio del lenguaje permite, cuando son necesarias, la omisión y la elipsis. Algunos poemas, como El comienzo de todo, son bastante narrativos, incluso próximos al microrrelato, pero el verso y la propia condición poética quedan justificados por el ritmo -libre, casi anárquico, pero extrañamente conseguido- y por la búsqueda de lo indefinible, de la verdad escondida tras las palabras y los sentimientos. Lo afirma en estos versos, que definen a la perfección su atinado registro: Lo difícil es adquirir / la densidad del lenguaje / no hundirse / no ascender demasiado / flotar / a medio camino / del fondo y el cielo.
Discernir si Javier Moreno es o no un autor postmoderno es un debate estéril. Porque, sea con los ropajes que sea, trata con acierto, y con una mirada distinta (dentro de lo imposible de tal pretensión), temas tan universales, y tan inevitables, como el tiempo: los árboles también mueren / acierto a pensar con dolor / mientras desayuno o la muerte. Verdad es que introduce símiles científicos, incluso tecnológicos, y denominaciones comerciales (paquetes de sentido, más discutibles) que podrían trasladarnos a cierta vertiente de la denominada postmodernidad (lo que no es negativo en absoluto) pero la calidad de las preguntas planteadas -y de las respuestas otorgadas- supera cualquier etiqueta. Incluso en ocasiones, la modernidad -si así pueden considerarse propuestas que ya fueron planteadas, por ejemplo, por Apollinaire hace un siglo. De hecho, son tantas las referencias de este breve poemario que a veces también recuerda a Perec y sus divertidas enumeraciones- trae imágenes tan brillantes, con una visualización tan potente como: Las miradas eran un campo de vectores / apuntando a la singularidad definitiva (se refiere al ataúd que contiene a su abuelo) y divertidas frivolidades -aunque apunten a la cibernetización de la mirada- como Mario Bros in love o épicas ironías (cuando compara el número de resultados en google de la vida y la muerte, constatando el triunfo de la vida). El culto a lo digital contrasta con esa bella reivindicación del salvajismo que aparece en el, tal vez, mejor poema del libro, el titulado Lubina salvaje, y en una continua reivindicación -ahí es donde más se aproxima a lo zen- de la elegante simplicidad de la naturaleza, de la lentitud de sus movimientos. También acierta -tanto por la elección del criterio como por la coherencia con el resto- en la negación de cierta lírica manida y archimanida desde hace más de 200 años: Siempre he detestado los poemas que hablaban de / París y Roma / y de toda esa belleza acomodada tras la vitrina de un / Museo y / en general los poemas donde el poeta habla del viaje.
Un libro más que interesante, que proviene autor valiente e imprevisible, apegado a la modernidad pero, sobre todo, a sí mismo, capaz como pocos de descifrar y entender el mundo moderno y sus interrelaciones (como indica su certero título).