Eccehomo, o el sentido del arte

Elidio La Torre Lagares

LEcce Homo, restaurado por Cecilia Giméneza localidad de Zaragozana de Borja nunca pensó tanta notoriedad.

El impacto fue inmediato y no tiene uno que ser conocedor del arte para apreciar el estruendoso rococó del Eccemono, como se le ha llamado al palimpsesto plástico que Cecilia Jiménez impusiera sobre el Eccehomo, un fresco que Elías García Martínez pintara en el siglo XIX en columna de la Iglesia del Santuario de la Misericordia. Jiménez, quien alega que su única intención era restaurar el original, ha levantado, así, sin querer, nuevos cuestionamientos sobre la teoría del arte.

El Eccehomo de Cecilia es un hipotexto, del modo en que Homero se debe a Virgilio. Primitivista y audaz, el Eccehomo de Cecilia pretende llevar el decorativismo eclesiástico a una dimensión narrativa que por fin haga sentido. Todo ha cambiado: la mirada del Cristo original ya no se tuerce hacia el infinito implorando compasión, sino que ahora mira al espectador, creando un ánimo de intimidad. Sobre todo, la cualidad más atractiva de la pretendida restauración es el hecho que las facciones caucásicas del Cristo han sido transformadas por características un tanto simiescas. Un planteamiento contra la teoría creacionista, han reclamado algunos medios.

La comunidad de Borja ha manifestado indignación por el acto que entienden como un ejercicio de irreverencia.  La pintura, que ni siquiera estaba catalogada, se encontraba visiblemente deteriorada, un resultado de la combinación entre olvido e indiferencia y Cecilia simplemente se ofreció a restituir lo que el tiempo le había cobrado a la obra. El resultado final, para la sorpresa del mundo, provoca más efecto de un grafiti de un joven rebelde que las buenas intenciones de una devota pintora de ochenta años de edad.

El saldo de todo este maravilloso entuerto es que Cecilia ha dado al mundo una reinterpretación de la pintura original y con ello ha plantado la huella posmoderna.

Jeff Koons, el maestro del arte banal, no tiene nada que buscar ante Cecilia.

La subjetividad y manera particular de ver el mundo se han impuesto sobre la narrativa consentida de la imagen genérica de Cristo, que hasta parece haber perdido la corona de espinas. Al incidir directamente en la propuesta artística del proyecto de la modernidad, y suplantarlo a la vez, Cecilia Jiménez ha resuelto la distensión entre las fases históricas y ha dado, quizá, el primer Cristo pos/transmoderno. Así, la restauradora transita y toma libremente del pasado, irreflexivamente y sin reparos, a la vez que recurre a lo figurativo, a modo de crowdsourcing, y admite –aún en contra de que la propia Cecilia alega que nunca tuvo intención de rebajar la obra original- la imposibilidad de repetir la realidad tal y como era antes.

Ya nada nuevo puede ser creado. Solo transformado. Y afeitado.

El Eccehomo de Cecilia vuelve a la imagen original, la evoca, la recicla y la convierte ya en arte pop. Versiones paródicas han inundado a Internet como copias de copias de copias. El Eccehomo se convierte en ícono popular y hasta ha tomado la forma del manga japonés. La semejanza con “El grito” de Edvard Munch es ineludible e intertextual: si bien la obra del pintor noruego matiza un tono de ansiedad y desesperación (el título de otra de sus conocidas obras, de hecho), en el Eccehomo de Cecilia vemos la boca difuminada, los labios borrados, como si cualquier facultad de expresión verbal sonora fuese anulada. Tal vez se trata de un Cristo sin libertad de expresión, sin oportunidad esta vez de reclamar el abandono de su padre. Tal vez es un Cristo Big Foot o pie grande, un mero avistamiento sin periodicidad; o tal vez es una recreación de un Ewok, los oseznos de La Guerra de las Galaxias. Tal vez. Siempre el tal vez.

Pero, a fin de cuentas, es arte que habla de arte, otro arte precedente y que ahora se rememora como se recuerda al dodo o al coloso de Rodas: maravillas domesticadas por lo efímero. Un proyecto duchampiano en su negación de las nociones que regulan el concepto de obra moderna.  A la vez, es una respuesta al certificado de defunción que Hegel expidió para el arte.

Casi por voluntad deconstruccionista, la borradura del fresco de García Martínez nos plantea un asunto ontológico a la obra de arte: ¿se trata de una sustracción o una adición al original, el que no se ve, pero que está? ¿Supone un acto de creación la destrucción de un orden previamente asentado? ¿Es en realidad destrucción? Más aún, ¿debemos verlo todo siempre desde un maniqueísmo de la estética?

El asunto es que el Cristo desfigurado de Cecilia Jiménez ha puesto en el mapa a Borja, a su iglesia y a la propia restauradora. Alguna suerte de peregrinación ha comenzado en la medida que los curiosos han acudido a atestiguar, mientras dure, al Eccehomo. Las familia del pintor original reclama que se restituya la misma. Las autoridades eclesiásticas se muestran –hasta ahora– perturbadas por el suceso y permanecen sin respuestas inmediatas. Mientras tanto, una legión de seguidores de Cecilia se ha levantado en las redes sociales solicitando, ante la inevitabilidad patente de haber perdido la obra original, que se preserve el trabajo de la pintora amateur.

Para Ernst Fischer, el ser humano se identifica con una representación artística en su deseo de querer ser algo más que él mismo en su factura de discontinuidad, algo que lo reinserte en el tiempo y le dé unidad a lo que por naturaleza es caótico. Tal vez por eso el Eccehomo de Cecilia es honrado con el favor y el apoyo de quienes, a la larga, detentan el patrimonio del mundo: nosotros, la humanidad.

Iluminados y muertos de la risa a la vez quedamos, porque el mundo es terrible, y el arte raras veces puede enmendar el mundo como lo hace el Eccehomo. Y ahí entonces nos vemos todos como los hijos bastardos de una pintura de Goya.

La mejor parte es que Cecilia Jiménez ha realizado la contribución más impactante de los últimos treinta años en el mundo de las artes.

Sin quererlo. Sin saberlo.