Chenjerai Hove es uno de los autores más importantes de Zimbabwe, así como uno de los pensadores más respetados. Ha vivido en el exilio en Noruega, pero también residió algún tiempo en el municipio flamenco de Vollezele, con el fin de colaborar con una actualización de la obra King Lear, de Shakespeare. Hove dice: “Justo como Lear, Mugabe1 se rodeó de aduladores y cameladores”.
En el año 1989 la novela Bones, de Hove ganó el prestigioso premio literario Noma. De principio a fin los versos y frases expresan la voz de los impotentes oprimidos; primero bajo el peso del yugo de la colonización, después bajo el de los gobernadores postcoloniales. Hove, que respectivamente ha sido maestro en el campo, periodista, poeta, novelista, mentor de escritores y finalmente también docente universitario en el exilio, ha recorrido un trayecto agitado en su vida, que ha dejado en él profundas huellas. “Escribo sobre todo por la noche”, dice mientras nos muestra el cuarto de estudios en su lujosa granja, la Villa Hellebosch. “Me he quedado con esta costumbre desde Zimbabwe. Quise evitar a mis hijos la deshonra de ver a la policía sacando a su padre de la cama por la noche. Así, al menos, estaba preparado para cuando viniera la policía”.
Mientras coloco en la fotocopiadora su poemario Blind Moon, imposible de encontrar en Bélgica – “Diles que el poeta te ha dado permiso” — Hove me cuenta sobre su huida de Harare. “En el año 2001 salí, por consejo de Wole Soyinka (ganador nigeriano del premio Nobel de Literatura) y del escritor radical norteamericano Russell Banks. En ese tiempo, escribía semanalmente una columna en el periódico zimbabwense The Standard, en la cual me burlaba del minúsculo bigote de Mugabe y de su predilección por juguetes. La situación se volvió demasiado peligrosa para mí”.
“¿Sabías que la comitiva de Mugabe dispone de 45 limosinas, con ocho motores delante y atrás?”, se ríe Hoven, mientras se burla del “tonto” Mugabe, al servirse un dedo de tabaco en polvo. “Incluso hay una clínica en su residencia, que dispone de las últimas novedades tecnológicas”.
¿Usted realmente piensa que Mugabe está loco?
No soy psiquiatra, pero honestamente pienso que nuestro presidente sí es bobo. Y ya hace tiempo. Un día Desmund Tutu llamó a Mugabe trastornado.
En la biografía de Martin Meredith se describe a Mugade como un solitario que se retira para leer y estudiar.
Sus familiares me contaron que es bastante introvertido. No jugaba con otros niños o con niñas. Pero aún si te gusta estar solo, sí quieres tener contacto con otras personas para intercambiar ideas, ¿no? Mugabe no. Una y otra vez me fui a tomar con uno de sus hermanos. Estaba en la misma escuela que él. A Mugabe nunca le han gustado los bares.
¿Jamás ha sido partidario de Mugabe?
Nunca he sido un admirador de él. Además, hasta el año 1960 nadie le conocía. Daba clases en Ghana y sólo había vivido poco tiempo en Zimbabwe. Gracias a su decente nivel de inglés, lo ascendieron inesperadamente a Publicity Secretary del partido. Después de la independencia, en el año 1980, echó a un lado a todos los nacionalistas, de uno en uno, y los detuvo. Echó a todos los jefes del ejército y de la policía del régimen de la minoría blanca, excepto a los torturadores y verdugos. Se quedó con ellos.
¿Esto le ha dado una aversión por él?
De todas formas era un presagio. Pero me preocupaba también por su postura hacia nosotros, los profesores. Con la independencia, hubo una huelga de los profesores. Bajo el régimen colonial, el salario de los maestros negros era sólo la mitad del de los blancos, mientras que por el mismo trabajo, los negros disponían de los mismos libros y planes de estudios. Por ello, exigimos salarios iguales para todos después de la independencia. También exigimos del Estado una retribución de los salarios que habíamos perdido. Las enfermeras nos apoyaron en la huelga, ya que se encontraban en la misma situación.
¿Ustedes exigían que los nuevos gobernantes pagaran los salarios atrasados?
¡Sí! (se ríe fuertemente). Mugabe estaba fuera de sí y despotricó fuertemente contra nosotros. Nos reprochaba que no habíamos contribuido nada a la guerra de liberación y, por ello, no teníamos nada que ver en sus políticas. Yo estaba muy decepcionado. Ese hombre no sabía lo que estaba diciendo. Durante la guerra de liberación, nosotros — los profesores, enfermeras, campesinos y pequeños empresarios – apoyamos mucho a los guerrilleros. Me acuerdo que un día me quedé con sólo 23 centavos de mi salario mensual por habérmelo gastado en comida y ropa abrigada para los guerrilleros que estaban buscando ayuda en el pueblo.
¿En su obra Usted da rienda suelta a esas frustraciones?
La literatura no puede incurrir en eslóganes en favor o en contra de Ian Smith, Mugabe, Che Guevara o Fidel Castro. La poesía es la belleza del escrito. En mi último poemario Blind Moon escribo: “En el camino hacia la casa del poder, dejaste muertos, y viudas. En el camino hacia la casa del poder, dejaste piedras rotas, y cerebros estropeados. En el camino hacia la casa del poder”. Pero no estoy haciendo ninguna mención de Mugabe. La literatura existe para permanecer. Además, racistas así como Smith y los negros, han abusado fuertemente del poder. Los negros aún más escandalosamente.
¿La violencia después de la independencia era peor que bajo el mandato de los ingleses o el régimen minoritario de Ian Smith?
Honestamente, sí. La violencia se volvió peor después de la colonización. No puedo acordarme haber visto un niño o mujer en llamas antes. Si los colonialistas la tenían tomada con uno, al menos dejaban a tu hijo o a tu mujer en paz. Los guerrilleros no; ellos encerraban familias enteras en la casa para después quemarla toda.
¿Por qué Usted huyó de Zimbabue en el 2001?
Soyinka y Banks me habían dado un billete abierto de British Airways con el mensaje: “Vayase antes de que sea tarde. No queremos un segundo Saro-Wiwa2“. Al comienzo de su régimen, intentaron comprarme. En el año 2001 me ofrecieron una enorme cantidad de dinero para organizar el próximo congreso del PEN Club en Zimbabue. Yo era, y todavía soy, el Presidente de la Asociación de Escritores del PEN Club de Zimbabue. Con la intención de darse buena publicidad, el régimen quiso mimar a los escritores internacionales, enseñarles las cataratas de Victoria y el Gran Zimbabwe y alojarles en los hoteles más exquisitos del país, sabiendo que el gran público da mucha importancia a lo que cuentan los escritores.
Pero las cosas terminaron de otra manera.
Yo decía a mis colegas que quería invitarles, pero no podía tomar la responsabilidad de lo que escribieran. Después me ofrecieron una granja, pero eso también lo rechazé. Mi padre era campesino y sé bien lo que significa llevar una granja: trabajar día y noche, las veinticuatro horas. Eso tampoco funcionó. Después intentaron acusarme de crímenes que ni siquiera había cometido, por ejemplo el contrabando de marihuana. El régimen de Mugabe dispone de nada menos que 200.000 informantes oficiosos y, por ello, hasta tu propia pareja o hijo puede delatarte. También escenificaron un accidente de tráfico e intentaron envenenarme cuando estaba en el hospital. En Zimbabwe es mejor no hospitalizarse si eres opositor. La probabilidad de salir vivo es mínima.
En comparación con las torturas que sufrió Tsvangirai, Usted salió bien librado.
Correcto. Además pienso que pocos harían lo que ha hecho Tsvangirai. A pesar de las reiteradas torturas y hasta intentos de asesinato, nunca ha dejado la lucha. Sin embargo, sigue predicando la esperanza para un Zimbabwe diferente y ofrece una alternativa a los votantes para el partido del gobierno Zanu-PF.
Tsvangirai puede ser un hombre muy valiente, pero en las últimas elecciones no ha podido convertir su victoria en verdadero poder.
Tsvangirai no tenía otra opción que entrar en negaciones con Mugabe, aún cuando sólo fuera para enseñar al mundo entero cómo Mugabe es un falso negociador. El bando de Tsvangirai reivindica la repartición de los ministerios claves de seguridad, policía y ejército. Pero Mugabe quiere reservárselos para él y sólo concede a su rival los ministerios más insignificantes, que no pueden cambiar en nada al sistema actual. Si Tsvangirai acepta, estará acabado, ya que entonces quedarán impunes los criminales que mataron a nuestros hermanos y hermanas.
¿Qué opina Usted sobre el papel del Occidente en las últimas negociaciones?
No puedo entender cómo, por ejemplo, el ministro británico de Cooperación al Desarrollo ha declarado públicamente que ponen cinco millones de libras a disposición para cuando las cosas se resuelvan en la política zimbabwense. ¿Cómo puedes estar prometiendo dinero a la oposición sabiendo que sabes que Mugabe aprovecha cada oportunidad para confirmar su acusación de que Tsvangirai es un títere del Occidente? Blair debería haber dicho: “independientemente del resultado electoral, apoyamos al nuevo gobierno y al estado de derecho”. O los británicos están mal informados o están jugando un partido en casa, con sólo un mensaje: “¡Mírennos, somos los campeones de la democracia!”.
¿Qué asuntos trataría primero si fuera ministro en Zimbabwe?
Que cada uno se ocupe de lo suyo. Soy escritor y no quiero ser ministro. Mi primo ha ostentado varias carteras y me ha invitado varias veces a entrar en el gobierno. Le dije: “No hay peor ministro de Educación o Cultura que un escritor-ministro, porque éste sabe lo que es lo suyo y piensa que siempre debe tener la última palabra. Nunca escucha a sus funcionarios.
Pero supongamos que Usted debe hacerse ministro…
Si fuese ministro de Educación, redactaría todos los textos de nuevo porque los actuales son meros instrumentos de propaganda. Como si nuestra historia sólo empezara a partir de Mugabe.
Con el fin de acabar con el pasado, no bastará un cambio de gobierno. ¿Debe organizarse una comisión de la verdad como en África del Sur? ¿O tribunales populares como en Ruanda?
En el pasado varias personas abogaban en pro de declarar todas las fechorías. Yo también abogué por eso frente a los representantes de la oposición, pero Mugabe lo vetó en el año 1998. Personalmente, estoy dispuesto a hablar sobre lo que he visto. Sé donde se han cometido las masacres. Sé donde ejecutaron a mis compatriotas, para tirarles en pozos y enterrarlos con niveladoras. En el año 1978, los guerrilleros asesinaron a un auxiliar médico en mi presencia. Le cortaron la nariz y los brazos con un hacha, para después tostarlos sobre el fuego y obligar a aquel hombre a comer su propia carne.
En su poema “The Violence of Gokwe” Usted escribe sobre su región natal. ¿Cómo era allá?
Gokwe era una región muy compleja, dada la presencia de luchadores de Zipra, Zanla, del obispo Muzorewa y otras milicias. Si no te llevabas bien con tu vecino, podías entrar en una milicia y decirles que él apoyaba a los enemigos. Entonces lo mataban. Gokwe es una masacre. Algunos culpables volvieron después para reconciliarse con las familias de sus víctimas, mientras que otros se volvieron locos.
¿Usted a veces se despierta bañado en el sudor de la angustia?
No es fácil olvidar la imagen de una persona que está siendo cortado en piezas. En mi libro ¿Masimba Avanhu? (¿Esto es el poder del pueblo?) describo la excavación de una tumba. El libro se basa en una historia real. Durante la guerra de liberación perdí cinco de mis estudiantes en un día, cinco niñas. Los guerrilleros solían entrar a las aulas, escogiendo las niñas más bonitas para violarlas en los bosques. Ese día los rodesianos tendieron una emboscada a esas niñas, junto con cinco de mis estudiantes, y las mataron. Los rodesianos aterrizaron en helicóptero cerca de la escuela y entraron al aula. “Señor”, me dijeron, “hemos matado a sus estudiantes terroristas. Puede buscarlos”. Los cadáveres, totalmente convertidoe en jirones, estaban tirados en el monte.
¿Cuánto tiempo Usted considera necesario para curar las heridas de Zimbabwe?
Es increíble qué impacto pueden tener una guerra y una dictadura en la mente humana y en los lazos familiares y de amistad. Nuestro país es víctima de la angustia. Zimbabwe es una gran prisión, en la cual los hombres no confían en sus mujeres y al revés. El régimen de Mugabe dispone de nada menos que 200.000 informantes oficiosos y, por ello, hasta tu propia pareja o hijo puede delatarte. Vas a la iglesia y no sabes si puedes confiar en el cura. Para obtener resultados, se debe desmantelar el sistema entero.
¿Le gustaría volver a Zimbabwe un día?
Cuando el acuerdo de paz esté hecho, quiero volver, aún si tengo que dar clases en una escuelita en el campo. Prefiero hacer eso que dar conferencias a niños gordos en la Brown University, donde la mayoría de los estudiantes simplemente quieren graduarse. A muchos maestros en la diáspora les encantaría volver, al menos si recibiesen un mínimo de aprecio en su país natal. Pero aún así, las cosas no son tan sencillas. Al menos cuatro millones de zimbabwenses han dejado su país y han construido una nueva vida en otra parte, han comprado un apartamento y han hecho amigos. Personalmente, no sé cómo mi mujer se comportaría si apareciera en la casa después de una ausencia de siete años.