Pero no quiero perder ni un sufrimiento, ni soportar una menor tortura;
Más la angustia castiga, más de prisa bendice.
Y perdida en las llantas del infinito o brillando con una luz celeste
Cuando anuncia la muerte, la visión es divina.
Los versos de Emile Brontë me han acompañado estos días mientras escribo. Existe una misteriosa relación entre los textos que vienen a uno y los estados del alma, una resonancia que responde a extrañas sincronías del espíritu, aun cuando su respuesta quede siempre abierta a lo desconocido.
He estado releyendo toda su poesía, pero vuelvo una y otra vez a este verso, “cuando anuncia la muerte la visión es divina”.
Hay una duplicidad intrínseca en todo arte auténtico, la exigencia de aniquilar para encontrar, siempre tentado por el peligro de una falsa seguridad, ya sea la historia que se cuenta, la comodidad de un lector enervante en su aprobación entretenida y superficial, o simplemente la racionalización en una fórmula aceptable de lo irracional. Y a la vez, la íntima tensión que reconoce a la angustia como su mayor fortaleza, y que, aun sabiendo que puede sucumbir a ella, le sigue. Hay una invocación esencial, una exigencia dramática, exigencia de lo profundo del ser, emparentada con el éxtasis místico (aunque más bien como una hermana bastarda que gemela), que conmina como el llamado de un abismo.
La soledad de la creación en sí misma conlleva la angustia, y culpa: al crear se abandona la acción, donde sólo puede darse la verdad de un hecho tangible, y también una culpa más profunda, esa que sintió Kafka como pocos, la culpa del lenguaje en sí, de nombrar para intentar tener lo innombrable, y junto a ella la culpa de añorar y pretender lo absoluto, esa que Emily describió y sintió a plenitud.
“He tenido sueños en mi vida, sueños que han estado conmigo para siempre, y cambiaron mis ideas, fueron atravesándome más y más, como el vino atraviesa el agua, y alteraron el color de mi mente.” Me dice Emile, y yo sé que escribir, llevando la escritura hasta sus últimas consecuencias, parte de un desgarro esencial, un equivoco, el mismo de existir como individuos separados frente a la unidad del ser.; que la angustia le acompaña y a la vez le bendice.
Pero esta angustia de la escritura, de la creación, sigue, sin embargo, siendo divina, o una de las experiencias más próximas a lo divino que son posibles al hombre fuera de lo puramente religioso.
Divina no significa la presencia de Dios o una divinidad más o menos convencional, al contrario, puede ser la pura irrupción del vacío, de ese afuera silencioso y desierto, del silencio del ser. Sino divina en el sentido que ha roto las seguridades, el mundo de la razón y las convenciones, y justo ha sido tomada por la experiencia de lo esencial. Como dice Bataille: la literatura es esencial o no es nada.
Desde ella es comprensible, aunque no justificable, la banalización tan querida del arte y la cultura actual: negar lo esencial, negar la muerte, negar la transgresión por la afirmación desenfadada de lo pequeño, de la relativización, o por un refugio en las tranquilizadoras respuestas de la ciencia o la tecnología que intentan reducir a esquema lo que es irreducible a esquema alguno.
Lo esencial de la escritura y la creación no tiene que ver con ello, aun cuando la ambigüedad, la duplicidad, la tentación de rendirse y sucumbir a la presión de lo banal, no puede ser desbaratada ni negada del todo. El grito de Emile Brontë, ese ejemplo tan peculiar del más pleno amor e infierno en alguien que en apariencia no debía revelarlo, tiene ecos a lo largo de la historia de la literatura. De hecho sigue estando ahí, por más que se intente ocultar, atacar y relativizar. Responde a una demanda esencial al ser humano: dar sentido sabiendo que el sentido no puede darse, que es terrible, más allá de un simple discurso racionalizador, una norma, una religión, una raza o un mero contar la historia. Sabe que la visión es divina y que debe buscarse. Que anuncia la muerte, y le llama, como el viaje al fin de la noche de Céline, pero anuncia también la vida, es más, de alguna manera niega el poder de la muerte al abrazarla en sí. No como la pura experiencia mística, donde ya no cabe el discurso, este si se hace es sólo alabanza, salmo, sino como la experiencia del mito, la del terror sagrado que es a la vez la máxima expresión de lo real.
Mientras escribo y Emily me susurra al oído: “tengo que recordarme a mí misma respirar, casi como recordar a mi corazón latir”, sé que el acto de escribir, desde la pureza de la sinceridad que mira en lo infinito, indica el afuera, el desierto, la paradoja, responde a una nostalgia atroz y desoladora. Se entrega a lo indistinto, que siempre está ahí, hágase lo que se haga para ocultarlo, y al hacerlo, al entregarse, cayendo arrogantemente en los brazos del vacío, reconoce y asume la raíz de la existencia y el mundo, de la ausencia donde sin cesar la vida se perpetua, donde las palabras belleza, horror, amistad, ética, amor y odio, adquieren su verdadero sentido.
Lo esencial está ligado a una impotencia de la persona, de la convención y la norma, por tanto de la vida cotidiana. No estuvo muy errado Platón, quien por lo demás amaba profundamente a la poesía, cuando sugirió, sospecho que más a modo de imagen que de inevitable fatum, la expulsión de los poetas de su República. Platón quería la pureza de la razón (la cual ciertamente puede, cuando llega al límite de sí, ascender a semejantes alturas, aunque es muy dudoso, me atrevería a decir que imposible, que lo que se proclama en la academia actual bajo el nombre de razón siquiera llegue a columbrar la existencia de esto, sea otra cosa que su absoluta negación), y temía a Dionisio, aun cuando lo invocara constantemente en la eterna belleza de sus escritos. Sabía que en la poesía, en esta escritura o creación total, el error de ser aparece al desnudo, y se indica lo indeterminado, la violencia amorosa, el rapto, el escándalo de una mentira que es más allá de lo falso y lo verdadero, es la Verdad, y por ello, sólo comunicable desde semejante experiencia y creación, desde el mito, desde la angustia, lo sagrado.
Emile también lo sabía, lo dijo como pocos en Cumbres Borrascosas; sabía del absurdo divino, ese absurdo que es revelado en el Dios de Israel, en el escándalo de la crucifixión, o del sacrificio humano, en el hecho bruto de que cada generación sea por la muerte de la anterior; pero sabía que no es sólo la simple negatividad, el nihilismo vacuo de la trivialidad, tan cara al arte y la sociedad actual, sino una afirmación total, la única posibilidad de mirar cara a cara al fundamento de lo que es, y de ahí afirmar la vida en su pureza, alcanzar la redención.
Sabía también que el riesgo es terrible, y doble; es riesgoso asumir la creación hasta las últimas consecuencias para quien lo hace, pero es terriblemente riesgoso también para una sociedad o civilización negarse a mantener el lugar privilegiado de semejante experiencia. En Cumbres Borrascosas habita el infierno, pero en ella es posible la redención, hay que volver a ella para que la redención de alcance, no basta huir ni negarle, sino ir hasta las últimas consecuencias.
De hecho pocas sociedades lo han hecho, si bien fue la norma de los totalitarismos, y parece venir de soslayo y a marchas forzadas en nuestra cultura de la idiotez. Nietzsche lo vio con una claridad enceguecedora, y luego, entre otros, Foucault le hizo un diagnóstico brillante, que no sólo sigue siendo válido, sino parece no haber encontrado cura. Baste para comprobarlo mirar de cerca el estado de gran parte de la sicología actual, empeñada, con la terrorífica buena voluntad de los mediocres titulados, en la reducción extrema del misterio humano, en normalizar, desde la más pura acepción del término, hacer normal, es decir, idiotas, a los seres humanos; y que no sea el 1984 de Orwell el mundo que se vislumbre en el horizonte, sino el “Mundo feliz” de Huxley.
El riesgo está pues ahí, y lo sé mientras escribo. No sé puede negar la paradoja, la entrega de la escritura significa un abandono de muchas cosas, y lo significa en extremo. Como el sacrificio de Abraham, enfrentado a una espantosa disyuntiva, irresoluble desde cualquier moral racionalista, desde cualquier simplificación en un dogma o creencia: mi hijo porque Dios lo pide, mi extremo dolor llegando de lo que debe ser mi máximo amor.
La misma paradoja de Jesús en el momento cumbre de su pasión, no la resurrección sino el Eli, Eli, Lama Sabatachthani, Padre, Padre, por qué me has abandonado, quizás la frase más trágica del nuevo testamento, en resonancia directa pero invertida con el grito de Job: maldito sea el día en que nací.
Esta es la dimensión irreductible de lo trágico que sólo es comunicable y asimilable en el arte, y en la experiencia religiosa auténtica, su prima hermana. Hay que apartarse de todo, y hay que amar también con desesperación.
Hay que decir con Emily “si todo lo demás perece, y él permanece, yo continuaré siendo; y si todo lo demás permanece, y él es aniquilado, el universo se volvería un total extraño”.
Hay sin dudas un egoísmo grandioso, trágico, demoniaco en semejante amor. Pero sólo en él, y desde él, la escritura, el auténtico arte se sustenta, y abre el espacio de la verdad.
Ciertamente es rechazado, y debe rechace para que la vida sea en la ficción de simplicidad y normalidad, en la mediocridad, pero lo que se indica desde él no desaparece, al contrario, el mayor peligro es cuando intenta ocultarse por completo, cuando eso que Heidegger llamó la inautenticidad, reina sin adversarios. El horror está entonces a las puertas. De hecho, ningún dictador o monstruo de la antigüedad causó un daño tan enorme como el que causaron los totalitarismos del siglo XX, en ellos se hizo evidente lo que Hannah Arendt llamó la trivialidad del mal, en otras palabras, la angustia y la violencia dejaron de ser divinas, y fueron sólo el cálculo y la arrogancia extrema, la locura de la razón, que en la actualidad amenaza con la canonización de la frivolidad y la idiotez.
Esto lo sabía Emily, quien por lo demás, era de un valor a toda prueba, era como dijo su hermana Charlotte: “más fuerte que un hombre, más simple que un niño, su naturaleza se erguía solitaria”.
Sabía de su soledad, y del vacío tan lleno que se extendía a su lado. Sabía que arriesgaba todo, pero que su pasión, esa que casi nadie vio, revelaba la realidad, algo esencial, algo maldito y sagrado, y que si su obra lograba contenerlo, decirlo, la verdad tendría lugar.
Emily escribía en Harthow, rodeada por sus páramos, no muy lejos de donde estoy ahora, y yo no sólo le leo, sino miro su retrato y, forzando la traducción del inglés para expresar realmente lo que siento, caigo en amor por ella. La amo para tocar fondo, para no permanecer en la grisura, para que hundiéndome en la angustia de la escritura pueda quizás aparecer aquello que origina el sentido, que fundamenta; y sabiendo que no es una comprensión, que no puede comprenderse, que hay un peligro radical en ello, pueda quizás darle voz, pueda sentir como Emily me sonríe, y, caminando a su lado por los páramos de Yorkshire, me tome de la mano, sin decir nada (ella sabía que no se puede decir, se puede, cuando más, escribir), y me ayude a sentir lo divino.