“Mi sistema de juventud es trabajar mucho, right;
tener siempre un proyecto pendiente”Carlos Fuentes
Entrevista El País, 14/05/2012
La confirmación llego poco después del mediodía del aquel martes 15 de mayo de 2012. El médico de cabecera, Arturo Ballesteros, enfrentaba los medios de comunicación a la salida del hospital, donde a las doce y cuarto de la mañana había fallecido el escritor mexicano Carlos Fuentes.
– …Súbita y asintomática hemorragia en el tubo digestivo que provocó una pérdida de la consciencia e insuficiencia respiratoria…
– ¿Algún padecimiento anterior?
– No. Una dolencia cardiaca, controlada. La hemorragia fue provocada por una ulcera gástrica, común en pacientes que toman aspirinas y disgregantes plaquetarios por padecimientos cardiovasculares…
El 11 de noviembre de 1928 sorprendió al matrimonio Fuentes Macias en Ciudad Panamá; para allí, lejos de su México lindo y querido, ver nacer a su hijo Carlos. El señor Fuentes era, en aquel entonces, diplomático mexicano destinado en la zona del canal y no permitió que su hijo viera la luz a la sombra de barras y estrellas. Otras capitales americanas fueron testigos de la infancia del pequeño: Montevideo, Río de Janeiro, Santiago de Chile, Quito; incluso Washington, donde la familia pasa ocho largos años y comienza la educación en inglés del futuro escritor. Por último Buenos Aires, ciudad a la que su padre llega en 1934 como consejero de la embajada de México. “Fue un tiempo para el tango, las damas y Borges. Leer a Borges me hizo ver las posibilidades enormes de la lengua española”. Después del año sabático argentino Carlos Fuentes regresa a México con 16 años. Matricula en la preparatoria del Centro Universitario y da sus primeros pasos como periodista colaborador de la revista Hoy.
Es en 1958 cuando publica su primera novela: La región más transparente. Novela que a decir de José Donoso “pertenece a una extirpe de libros profundamente latinoamericana: la de los que conscientemente se adjudican la tarea de escarbar debajo de la superficie de nuestras ciudades y nuestras naciones para desentrañar su esencia, su alma”.
Pero, es sin lugar a dudas 1962 el año de Carlos Fuentes: llegan a las librerías Aura y La muerte de Artemio Cruz, dos libros imprescindibles de la generación del Boom, que colocan al escritor mexicano en primera línea de “internacionalización de la novela hispanoamericana de los años sesenta”. En las dos novelas se concentra todo Carlos Fuentes. La lectura nos transporta a los dos mundos que cohabitan el autor: la realidad mexicana, la política, las clases sociales, la economía, la historia, todo perfectamente visible en La muerte de Artemio Cruz. Y por otro lado el universalismo, la fantasía y la especulación intelectual, que resume Aura.
Sin embargo hay un detalle que hace único a Carlos Fuentes: jamás se repite. Tiene recursos expresivos inagotables en su obra. Recorre todos los géneros de forma magistral. De ahí sus Premios: Cervantes en 1987, el Príncipe de Asturias de las Letras en 1994, el de Biblioteca breve en 1967 y el Nacional de Literatura de México en 1984, ente otros. Además fue un eterno candidato al Nobel de Literatura. Refiriéndose al importante galardón dijo: El Nobel no lo tuvo Kafka ¿por qué lo iba a tener yo?
El prestigio internacional de Carlos Fuentes lo llevó a ser portavoz y crítico incansable de la situación político-social de México. A ella se refirió así: “Los partidos tradicionales no tienen soluciones, no tienen propuestas que convenzan a la gente. Los problemas son muy grandes, la política es muy pequeña”. Dedicó sus últimos días a desenmascarar la equivocada estrategia del gobierno mexicano para enfrentar el crimen organizado. Fue, además, junto a expresidentes, líderes internacionales, empresarios e intelectuales, integrante activo de la Comisión Global sobre Política de Drogas.
Coincido con Felipe Calderón, y me quedo con el fragmento de “En esto creo” que escogiera el presidente mexicano para despedir a Carlos Fuentes: Enemiga y, más que enemiga, rival, cuando nos arrebata a un ser amado. Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte que no nos mata a nosotros, si no a los que amamos.