El gran tema de la literatura

Amir Valle

La censura según Mafalda, por Quino.En unos días hará 7 años que salí de Cuba. Y allá siguen los amigos. Casi todos escritores. De modo que, aparte de todos esos otros lazos que me unen a mi isla, existen esos puentes personales y literarios que, sentimentalmente, me importa preservar a pesar del tiempo y la distancia. Por eso les escribo y recibo sus respuestas, sea a través de emails que responden cuando pueden conectarse a internet, sea por medio de cortas llamadas telefónicas o sea a través de cartas personales que viajan en USB de memorias transportados hacia la isla por alemanes amigos que van allá de paseo o de trabajo.

Y esta semana, organizando algunos de esos mensajes en las carpetas que, como hombre exageradamente metódico y organizado, he creado para conservarlos, he disfrutado de nuevo leyendo esas palabras que ellos, a lo largo de estos años, me han enviado.

Podría hablar de muchas cosas nacidas en esa lectura, es cierto. Porque en esos mensajes hay una Cuba contada con ellos exclusivamente para mí. Y ya eso es un lujo. Pero quiero referirme a una referencia que he encontrado curiosamente repetida por algunos de esos amigos, seguro estoy, sin haberse puesto de acuerdo: cómo se ha percibido el gran tema de la literatura en los medios culturales de la isla en estos siete años.

Yo mismo, hace unos tres o cuatro años, había leído en un medio literario digital generado por el Ministerio de Cultura en la isla (Cubaliteraria.com) algo que me llamó mucho la atención: hacían referencia a una escritora cubana, muy joven, que había obtenido un importante premio nacional y aseguraban que lo importante de su literatura era que no se fijaba en la “banal realidad que vivimos los cubanos” pues el gran tema en sus cuentos era “ella misma”.

Esa misma era la referencia repetida en los mensajes de mis amigos: “les han hecho creer que nuestra realidad social es tan disparatada y variable de un día a otro que un escritor tendrá que hacer milagros para encontrar allí la esencia de una buena historia que se salve al cambio de esos tiempos”, leí en uno de esos mensajes, en referencia a las ideas que se le ofrecen a los jóvenes escritores en un taller habanero; “la literatura de los 80s y 90s es tan apegada a la realidad que es más periodismo que literatura y por eso su perdurabilidad es dudosa”, dice otro mensaje, llegado desde Manzanillo, al otro extremo de la isla; “escribir es un acto tan íntimo que uno debe olvidarse del entorno social cambiante y buscar aquello que queramos preservar de nuestra vida, pues escribir es desnudarse ante uno mismo”; escribió, molesto, uno de esos amigos, reproduciendo las palabras de un Premio Nacional de Literatura en un encuentro con jóvenes escritores en Santa Clara; y “Fuera de la isla, lo cubano ha pasado de moda. Pasaron los tiempos en los que ciertos escritores mediocres se hicieron ricos y famosos atacando las conquistas de la Revolución y ahora lo que buscan los editores es una historia que hable desde el interior del ser humano”, casi declamó un antiguo escritor, reciclado desde hace muchos años en funcionario de cultura desde que la autocensura le impidió escribir esa monumental obra, crítica y profunda, que tanto nos prometió.

Son, es evidente, mensajes engañosos. Nosotros también tuvimos que escucharlos en ese proceso de lavado cultural de cerebro constante al que es sometido todo joven que aspira a entrar en el escenario de las letras y la cultura nacional. Un lavado de cerebro que funciona por una razón sencillísima: al escritor cubano le falta confrontación con las verdades y las mentiras externas. Reciben a través del filtro de las instituciones y de sus personeros una visión adulterada de cómo esa la vida cultural e intelectual fuera de la isla. Y se cumple así, una vez más en otra de las esferas de la vida de los cubanos, la sentencia encerrada en aquellos versos de Virgilio Piñera cuando nos hablaba de “la dura circunstancia del agua por  todas partes”.

Y es que el encierro afecta, obnubila, ciega. Y así, bajo esos efectos, sigue funcionando el viejo esquema tapabocas de los dictadores: aquella censura directa dictada por el hoy expresidente cuando en 1961 estableciera los límites de lo que podía escribirse o crearse dentro o fuera de la Revolución, se convirtió para la generación siguiente en “sugerencias de comprensión de la compleja problemática de la Revolución” que, gracias a castigos ejemplarizantes muy sutiles en cuanto a no ser tan escandalosos como el llamado “Caso Padilla”, les hizo padecer una autocensura brutal de la que, dentro de la isla, sólo han logrado salir Leonardo Padura y Pedro Juan Gutiérrez muy recientemente. Y esas “sugerencias” se transformaron con mi generación en consejos paternalistas que nos repetían a toda hora y en todo lugar: “escribir de la realidad es un riesgo y ustedes se empeñan en hacerlo, por eso lo que están haciendo no es literatura, es periodismo” ó “un escritor necesita su país para que su obra perdure, por eso todos los escritores que se han ido de Cuba se han muerto literariamente”, controlando así nuestra rebeldía natural y manteniéndonos anclados en el status de “promesas de la literatura” incluso cuando ya algunos de nosotros pasaba de los 40 años.

Ahora a las dos nuevas generaciones que han aparecido en Cuba luego de la nuestra les hacen creer, a través de numerosos mensajes, consejos, represalias e incluso represiones directas, que la verdadera literatura, que el gran tema de la literatura es “mirarse por dentro”, asegurándoles que la realidad en cualquier país siempre será cambiante y que sólo perdura aquello que está dentro de ser humano en esa eterna búsqueda ontológica del ser que cada persona vive, consciente o inconscientemente.

Y el resultado ha sido curioso: ante la imposibilidad de imponerse a ese grotesco sistema de mentiras, la respuesta ha sido el exilio. De mi generación, poco más de cincuenta en nuestros comienzos, quedan hoy sólo seis o siete escritores en la isla. De la generación siguiente permanecen muy pocos y, muchos de ellos, son considerados “contestatarios” o, aún peor, “mercenarios pagados por el imperio”, ya que han insistido en escribir sobre ese vínculo natural que existe entre “ellos mismos en su interior” y la convulsa y cambiante realidad social que los rodea. Y de los más jóvenes, como puedo confirmar en mensajes que me envían desde la isla o desde esos lugares del mundo adonde ya han emigrado, la inmensa mayoría sólo piensa en escapar de la mordaza e irse a probar suerte a otras partes, aunque algunos de ellos sigan engañados creyendo que es un suicidio intelectual. ¿Cuántas veces he tenido que escribirles diciéndoles que esa, la de su segura muerte como escritores si escapan al exilio, es una mentira más de la perfecta “política cultural de la Revolución”?

La realidad de todo es simple: mientras en Colombia, Argentina, Chile, México, para citar a los países con más fuertes movimientos escriturales, se produce una fortísima literatura a partir de miradas muy críticas sobre las realidades sociales de esos países, en Cuba se les dice a los escritores que deben meterse dentro de ellos mismos y no andar cuestionando la realidad porque eso, aseguran, “no es perdurable, no es literatura”. Les ordenan muy sutilmente hacer como el avestruz: meter la cabeza bajo la tierra. ¿No es esa una política cultural signada por una vergonzosa censura?