La naturaleza es de todos

Annabel Miguelena

El marMientras nos alistábamos en el backstage para presentar una adaptación del “Gato con Botas” en una escuela de la ciudad de Panamá, jamás imaginamos que los niños nos dejarían fuera de base con su creativa respuesta. Es que los pequeños son tan sabios, conservan esa necesaria capacidad de asombro y te sorprenden cada día con sus inesperadas ocurrencias. Aquel jueves durante el show, el gatito que actuaba solito en una de las escenas, empezó a interactuar con los niños y a implorarles un ineludible alcahueteo para perpetrar su hazaña. Seguramente ya conocen la historia: el trato consistía en que los pequeñines se comprometerían a decirles a la princesa y a su padre, el rey, que todas esas tierras eran patrimonio de un supuesto marqués de renombre, amo del intrépido gato con botas. Sí, el travieso felino les suplicó decir una diminuta mentira. Esto no me preocupaba, pues el fin de la obra era mostrarles las consecuencias de ocultar la verdad. Pero, al parecer quienes recibimos una lección fuimos nosotros. A los pocos segundos entra la princesa, el rey, un conde y el marqués. La princesa asombrada al ver la colorida escenografía, pregunta a todo el kínder:

-¡Wao! ¿De quién son todas estas tierras tan hermosas en donde habitan mariposas y crecen flores esplendorosas?

El intrépido felino guiña un ojo a los chiquitines, esperando una contestación a favor de su amo, pero inopinadamente todos respondieron a viva voz:

-¡DE DIOS! ¡DE DIOS!

El gatito improvisa hábilmente, intentando que los niños nos “dieran el pie”[1] al responder que las tierras eran del marqués.

-Creo que estos habitantes no han escuchado bien la pregunta, hermosa princesa. A ver, amiguitos ¿de quién son estas preciosas tierras? Ya ustedes lo saben.

-¡DE DIOS! ¡DE DIOS! ¡DE DIOS!

Todos permanecimos anonadados, aunque logramos reparar la escena de alguna forma. Al mismo tiempo cavilaba tan contenta ¡Qué maravilla! Sus mentecitas no logran concebir cómo pudiese alguien adueñarse de las flores, las mariposas y la naturaleza; esa que Dios nos ha regalado a todos. ¿Cuándo perdimos esa inocencia? ¿Cuándo permitimos que nos engatusara la avaricia?

Esta aventura volvió a revolotear en mi cabeza cuando un viernes manejando hacia Chitré (una ciudad localizada a unas tres horas y media de la capital) aflora mi acostumbrada espontaneidad y se me antoja darme un chapuzón en una de nuestras deliciosas playas. Luego, me detengo en la garita y le pregunto al cuidador:

-Señor, ¿qué camino debo tomar para entrar a la playa?

-¿A quién visita?

-A nadie. Bueno, al mar.

-Lo siento, señorita. Esta playa es privada.

-¡¿Cómo?! ¿Quién lo ha engañado de esa forma?

En ese momento mi estupefacción se desbordó por mis pupilas y automáticamente empezaron a aflorar de mi subconsciente, pensamientos fugaces de algunas lecciones estudiadas sobre derechos posesorios y otras regulaciones constitucionales. No pretendo aburrir a nadie con citas textuales, pero nuestra Carta Magna en su artículo 255 claramente lo señala: …no pueden ser objeto de apropiación privada: el mar territorial y la aguas lacustres fluviales; las playas y riberas de las mismas…Por otra parte nuestro código civil en su artículo 329 establece que son bienes de dominio público:

  1. Los destinados al uso público como las riberas, las playas…

 

 El 20 de febrero de 2005, Benjamín Colamarco, ex Director Nacional de Catastro (ANATI, hoy día) declaró “Las islas, playas y servidumbres costaneras no pueden ser objeto de títulos de propiedad, ni de derechos posesorios”

Existe una gran diversidad de libros que abarcan el tema. Uno muy explícito a mi parecer es el titulado “Derechos Posesorios” cuyo autor es el ilustre panameño Ovidio Díaz. Pero, no es mi intención dar una clase de leyes (que de hecho, muchas veces son ignoradas) ni mucho menos ir en contra de la propiedad privada. Por el contrario, me encanta que la gente trabaje honradamente para ganarse sus bienes. Por lo tanto, los dueños de las casas aledañas a las costas están en todo su derecho a prohibir que se utilice su vivienda como shortcut hacia el mar. Lo que no pueden impedir es que el resto de la población utilice las servidumbres para entrar a disfrutar del maravilloso océano.

A algunos les molesta esta verdad, otros prefieren no hablar del tema y seguir permitiendo que todo siga siendo igual. Recuerdo que le comenté a un colega que escribiría acerca de ese asunto, a lo que me contestó:

-¡Estás loca! No escribas sobre eso. Lo que vas a provocar es un atraso en el turismo, pues los extranjeros podrían pensar que si viajan a Panamá les impedirán la entrada a nuestras playas.

Ver el vaso medio lleno o medio vacío es opción de cada quién. En lo personal, lo percibo como una oportunidad para recordarles a todos que aunque la tenencia de la propiedad privada está debidamente regulada, existen a su vez bienes fuera de comercio de los que nadie puede apropiarse.

 

¿Qué nos hizo olvidar a ese filósofo presocrático que llevamos por dentro y que nos impulsa a observar con conciencia la maravillosa naturaleza? ¿Por qué no aprendemos un poco de nuestros campesinos? Cuando voy a mi finca y no tengo alguna fruta que otro vecino sí se tomó el trabajo de sembrar, más me vale que no le ofrezca dinero por ella, pues ya varias veces me han manifestado que no saben si interpretarlo como un chiste o como un insulto.

-¡¿Cómo no voy a compartir con usted una papaya o una naranja, muchacha de Dios?! ¡No sea zoqueta! Las frutas son para todos y aquí todos las compartimos. Es una ley no escrita.

El hombre del campo no manejará mucha información, pero cómo le brota la sabiduría. Comprenden mejor que muchos estudiosos que la naturaleza es un regalo de Dios para la humanidad y por consiguiente, todos debemos amarla y cuidarla.

Es en ocasiones como esta cuando mi mente vuelve a recordar lo vivido en la presentación de aquella obra de teatro. Esos pequeñuelos no se imaginan el sabio consejo que me obsequiaron. Gracias a ellos, la próxima vez que me detenga en alguna de nuestras preciosas playas y a alguien se le ocurra obstaculizar mi paso con la excusa de que es privada, le responderé tal cual esos chiquitos me enseñaron. Ni siquiera sustentaré mi postura con alguno de los artículos precedentes. No es necesario. Simplemente me pararé firme, con seguridad y a todo pulmón contestaré: Olvídese de eso. El MAR ES DE DIOS ¡DE DIOS! y a todos libremente, nos lo permite usar, gozar y disfrutar.


[1] En teatro, decir un actor la palabra o frase con la que termina la intervención de su personaje, necesaria para que otro actor le dé la réplica o entre en acción.