En la primera de las críticas reunidas en Las razones de un lector el crítico chileno Mariano Aguirre (1940-1998) se refiere a Juan Emar y raya la cancha de su propio oficio. “Los escritores valen por sus textos”, dice, “no por sus andanzas”. Claro que a renglón seguido puntualiza que, bueno, que en algunos casos valdría la pena echar un vistazo también a la vida del autor. No por mera curiosidad sino porque la experiencia podría irradiar, de vez en cuando, algunas luces sobre el destino de la obra. Y entonces el crítico entra de lleno en Emar y recurre a la descripción que ha hecho antes Pablo Neruda sobre el autor de Umbral. “Era un hombre callado, socarrón, singular. Fue un gran ocioso que trabajó toda su vida”, dice Aguirre que ha dicho Neruda. Y es ahí, en la elección precisa de la cita, donde asoma como sin querer queriendo el perfil de Mariano Aguirre, con esa singular distancia del profesional discreto-callado-socarrón, que evitará escribir en primera persona y que, sin embargo, estará revelando claves propias en cada juicio acerca de éste o de este otro libro; de éste o de este otro autor.
De éste y no de otro crítico literario, en definitiva, que con urgencia de cronista nos paseará por el Chile de las últimas décadas del siglo –del tenebroso siglo veinte, dirá él– a través de ciertos libros y ciertos escritores que irá escogiendo de la cambiante escena local. También visitará en sus textos publicados en diarios y revistas de la época (y recogidos ahora en este libro) otros rincones y tiempos latinoamericanos y europeos, pero es en el ejercicio de imaginar Chile donde sus críticas más claramente lo revelan. Revelan al personaje Mariano Aguirre que lee unos libros y escribe unos textos que hablan de esos libros, que hablan de un momento, que hablan de un crítico que vive ese momento y lee a esos autores y no a otros, y cita esos párrafos y no otros, y va fijando así su obra y su discurso. Y con ellos, su singular perfil.
Puede que Mariano Aguirre no haya sido el personaje tan inmaculado que algunos llegarán a imaginar al calor y al cariño de los homenajes póstumos. Puede que sí, puede que no. Pero hay un Mariano Aguirre que emerge de las letras de su propia escritura. Un Mariano Aguirre que se perfila en la voz de los otros y se define en las citas prestadas y secretamente asimiladas. “Miradlos bien, porque esos ojos son el centro de mi historia y han atravesado todo el siglo XVIII como un riel electrizado”, advierte Mariano que ha advertido Vicente Huidobro al inicio de Cagliostro. Y podríamos decir que ése es también su punto de partida; el de Mariano, que con sus ojos contemporáneos leerá este segmento del mundo y fijará el centro de su historia como un riel que ya no sostiene los mismos trenes. Huyendo de las lamentaciones nostálgicas, Mariano Aguirre recurrirá a Malraux, por ejemplo, para hablar de “los duros tiempos del deprecio”. Y no dará lo mismo en qué duros tiempos escribe lo que escribe:
En enero de 1984, por ejemplo, iniciará su comentario sobre la reedición de Historia personal del boom, de José Donoso, con estas precisiones: “Ciertos aires –buenos aires– pareciera que están llegando al país. Claro, en cuanto a literatura se refiere”. Y en septiembre de ese mismo 1984 hará el siguiente preámbulo para referirse a la poesía de Oscar Hahn: “La censura de los libros terminó, es de esperar que para siempre, aunque algunos censores de alma siguen ejerciéndola. Hasta el amante poeta Ovidio, muerto hace ya casi dos mil años, ha sido víctima pública –televisión mediante– de este tipo de inquisición por un curita deslenguado que da la lata los viernes por la noche”.
Y ya en plena democracia, en 1994, las polémicas generadas en ciertos grupos moralistas por las postales de Juan Dávila o por el libro Ángeles negros, de Juan Pablo Sutherland, llevarán a Mariano Aguirre a contextualizar los alcances de la metralla. “Los dardos”, dirá el crítico, “si bien apuntan a acosar la libertad de creación y de expresión, tienen un blanco oblicuo. No es otro que el de cuestionar el apoyo que el Estado, a través de Fondart, le otorga de manera bastante limitada a los artistas y a los escritores chilenos. Rasgar vestiduras se puso de moda. Salvo excepciones, los llamados representantes del poder público –cierta prensa incluida– con esa complacencia que en este país es parte del consumo que nos consume, han salido al ruedo con vociferantes cuestionamientos que sólo traslucen su ignorancia en materias literarias y artísticas”.
Pero más allá de la contingencia política, también habrá espacio en los escritos de Mariano Aguirre para sus juicios sobre la escena literaria local. En 1983 lo dirá sin pelos en la lengua: “Cuando ciertos textos, por llamarlos así, se dedican a la pasión de los pirulos y otros a los refunfuños culinarios con un éxito comercial y una parafernalia crítica digna de mejores causas, la lectura o relectura de novelas publicadas un tiempo atrás, permite tener confianza en el destino de la narrativa chilena”. Y advierte: “(pero) no son muchos los casos”.
Los pocos casos para Aguirre serán, por ejemplo, Adolfo Couve, cuya prosa definirá como “un lago que esconde las corrientes que lo convulsionan”. O José Donoso, a quien designará como el “mejor narrador que ha tenido y tiene la literatura chilena contemporánea”. Y habrá otros casos y otras obras de gran altura también, como La ciudad, de Gonzalo Millán, que para el crítico contendrá algunos de los mejores poemas no sólo del autor sino “de toda nuestra poesía local”. O Ay mama Inés, de Jorge Guzmán, que catalogará como “una de las mejores novelas escritas por un chileno en los últimos años”. O En Jauja la Megistrú, de Guillermo Blanco, que a pesar de su “poco afortunado título”, será para él “uno de los mejores relatos sobre la infancia”.
A través de sus comentarios, Mariano Aguirre no sólo irá marcando las banderitas de su propio canon, sino que incorporará también en el registro a la siempre relegada dramaturgia (“Sí, se puede leer teatro”, apostará entusiasmado en un título); a la entonces precaria novela negra chilena con Ramón Díaz Eterovic y su flamante Heredia a la cabeza; y a ciertas publicaciones de autores emergentes o escasamente difundidos en la prensa. Por el lente y el juicio de Mariano Aguirre en los años ochenta y noventa pasarán libros emblemáticos, como Soy de la plaza Italia, de Ramón Griffero; Virus, de Gonzalo Millán, o El infarto del alma, de las nunca complacientes Diamela Eltit y Paz Errázuriz. Pero esto no significará, en ningún caso, que Aguirre le haga el quite a una Marcela Serrano ni a una Isabel Allende ni, incluso, a un Enrique Lafourcade, cuyo trabajo definirá en 1993 como “irregular, muchas veces contaminado sólo por lo coyuntural o lo que está en el aire”.
Porque para este lector abierto, alejado de todo evangelio, “en literatura vale más lo diverso que lo homogéneo”. Y es en lo diverso, precisamente, donde Mariano Aguirre se moverá a su antojo. Ésta es, a fin de cuentas, la obra de un autor que eligió una estrategia ventrílocua, por llamarla así, para registrar su propia obra a través de las obras de los otros. Si en la primera crítica de Las razones de un lector Mariano rayaba la cancha de su oficio cuando aseguraba que “Los escritores valen por sus textos, no por sus andanzas”, hacia el final del mismo comentario revisará los últimos días de Juan Emar y dará la palabra al propio escritor: “Ya terminé el libro Umbral y empecé el siguiente… En él estoy en el fondo de la tierra”, escribirá Aguirre que ha escrito Emar. Y siguiendo en la voz de Emar revelará el que acaso sea también su designio futuro: “A veces salgo a la superficie y veo a los viejos amigos”.