“FIDEL HA MUERTO, dice la hoja impresa…”. Lo que hasta ayer era el párrafo inicial de “Las palabras y los muertos”, la novela anticipatoria de Amir Valle, hoy es noticia. La biología ha puesto punto final al delirio de inmortalidad de un tirano que ya estaba muerto desde bastante antes, cuando heredó a su hermano la propiedad de su Isla-Cárcel.
Ventajas de redactar nuestra columna al filo del cierre, algo que fastidia a todo editor y envicia a los periodistas, el viejo me ha hecho el regalo de morirse -ahora sí, debe ser cierto, es cierto, hasta el propio Raúl decidió darlo por tal y no puede ser otra broma más- justo a tiempo para sentir que estuve viviendo muchos años a la espera de escribir esta columna y no otra.
N
o me alegra la muerte, nunca. Menos aún si ella, guadaña en mano, se ha presentado antes que aquélla otra señora de la venda y la balanza, que además de ciega en estos casos parece indiferente. Muchos y quizás con razón, vean en esa muerte propia de Dictador, en la cama y solo de toda soledad, la última burla de la impunidad en la vivió toda su demasiado larga vida. Tantísimos cubanos, presos en la isla, dentro de una cárcel o vegetando en donde la maldición les haya cogido, como en el exilio, habrán fantaseado con imágenes de televisión transmitiendo un improbable juicio en La Haya.
Si Castro hubiera sido un dictador más, de los que a lo largo y ancho de nuestra triste historia sur y centroamericana, circunscripto a sojuzgar a su pueblo, un uruguayo como yo, nacido casi con la Revolución, nada tendría que decir como no fuera expresar mi solidaridad personal e intelectual con cada una de sus víctimas personales y las de su férreo régimen nazi-fascista. Si así fuera, quizás bastaría rendir homenaje a algunas de sus más connotadas víctimas de persecución, cárcel y muerte, o a recordar sumariamente aquellos bárbaros hechos que avergüenzan a la humanidad, porque como decía el poeta Armando Valladares –por 22 años rehén sistemáticamente torturado en las mazmorras castristas- “el hombre es el ser maravilloso de la Naturaleza; torturarlo, destrozarlo, exterminarlo por sus ideas es, más que una violación a los Derechos Humanos, un crimen contra toda la Humanidad”. Entonces, sería suficiente recordar a los 37 muertos del Remolcador “13 de Marzo”, entre ellos tantos niños que aún hoy, desde sus miradas congeladas en pequeñas fotos en blanco y negro, nos interrogan acerca del por qué, un “por qué” que no tuvo respuesta ni, me temo, tendrá justicia. Así, bastaría recordar a los Comandantes rebeldes, que combatieron no ya al lado, sino delante de Fidel y Raúl y luego cayeron víctima de las conspiraciones, las delaciones y la paranoia totalitaria del Gran Hacedor. Sería suficiente mencionar al Comandante Huber Matos, 20 años enterrado en vida, por reclamarle a Fidel el cumplimiento de democracia que antes de bajar de la Sierra Maestra había utilizado para captar incautos, aunque el verdadero propósito no fuera otro que someterle al oprobio de una supuesta traición y silenciar a alguien que sabía de Fidel mucho más que lo que podrían hacerlo quienes nunca convivieron con él en la Sierra Maestra y no hayan sido testigos de sus claudicaciones y renunciamientos bien lejanas de ese estereotipo del guerrillero temible y arrojado que se encargó de fabricar desde los mullidos sofás del Poder.
Si el delirio fidelista hubiera quedado dentro de los límites de la Isla, sería bastante recordar a algunos de los que se atrevieron a soñar una Cuba diferente, abierta y plural, como Oswaldo Payá que, como años antes Camilo Cienfuegos y hasta el propio Ernesto Guevara, murieran en circunstancias por lo menos sospechosas, y en todos los casos, convenientes para un régimen destinado a perpetuarse exclusivamente dentro de las fronteras de la Familia Real Castro Ruz. Cumpliríamos con nuestra conciencia mencionando tan sólo algunos de los miles de intelectuales, escritores, poetas, cantantes y artistas de toda clase, censurados, perseguidos, encarcelados, vejados y expulsados, convertidos muchas veces en rehenes del tipo comodín, usados a discrecionalidad como con Ángel Santiesteban, no el único ni peor caso, pero bien vigente. O a las Damas de Blanco, apaleadas cada semana. Pero son tantos. Imposible recuento. Tal vez con el propio Stalin resultara más fácil el inventario.
No obstante, a la megalomanía de Fidel no le bastaría nunca el reinado absoluto en su islita, tan insignificante a los ojos del mundo. Por eso necesitó dar un paso más en el mesianismo, encargándose de convertir a Cuba en exportador de revoluciones, algunas atendidas personalmente por el Gran Líder como el caso del Chile de Allende. Hay, en esa larga lista de satrapías internacionalistas acometidas por el régimen castrista, una en particular que yo, como uruguayo, no podré perdonarle nunca, y es que haya incluido a nuestro pequeño país en su lista de territorios a desestabilizar. Bien es cierto que en 1962, en la Conferencia de OAS en Punta del Este, Guevara llegó a decirles a quienes sentían que no se podría vivir en América Latina sin tener su propia Sierra Maestra, que Uruguay tenía instituciones democráticas, garantías y conquistas sociales que no podía equipararse nunca a Cuba y que, por tanto, bien harían los líderes de la izquierda en preservar eso y dedicarse a la conquista del poder por medio de la vía pacífica. Sin embargo, la semilla estaba plantada y los adolescentes adiestrados en la isla terminaron jugando a la guerrilla en suelo uruguayo, lo suficientemente en serio como para que el Ejército, en unos meses, los redujera a un grupo de mendicantes negociadores de oscuras componendas, no sin antes, dejarles en bandeja a los gorilas de la derecha la oportunidad de pegar el zarpazo y mandar al garete a décadas de democracia tolerante y plural.
Fidel fue un hombre de suerte. Hijo de clase acomodada, estudiante de colegios jesuitas, joven abogado, pudo dedicarse tempranamente a lo que, parece indicar lo que se sabe de su infancia y adolescencia, era una necesidad de alimentar un ego voraz, incapaz de límites ni hartazgo. De la pantomima del glorificado “asalto” al Cuartel Moncada, con su histriónica autodefensa, salió con cárcel por apenas 22 meses y el temprano indulto del dictador Batista, justo ese que antes había sido Presidente Constitucional y al que el joven militante del Partido Ortodoxo -bien lejano por cierto de cualquier marxismo- terminaría por derrocar. Ya entonces, podía adivinarse en la gestualidad y retórica de ese carismático joven, alguien que había leído y visto a Hitler y Stalin, tan lejos y sin embargo, tan cerca ambos.
Tuvo suerte cuando supo ejercer sus dotes de encantador de serpientes para obtener apoyos, internos e internacionales, insospechados. Tuvo suerte de contar con combatientes capaces de dejar la vida para proteger al mito naciente del Comandante. Siguió teniendo suerte cuando ya instalado en el poder, en plena Guerra Fría, la consabida miopía yanqui le regaló el enemigo que necesitaba, y el aliado con el que convertirse en el pequeño David que pertrechado con la honda de su retórica antiimperialista era capaz de desafiar al torpe Goliat distante apenas 120 kilómetros de sus costas. ¿Cuánto podría llegar a pagar la URSS por contar con un aliado tan inesperado, justo ahí, entre las piernas de su enemigo? Exactamente eso. Lo que pidiera, por el tiempo que fuera necesario. El mito, tenía entonces, la suerte de haber encontrado quien le financiara. Siguió teniendo suerte cuando la intelectualidad bienpensante europea, esos que suelen elegir gobernantes para América Latina que ellos nunca admitirían en sus muy progresistas países, sumada a la de buena parte de Latinoamérica y hasta del propio Estados Unidos, le dieron el aval ideológico, moral y ético que su conducta de matón de barrio tanto necesitaba.
Volvió a tener suerte cuando caída la URSS, con la gloriosa revolución al borde de la inanición, encontró a otro megalómano tanto o más ambicioso que él, pero con bastante menos luces al que podía manipular a su antojo y el que, oh manes de la fortuna, venía con un chorro de petróleo regalado de proporciones bíblicas.
Siguió teniendo suerte durante toda su larga vida, convertido ya en Dictador Emérito luego de haber abdicado a favor de su hermano Raúl, porque cuando el chorro infinito del petróleo venezolano comenzaba a decaer apareció el primer Presidente negro en EEUU, empeñado en meterse en la historia no solamente por el color de su piel, y le regaló al dictador alterno un oxígeno que ni soñaba.
Aunque la vida ya era “un cirio sin fuerza para un difunto largamente velado” eligió irse el mismo día en que, exactamente seis décadas atrás se embarcaba en el mítico Granma, irónicamente un nombre que evoca a una abuela protectora.
En la ya citada novela de Amir Valle, el autor le hace decir a su personaje Facundo, el fiel perro guardián de Fidel, dirigiéndose al Jefe, que “cuando no estés, esta islita se hunde en el mar, o tu hermanito vuelve a vendérsela a los yanquis”, al que bien podría estar ya sucediendo.
Quizás la suerte de Fidel haya comenzado a declinar el mismo día de su muerte. Si bien, el que haya dispuesto entregarse al fuego para escamotearle su cuerpo a los gusanos -abyecto animalito con el que apostrofaba a todo aquél que en vida se le enfrentó-, no hará que pueda escaparle a la Historia.
Dependerá en buena medida de qué quede en pie de su supuesto legado. Por lo pronto, el castillo de naipes en que puede devenir la “gloriosa Revolución” en manos del advenedizo Raúl, puede llevársela el viento, al vil precio de los dólares que los gringos-go-home decidan poner en la isla.
“La historia me absolverá” apostrofó desde el Moncada, robándole esa frase estúpidamente mesiánica a Hitler, sin saber que esa señora suele ser bastante caprichosa justo cuando al objeto de sus devaneos se le han acabado todas las balas del cargador. Ya veremos, Fidel. Como dijera acertadamente ayer Yoani Sánchez: “termina la vida, comienza el Credo”. Ya veremos de qué va el tal credo.
Al gran Guillermo Cabrera Infante le hubiera gustado estar entre nosotros para ver que, después de Fidel, al fin habrá “Otro Lunes” en el que La Habana, más temprano que tarde, respirará otro aire, más puro, más libre.
Ha muerto el Dictador. Haya paz en la tumba de sus víctimas, y justicia en la suya propia.
