Todos los que escribimos solemos portar cuadernos. Algunos los muestran como rifles o ametralladoras que dan constancia de su disciplina y talento. Otros somos más discretos al tomar apuntes. Lo hacemos en los rincones de un café donde sabemos que no nos molestará nadie.
Algunos anotan las ideas para el próximo cuento, ensayo, novela. Otros sólo anotamos impresiones de lo inmediato o recuerdos inconexos (que no son tales, puesto que siempre hay un hilo que los enlaza). Seguramente hay otras alternativas de uso con estos cuadernos. Es más muchos autores han llenado decenas de ellos. Otros los empezamos y nunca los acabamos. El arte de empezar cuadernos de notas. Es verdad que podría ser evidencia de nuestros fracasos literarios, pero estos fracasos, sabemos gracias a Julio Ramón Ribeyro, al mantenernos en su filo, nos permiten paradójicamente vislumbrar momentos creativos que nos dan plenitud. En los balances estos momentos de plenitud no logran igualar a los del fracaso, pero esas son las reglas.
Todo esto lo anoto en un nuevo cuaderno. Es el primer texto en él. El arte del vacío me espera.
