Las dictaduras, todas

Pedro Crenes Castro

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Nada más recibir la noticia pensé en un color: verde olivo. En Panamá un hombre se vestía así en mi infancia y otro que vestía del mismo color, más feo, le sustituyó en mi adolescencia. De ese color vestía durante casi toda mi vida, un tipo barbado que fumaba unos tabacos gordos mientras hablaba mucho delante de mucha gente.

Pensé en varias novelas, en sus personajes que presagiaban sentimientos y emociones, en sus autores que contaron desde siempre como sería ese día que se materializó para siempre en una fecha que todos vamos a recordar. Desde el interior, en mi biblioteca, los libros que lo advertían no pueden evitar una sonrisita socarrona en la que se lee un te lo dije de tinta.

Pensé en la Historia, metida ahora a juez, repasando la biografía del hombre de verde olivo y tabaco. No le será difícil emitir su sentencia: nadie absuelve a quien secuestra la libertad para repartirla a su antojo, para adoctrinarla y prostituirla. Una vida que lleva esperando un juicio de la Historia es una vida, como poco, sospechosa.

Todas las dictaduras, todas, son condenables. De derechas o de izquierdas, de verde oliva o sin uniforme, ninguna puede ser absuelta sin faltarle a la razón y al derecho. Soñar la absolución por parte de una Historia togada y discutiendo con la Justicia sin venda en los ojos, es una pesadilla de la que ya nos hemos despertado muchas veces. Pero nada, no escarmentamos, por mucho que la literatura nos advierta.

Es perverso decir que el dictador murió en su cama, como si los años transcurridos hasta la muerte legitimarán la situación. Pensar que un pueblo entierra a su dictador suspirando por otro es una quimera que no conviene seguir. Tantos años hasta las canas no son más que la medida de la represión y el miedo. No sólo muere un ser humano, muere el motivo, la razón de ser de un sistema que sólo se nutre, necesariamente, de la represión de toda libertad.

¡Pero mira lo que hemos conquistado!, dicen los entusiastas, los bien pagaos del régimen, los incondicionales de salón, olvidando que toda dictadura que se precie tiene como propaganda las infraestructuras y los enemigos externos, son su razón de ser, como lo son la reescritura de la Historia, la celebración de días “sagrados” para el benefactor o la “disciplina” del pueblo, que no es otra cosa que el típico “ordeno y mando” disfrazado de paternalismo.

Aquí en el interior, la noticia me acerca a muchos que se fueron de su tierra y no pudieron volver, a muchos que oyeron de la muerte de los suyos sin poder volver a verlos. Esa noticia, matutina aquí en en interior, me lleva ante el egoísmo, la estupidez y la locura del ser humano, de uno, de muchos. No ha valido la pena, no ha servido de nada secuestrar la libertad para imponer el pensamiento único. Una vez más, el sueño de la razón, verde oliva en este caso, ha producido sus monstruos que se mueren de viejos.

Del Autor

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Pedro Crenes Castro
(Panamá, 1972). Desde 1990 vive en Madrid donde publica críticas y reseñas literarias en la revista digital Papel en blanco además de colaborar con el diario digital El Librepensador. Forma parte del equipo docente de los Talleres Literarios en Panamá.  Ha sido incluido en la antología “Los recién llegados” (2013) en Panamá y en Francia, en la antología “Lectures du Panama” de la Universidad de Poitiers (2014). Ha publicado la colección de cuentos “El boxeador catequista” (2013) en la Editorial Foro/taller Sagitario de Panamá. Mantiene una columna semanal, “Desde Madrid”, en el suplemento literario “Día D” del periódico Panamá América. Acaba de publicar el libro de microrrelatos “Microndo” en la editorial Casa de Cartón de Madrid.