A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Elmer Mendoza? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Elmer Mendoza, el ser humano y Elmer Mendoza, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.
Nací en Culiacán, Sinaloa, México, una ciudad con puentes, muy cerca del mar. Me criaron mis abuelos en un rancho donde había una huerta de frutales, se seguían los ciclos de Hesiodo en la siembra y los huracanes sacudían la vida dos veces al año. Aprendí de fantasmas, de cultivos y de comidas ricas en proteínas. También algunos mandamientos como no robarás, no desearás a otro lo que no quieras para ti y más. Un día mi madre convenció a mi abuela para que me regresara con ella. Debía ir a la escuela. Tenía nueve años y medio.
La ciudad me abrió un tercer ojo. El ojo de la escritura. Escribía para impresionar chicas o para que mis amigos las conquistaran. A los 28 años, decidí ser escritor y dejé todo. Publiqué varios libros de cuentos. En 1999 publiqué mi primera novela: Un asesino solitario. En una semana me convirtieron en un escritor con lectores y allí continúo. He publicado Balas de Plata y La prueba del ácido, traducidas al alemán. La más reciente es Besar al detective y me siento como si estuviera en la casa de mis abuelos, en la parte más despiadada de un ciclón.
De Nuestra América, su literatura y sus mitos
La literatura latinoamericana actual, como se ha hecho evidente en los más recientes eventos literarios donde nuestras letras es centro del debate, está haciendo en los últimos 30 años una especie de ajuste de cuentas sobre la realidad nacional de cada país, algo que también, aunque a su modo, hizo el boom y el post-boom. ¿Qué sucede en ese sentido en la narrativa mexicana?
La narrativa mexicana es variada; hay autores que escriben sobre la parte mágica, la escritura sobre los asuntos de la tierra continúa; tenemos autores de ciencia ficción y góticos, lo mismo algunos que escriben asuntos sin país. Estamos también los que trabajamos la parte dolorosa del país. Nuestra literatura negra es variada, aunque la mayoría toca alguno de los delitos contemporáneos más notables: secuestro, tráfico de personas, narcotráfico, corrupción y otros. Ha surgido una corriente muy poderosa que trabaja la representatividad de estos delitos. Es una literatura que cada vez gana más lectores.
En los últimos tiempos se estila hablar de la literatura de los márgenes, donde se incluyen, según la crítica, la escritura femenina, la literatura gay, e incluso la de etnias no solo raciales sino también lingüísticas, como es el caso del quechua, el guaraní… En tu caso particular, se habla de «narcoliteratura». ¿Cómo crees que eso afecta, amplía o parcela eso que los académicos llaman “literatura nacional”?
Bueno, nosotros somos los norteños, la mayoría de los autores que tratamos los delitos mencionados somos del norte de México; también hemos sido marginales y emergentes. Nosotros sólo queremos hacer una literatura fuerte, contemporánea, como una propuesta lingüística y temática. Actualmente cabemos en varios apartamentos y eso nos gusta. Lo de narco literatura lo dijeron para molestar; después se ha convertido en un distintivo que disgusta más a mis amigos y a mis críticos que a mí. Definitivamente, amplía la literatura nacional.
Siguiendo en ese tema, si tuviéramos que definir esa literatura, ¿A qué autores nos estamos refiriendo? y ¿en qué se diferencia de otras miradas literarias que existen sobre el tema violencia en México?
A César López Cuadras, Juan José Rodriguez, Bernardo Fernández BEF, Orfa Alarcón, Iris García Cuevas, Imanol Caneyada, FG Hagenhbeck, Ricardo Vigueras, Miguel Ángel Chávez, César Silva, Martín Solares, Vicente Alfonso y algunos otros. Son autores que piensan el país desde un punto de vista real, y deslizan en sus obras soluciones para los problemas sociales. Además todos tienen voluntad de estilo, un compromiso muy serio con el México contemporáneo y con el lenguaje vivo. Tenemos claro que lo más importante es escribir bien.
Según las circunstancias socio-políticas actuales, tal parece que los escritores latinoamericanos seguiremos siendo abatidos por esa polaridad compromiso social– escritor casi como una condicionante de la existencia. Es como si la discusión entre Camus y Sartre sobre el papel del escritor, de la que ya muy pocos se acuerdan en la actualidad, siga siendo una constante vital para el caso del escritor y el intelectual en América Latina. ¿Cuál es tu posición ante este “dilema”?
Estoy más cerca de Camus. Quiero hacer la mejor literatura de mi tiempo, una prosa trascendente por su forma y el estilo para contar; pero tampoco me salgo del país. Todos los días vivo sus problemas y propongo soluciones, sobre todo en educación. Me he dado cuenta, que si soy buen escritor, mi voz pesa más que si fuera panfletario.
De su obra y otros ámbitos
Me gustaría comenzar con la idea de ubicar a los lectores en algunos aspectos de tu obra; es decir, qué dirías a una persona interesada en tus libros, para definir los sueños que tenías al escribirlos y, a la vez, intentar que lo compren. Lamentablemente, aunque has escrito cuentos, crónicas, teatro, me limitaré a tus novelas. Comencemos: yo menciono el título de alguno de tus libros y tú intentas dar esa definición en no más de un párrafo por obra.
Un asesino solitario (1999):
Es una novela de definiciones: historias, personajes, lenguaje, estilo. Quería escribir algo distinto, que sonara diferente.
El amante de Janis Joplin (2001):
¿Querían una novela de narcos? Pues esa. Fue además un ejercicio exigente de cómo crear un personaje y dosificar el interés a los largo de la novela. Una escalera de enigmas.
Efecto tequila (2004):
Mi novela más ambiciosa. Al terminarla caí enfermo. Intenté jugar en seis líneas narrativas que me resultaron agotadoras. Al final valió la pena: aprendí a regularme.
Cóbraselo caro (2005):
Hice un homenaje a Juan Rulfo. Fue fascinante imitar su estética y combinarla con la mía; además del sentimiento de reconocer a mi maestro y ampliar mis conocimientos de los procesos narrativos.
Balas de plata (2008):
Decían que escribía novelas policiacas. Con Balas traté de mostrar mi concepción del género con tan buena fortuna que gané el premio Tusquets y fui traducido a ocho lenguas. Aquí nace el Zurdo Mendieta.
La prueba del ácido (2010):
La escribí para reforzar la presencia del Zurdo Mendieta y escribir otra cosa. Mis amigos se encargaron de hacerme ver que había creado un personaje.
Nombre de perro (2012):
Un personaje que no debía morir. Aquí señalé cosas graves sobre la realidad mexicana, incluso mi familia temió represalias; sin embargo, todo marchó pacíficamente y el club de fan del Zurdo le envío regalos.
El misterio de la orquídea Calavera (2014):
Regresé a la experimentación. Mezclé dos historias en dos tiempos y en dos momentos, uno violento y el otro de creatividad. De pasó reivindiqué la presencia de Edward James en México e inventé un nuevo personaje: el Capi Garay, un chico de 18 años y todas las inquietudes.
El personaje que te ha consagrado como escritor de novela negra es Edgar Mendieta, un ser de una conflictividad realmente polémica, que no deja a ningún lector sin hacerse preguntas sobre su compleja personalidad. Lo más curioso es que, siendo lo que diría «todo un mexicanote» sus comportamientos responden a una ética humanística que es claramente más universal. Hablemos de cómo se te coló ese personaje en tu mundo narrativo, de qué influencias te empujaron a seguir en la línea de detectives atípicos que hoy pueblan la novela negra…
Fue una concepción de doce años donde justo buscaba eso: un policía mexicano pero con un espíritu diferente: buen investigador, lector de novelas, levemente corrupto y capaz de canalizar sus instintos de investigador para conseguir dilucidar sus casos. Me empujaron Batya Gur, Manuel Vázquez Montalbán, Paco Ignacio Taibo II, Rubem Fonseca, Henning Mankell, Rafael Bernal y otros. El personaje ha ido creciendo en cada entrega, creo que producto de mis lecturas posteriores, como John Connolly, Leonardo Padura, Ramón Díaz Eterovich, Fred Vargas, Dolores Redondo, Fernando López, Veit Heinichen, Petros Markaris, Mary Hannah, etc.
Es llamativo en toda tu obra un trabajo muy preciso, casi de orfebre, con el lenguaje marginal, con los giros característicos de esa marginalidad y del entorno cultural en que se mueven los personajes. En un mercado tan viciado por los facilismos que buscan que los lectores traguen fácilmente las historias, ese modo de trabajar con los regionalismos, los mexicanismos, los giros marginales del habla, podrían considerarse un peligro para que tus obras lleguen a los lectores, y sin embargo eso no ha sucedido. ¿A qué crees se debe la recepción tan amplia de tu obra pese a esos «peligros»?
Trabajo cuidadosamente los ritmos narrativos, trato de ser muy fino en el aspecto acústico, quiero que mi literatura se escuche y también utilizo referentes de los que es difícil escapar, como la música y la comida. También trato de desarrollar aspectos entrañables en los personajes, sobre todo en el Zurdo.
Al mirar tu obra inicial es fácil constatar tu preferencia por el cuento. ¿Podrías hablar de ese momento en que el mundo cuentístico se te amplió hasta llegar a la novela?
La idea me la dio Faulkner que hablaba de una evolución de poeta a cuentista y luego a novelista, aunque partí de cuentista. Luego me agradó la emoción de desarrollar historias largas y personajes, y el misterio de plantear enigmas en una trama. Esto es lo que me tiene atrapado en el género de la novela.
Por ese camino, y como todos tenemos una definición muy personal de los dos grandes géneros de la narrativa: el cuento y la novela, me atrevo a lanzarte el reto de que, como ya lo han hecho otros escritores, respondas: ¿qué caracteriza para ti a un buen cuento?, ¿cuándo crees firmemente que estás delante de una gran novela?
Un buen cuento es el que se queda en mi memoria y me ofrece tanto que lo puedo contar o reescribir.
Cuando la novela me atrapa y reconozco que desarrolla ideas que me hubiera gustado escribir, y cuando me presenta un personaje que pasa a formar parte de mi vida.
Lo que no puedo imaginarme es a un Elmer Mendoza escribiendo teatro, así que: ¿por qué el teatro?, ¿qué hay allí, en esas otras obras tuyas, que no hayas dicho ya en el cuento y la novela?
Para aprender a manejar los diálogos como un instrumento narrativo tomé un taller de dramaturgia. Escribí varias obras, dos merecieron llegar al escenario, una de ellas con gran éxito. Una para niños que también ganó dos concursos nacionales.
Como novelista, ¿qué crees que ha cambiado entre aquel Elmer Mendoza que me autografió en Monterrey El amante de Janis Joplin y ese Elmer Mendoza que acaba de publicar Besar al detective?
Soy un escritor que escribe diariamente. Ahora viajo mucho y hago declaraciones sobre procesos de escritura razonables. He publicado una obra que me da confianza y terminé de perder el miedo a morir. Tuve un infarto que me dio una experiencia sobre mi cuerpo finito y muchas horas de reflexión para escribir cada día mejor.
Se supone que ahora te pregunte, y eso hago: sin adelantar nada a los lectores, ¿qué temas, personajes y conflictos has narrado en esta novela: Besar al detective?
Narré la fragilidad del sistema policiaco mexicano, la imposibilidad de domar el destino y de conocer a ciertas mujeres. También que un padre herido es capaz de todo y que la amistad sigue siendo la relación más importante entre los seres humanos.
Finalmente, pregunta socorrida, pero siempre necesaria: ¿qué escribes actualmente?
Una novela donde la Bella Durmiente, hechizada para dormir cien años, despierta a los cuatro con bastante somnolencia. Deciden buscar a un joven que la bese para que despierte totalmente.









