Indómito
Vladimir Hernández
Roca Editorial, 2016
Si algo llama la atención en esa Cuba difuminada y fantasmal en la que ocurre la novela Indómito, del escritor cubano Vladimir Hernández, es la personificación de un elemento de la marginalidad que por décadas los idólatras de la Revolución Cubana han intentado sepultar, negar, invisibilizar: la violencia.
El jurado del Premio internacional de novela negra L’H Confidencial no se equivocó: Indómito posee esa fuerza telúrica que se le exige hoy a las mejores novelas del género negro; está magníficamente estructurada, de modo que la atención no caiga ni un solo momento en toda la trama; las escenas están construidas con una visualidad impactante que nos hace «ver» lo que vamos leyendo; y sus personajes Durán, Rubén, los protagonistas, y esa otra animalia contra la que estos deberán enfrentarse, resultan absolutamente creíbles y dramatúrgicamente logrados. Es, en simples palabras, una obra que merece este y cualquier otro premio, y lo más importante es que no lo hace asumiendo los clichés característicos de cierta literatura escrita por cubanos, quienes se aprovechan de ese tirón mediático que algunas circunstancias, temas y zonas de la realidad cubana tienen en el mundo editorial internacional y en el morbo de miles de lectores.
Quizás el único punto de contacto de la trama de Indómito con esos intereses mediáticos sea la desilusión que flota, envuelve y se comporta como un personaje omnipresente en los conflictos de todos los actores de esos conflictos, con el mérito añadido de que el lector puede percatarse de esa niebla de desilusión sin que el discurso de los personajes se pervierta en las clásicas fórmulas críticas al uso en ciertos espacios de la literatura cubana de las últimas décadas. Se trata de una desilusión emparentada con esa desilusión inmensa, etérea, que comenzó a corromper el espíritu indómito de los cubanos cuando la misma cotidianidad en la isla los hizo enfrentarse con el silencioso pero galopante fracaso de un sistema bajo el cual estaban condenados a vivir, sin tener la posibilidad de luchar por revertir ese fracaso, y ni siquiera de comentar abiertamente sus ideas sobre las causas y los culpables de tal descalabro, provocándose así el mayor daño que ese fenómeno social llamado «Revolución» ha hecho al cuerpo y alma de la nación cubana: la inopia del pueblo. El simple hecho de que todos en esta novela cabalguen sus vidas alejados del influjo épico de esa Revolución y de que en los escenarios recreados en la obra no se observe ese Gran Hermano que es el día a día de un país «en lucha contra el imperio», sumados al hecho de la asunción de la doble moral de una parte de los personajes como esencia vital de su comportamiento en «ese mundo» que gravita afuera del conflicto narrado, es un índice acusador que apunta hacia los ámbitos de la destrucción ética en la que actualmente sobrevive la inmensa mayoría de los cubanos en la isla.
Pero hay más en este novela: más allá de la alucinante pero también subyugadora trama; más allá de los excelentes personajes que aquí aparecen, y más allá de las circunstancias históricas que, también difuminadas, conforman la atmósfera ficcional de Indómito, lo más impactante de la construcción literaria propuesta por Vladimir es precisamente ese grito de descontento que lanza contra la intrusión invasiva y pandémica de la violencia en el comportamiento de una sociedad que ha presumido de ser un paraíso de la solidaridad y el humanismo. La violencia por la violencia dentro de la violencia y gravitando en la violencia: un flagelo en fin que en las últimas décadas ha deshumanizado la isla.
Hay en esta novela, sin que se diga en discursos si no a través de las escenas, una preocupación ética por la frialdad con la que muchos asumen hoy los impactos de la violencia social en sus vidas. Por ello, lejos de estremecerse por la crudeza con la que el personaje principal asume su labor de justiciero criminal, eliminando personas tan deshumanizadas que jamás debieron haber sido consideradas dentro de la especie superior, la primera pregunta que saltará en la cabeza del lector es ¿por qué no me resulta extraño tanto crimen?, ¿qué me lleva a justificar esas otras muertes, poniéndome al lado del personaje, aún cuando algo en nuestro interior nos dice que está siendo tan monstruo como esos otros monstruos que elimina en su venganza? La necesidad de sobrevivir. Esa es la respuesta. Y es curioso que bajo esa premisa transcurra casi toda la existencia de los cubanos, especialmente desde que la crisis económica nacional derivada de la caída del socialismo y de las millonarias ayudas que recibía el gobierno de Fidel Castro hicieran caer a Cuba en un pantano donde comenzó lentamente a imponerse la ley de la selva, la ley del más fuerte, convirtiéndose así el cubano en el lobo del cubano y perdiéndose de esa manera casi todos aquellos vestigios de solidaridad de la que mucho nos enorgullecíamos antes.
Si en el 2004 el jurado del premio internacional Dashiell Hammet a la mejor novela negra publicada cada año incluyó mi novela Entre el miedo y las sombras entre las cinco finalistas debido a (cito aquí de memoria las palabras de Justo Vasco) «ese asombro que provoca la deshumanización que devora La Habana, contaminándola como la peste», me atrevo a asegurar que Indómito lleva a sus límites extremos esa deshumanización (que es real, que ocurre cada día en esa isla que tanto Vladimir como yo no visitamos hace ya muchos años), y lo consigue con una excelencia narrativa, con una fuerza dramática y con una celeridad que no impide que lluevan las preguntas éticas sobre la realidad mostrada. Una novela, en simples palabras, indispensable dentro del concierto de la actual novelística cubana.
