El país de acogida (II)

Los territorios desconocidos

Uriel Quesada

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Estoy dando un salto en la serie de reflexiones que planeaba escribir sobre el tema de la inmigración. Mi propósito original era cerrar con lo que ocurría en ese momento en Estados Unidos desde la perspectiva de alguien que había recorrido los distintos círculos que van desde el arribo hasta asentarse finalmente como ciudadano. Sin embargo, la realidad se me adelantó y la urgencia se me vino encima luego de los resultados electorales del 8 de noviembre del 2016.  De repente, muchas de mis certezas se vinieron abajo. También descubrí que mi idea original estaba sustentada en la arrogancia de los triunfadores: ahí estaba yo, quien contra todos los pronósticos se había integrado a la clase media americana, tenía sus papeles en orden, pagaba impuestos y había conquistado el desgatado sueño americano.   El resultado de las elecciones me puso de nuevo, y de manera violenta, al otro lado de los territorios por donde se desplazan los inmigrantes, donde lo único cierto es lo que trae el día.  Y ese país que yo consideraba de acogida se ha vuelto peligroso, amenazante. La sombras de un retroceso marcado en derechos humanos,  el miedo de hablar libremente porque no se sabe quién está escuchando, la resaca con que se debe afrontar la jornada después de una gran pérdida… eso y más empezó a darme vuelta desde el miércoles 9, y no ha parado una semana después de las votaciones.  Por supuesto, sigo siendo un inmigrante privilegiado, con su documentación al día y un trabajo ya de años en una de las industrias más seguras: la educación superior.  Pero el nuevo gobierno ha prometido desmantelar casi todo en lo que creo, y la violencia ha empezado a aflorar casi de inmediato. Entre el miércoles y el viernes 11 de noviembre hubo tres incidentes en el campus de mi universidad.  En el centro de la ciudad de New Orleans hubo una manifestación que terminó en actos de vandalismo.  El sábado 12 de noviembre, un grupo de motociclistas   aparentemente intimidó a quienes protestaban en una céntrica calle de la ciudad. En una marcha organizada por estudiantes, una de las oradoras contó que a su hermana hubo que sacarla del colegio por  bullying.  Las dos chicas son americanas de ascendencia mexicana.

uriel-quesada-opinion-otrolunes44-2El presidente electo ha descalificado las protestas, endilgando responsabilidades a la prensa. Sí, es cierto que él ganó, pero la gente ha salido a la calle para repudiar las divisiones que ha creado y la profunda violencia de su discurso.  Yo nunca hubiera esperado que ése sería el panorama luego de una elección. Usualmente,  los Estados Unidos echan de nuevo a andar su maquinaria de consumo y producción, pues la lógica del sistema es no detenerse jamás, ni siquiera por un nuevo presidente.  No ha sido así esta vez, y no sabemos si estamos al principio de un largo movimiento de protesta y resistencia. Tampoco sabemos si un gobernante narcisista y autoritario como Trump va a tolerar la disidencia.  Como consecuencia, hay una sensación de parálisis y altos niveles de ansiedad. Quienes conocemos personas indocumentadas nos preocupamos que las redadas masivas se intensifiquen (ya está suficientemente documentado que el gobierno de Obama ha deportado a más de 2 millones de personas, rompiendo todos los records de presidentes anteriores),  nos preocupa la separación de familias, el daño a comunidades y la violencia que trae consigo el saber que los grupos xenofóbicos tienen carta blanca para actuar impunemente.

El sistema, en su lógica de eficiencia, recibió los resultados electorales con un descenso en los mercados financieros, pero en pocas horas los inversionistas recuperaron la confianza y los mercados se normalizaron.  Ese mismo miércoles 9 de noviembre, una sola industria mostró impresionantes ganancias bursátiles: las cárceles privadas.   Las cadenas noticiosas informaron que el valor de las acciones en esa industria había aumentado un 40% ante la expectativa de más inmigrantes recluidos a la espera de deportación. Luisiana, el estado donde vivo, es la capital mundial de las prisiones privadas. Funcionan como los hoteles, en el sentido de que requieren un mínimo de personas en cautiverio para ser rentables.  Para alimentar ese monstruo, las leyes se han endurecido, pero la inmigración indocumentada sigue siendo una importante fuente de ingreso. Se supone que  los centros de detención tienen condiciones espaciales para alojar mujeres y niños, familias enteras, pero por más que se quiera endulzar el asunto no dejan de ser cárceles, y al contrario de los hoteles no es el confort no el descanso lo que les da razón de existir, sino la desigualdad, el desprecio a los derechos humanos y el comercio del dolor ajeno. Además, quienes han estado ahí dan testimonio de las difíciles condiciones que se viven dentro de esos muros.

Aunque algunos me llaman activista, yo siento que mis contribuciones han sido demasiado modestas. No tengo la elocuencia para arengar a un grupo, ni he sido nunca un líder visible al frente de una organización o de una marcha. Me ha gustado mucho trabajar tras bambalinas, y sobre todo escribir.  Lo que veo alrededor, sin embargo, me hace pensar  que habrá que salir a las calles. Hay voces que piden esperar,  pues tal vez el presidente electo no cumpla sus promesas. Sin embargo, lo que ha demostrado Trump hasta el momento no da razón para dar ese margen de espera.  Su retórica es fundamentalmente agresiva y contradictoria,  con guiños de toda índole, pero con un substrato común que es el cumplimiento de sus promesas de campaña.  Además, sus primeras decisiones de gabinete apuntan a una línea dura de inspiración racista, xenofófica, de intolerancia religiosa y homofia. No, no se puede esperar, pero tampoco se puede actuar sin una estrategia de cómo abordar los retos que vienen. Las protestas hasta ahora han tenido el propósito de mostrar descontento y la profunda brecha que la retórica de Trump ha creado. No creo que desaparezcan en el futuro cercano, sino que van a transformarse.

Del Autor

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Uriel Quesada
(Costa Rica, 1962). Escritor. Estudió en la Universidad de Costa Rica, New Mexico State University y Tulane University, donde obtuvo un doctorado en Literatura Latinoamericana. Es autor de los libros Ese día de los temblores (cuentos, Editorial Costa Rica, 1985), El atardecer de los niños (cuentos, Editorial Costa Rica, 1990; Premio Editorial Costa Rica y Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 1990), Larga vida al deseo (cuentos, EUNED, 1996), Si trina la canaria (novela, Editorial Cultural Cartaginesa 1999), Lejos, tan lejos (cuentos, Editorial Costa Rica, 2004; Premio Áncora de Literatura 2005) y El gato de sí mismo (novela, Editorial Costa Rica, 2005; Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 2005). Actualmente vive en Baltimore, Maryland, y enseña en McDaniel College.