«una disciplina es un espacio discursivo
y retórico, tanto como conceptual»Bogel y Hjortshoj
En estas páginas quiero rescatar a esos autores de los que los literatos y mucho menos los críticos literarios nunca hablan (y a los que de ningún modo toman en cuenta) y que sin duda son muchísimo más numerosos que los escritores literarios o de obras de ficción o ensayística, éstos últimos más publicitados y conocidos y reconocidos por el gran público y la crítica y, cuyos textos tienen asimismo una mayor presencia en las librerías.
Me refiero (es de lo que quiero hablarles) a los “escritores académicos”, es decir, todos aquellos individuos de cualquier edad sexo o condición que en un determinado momento de sus vidas deciden (o se ven compelidos) a acometer la escritura de una tesis de grado, una tesis de posgrado o maestría o una tesis de doctorado.
Muchos de estos “escritores académicos” son verdaderos héroes de la escritura cuando no auténticos mártires, sostienen un tenso pulso con las cuartillas o el procesador de textos que dura años, y en muchos casos largos años (cinco y más) con engorrosas prórrogas a veces arduamente negociadas. He escrito “un pulso” y podría haber escrito –sin separarme un ápice de la verdad ni pecar de exagerado– una auténtica batalla extenuante demoledora de socavamiento y desgaste físico psíquico y moral altamente frustratoria y deprimente que a su vez conlleva un alto costo económico.
El escritor académico -no se suele reparar en ello– se encuentra por lo general y mayoritariamente como el legendario Gary Cooper “solo ante el peligro”, solo y completamente desvalido ante la ardua tarea que tiene que afrontar. Quiero decir con esto que no posee el entrenamiento adecuado (porque simplemente nadie se preocupó seriamente de proporcionárselo) para la compleja tarea que ahora de buenas a primeras debe acometer. Se parte de la base (todos parten de esa base, los profesores y las autoridades de la universidad y las autoridades del mismo sistema educativo de los respectivos países de los tesistas con muy contadas excepciones que ya veremos más adelante) de que hablar y escribir es lo mismo, de que quien está alfabetizado ya es un escritor, puede escribir con propiedad, oportunidad adecuación y extrema solvencia.
Se parte asimismo del supuesto de que la escritura es igual y la misma en todos los ámbitos, que es un ejercicio perfectamente transferible y generalizable, no se ve ni se entiende que no es así, que no es lo mismo la escritura en primaria que en secundaría y la escritura en la universidad, donde además va ir tomando cada vez más un carácter más complejo, riguroso y exigente, conforme se avanza de la carrera de grado (la licenciatura) al posgrado y la maestría y de ésta al doctorado y al posdoctorado.
A este respecto y refiriéndose particularmente a la lectura (pero que sin duda tiene pareja especificidad con la escritura tal como se manifiesta en los diferentes ámbitos académicos) nos dice Marta Marín (2006 ):
…al concepto tradicional de alfabetización corresponde la concepción de que una vez que las habilidades de lectoescritura básica se aprenden, son aplicables a cualquier tipo de texto o de situación. Sin embargo no es así. Hay características de los textos científico-académicos que requieren procesos cognitivos diferentes de los que requiere la lectura literaria y la lectura de la prensa. Y hay grados de complejidad de los textos e intencionalidades de lectura que son diferentes de los de la lectura estética o de entretenimiento. (p. 32)
Por otra parte no se contempla que la tarea escritural necesariamente habrá de variar conforme cambie o varíe la disciplina en la que ésta se ejerza o practique. Ser profesional no es sólo dominar unos conocimientos, unas técnicas y unos procedimientos y una bibliografía, sino además unos modos y usos discursivos y unos géneros específicos, es hacerse con la cultura discursiva, los modos de decir y argumentar y reflexionar de la misma, dotarse del dominio de una retórica.
Como afirma López Ferrero (2002) citado por María Marta García Negroni (2009):
… el dominio de una determinada profesión no es solo de carácter conceptual o lingüístico, sino también retórico: los profesionales saben no solo cómo resolver un problema sino también cómo relacionar su solución empíricamente con casos específicos y cómo presentar su razonamiento y su solución persuasivamente dentro de su ámbito. A medida que un aprendiz se va convirtiendo en experto, lo que adquiere no son simplemente conceptos abstractos o patrones lingüísticos, sino también prácticas retóricas de razonamiento empírico y formas de persuasión propias de la disciplina. (p.p. 46-47)
Las exigencias a que se ve sometido el escritor académico son muchas y de variada naturaleza. A un escritor académico se le exige el conocimiento de unos géneros específicos, propios y característicos de cada disciplina o ámbito profesional (la misma tesis variará su estructura y aun la forma de manejar las citas dependiendo de la disciplina de la que se trate), se le exigirá asimismo rigor conceptual, teminológico, metodológico y documental, extremo cuidado en el uso y manejo del aparato crítico (como es de sobra sabido deben evitar el plagio haciendo uso adecuado de un complejo entramado de citas directas, indirectas o de parafraseo y citas de citas…. etc.) a la vez que demostrar que conoce (maneja y domina, más bien) la bibliográfica esencial del tema tratado: los miembros de un tribunal de evaluación de tesis es lo primero en lo que se fijarán. Por si esto fuera poco, estos autores deben ser novedosos e innovadores, aportar epistemológicamente algo a su disciplina, sumar en suma nuevo conocimiento al conocimiento por poco que éste sea. Las dificultades pues que deben enfrentar loa escritores académicos y los retos que deben asumir son muchos y de grande y extremos rigor y exigencia. Pero resulta (gran paradoja) que buena parte de los mismos son propiamente “analfabetos académicos”, es decir, desconocen lo que se ha dado en llamar “escritura académica”, sus modos y maneras retóricas y discursivas específicas. Carlino (2005) citada por Francisca Josefina Peña González (2011) conceptualiza a la escritura académica como “el conjunto de nociones y estrategias necesarias para participar en la cultura discursiva de las disciplinas así como en las actividades de producción y análisis de textos requeridas para aprender en la universidad”. (p. 715)
Pero tal como asevera Ligia Ochoa Sierra (2011), [los tesistas]muestran una notable carencia de habilidades para interpretar y/o producir los textos que circulan en ámbitos académicos. (p. 31)
Será por esto por lo que habrá unos muy altos niveles de deserción entre sus filas. En efecto: muchos empiezan su trabajo de tesis apoyados en un director o asesor (bueno malo o regular) y tras largos años de batallar incesante no logran concluirlo, de ningún modo lo culminan. Paula Carlino (2008), gran especialista argentina en el tema nos habla de la baja tasa de finalización que caracteriza a los posgrados de su país, donde “las estimaciones son que solo un 14, 8 % de quienes se inscriben en los posgrados logran finalizar sus tesis (Jeppesen, et. Al., 2004).” (p. 2 )
Las consecuencias de no lograr concluir la tesis son por supuesto desastrosas para estos escritores académicos que las afrontaron sin el debido entrenamiento y la debida formación y muchas veces sin la mejor dirección y orientación. Ligia Ochoa Sierra (2011) explica así este drama:
No elaborar y redactar la tesis representa para el tesista no sólo un gran gasto económico, social y afectivo sino mantenerse en las mismas – o similares- condiciones en las que entró: una persona que no logra graduarse pierde múltiples oportunidades sociales y laborales que le posibilitan acceder a mejores niveles de vida.” (p. 181)
Y remata la autora citada:
No terminar una tesis de maestría implica para el programa académico y para la institución un fuerte cuestionamiento en relación con la pertinencia y relevancia social. Las personas con más problemas suelen ser personas de bajos estratos económicos y sociales que necesitan por parte de la institución escolar un apoyo fuerte para lograr condiciones más equitativas. (p. 181)
Por otra parte, aun cuando los tesistas después de largos años concluyan su trabajo y éste sea aprobado por el comité evaluador y se gradúen, por regla general no tienen el aliciente de contar con un destinatario real, de un auténtico auditorio para el resultado de sus esfuerzos: los escuchará el comité evaluador que en el mejor de los casos los aprobará, y ya está, puesto que estos trabajos de tesis por lo general no son publicados.
A partir de los años ochenta y noventa en el mundo anglosajón (Estados Unidos e Inglaterra preferentemente) se ha estado buscando hacer frente a este serio problema de los padecimientos y frustraciones ciertos de los escritores académicos de consecuencias tan desastrosas para su desarrollo profesional, por lo que implementaron en sus universidades los modelos de “Escribir a través del curriculum” (Writing Across the Curriculum, WAC ), “Escribir a través de las disciplinas” (Writing in the disciplines, WID ) y finalmente, ya en los años noventa, el movimiento esencialmente británico denominado “Alfabetización académica” (Academic Literacy). Los tres movimientos pueden entenderse, con sus matices, como complementarios, ya que tienen en definitiva los mismos objetivos: apoyar de forma eficiente a los alumnos universitarios en la dura y exigente tarea de la escritura académica.
Castelló, M. (2014) precisa así el concepto de Academic Literacy:
El concepto de alfabetización académica, […] propone la enculturación académica en los códigos, discursos y convenciones disciplinares, como una forma específica de alfabetización que las instituciones de Educación Superior deberían promover para garantizar que sus estudiantes puedan ser miembros activos de —y por consiguiente, comunicarse de manera adecuada con— sus respectivas comunidades profesionales.(p.350)
Claro está que en los países hispanos los escritores académicos continúan hoy en día su fatigoso batallar “solos ante el peligro”.
