A fines de los años ochenta y durante la última década del pasado siglo el discurso literario relacionado con la frontera entre México y Estados Unidos tuvo un auge sorpresivo. Las ciudades del norte del país con su tradición, su forma de vida, su música, su lenguaje fueron fuente de inspiración para varios autores. Élmer Mendoza es uno de ellos. Originario de Culiacán, Sinaloa, su carrera literaria comenzó como estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México y actualmente es catedrático de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Además, dirige una escuela de narradores y ha impartido un sinfín de cursos para la promoción de la lectura, una de las tareas que ha emprendido con verdadera pasión.
Es autor de tres volúmenes de cuentos: Mucho qué reconocer (1978), Trancapalanca (1989) y El amor es un perro sin dueño (1992); también de crónicas sobre el narcotráfico: Cada respiro que tomas (1992) y Buenos muchachos (1995). Sus novelas incluyen Un asesino solitario (1999), galardonada con el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2002, su segunda obra es El amante de Janis Joplin (2001) y la más reciente Efecto tequila (2004). Es considerado como una de las voces más interesantes de la nueva literatura de Latinoamérica, debido al tipo de temas que aborda y el arrojo con que los aborda, mediante distintos juegos de experimentación con el lenguaje. En su último libro, Efecto tequila, el protagonista, Elvis Alezcano, es originario de Culiacán, Sinaloa, al igual que El Yorch, el personaje principal de su primera y quizás más célebre novela, Un asesino solitario.
En Efecto tequila, Elvis Alezcano, con su look de greña larga y bigote espeso, es conocido entre sus compañeros de oficio como Guitarra de Hendrix, un espía internacional retirado que ante la tentación de unos miles de dólares decide reincorporarse a ese peligroso mundo aunque el precio a pagar sea su propia vida. El deseo aparentemente descabellado de que sus padres cenen con el famoso cantante de los Rolling Stones, lo hace arriesgar todo. Así lo expresa: «Una cena para tres personas con Mick Jagger presente, el inglés se alarma, pretendes que convenza a Mick Jagger de… estás demente.» Basta esta reducida cita para que el lector se percate de la manera como el autor integra dos voces narrativas (la del personaje y la del narrador) y, al mismo tiempo, procura registrar los distintos tonos y énfasis provenientes de la voz de cada uno de los personajes.
En Efecto tequila, a diferencia de sus anteriores narraciones, Mendoza despliega un escenario distinto a las ciudades del norte de nuestro país. Madrid y Buenos Aires son ahora los lugares para buscar las pistas y resolver la situación crítica que puede llevar a la guerra a una nación entera: «Sr. Alezcano, lo necesitamos para que recupere los documentos, la caja gris o lo que queda de ella. Tendrás que conseguir la clave en Buenos Aires». Esta obra también presenta la temática de los emigrantes mexicanos hacia Estados Unidos y de qué manera la experiencia de la transculturalidad permea a las siguientes generaciones, a través de los padres de Elvis, quienes formaron parte de la época hippie de los sesenta. Su deseo de vivir experiencia místicas y la utopía de la vida comunal los mueve hacia el vecino país del Norte, en donde Alezcano vivió su infancia y adolescencia.
El legado más importante que Elvis recibe de sus padres y ese periodo es la música de los años sesenta y setenta, incluyendo el festival de Woodstock. El ritmo de acordeón de Los Tigres del Norte, grupo favorito de El Yorch en Un asesino solitario, es cambiado por el poderoso rock de Carlos Santana, Jim Morrison y Janis Joplin, así como el Let it be de The Beatles: «Y mis jefes que viven con otra lógica, tal vez estén en algún Carl Jr tragando hamburguesas, acordándose del día en que conocieron a Jimi Hendrix, en el festival Pop de Monterey. También estaban Brian Jones, Janis Joplin y Allen Ginsberg.» La música es, entonces, otro de los lazos vinculantes entre las novelas de Mendoza, pues recordemos que Joplin desempeña un papel simbólico estelar en, justamente, El amante de Janis Joplin.
La narración de Efecto tequila es diferente a Un asesino solitario debido a que deja de brindar esa apariencia de sencillez y coloquialidad. La nueva obra de Élmer Mendoza requiere de lectores activos porque en su narración intercala monólogos interiores, sesiones de chat, anuncios publicitarios, citas de escritores tan disímiles como Octavio Paz y Arturo Pérez Reverte. Es decir, representa a esta hornada de escritos mexicanos posmodernos que se «deslocalizan» y llevan temáticas, problemas y preocupaciones atribuidas de manera tradicional a un territorio a otros espacios, en donde acontecen situaciones similares, pero marcadas por su propio entorno. Así, Efecto tequila es una obra divertida que lleva al receptor por un vertiginoso mundo de balazos, escondites, asesinatos y cuantiosas cantidades monetarias, tal y como sucede en otras obras de Mendoza, pero ahora en otros ámbitos. No se trata, entonces, de un mero cambio espacial, sino de una mirada que disuelve las fronteras geográficas y acerca las representaciones de los otros (los argentinos, los españoles) a los límites de la parodia.
La literatura de Élmer Mendoza ha sido una exploración constante sobre los temas más inquietantes de principios de este nuevo siglo: la corrupción y los bajos mundos, así como su impacto en la vida cotidiana. Pero también constituye una continua experimentación con el lenguaje y la manera de narrar. En ambos casos, la ironía y el sentido del humor actúan como estrategias de poderosa atracción para los lectores.
